Inicio Blog Página 1576

Carlos Zenón y las Memorias de un pueblo pobre en lucha

Por Elma Beatriz Rosado Barbosa

Especial para En Rojo

“Cuenta una Isla su historia
envuelta en olas de fuego,
todo el camino que da a su memoria
va cubierto con un velo de miedo.”
1 

Miedo es precisamente la palabra que no existe en el hogar de Carlos Zenón desde la noche en que su madre lo llevó a buscar jueyes, a sus seis años de edad. La lección lo picó duro. El bulto del miedo no debía cargarlo jamás, le dijo Trine mientras alumbraba con un jacho en la oscuridad de los matorrales…

Taso, como le conocen sus amistades, venía aprendiendo lecciones intensas desde muy pequeño y estas fueron en escalada hasta alcanzar “confrontaciones feroces en las que a los viequenses nos dieron duro pero en las que supimos devolver golpe por golpe y meterle los cabros al corral al brazo naval del aparato militar industrial de Estados Unidos de América”, relata.

Zenón se ancla en esa perspectiva mientras hurga en sus recuerdos y escribe su libro Memorias de un pueblo pobre en lucha. Narra la historia de los eventos que, durante décadas, se fraguaron en una larga y pesada cadena de maniobras navales eslabonadas en prácticas de guerra que ataban a la población viequense a la pobreza y al desasosiego. Describe vívidamente la historia de una isla que vivió en lucha permanente contra fuerzas militares estadounidenses en un colosal esfuerzo por sobrevivir y cómo el fuego y el coraje que moraba entre sus habitantes y compueblanos los inspiró para desarrollar estrategias de lucha que obligaron a la Marina de Guerra de Estados Unidos a soltar amarras y largarse de Vieques. Durante toda su vida, él, su familia y el resto de la comunidad viequense han estado combatiendo por su derecho a lograr una vida tranquila, sin atentados contra su salud y su bienestar.

Este libro es una memoria de un hombre de mar que junto a su comunidad de pescadores tuvo una participación significativa en una de las luchas fundamentales de Puerto Rico en su historia al enfrentarse a la Marina de Guerra de Estados Unidos. En su vida como pescador y luchador acérrimo en contra de la Marina, Zenón ha entrado en batallas arduas, aunque declara que siente que escribir estas Memorias “es más difícil que pelear contra la Marina”. Había que hacerlo, se dijo. Tocaba cumplir con una responsabilidad moral contraída con el líder revolucionario Juan Antonio Corretjer Montes quien en 1978 le dijo: “Zenón, tienes que narrar las memorias de esta lucha”.

Incitado por su aprecio y valoración de la juventud puertorriqueña, Zenón decidió que había llegado el momento de responder concretamente a las palabras de Corretjer y se embarcó en un proyecto efervescente y chispeante que le ha servido de vehículo para decirles a los jóvenes: “¡Atrévanse a luchar y a triunfar!”.

A Zenón también le preocupaba la representación que se había hecho de la historia de Vieques. Lo que se conocía de Vieques era una historia parcial, incompleta y hasta tergiversada. Quería contar lo que sabía, ofrecer una perspectiva distinta, narrar la historia “desde el punto de vista de los pescadores”, remitiéndose a los recuerdos de fines de la década de 1970, cuando se formalizó la lucha contra la Marina. Como efecto derivado, se hacían visibles los héroes anónimos: los pescadores, las mujeres, los jóvenes. 

El subtítulo del libro, “Manual de lucha para los jóvenes que quieren transformar a Puerto Rico”, responde a su marcado interés y confianza en las energías de la juventud. A lo largo de la escritura mantiene presentes a los jóvenes puertorriqueños mientras explica las lecciones aprendidas durante las batallas libradas por el pueblo viequense y ofrece consejos para aplicarlos hoy en la lucha por la salvación de Puerto Rico porque considera que eso es importante para librarlo de las garras del colonialismo que lo oprime y argumenta enérgicamente a favor de una “lucha frontal y decisiva en contra de quienes pretenden que aceptemos sumisamente las condiciones onerosas a las que quieren someternos”.

