Inicio Blog Página 73

‘Para decir yo en polaco’

 

 

En 1939, en el Teatro de la Ópera de Posnan, un bailarín remató su solo con dos vibrantes taconazos (la música era una czarda) y para su estupor vio que la gente huía despavorida de la sala mientras el suelo temblaba y los vidrios se hacían añicos. Era un gran bailarín, y lo sabía, pero incluso a él mismo lo sorprendió su fuerza, hasta que cayó en la cuenta de que estaban cayendo las primeras bombas alemanas sobre Polonia.

A los polacos siempre les ha sido difícil diferenciar los hechos individuales y los hechos colectivos en su país. Durante mucho tiempo se dijo que en Polonia no tenían todos los tornillos en la cabeza, pero sí tenían un tornillo extra: el reflejo colectivo de autodefensa como sentimiento patrio nacional. “Vivo en un país que fue inventado hace mil años por los alemanes como un tapón, una muralla de defensa que los protegiera de Rusia. Ese muro se hizo reversible y eso determinó nuestro futuro. No tenemos identidad; tenemos sólo ese reflejo. Ninguno de nosotros ha sabido ser otra cosa que Polonia. Este país no olvida nunca su historia, pero la mayoría de las veces no la entiende”, escribió Kazimierz Brandys en 1975, en extrañas circunstancias. Después de haber participado en la Resistencia durante la guerra, cuando era jovencito, y de apoyar el gobierno comunista posterior, Brandys fue alcanzando la madurez de desilusión en desilusión, como muchos de sus camaradas, o no tantos, ya que la gran mayoría de ellos se fue acomodando con los años en el sistema. Después de la experiencia de la clandestinidad, donde había conocido la distancia mínima que hay entre el heroísmo y la traición, Brandys contempló en la posguerra que las almas se vendían baratas y sin regatear, así se fue edificando en Polonia, ladrillo a ladrillo, el fenómeno colectivo de la desaprobación de uno mismo: “Uno sentía que no había cumplido su deber respecto a la realidad, que no participaba en ella con todo el espíritu. Déjenme dar un ejemplo. El año pasado, en la pensión donde estaba, le robaron a alguien un anillo. Mi primera reacción fue cerrar con doble llave mi puerta. No por el temor de que me robaran algo sino de que alguien dejara el anillo robado en mi cuarto. Se puede vivir así. Sería una exageración decir que vivíamos desesperados. Se vive en la miseria de la imaginación, el propio destino nos aburre como una novela mediocre y ya leída”.

Brandys pertenecía al mundo del teatro. En ese mundo había cumplido sus actividades para la Resistencia y en ese mundo se quedó después de la guerra, relegado a teatros y escuelas de provincia por su falta de empatía con el espíritu colectivo, con el régimen. Devino disidente casi sin proponérselo, hasta él mismo se había olvidado de él cuando se le avisó, en 1975, que había sido invitado a Oslo, a unas jornadas docentes teatrales, una invitación tan menor que el régimen le permitía ir. Al llegar a aquel congreso le pidieron, como a los demás participantes, que llenara un cuestionario de 25 preguntas, que debía funcionar como un curriculum vitae comentado. Era un mero formulario, pero Brandys se tomó cada pregunta del cuestionario al pie de la letra y se puso a contestarlas como si fuera descubriendo, a medida que escribía, por qué había hecho lo que había hecho en cada instante de su vida.

