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Será otra cosa-El día en que le nacieron hebras a las vejigantas

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Hebras. Reproducido de la página del Museo.

 

Columnista Invitada

El 27 de marzo llegué al National Portrait Gallery del Smithsonian con la expectativa habitual de quien entra a un templo de imágenes consagradas. Estoy en Washington, además, por una semana intensa de conferencias sobre ancestralidad y negritud en University of Maryland donde soy Keynote speaker, invitada por el Dr. Miguel Valerio, cuya obra investiga los procesos de la dicha —ese “joy” que él mismo nombra como práctica política y espiritual en sus estudios sobre cultura y literatura afrocentrada. Su libro Sovereign Joy explora la performatividad festiva de reyes y reinas negres en comunidades afro-mexicanas entre 1539 y 1640, proponiendo la alegría como una forma de soberanía y libertad.

El mármol del Smithsonian impone silencio. Las pinturas vigilan. Las esculturas parecen custodiar una historia que, demasiadas veces, nos ha dejado fuera. Camino entre pasillos donde la solemnidad se respira, donde cada retrato parece fijar una versión oficial del mundo.

Entonces ocurre.

Me detengo frente al rostro de la emblemática pintura de Toni Morrison, y en ese gesto íntimo de reconocimiento —de escritora a escritora— algo se abre. Más adelante, aparecen nombres que dialogan con mi memoria cultural: Diógenes Ballester y Tite Curet Alonso. Hay una genealogía dispersa allí, pero presente. Sin embargo, nada me prepara para el choque que viene después.

Doblo una esquina y me topo con el portal de Hebras y Vejigantes.

No es un encuentro leve. Es un golpe de electricidad. Ya lo he dicho, un portal, una simulación cuántica donde les cuerpes negres boricuas se salen con la suya. Es una sacudida que atraviesa la piel y se instala en el pecho. En medio de la institucionalidad del museo, la obra no se acomoda: irrumpe. Reclama. Respira.

La pieza —creada por Gloriann Sacha Antonetty Lebrón y Juan Pablo Vizcaíno Cortijo— forma parte de la exposición Outwin 2025 y ha sido reconocida con el Premio del Público. No es un dato menor. Es una señal de que algo se está cuajando desde la mirada colectiva.

El video, de cinco minutos, entrelaza la poesía de Antonetty Lebrón con la tradición visual del vejigante/vegiganta de Vizcaíno Cortijo. Pero describirlo así es quedarse corta. Lo que sucede en pantalla —monitores gigantes — es otra cosa: una coreografía de identidades negras que se afirman, que se miran, que se saben. Rostros, peinados, máscaras, vestimentas —todo estalla en una paleta de colores que no pide permiso.

Las imágenes no solo muestran: interpelan. Bailan, giran, parpadean.

En ese instante, mi propia trayectoria reciente entra en diálogo con la pieza. Llevo poco tiempo relacionándome, trabajando a la vejiganta como elemento cultural. Durante décadas, el vejigante varón fue la norma, una figura central del imaginario festivo puertorriqueño que reproducía, incluso sin proponérselo, ciertas jerarquías de género. Sin embargo, desde la publicación del “Libro de las Afrodivinidades Cüiruba”, en 2025 mi curiosidad se ha desplazado hacia otras encarnaciones: vejigantas femmes, femeninas o feminizadas, que ocupan con nuevas narrativas del cuerpo y la máscara.

Pienso, por ejemplo, en la obra de Carely Pizarro Cortés, particularmente en Dolores (2023), una pieza en coco, acrílico y textil (7” × 22” × 6.5”), donde la materialidad misma parece respirar una feminización del mito. Esa línea de trabajo resignifica la máscara no solo como símbolo festivo, sino como territorio de género, como archivo vivo de otras posibilidades identitarias.

Para mí, gestora del proyecto #YoResucitoAncestras y afirmada en un posicionamiento afrofeminista, la existencia de la vejiganta —no del vejigante anclado en la raíz masculina— implica una reconfiguración profunda de la epistemología cultural caribeña. La vejiganta abre una grieta en el archivo colonial del saber y permite la emergencia de epistemes afrocentradas donde los afrosaberes mujeriles, cuirizados y ancestrales no son apéndices, sino núcleos de conocimiento. En ella se conjugan cuerpo, máscara y memoria como tecnologías de resistencia, pero también como portales de re-existencia. Nombrarla, producirla y reconocerla es disputar quién tiene derecho a encarnar la tradición, quién puede habitar el mito y desde qué corporalidades se narra la historia. La vejiganta no es una variación: es una insurgencia epistemológica.

Por eso, al enfrentar Hebras y Vejigantes, no solo observo: reconozco. Hay una continuidad, una conversación abierta entre estas prácticas. La obra no solo visibiliza; también expande.

Recuerdo entonces mi vínculo con la poesía de Sacha. Soy lectora de su poemario Hebras, desde que fuera publicado en 2016. Desde entonces, su palabra ha sido una forma de tejido: memoria, tenacidad, cuerpa y negrura. Escuchar ahora su poesía dentro de esta instalación es como si aquellas hebras iniciales hubieran encontrado una expansión inevitable, — un crecimiento, como el de las pasas en el cabello —una encarnación visual que desborda la página. La página es ahora sonoridad, ruido, tambor y mapa de escape.

Mirarnos en el espejo y ver lo que fuimos en el pasado. El clan en cimarronaje, la tribu que resiste la colonia, la trata, el racismo y otros ‘ismos’…”, dice su poema.

Y allí, en Washington, ese verso no es metáfora: es presencia.

Ser afroboricua en ese espacio transforma la experiencia. No estoy simplemente observando una instalación; estoy siendo atravesada por ella. Pienso en las conversaciones sostenidas durante la semana en Maryland y en la propuesta de Sovereign Joy: la dicha como práctica insurgente, como archivo vivo, como gesto de poder. Comprendo entonces que Hebras y Vejigantes también encarna esa soberanía: una celebración que no evade la historia, sino que la enfrenta con color, soberanía y victoria, y que abre espacio a estas otras corporalidades —las vejigantas— que hoy reclaman su lugar.

La pieza no está expuesta: está en resistencia.

A mi alrededor, el público se detiene. Observa. Se queda más tiempo del habitual. Hay algo en esa energía que convoca, que no permite la indiferencia. El People’s Choice Award no sorprende; confirma lo evidente: la obra conecta, transforma.

Salgo de la sala con el pulso alterado. La solemnidad del museo ya no pesa igual. Algo ha sido desplazado. Algo ha sido nombrado… mostrado. Visibilizado.

El 27 de marzo, en Washington, las hebras no solo se mostraron: se alzaron. Y en su alzamiento, nos recordaron que el epistemicidio negro quedó en el pasado. Este es un presente que insiste, que exige, que crea, que también goza —como insiste Valerio— y que reclama su lugar, incluso en los espacios donde antes no se le permitía transitar.

 

La autora nació en Guaynabo, Puerto Rico. Dirige el Programa de Escritura Creativa de la Cátedra de Mujeres Negras Ancestrales desde 2015. Ha recibido los premios PEN (2006, 2012, 2018, 2024) Instituto de Cultura Puertorriqueña (2012) y Letras Boricuas (2022.) Su publicación más reciente es Las Negras (Penguin Random House, 2025). Su obra se ha traducido al alemán, francés, italiano, inglés, portugués, húngaro y kreyol.

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