El libro se presenta en un formato muy cómodo. Es ancho, así como una de las calles de Vieques. Eso permite poder apreciar la calidad de las fotografías que documentan gráficamente la lucha de los viequenses y el arrojo de sus pescadores. Las fotos irrumpen en tonos sepias, grises, rosados e incluso hay algunas con un ligero tinte verde o azul como si evocaran los colores y la transparencia de las aguas de la Isla Nena. Cada uno de los catorce capítulos inicia con fotografías impresionantes, amplias, sobre un fondo de color sólido, acompañadas de una cita o una introducción breve sobre el tema a tratar. Cierran los capítulos imágenes prominentes que cuentan una breve historia o conclusión que, en muchas ocasiones, deriva en un mensaje de lucha para la juventud. La evidencia gráfica es contundente gracias al material visual que fue compartido por algunos medios de la prensa, entre los que sobresale el semanario Claridad, que consecuentemente documentó los acontecimientos, y las extremadamente valiosas fotografías de la Colección Aleida Encarnación. La excepcional labor editorial y de composición gráfica de Editorial El Antillano deslumbra, desde la primera ojeada, como una labor de compromiso mayor.

Los relatos de los eventos se absorben con avidez debido al maravilloso lenguaje de una narración viva, enérgica y potente. Según se avanza en la lectura, se tiene la sensación de estar en una de esas yolas, observando desde atrás todo lo que ocurre, casi escuchando las detonaciones durante los bombardeos de la Marina y sintiendo la intensidad del sol abrasador y el salitre según se deposita sigilosamente en la piel. Asimismo, se hace sentir el viaje cotidiano de la pesca, con el peso de las nasas, las trampas, con esas artes de pesca que son esenciales para el sostenimiento de tantas familias y es palpable la valentía de los pescadores, quienes se arriesgaron a perder sus herramientas de trabajo, incluyendo sus embarcaciones –y hasta la vida–, cada una de las veces que salían a combatir en el mar.

Carlos Zenón dedica el libro a Rafael Cancel Miranda y resalta con prominencia la participación clave de las compañeras de los pescadores viequenses en la lucha contra la Marina de Estados Unidos. Muy en especial menciona a una persona medular en las decisiones y copárticipe con él: Aleida Encarnación Rivera, su compañera de vida y su compañera de lucha. También resalta a otras mujeres valientes como Isabel Rosado Morales y Lula Tirado. En todo momento, mantiene presentes a los jóvenes y les habla directamente sobre su capacidad y potencial de luchar.

En los catorce capítulos se navegan tanto corrientes superficiales como profundas y se denuncian acciones que pusieron en riesgo las vidas de los viequenses: “Ahora sabemos del terrible crimen que cometieron contra los viequenses: la destrucción y el envenenamiento de nuestras tierras y mares y la epidemia de cáncer que provocaron entre nuestra gente. Nos engañaron por muchos años pero ya la verdad está expuesta.” Zenón habla de cómo las fuerzas navales estadounidenses sembraron los vientos, pero cosecharon tempestades. Afirma que “la intención original de la Marina había sido perjudicarnos económicamente, en su plan genocida de despoblar a Vieques”, y relata las tempestades a las que se enfrentó la Marina a causa de las estrategias concebidas por los viequenses como mecanismos de defensa y contraataque. Zenón afirma que no fue el estratega de la lucha y desvela la identidad del pescador a quien llama “el estratega de la lucha en el mar”, quien insistía en mantenerse bajo un manto de clandestinidad. En este libro, Zenón honra la memoria de Lino Lanzó Mercado y su arrojo. También reconoce la participación de los jóvenes de 1979, afirmando que “lograron algo valioso para el pueblo de Vieques y para todos los puertorriqueños” y destaca la participación de organizaciones cívicas y políticas que se unieron en total apoyo con la lucha de los viequenses.

En detalle, describe la participación de los almirantes de la Marina, del juez Juan Torruella, del exgobernador Carlos Romero y expone su percepción de las acciones de conspiración contra el pueblo viequense, incluyendo la falacia del “histórico acuerdo” entre Romero y la Marina. Al remontarse “más allá de nuestro archipiélago”, describe la entrevista privada que tuvo con el presidente cubano Fidel Castro en Nueva York y cómo, en 1982, se encontró sobre una tarima en el Parque Central de Nueva York hablándole a una multitud de casi un millón de personas congregada allí para manifestarse en contra de la proliferación de las armas nucleares. 