En septiembre de 1943, el joven Brandys hizo entrar a una muchacha en la Resistencia. La chica era una aspirante a actriz que trabajaba en el famoso café Melpómene. Unas semanas antes, un familiar de ella había muerto en Auschwitz. Ella empezó a beber y a buscar hacer contacto con la Resistencia. Brandys le dijo que podía serles útil aunque él mismo era un perejil, porque la chica no iba a durar mucho si seguía exponiéndose así. Así que le hizo creer que ingresaba a la organización y no le dijo nada a nadie y le dio a ella tareas banales que no implicaran peligro, como llevar una valija a la consigna de una estación de tren cercana a Varsovia. Incluso le dio un nom de guerre para que ella le creyera más: Mewa, que significa gaviota, porque ella amaba a Chejov. Todo era perfectamente inocuo, pero en 1944 comenzaron las suspicacias dentro de la Resistencia entre comunistas y nacionalistas católicos. Corría la voz de que había tribunales secretos y ajustes de cuentas. Brandys recibió en un mismo día la orden de someterse a los nacionalistas católicos y un aviso de Mewa de que estaba embarazada. Por llevarla fuera de la ciudad, con unos parientes que tenía en el campo, Brandys incumplió las órdenes de plegarse a los nacionalistas católicos y sobrevivió de milagro a un ajuste de cuentas, y en el caos del fin de la guerra descubrió que sus problemas no habían terminado, cuando algunos de esos nacionalistas virados a comunistas y comisarios políticos lo convocaron a interrogatorio. Lo liberaron casi un año después. Brandys fue a pie hasta la casa de aquellos parientes en el campo y volvió a pie a Varsovia con una bebé en brazos, que crió como si fuera suya porque a la madre se la habían llevado los alemanes a los campos. Esa hija ya tenía treinta años y estaba casada y era todo lo feliz o infeliz que podía ser una mujer como ella en Polonia cuando Brandys se sentó a contestar aquel cuestionario en Oslo en 1975 y se topó con la pregunta: “¿Tiene hijos?”.

Brandys asistió cada día a las jornadas y volvía de raje a su habitación a pasar las noches en vela contestando febrilmente el cuestionario y, cuando llegó el momento de volver, decidió ocultarlo en un doble fondo de su valija y llevárselo a Polonia. El último día del congreso se le acerca un polaco exiliado, que está en viaje de negocios en Noruega, y que recuerda a Brandys de los tiempos de la guerra, cuando lo veía en el café Melpómene. Le cuenta que le llevó años llegar a Canadá desde los campos, pero lo logró, junto con su mujer, dice, y saca una billetera y muestra una foto de familia: él, dos hijos sonrientes y la mujer, que es Mewa. Brandys recuerda al instante una postal anónima que llegó alguna vez hasta sus manos después de rebotar de dirección en dirección, y que sólo decía: “Estoy viva. Olvídenme”. Eran tantos los que pedían eso en aquellos años posteriores a la guerra, que Brandys había creído que la postal no era para él.

Brandys volvió de Oslo a su departamentucho en Varsovia. De aquel cuestionario hizo un libro. Le puso de título: En Polonia, es decir en ninguna parte (que es la famosa frase con que empieza el Ubú Rey de Jarry). Es la historia de un tipo que contesta un cuestionario en una habitación de hotel: el libro es el cuestionario contestado, es una vida, un país, en doscientas páginas. En un momento estremecedor dice: “No soy ninguna excepción, mucha gente aquí vive y piensa así. Todo lo que dije podría ser dicho en tercera persona y no es improbable que esa persona existiera”. Así son los polacos: hasta cuando hablan en primera persona del singular dicen “Polonia”. Sólo así pueden hablar de sí mismos.

 

Tomado de Contratapa, 13 de abril de 2012. Juan Forn fue un gran amigo a quien nunca conocimos en persona (falleció en junio del 2021). Le pedimos permiso para publicar alguno de sus textos. La contestación fue “Publicá todo lo que quieras”. Gran escritor, editor, solidario con otras publicaciones. Lo recordamos siempre.

 

¿Será que ya nadie es trabajador o trabajadora o trabajadore?

 

En Rojo

Digamos que no existen aquellos que no poseen los medios de producción y, por lo tanto, deben vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Postulemos que sus ingresos provienen de salarios y están generalmente en una posición de dependencia respecto a los empleadores. ¿Ya no existen estos seres?

¿Será que ya nadie se nombra o se siente burgués? Pensemos que no existe la clase burguesa que posee los medios de producción, como fábricas, tierras, imprentas, Google y recursos. Imaginemos que en el planeta no quedan quienes obtienen su riqueza mediante la explotación del trabajo de los trabajadores, generando ganancias a partir de la diferencia entre el costo de la fuerza de trabajo y el valor producido.

