Paquita Pesquera Cantellops: “La familia es fundamental en esta lucha”

Por Mari Mari Narváez

Paquita insiste: “no sé por qué me quieren entrevistar porque yo no soy ninguna personalidad”.

Eso lo decide quien pide la entrevista, insisto yo.

“Ten cuidado con lo que vas a poner ahí -recalca ella- Después la gente va a pensar que…”.

Vamos a hacer que nos olvidamos de la gente, le propongo.

De pequeñita, Paquita decía que quería ser abogada. “Uy, niña, esa es una carrera de hombres”, reaccionaban las amigas de doña Lola.

“En mis tiempos, Nilita (Vientós Gastón) era la única abogada (en el movimiento patriótico)”, cuenta. Sin embargo, ya en la Universidad, a Paquita le gustó la clase de Economía y en eso se especializó. Hizo una maestría y un doctorado en la materia y fue profesora en la Universidad de Puerto Rico recinto de Río Piedras hasta que se jubiló hace varios años. Miles de estudiantes pasaron por su aula, el escenario donde ella sentía que podía ayudar a forjar independentistas espontáneamente. En una clase de economía es prácticamente imposible no cuestionarse la situación de Puerto Rico. De hecho, Paquita es una de las personas que más ha estudiado las leyes de cabotaje en Puerto Rico ya que su tesis de maestría la dedicó a ese tema. Cree que en esas leyes, producto de la Ley Foraker, hay una problemática históricamente subestimada y por la cual se podría dar una batalla de emancipación parcial ante Estados Unidos, además de brindar un gran alivio económico al país.

“Me alegro de no haber estudiado Derecho porque mi verdadera vocación era enseñar. Ah… eso lo disfruté tanto…Tuve tantos alumnos buenos…Todos los fupistas cogieron clase conmigo. Me siento muy satisfecha con la enseñanza que pude impartir”.

Quien la viera, no creería que su vida ha sido una de grandes golpes. El asesinato de su primer hijo, Santiago Mari Pesquera, también hijo de Juan Mari Brás, ha sido, por supuesto, el mayor. Un dolor que no se cura. Y sin embargo, Paquita nunca ha perdido la alegría de estar viva ni la esperanza de que un día este será un mejor país. Eso se lo adjudica a su niñez, que recuerda como una muy feliz. “Eso ha determinado mi manera de ser”, asegura. Y así mismo lo practica con su familia. Cada nacimiento es para ella una gran celebración, especialmente porque es una nueva oportunidad de cosechar. Cree firmemente en la unidad y la educación familiar y por eso siempre anda con su hija o hijo, con sus nietos, bisnietos, sobrinos o hijos adoptivos. A cada uno les ha enseñado a ser patriotas. Patriotas felices. Y a ser ciudadanos y ciudadanas de provecho para esta sociedad que, más temprano que tarde, se valerá por sí misma.  Para ella, la alegría y la familia son elementos que avivan la patria, “algo fundamental en esta lucha”. Por eso, el asesinato de Chagui no pudo contenerla.

“El asesinato de Chagui nunca afectó mi militancia ni mi convicción en la independencia”, dice. “Nunca he pensado que eso pudiera separarme de la lucha. Por el contrario, hace más fuerte el compromiso. Ese asesinato fortaleció mi convicción y mi deseo”.

A Chagui lo mataron un 24 de marzo de 1976 y, poco después, ya Paquita estaba haciendo guardias en Claridad bilingüe en Nueva York, donde residía en aquel momento. “Allí no había calefacción”, cuenta. “Con aquel frío pelú, era como hacer guardia en la calle, había que estar lleno de ropa, con los abrigos y los sombreros y todo”.

De su hijo mayor, dice que era reservado, callado, “pero cuando hablaba había que escucharlo. Tenía unos análisis muy agudos. Y era un militante. En la huelga del 71 a mí me consta que participó pero no hacía bulla ni gritería con eso, hacía su trabajo y ya”.

Fue en la Universidad donde conoció a Mari Brás, quien entonces era un guapo y carismático dirigente estudiantil. Recuerda el día que llegaba Albizu de la prisión en Estados Unidos. Ella, Mari Brás, doña Isabel Gutiérrez del Arroyo y otras amistades iban corriendo por la costa de San Juan siguiendo el barco que traía a don Pedro. Mari y otros jóvenes ya habían bajado la bandera americana de la torre universitaria y habían izado la puertorriqueña, que entonces era una bandera proscrita. Pocas horas más tarde, se enterarían de la expulsión de Mari y los demás jóvenes mediante un periódico vespertino.

Varios años más tarde se casaron e iniciaron su vida matrimonial en Washington DC, donde él estudiaba Derecho. Después de Chagui nacieron Rosa Mercedes y, ya establecidos en Puerto Rico, nació Juan Raúl.

“Juan y yo nos dividimos las tareas: él se dedicaba a la lucha por la independencia y yo me dedicaba a los muchachos (y a la cátedra)”, cuenta e inmediatamente se anticipa y defiende a su compañero: “No era una cuestión de machismo. Era lo lógico porque, al él ser un líder tan prominente, tan talentoso, eso era lo que había que hacer. Pero en realidad, nosotros nos metimos todos en la lucha. Los muchachos y yo, todos juntos”.

La amistad y la lealtad de Paquita por Mari Brás lo ha superado todo. Incluso su propio divorcio hace más de treinta años. Hoy en día, son familia, compañeros de todas las luchas, amigos y, por supuesto, co-abuelos y bisabuelos de un montón de jóvenes que fluctúan entre los 2 y los 31 años: Kacho, Yinan, Roxana, Héctor Santiago, Raulito, Chago, Lorena, Mario, Juan Alfonso, Gabriela, Daniel y Cecilia. Con ellos y con el resto de la familia comparten tertulias, cantatas de marquesina, días en el campo y fogosas discusiones sobre cómo debiera ser el mundo, empezando siempre por el independentismo puertorriqueño.

“Después de Albizu Campos, Juan es el gran estratega de la lucha por la independencia de Puerto Rico. Siempre está mirando más allá del horizonte cuando todo el mundo está pendiente de lo inmediato”, dice.

Entonces se queda pensativa y añade: “Yo no sé cómo todo eso se pudo perder…”. Cuando le pregunto a qué se refiere, dice: “A todo… A ese movimiento tan  grande, tan sólido. Aquí había gente en todas partes de la isla trabajando todos los días. Pensábamos que la independencia estaba tan cerca…Yo no sé qué fue lo que pasó”.

Publicado: miércoles, 26 de marzo de 2008

Artículo anteriorA cinco años de María y días de Fiona, crece la insurrección energética de Casa Pueblo