Zenón hace referencia a un hecho prácticamente desconocido que ocurrió el 30 de agosto de 1981, al cual llama “la insurrección de los viequenses” en el cual “cinco yolas de pescadores, un automóvil con su baúl lleno de piedras y la cría viequense estuvieron en la primera línea de combate en un intento de darle su merecido a la Marina de Guerra de Estados Unidos.”

En estas Memorias, no puede olvidar otros sinsabores más cercanos en el capítulo que cataloga como “la tentación de la víbora y la traición de los buscones”, donde expone las acciones de quienes se confabularon con la Marina y antepusieron sus intereses personales a los de la comunidad viequense. 

En el cierre, Zenón ofrece “algunos comentarios al final del camino”, en los que comparte sus reflexiones, análisis y anticipo de la lucha en Vieques y en Puerto Rico preparando el camino para arar la tierra puertorriqueña y surcar sus mares en busca de brisas favorables para navegar.

Las emotivas descripciones narradas por el líder viequense erizan la piel e invaden espacios sensitivos en el corazón. Aún más cuando las historias van acompañadas de fotos en las que se plasmaron momentos definitorios, como los de las confrontaciones en el mar mientras los pescadores intentaban detener las maniobras de la Marina, las acciones en tierra, los piquetes y el apoyo solidario de la Isla Grande. Esas imágenes son evidencia de que la lucha de Vieques no fue tranquila y sosegada, sino puro fuego. Los momentos de tranquilidad y calma asoman en varias fotografías que revelan la vida rutinaria del pueblo y de los pescadores en su quehacer cotidiano como, por ejemplo, cuando construían sus artes de pesca y las salidas a trabajar en el mar para lograr la pesca. 

Desde el punto de vista social, político e histórico, este libro es un tesoro. Se establece en la historiografía puertorriqueña con varias aristas. Es una memoria relatada por un testigo directo que no sólo fue observador sino que además fue actor principal en los acontecimientos. El libro enmarca en el género literario de la crónica, detallando los sucesos en una narración de orden cronológico e identifica los nombres de participantes, así como lugares y fechas. Es una crónica del siglo XX, escrita en el siglo XXI, que se asienta en la larga duración, en la que se narran los eventos a partir de 1940, momento en que, según expresa Zenón, “la Marina invadió a Vieques” hasta el momento en que fue expulsada sesenta años más tarde. Memorias de un pueblo pobre en lucha se convierte en una fuente primaria a ser consultada sobre estos sucesos.

También, según expresaba el antropólogo Ignacio Olazagasti Colón, en el libro se aprecia una narrativa épica. En estas, normalmente se relatan las luchas de grupos pequeños, casi indefensos, contra fuerzas gigantescas, y eso fue lo que ocurrió en Vieques: los pescadores lucharon frente a frente contra la Marina de Guerra en las mismas aguas que la Marina dominaba y la vencieron. Junto a la comunidad viequense dieron la batalla por recuperar lo que por derecho les pertenecía. La lucha de los pescadores de Vieques tiene paralelos en la historia. El profesor Olazagasti comentaba que, si la percibimos en sintonía con el historiador británico Eric Hobsbawm y el campesinado europeo, veremos a los pescadores como el campesinado europeo. En este caso, nuestros pescadores, con su esfuerzo, son los que levantan las economías de las islas y las costas, porque el arte de la pesca puede ser una economía auto sostenible. Sin embargo, si la destruyen buques de guerra extranjeros y bombardeos contaminantes resulta en la aniquilación de la población, un peligro que siempre advirtió el autor de nuestro libro. Como hombre de mar, conoce los reflejos del sol en el agua y puede avistar un chispeo, así como un escarceo, y así es como divisó a la Marina de Guerra desde siempre. 

Este es un libro vital. Representa un pedazo de la historia de nuestro archipiélago y también es parte de la historia sobre los derechos humanos en Puerto Rico. Esta es la historia de cómo un pueblo defendió sus derechos ante las agresiones implacables de la Marina de Guerra estadounidense, que se había apropiado de su isla para llevar a cabo ejercicios militares con bala viva y arrendar a otras naciones sus juegos de guerra a costa de la paz, la salud y el bienestar de los viequenses. 