Si esto fuese cierto, ¿se quedó sin motor el Volkswagen de la historia? En otras palabras, no hablemos de la lucha de clases entre trabajadores y burgueses como un motor de cambio social y político en la historia porque ahora todo se mueve con otro mecanismo.

Entonces, ¿se acabaron las revoluciones? Bueno, la Revolución Francesa, donde los ideales de igualdad y libertad desafiaron el poder de la aristocracia y la burguesía, fue hace un fracatán de años. Y la Revolución Rusa, que buscó derrocar al régimen zarista en favor de los trabajadores terminó en manos de un señor que luego anunciaba Pizza Hut.

¿Negamos que la organización de los trabajadores en sindicatos y movimientos llevó a mejoras en las condiciones laborales, derechos laborales y políticas sociales? ¿Derogamos las leyes que protegen derechos como el salario mínimo, la jornada laboral y la seguridad en el trabajo porque ya no hay burgueses y trabajadores?.

Debemos suponer que no es necesaria la presión de los movimientos de clase trabajadora para que los gobiernos al servicio de las grandes corporaciones implementen reformas que busquen mitigar la desigualdad, como sistemas de bienestar social y regulaciones económicas. Porque debemos suponer que, como ya no existen aquellas clases clásicas, ni existe la lucha de clases, todos, todas y todes hemos alcanzado esas reivindicaciones. ¿No?

Bueno, bueno, sin prisa que voy pa’ lejos. Es verdad. Marx hablaba de la producción industrial y el capitalismo ha evolucionado hacia un enfoque más centrado en servicios y tecnología. Sin embargo, en el sector de servicios, la atención al cliente/consumidor y las plataformas digitales, a menudo se observan condiciones laborales precarias como las de una fábrica de finales del siglo XIX. Digo, por eso de dar fechas lejanas. Hoy, el análisis puede explorar cómo los trabajadores son explotados a través de bajos salarios, inestabilidad laboral y falta de beneficios.

Es cierto que en el mundo digital, el trabajo a menudo no se traduce en propiedad física. Pero se puede analizar cómo las plataformas digitales (como Uber o Amazon) generan valor a partir del trabajo de los empleados sin proporcionarles derechos laborales adecuados. También se puede explorar la creación de «trabajo inmaterial» en áreas como el marketing digital y el desarrollo de software.

La digitalización ha permitido un aumento en la vigilancia y el control de los trabajadores. Un análisis marxista puede investigar cómo las tecnologías de monitoreo afectan la autonomía de los trabajadores y su capacidad para organizarse.

Entonces, ¿lucha de clases? A pesar de las dificultades, los trabajadores en estos sectores están formando nuevas formas de organización y resistencia. Los movimientos de trabajadores de plataformas y los sindicatos digitales ejemplifican cómo se están adaptando las luchas de clase a las nuevas realidades.

¿Hay desigualdad en la democracia digital? tanta como en la norteamericana o en la que sea. Se puede analizar cómo la brecha digital crea desigualdades en el acceso a oportunidades laborales y cómo esto afecta a diferentes clases sociales, perpetuando la desigualdad económica.

Está bien, esto se parece al amor complicado “No le demos nombre a esto”. Si alguien me demuestra que las estructuras de poder y la desigualdad económica no persisten, ni están generando tensiones sociales y políticas ahora mismo, cuando acabo de pedir un sándwich de atún a las dos de la tarde, pues entonces, dejo de repetir palabras y frases como burguesía, trabajadores, lucha de clases. Si tienen nombres más sexy, metan mano.

 

 

El animal que cocino

 

 

  1. El animal que cocino no está ahí. No fue un animal producto de mi caza, sino producto de la especulación del capital. Al ser ausente, no me preocupa su sangre, excepto la que escapa del paquete, y se echa por el fregadero cuando se aboba la carne. Tampoco tengo que trozar, y el descarte es mínimo. Paso de lo crudo a lo cocido sin caza alguna. Sin ritual. Sin ofrenda a dioses.