Hoy, la Marina de Guerra y sus balas vivas no están. Tenemos estas Memorias vivas de ese pueblo bravo en lucha y de aquellos pescadores que estuvieron dispuestos “a arriesgar mucho, a arriesgarlo todo, por sacudirse el yugo de la tiranía militar que se le quería imponer al pueblo permanentemente. Estas Memorias forman una historia de las luchas de esos puertorriqueños pobres que supieron ofrecer lecciones de rebeldía y decoro, las cuales fueron fundamentales en la derrota de la Marina.”

Zenón, Carlos (Taso). Memorias de un pueblo pobre en lucha: Manual de lucha para los jóvenes que quieren transformar a Puerto Rico. San Juan: Editorial El Antillano, 2018.

Antonia la historia de su nombre

Especial para En Rojo

Quiero agradecer al Lcdo. Hiram Sánchez por haberme invitado a conversar sobre este libro, Antonia, tu nombre es una historia, que pienso tan apremiante para la historia contemporánea de nuestro país.

No han importado los años que llevo escuchando esa canción radiográfica nuestra compuesta por Antonio Cabán Vale ‘El Topo’, Antonia, porque el título de este libro me ha resultado tan expresivo y estremecedor como si nunca antes lo hubiese escuchado. Todos estos días me he preguntado por qué, si estoy escuchando la canción desde que nací. Y creo que se debe a la significancia que asume ahora esa oración que en realidad es un verso. Antonia, tu nombre es una historia ya no es solo una promesa, no es la línea poética de aquella pieza que siempre habíamos cantado y escuchado con un pedazo contundente pero pequeñísimo, insuficiente, de historia. Ahora esa línea “Antonia, tu nombre es una historia”, se ha consumado. La historia de Antonia, aquella mártir de quien solo sabíamos que era estudiante de Educación y las circunstancias repulsivas, espeluznantes, en las que había sido asesinada por el Estado, por fin está escrita, investigada, documentada. Eso es una victoria, una evolución muy grande para la memoria de nuestro país aunque la mayoría de nuestros compatriotas no se entere aún.

Nos agreden y lanzan gases lacrimógenos sin discriminar entre nuestros niños, abuelas, mujeres embarazadas; arrestan a nuestros estudiantes masiva y aleatoriamente, para luego tener que aceptar que no saben siquiera por qué los arrestaban. Nos fabrican casos, nos encarcelan, nos amenazan e intimidan a ver si así evitan que salgamos a denunciar o a procurar la transformación del País. Eso es lo que nos hacen a quienes protestamos. A las personas vulnerables que no tienen cómo vindicar sus derechos, a esos el Estado simplemente los asesina o los hiere de gravedad, del mismo modo que asesinó a Antonia.

Antonia, tu nombre es una historia es un libro de género fronterizo. Se podría decir que es una historia verídica, una investigación, una biografía novelada, una memoria, una novela, y todas serían correctas. 

Y aunque está claro que es la historia de Antonia Martínez Lagares, uno de nuestros varios asesinatos políticos sin esclarecer, también podría decirse que este es un libro de historia sobre la oposición al servicio militar obligatorio y la presencia del ROTC en la Universidad de Puerto Rico; sobre el activismo universitario de la nueva lucha por la independencia de Puerto Rico; sobre la excepcional e histórica impunidad del brazo de fuerza del Estado, la Policía de Puerto Rico. Todo esto sería correcto. 

Una de las cosas que más llama la atención sobre esta investigación es su nivel de dificultad, solo sobrepasado por lo que sospecho fue una férrea voluntad de su autor, sumado a su vasto conocimiento jurídico, especialmente en los procedimientos criminales, lo que tuvo que facilitarle buen tramo de lo que a todas luces fue un campo de investigación minado. No es que sorprenda pero indigna sobremanera algo que el autor revela temprano en la lectura: y es que no existe expediente alguno sobre el asesinato de Antonia. Así como lo oyen. A mí no me puede sorprender porque ya conozco esta vieja tradición que se extiende desde la Policía hasta el Departamento de Justicia y las estructuras federales de ley y orden y deliberación de la justicia. No es nuevo que el expediente de un asesinato político desaparezca, así como han desaparecido en distintas instancias los expedientes de Carlos Muñiz Varela y Santiago Mari Pesquera, también asesinados políticos. Ya entrados incluso los años 2000, una fiscal asignada al caso ha tenido que hacer labor cuasi arqueológica para encontrar el expediente de Mari Pesquera, que luego halló enterrado literalmente bajo polvo y basura, en los sótanos del Departamento de Justicia. Así mismo nunca aparecieron las carpetas de Muñiz Varela y de mi hermano, Santiago Mari Pesquera. ¿O es casualidad que el hijo asesinado es el único de los hijos de Juan Mari Brás cuya carpeta nunca apareció? 