Sin embargo, devengo animal.

  1. En mi mesa está el plato con la carne. Con el arroz, las habichuelas. Tenedor, cuchillo. Cuchara. Ser civilizado es vivir desde la mimesis del animal. El tenedor, la cuchilla, la cuchara, no sólo son sustitutos del animal depredador. Son correcciones humanas a lo animal, son suplementos que corrigen el animal de nuestro animal, suplen su falta y la nuestra. Con esto quiero decir que el tenedor, el cuchillo y la cuchara son más todavía que la garra. Suplen el animal del animal, y por consiguiente, suplen lo humano como carencia animal de lo animal.
  2. En el restaurante renunciamos al resto, la carne que todavía queda presa entre los huesos. En la casa, y sobretodo cuando estamos solos, el animal urge morder el hueso, maximizar el consumo de la carne, en este caso, cocida. No muy diferente al leopardo que trepa la caza a la rama más alta del árbol, del pájaro que impala su presa en la rama, para comer ahora y guardar para después. En ese después hay una cocción en la carne que se cura bajo el sol, o la sombra. Ah, pero el fuego. No es exclusiva nuestra, simios han logrado el fuego, y han cocinado. Pero hay algo en el fuego y la actividad humana que precisa subrayarse.
  3. La luz eléctrica está donde nos iluminaba el jacho, el fogón, el quinqué. Cuando cocino, abro las puertas para que escape el humo. Pero entonces estoy pendiente al delincuente o al ratón que aprovecha la oscuridad iluminada, y quiera entrar a la casa, al estilo para combatir el tiempo, como diría Lezama. Mi casa es la tesis y antítesis de la naturaleza. Se establece al oponerse a ella. Deviene, así como un niño deviene en caballo. La arquitectura es más viva de lo que queremos pensar.
  4. Suplir, suplemento, suplicio. Eso que suple sufre de la más terrible carencia.

 

 

Alejada de las grandes promociones: Rental Family, Train Dreams, Dead of Winter, The Summer Book

 

En Rojo

Mientras las salas de cine se llenan de lo conocido y seguro ‘hitazo’ (Avatar, Anaconda + algo de horror y religión), me muevo a Popular y Miramar para carteleras variadas y desafiantes. A esto le sumo lo producido o distribuido por las plataformas que nunca llegan a las salas o se van demasiado rápido (aún si han sido elogiadas con nominaciones o escogidas por círculos de críticos). Aquí incluyo uno que vi en pantalla grande y todavía sigue en cartelera, Rental Family, y otros tres en Netflix y Prime: Train Dreams, Dead of Winter, The Summer Book.

Rental Family

Director: Hikari; guionistas: Hikari y Stephen Blahut; cinematógrafo:: Takuro Ishizaba; elenco Brendan Fraser, Takehiro Hira, Mari Yamamoto, Shannon Mahina Gorman, Akira Emoto, Shino Shinozaki, Kimura Bun, Sei Matobu, Misato Morita.

Muchos elementos sobresalen en este filme, pero la facilidad de juntar escenas de comedia con la espiritualidad y respeto cultural del lugar de encuentro de todos estos personajes lo hace destacarse y difícil de encajar en categorías. Brendan Fraser en su papel de Phillip (con otros nombres fabricados para actuar los papeles que le pagan por crear) le transmite la misma sensibilidad que tuvo en The Whale (2022), por la que obtuvo un Oscar + que merecido. Vive e intenta trabajar en Japón como actor y para eso aprende su idioma y sus costumbres por quien tiene un gran respeto y admiración. Puede que siempre lo contraten como el “sad white man”, pero si eso le devenga un sueldo, no tiene problemas con ello (piensen en lo contrario: lo confundido y molesto que siempre está Bill Murray en Lost in Translation; Sofia Coppola/2003). Cuando una agencia que contrata a actores o personas para simular ser lo que sus clientes necesitan en ese momento de sus vidas, le ofrece un trabajo fijo, Phillip acepta sin entender todos los detalles de su actuación.

Así comenzará a conocer a sus compañeros de empleo y a las familias donde se convierte en el novio de la hija que lo menos que quiere es casarse tradicionalmente; el esposo y padre ausente en las vidas de Hitomi y Mia, niña hãfu (hija de japonés y extranjero), que necesita la presencia de un padre para solicitar y ser aceptada en una escuela privada; el periodista serio que interesa entrevistar para un futuro libro a Kikuo Hasegawa un gran actor japonés que pocos recuerdan en el presente. Junto a Phillip podremos captar la belleza y ceremonia de una boda, un funeral, un lugar de meditación individual y la búsqueda del pasado lleno de recuerdos. Estas estampas se humanizan cuando Phillip mezcla lo real con lo creado y su empleo se vuelve otra realidad.

Train Dreams

Director:Clint Bentley; guionistas: Clint Bentley y Greg Kwedar; autor: Denis Johnson; cinematógrafo: Adolpho Veloso; narrador Will Patton; elenco: Joel Edgerton, Felicity Jones, William H. Macy, John Diehl, Kerry Condon, Nathaniel Arcand.

Este filme se expande al abarcar la naturaleza que rodea a los hombres y mujeres que decidieron formar nuevas vidas en bosques y territorios montañosos deshabitados o habitados por comunidades originarias. Comienza en casi la última década del siglo 19 durante la construcción y expansión del ferrocarril y la necesidad de tener hombres fuertes para cortar árboles y crear los nuevos caminos que cruzarían a los Estados Unidos después de la devastadora guerra civil. Y aunque todo el enfoque es en Robert Grainier (Joel Edgerton), la historia se desarrolla a través de la excelente voz narrativa de Will Patton.

El filme es unipersonal porque la única vida que conocemos a través del narrador es la de Robert, casi como si pudiéramos leer sus pensamientos. Su soledad—y la de muchos otros que conoce en su camino tanto en la minúscula comunidad donde se mueve y en los apartados lugares donde corta árboles—es lo que cubre todo y es el silencio el que parece caracterizarlo. Ya sea con Gladys (Felicity Jones) cuando deciden construir para tener una vivencia + estable o con los hombres que trabaja en temporadas, la comunicación verbal es casi inexistente y por eso alguien como Arn Peeples (William H. Macy) sobresale por sus cuentos dirigidos a entretener e informar a los otros trabajadores. Ignatius Jack (John Diehl), originario, es el único “amigo” que lo acompaña cuando todo parece perdido. Pero el silencio es el que impera en la vida de Robert, lo que lo hace difícil expresar su tristeza, confusión y anhelos. Es hermoso presenciar cómo Robert puede sobrevivir sus crisis personales asemejándose a la naturaleza con sus ciclos, misterios y poder de renovarse. Los personajes son como sombras que entran y salen de su vida y quizá nunca vuelva a ver. No hay amistad ni compañerismo, tan solo una persona en medio de la naturaleza. (Netflix; nominaciones Golden Globe)

Dead of Winter

Director: Brian Kirk; guionistas: Nicholas Jacobson-Larson y Dalton Leeb; cinematógrafo: Christopher Ross; elenco: Emma Thompson, Judy Greer, Marc Menchaca, Laurel Marsden, Gaia Wise, Cúán Hosty-Blaney, Paul Hamilton.