La ausencia del expediente de Antonia es otro signo de una mentira mucho mayor, del gran fracaso democrático de nuestro país, de la caída de una cínica puesta en escena que prevaleció hasta hace muy poco, engañando a generaciones no solo de puertorriqueños y puertorriqueñas sino de caribeños y latinoamericanos, que creyeron la mentira perversa de que los democráticos, civilizados y bendecidos éramos nosotros y los demás eran los que tenían represión, dictaduras y un desprecio absoluto por las libertades y la vida democrática. 

Pues resulta que todos esos países que vivieron bajo dictaduras (reales o ficticias) hoy día no solo tienen sistemas mucho más democráticos que el nuestro (lo cual no es mucho decir) sino que tienen una memoria colectiva viva, latente. República Dominicana, Cuba, Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay, todos los días de sus vidas recuerdan y repasan las calamidades, las desapariciones, las ejecuciones, la represión, todo lo acontecido allí. Si bien en el Cono Sur, por ejemplo, hay instituciones que impulsan políticas del olvido y la reconciliación, muchas otras promueven una ética cotidiana de la memoria, y esta ha quedado expuesta, y los jóvenes y cualquiera que visite el país, en unos más que en otros, saben lo que aconteció allí. Y no son democracias perfectas porque el capitalismo salvaje no permite la vida democrática pero la gente sabe y ese saber se transmite a las nuevas generaciones, que todavía están buscándose en algunos casos con sus familiares biológicos. Aquí, lo he vivido, usted entra a una clase de historia a nivel graduado en la Universidad de Puerto Rico y la mayoría de los jóvenes no sabe quién fue Antonia Martínez Lagares ni Carlos Muñiz Varela ni Santiago Mari Pesquera ni Luis Ángel Charbonier ni Ángel Rodríguez Cristóbal ni Orlando Canales. Los que más conocen, tal vez hayan escuchado algo de Carlos Soto Arriví, de Arnaldo Darío Rosado y de Filiberto Ojeda Ríos, todos asesinados políticos nuestros, pero solo porque una pequeña resistencia política y cultural se empeña en nombrarlos y recordarlos. 

Estos países con historias abiertamente fascistas, gobiernos militares impuestos por dictaduras, tenían en común estar conscientes de lo que esos gobiernos tenían la potestad de hacer. El hermetismo, la imposibilidad democrática en aquellos contextos sugería la violencia extrema de todo cuanto podía ocurrir y en efecto ocurría, bajo el desamparo político casi absoluto. 

¿Pero qué hacemos los que vivimos esto, a nuestra escala, en un país de libertades individuales? Nosotros éramos los que, según la leyenda, respetábamos la democracia. Y aquí estamos hoy. Si el asesinato de Antonia hubiese sido un caso aislado, de un policía violento, una “manzana podrida” como gustan llamarles sus propios jefes para lavarse las manos y eludir responsabilidades, en primer lugar no se hubiese encubierto al verdadero culpable y acusado a un chivo expiatorio que todos sabían saldría exculpado por razones obvias: porque era inocente y tendría evidencia para probarlo. Y aquí tengo que hacer la salvedad de que el Comité Por la Verdad y la Justicia, creado para finales de los noventa, principios de los años 2000, ya entonces denunciaba el caso de Antonia como un encubrimiento y al acusado como el chivo expiatorio que fue, por eso figuraba entre los casos de asesinatos no esclarecidos que ese grupo ciudadano promovía aunque con muy poca información, en efecto.

Si el asesinato de Antonia hubiese sido un caso aislado tampoco se habría desaparecido ese expediente de forma tan poco misteriosa. Ni hubiesen desaparecido estos otros tantos expedientes, ni existiría esta lista de 9 asesinados políticos solo en los últimos 50 años y cuyos casos todavía no han visto el día de su justicia, incluyendo a Filiberto Ojeda Ríos. Sabemos que todo esto ocurre porque la represión ha sido sistémica y en muchos casos ha tenido el control y liderato del poder imperial y la condescendencia y servicio del colonial. 