Acabando de ver la excelente serie de 6 capítulos de Apple, “Down Cemetery Road”, descubro este filme también protagonizado por la sorprendente Emma Thompson. Aquí interpreta a una mujer que acaba de enviudar y que se prepara para llevar a cabo el último deseo de su marido de tantos años. El lugar es desolado, en plano invierno en esos lugares (para mi) deshumanizantes de Minnesota (recuerden a Fargo, el filme de Joel e Ethan Coen de 1996 y la serie de 2014-2024 que ha sido tan popular). Barb (Thompson) se prepara para ir una larga distancia y tiene la confianza de saber lo que hace y valerse por sí misma. Tiene que combatir la nieve y el frío, pero en ningún momento titubea porque ha vivido bajo estas condiciones con Karl (Cúan Hosty-Blaney y Paul Hamilton) desde que se conocieron, enamoraron y compartieron todos estos años juntos. Son los pocos extraños con quien se encuentra para pedir direcciones que la sacan del espacio conocido. Así conocerá a un cazador en su cabaña en medio de la nada, luego a una mujer sospechosa de todo y a una joven aturdida que no sabe cómo enfrentar la realidad en que vive.

En este lugar tan deshumanizante, revivimos la historia de amor de Barb y Karl, sus largos años juntos, sus vivencias en este lugar tan inhóspito y su promesa de encontrarse nuevamente en este lugar tan apartado, pero de hermosos recuerdos. La otra historia, la que nos remite a Fargo, ocupará el espacio con su crueldad y violencia demente.  (ganadora del premio del público en Varsovia y Lucarno)

The Summer Book

Director: Charlie McDowell; guionista:Robert Jones; autor Tove Jansson; cinematógrafo: Sturla Brandth Grøvien; elenco: Emily Mathews, Glenn Close, Anders Danielsen Lie, Ingvar Sigurdsson.

Esta historia ubicada en los países nórdicos europeos nos presenta un junte familiar que solo se puede dar en el escaso verano donde pueden disfrutar de los exteriores sin pensar en el invierno y encerramiento que exige el resto del año. En estas isletas apartadas de las ciudades, los habitantes pueden alejarse de prácticamente todo lo familiar para pasar semanas casi en comunión con la naturaleza. No la que congela todo, sino la de la pequeña siembra de arbustos, la búsqueda de animalitos escondidos, la pesca casi personal y la lentitud y el silencio que les permite, leer, escribir, crear, trabajar lentamente, contar cuentos reales o inventados y conocer otras facetas de la familia. Se mueven en botes, escalan parajes desconocidos y conversan continuamente.

Son los ojos de Sophia los que nos guían mientras comparte con su padre y su abuela en este apartado lugar donde quiere encontrar aventuras y desafíos. Esto es algo difícil ya que su padre quiere utilizar el espacio nuevo para seguir trabajando y así no tener que pensar en su viudez y su abuela (Glenn Close) quiere rescatar sus recuerdos de este lugar donde ella misma venía de niña. Es un filme lento, hermoso, rodeado de aguas tranquilas y tormentosas a la vez, que definen ese espacio individual y familiar que todxs guardamos en nuestra memoria.

Del abandono a la conquista urbana: el ejemplo de Caguas

 

 

CLARIDAD

 En el casco urbano de Caguas, donde las calles forman una suerte de laberinto, los edificios se imponen. Muchas veces, como ingentes monumentos de una arquitectura cada vez menos frecuente. Con pilastras que adornan fachadas, balaústres en sus balcones, tragaluces entre los muros y las ventanas, varios yacen deslucidos por falta de pintura o la simple presencia humana.

En algunas partes, como en el Paseo Jardín Gautier Benítez, la desidia enfrenta la resistencia ciudadana. Grupos que se han encargado, con tiempo y esfuerzo, de revitalizar esquinas completas y devolverles el bullicio de la vida; de carros atestando estacionamientos y fachadas debidamente pintadas.

El pasado 19 de diciembre, por ejemplo, la maestra María Santiago acudió al Centro de Apoyo Mutuo (CAM), de Comedores Sociales, para buscar dos docenas de huevos y finiquitar ciertos detalles con el líder de la organización Giovanni Roberto Cáez. Educadora en la Escuela Superior Vocacional de Cidra, Santiago soltó una sonrisa mientras escuchaba al activista explicar la operación de Súper Solidario, el colmado de Comedores Sociales.

“La gente ahora puede escoger. Digamos que el cambio mayor, en los últimos años, es que la gente viene y hace una selección de los productos, versus nosotros prepararles las cajas. Ahí, vamos acercando más la dignidad. Y nosotros hemos empezado a cambiar, a enfocarnos en cómo mejoramos lo que damos… Aquí no se reciben refrescos, no se reciben corn flakes (cereales) azucarados”, elabora Roberto Cáez sobre el Súper Solidario, establecido en 2020, durante la pandemia.

Al fondo, distintas estanterías guardan aceite de cocina, latas de habichuelas, sacos de arroz, café, mieles, jugos de frutas naturales y una lista de otros más. El supermercado, que abre una vez al mes para sus 200 familias comensales, emula el concepto de las “Food Coop” (cooperativas de alimentos) e incluye a los integrantes del colmado en los trabajos voluntarios.

“De esa manera, el supermercado mantiene sus costos bajos y puede hacer el producto más accesible a la gente. Tenemos 40 miembros, aunque el supermercado nuestro está abierto a la comunidad. Claro, hay precios diferentes. El que se hace miembro, paga menos que el cliente. Llevamos cinco años con ese experimento”, continuó el líder.

Ubicado en la calle Vizcarrondo, el CAM fue eje de controversias para 2015, cuando un inversionista estadounidense  —beneficiario de la Ley 60— reclamó el edificio como propiedad suya. Para ese entonces, Comedores Sociales ya ocupaba el espacio y emprendía varias iniciativas.

“Él mismo me dijo en esas conversaciones que estaba bien enfocado en sus propiedades en Santurce y Miramar y que por eso no se había dado cuenta. Nosotros llevábamos cinco años con un vacilón, pintando esto y él no se había enterado. Cuando quiso venderlo, que lo puso en display, los mismo clientes que trataron de comprarlo le dijeron que aquí había gente”, recordó Roberto Cáez. Para resolver el asunto, la organización adquirió el inmueble a mitad del precio y con el apoyo de otras tres colectividades.

Nacido en 2013, Comedores Sociales inició como un programa comunitario y activista que ofrecía mesas de alimentos preparados a estudiantes universitarios y otras poblaciones vulnerables. Formaba parte del Centro para el Desarrollo Político, Educativo y Cultural (CDPEC) hasta el 2018, cuando se formalizó bajo el nombre de Comedores Sociales. A juicio de Roberto Cáez, las crisis recientes que ha sufrido el país le han sumado capas a esas labores.

“Las crisis nos han ido montando el proyecto. (El huracán) María nos dio esta ubicación y, después, la pandemia nos dio el refuerzo de hacer todo el trabajo aquí. Hemos ido quitando cosas y enfocando más, de estar en Cayey, Río Piedras, Caguas, como la cafetería que teníamos en Río Piedras que era pro-fondos de Comedores Sociales”, abundó el activista.

Mientras tanto, Santiago camina con un compañero, Carlos, para otear los productos disponibles en los estantes. El compañero, de pronto, lanza una pregunta a Roberto Cáez, quien pausa su repaso de la historia y responde que hay un pan bien bueno de calabaza, que también hay café y miel, que lo compren en confianza. Luego, enciende la luz.

“La necesidad que se fue dando en Puerto Rico, fue haciendo que el proyecto de comida tuviera más relevancia, más espacio, hasta que se quedara con el total protagonismo de todo lo que había que hacer. Es como si la comida pasó de ser un complemento a ser el plato principal”, aseguró Cáez.

Tras su tiempo participando de estos programas, el activista entiende que el perfil de quienes necesitan estas redes de apoyo es claro: personas mayores de 55 años, predominantemente mujeres. Dentro de las diversas instituciones que ofrecen asistencialismo en Puerto Rico        –como las iglesias– Roberto Cáez entiende que Comedores Sociales acompaña este trabajo con un discurso que señala las problemáticas sociales.

“Intentamos que no pasara desapercibido. Insistimos en el hambre como un factor del éxito de la vida universitaria. Esos son elementos que nosotros trajimos a nivel público. Eso inspiró a otros universitarios en otros recintos, animó proyectos que ya existían. Eso fue durante la primera década”, dijo.