Por todo esto, para mí, lo más emotivo y trascendental de este libro es el trabajo de rescatar la memoria aniquilada, literalmente desaparecida, echada al zafacón, al olvido, por la oficialidad. Desde ese vacío que significa la muerte, reconstruir nuestra memoria como un proyecto político por la vida, por la justicia, por la libertad me parece un acto de amor profundo y también de gran sedición. 

Sorprende la voz cándida que ni la abogacía ni los años ni el trabajo con el gobierno ni la carrera como juez parecen haber podido suprimir. Si bien la investigación está sustentada en un sólido entendimiento de los pormenores legales que forman una buena parte de la investigación, por largos pasajes, da la sensación de que es el joven Hiram Sánchez, aquel espigado estudiante amigo de Toñita Martínez Lagares, pupilo en la calle Borinqueña de Santa Rita, quien escribe. Hiram Sánchez demuestra en este libro que los abogados pueden escribir sin clichés, sin enredos, tecnicismos ni rimbombancia. Aunque obviamente existen grandes escritores y escritoras abogadas en nuestra historia, son más los casos en que el talento literario no sobrevive la educación y posterior profesión legal. Pienso que la escritura de Sánchez sobrevivió al abogado, al asesor de gobierno y al juez. Esa virtud no se encuentra exclusivamente en su estilo literario natural y sin pretensiones. Hay dos elementos aún más valiosos, me parece, y estos son el ritmo y la ternura apacible, libre de cursilería, de cualquier adorno excesivo incluso, con que ha podido contar esta historia. Como historia trágica, su nivel dramático es elevado y complejo. Pero nunca se acerca al melodrama, algo muy difícil en el desarrollo de una historia como esta. Tiene incluso momentos ligeros, c0n comentarios cómicos, paradójicos y curiosos. Sin pretender hacer un ‘spoiler’, no puedo pasar inadvertidas las referencias a personajes muy disímiles que figuran en esta historia: desde los discursos patrióticos legendarios del líder fupista Florencio Merced Rosa, hasta el gran Noel Colón Martínez, quien durante años, con gran sentido jurídico e histórico, guardó el producto de su propia investigación del caso de Antonia de la época y que ahora fue trascendental para que este libro pudiera escribirse. Pero esas menciones jamás serán bizarras, como pueden resultar las del Amolao de Cataño y -mejor todavía- los fundadores del Conjunto Quisqueya, quienes me pregunto si a raíz de este suceso se habrán hecho independentistas…. Necesito saber para incluirlos de inmediato en la lista de artistas consecuentes de la tarima del Festival de Claridad. 

Todo esto se cuenta en un tono dulce y sencillo, distendido en la recreación del momento histórico, riguroso en la investigación y la búsqueda de la verdad. Pero es una escritura completamente dispuesta al servicio de la historia de Antonia y su escenario político, algo realmente poco común en el género testimonial y en la memoria, en los que el sentido o la presencia del yo puede muy fácilmente cooptar la narración. De hecho, tan al servicio de la historia está, que una se queda con las ganas de saber cómo fue exactamente que el joven Hiram pasó de ser un muchacho estadista de Yauco, a uno independentista que militaba contra el ROTC y la guerra de Vietnam. 

Todo el que me ha hablado de este libro me ha dicho que lo leyó de un tirón, que lloró profusamente y que al final se quedó con las ganas de más. Todas son señales asociadas a los buenos libros. Sí, es una historia cosida con una sensibilidad literaria que raya en la mesura emotiva pero que, creo, resulta en un ejercicio de desprendimiento muy efectivo porque da la sensación de que la emoción emana de la historia misma, de la vida joven e intensa de Antonia, de sus amores y sus opresiones: la mudanza temprana en su vida a Estados Unidos buscando sus padres una mejor vida; la niña vulnerable a la agresión sexual, el regreso a la patria como protección, la separación de su madre y luego de su hermana y confidente, la disciplina académica, la llegada a un hospedaje de San Juan y a la vorágine universitaria con el sueño de ser maestra de español, la ilusión de un amor a distancia, la belleza y complicidad de ella y su hermana creciendo junto a nuevas amistades entre escenarios de represión, de luchas, victorias y frustraciones colectivas y ese desenlace monstruoso que todavía hoy nos explota en la cara. 