Para ampliar estos trabajos, el líder aseguró que Comedores Sociales emprenderá el año que viene el llamado “El año de la base”, donde continuarán integrando las comunidades a estas iniciativas.

La contagiosa ocupación de otros espacios

La calle Vizcarrondo evidencia el esfuerzo invertido por organizaciones como Comedores Sociales. A pasos del CAM, distintos murales ilustran al hombre-carátula del juego de mesa Monopolio, flores marchitas, cocoteros, cuatros, pitirres y flores de maga. El arte público desemboca en el Paseo Jardín Gautier Benítez, donde otra colectividad –Urbe Apié– replica el modelo de ocupación urbana.

Con un café teatro, una boutique comunitaria, una galería de arte, un hostal y hasta el periódico Urbe AVoz, la organización hermana de Comedores Sociales dirige sus planes para renovar todo el centro de Caguas. Para Enid Domínguez, colaboradora de Urbe Apié, el arte ha sido la herramienta y el aliciente para integrar a la comunidad.

“La parte artística se ha explotado mucho. Como Urbe Apié es una organización comunitaria, vienen muchos artistas emergentes. Su primera experiencia como muralistas, exhibiendo y teniendo ese encuentro con ellos mismos en un lugar de arte. Este año se hicieron 17 exhibiciones, este año nada más”, contó Domínguez, en medio de cuadros y retratos que adornan toda la Galería Comunitaria.

Inclusive, la líder comunitaria destacó que un hombre sin hogar y dedicado a pintar con un marcador ha contribuido con sus piezas de arte a la galería. Para Domínguez, estos espacios comenzaron para precisamente entroncar este tipo de relación. Hace diez años, agregó, la iniciativa comenzó a ocupar edificios del área para ofrecer espacios alternativos.

“Después del centro comercial, de María, tú sabes que lo más que hay son edificios abandonados. En todos los cascos urbanos. Entonces, Omar Ayala (fundador), los muchachos empezaron a contactar a los dueños de los edificios y empezaron a abrir espacios. Ahora mismo, tenemos ocupados cinco edificios y dos terrenos”, compartió.

Fotos por Adrián Rodríguez Alicea

Entre otros proyectos, los edificios integran el café teatro El Reflejo, donde se presentan libros y obras; la Boutique Comunitaria, donde los ciudadanos consiguen prendas, ropa de todo tipo y se ofrece, además, ayuda como narcán para las personas sin hogar; un hostal que pronto abrirá y los huertos que ocupan dos terrenos. En el caso del hostal, el edificio contará con 10 literas, 4 duchas, 2 baños, estufa, nevera y hasta un deshidratador para las frutas que se cultiven.

“Se va a hacer un vivero. Nos juntamos con La Maraña, otra organización sin fines de lucro, y la meta es sembrar más de 100 árboles por todo el casco urbano de Caguas. Al lado, tenemos el museo de La Higüera, y es el único museo de la higüera en Latinoamérica y Estados Unidos que se conoce. El director Jorge (García Muñiz) es un artesano de la higüera”, aseveró Domínguez.

Para la líder, este tipo de esfuerzo debe contar con el apoyo de la administración municipal, de modo que las leyes no sirvan, como ahora, para trabar la adquisición de edificios o la solicitud de fondos. El resultado, aseguró Domínguez, pudiera fortalecer la comunidad, su capacidad de responder ante crisis como el huracán María y forzar los negocios a aportar al casco urbano. “Pienso que la gente nunca había carecido tanto de los servicios esenciales por tanto tiempo. No se había vivido esa necesidad de manera prolongada”.

Tanto Roberto Cáez como Domínguez coincidieron en la falta de vivienda como uno de los motores que impulsa estos programas. Ambos resaltaron la soledad y la precariedad que la población de adultos mayores afronta actualmente. Como paliativo, ambas colectividades apuestan a la expansión de espacios urbanos.

“Nosotros vemos estos como una conquista contra el capitalismo”, expresó Roberto Cáez.