Lo más espeluznante para mí siempre es cómo, después de la calamidad, después del desastre, del caos, de la muerte, todo continúa como si nada hubiese pasado. El inevitable regreso a una supuesta normalidad siempre ha sido motivo de pavor, de angustia y reflexión para mí. Un día ocurre algo casi apocalíptico, algo que, al menos para ti, cambia la composición del mundo, y al otro día te levantas al mismo sonido de fondo de todas las mañanas, te vas a hacer café y a leer las noticias. El asesinato de Antonia tuvo unas repercusiones extremas en el movimiento independentista de entonces. Eso es posterior al asesinato, por lo que no se aborda en el libro, tampoco era su intención. Pero el país, 49 años después, no parece recordar –que no es otra cosa que volver a pasar por el corazón– esta desgracia. 

Por eso quiero detenerme nuevamente en la memoria, que en última instancia es la mayor aportación de esta investigación. 

El rescate de esta memoria es oportuno porque la represión, el abuso de fuerza y de poder del Estado, su sentido de impunidad, no son características exclusivas del Puerto Rico álgido de los años setenta. Si la historia fuera progresiva, las calamidades quedarían siempre en el pasado y entonces no habría tanta necesidad de rescatar la memoria. Pero el Puerto Rico de hoy es distinto pero no tanto del País donde un representante del Estado asesinó a Antonia. Hoy no nos matan literalmente en medio de una protesta pero nuestro último asesinado político fue muy reciente: Filiberto Ojeda Ríos, 2005, asesinado por el gobierno de Estados Unidos. 

Aquí, hoy, en la colonia, hombres sin identificar arrestan a nuestros jóvenes por ejercicios de expresión. Los meten en un vehículo no identificado como si los secuestraran. Nos agreden y lanzan gases lacrimógenos sin discriminar entre nuestros niños, abuelas, mujeres embarazadas; arrestan a nuestros estudiantes masiva y aleatoriamente, para luego tener que aceptar que no saben siquiera por qué los arrestaban. Nos fabrican casos, nos encarcelan, nos amenazan e intimidan a ver si así evitan que salgamos a denunciar o a procurar la transformación del País. Eso es lo que nos hacen a quienes protestamos. A las personas vulnerables que no tienen cómo vindicar sus derechos, a esos el Estado simplemente los asesina o los hiere de gravedad, del mismo modo que asesinó a Antonia. Así, sin contemplaciones, un tiro y se resuelve el malestar que pueda provocar un paciente de salud mental, un joven agobiado por una enfermedad crónica, una persona sin hogar que lucha por un espacio en la calle, un joven negro y pobre a quien el País ha ignorado y privado de oportunidades durante toda su vida. Y eso también es represión. Los números están ahí, luchamos para obtenerlos, los analizamos, llevamos nosotros también nuestra propia y tortuosa contabilidad, recogemos el testimonio de las víctimas y sus seres cercanos. El Estado ya no nos mata en las protestas porque están frente a miles de cámaras. Pero nos sigue matando allí donde nadie los graba, y nos mata por anormales, por diferentes, por pobres, por desafiantes, por molestosos, por enfermos.

Dice Braunstein en su libro Memoria y espantoquela memoria es previa. Es fundadora del ser”. Y también dice que “la vida es una novela, la nuestra, la suya, la que contamos y que cuentan los pacientes, sesión tras sesión, en su psicoanálisis, la que se escribe en diarios, agendas y autobiografías. En el texto de esa novela hay siempre algún mito fundador, una pre- historia ancestral, un relato del génesis que el sujeto no puede recordar porque le viene de los labios de otros. Sobre el mito originario y sobre las huellas de experiencias innominadas se levanta la choza o el palacio de la memoria en el que alternan oscuras cavernas y salones a media luz. Debe haber, además, un acontecimiento primero, basal, que sirva de ancla para comenzar el relato de las peripecias de una existencia y de un exilio vitalicio, un exilio en el país de la memoria”. 

Este libro es también a su manera un homenaje a esos “mitos fundadores”, a esas voces ancestrales que en su momento nos anticiparon la historia de Antonia relatándonos todo lo que aconteció antes, como preámbulo del 4 de marzo de 1970. También a esas voces que el día siguiente, 5 de marzo de 1970, despertaron a tomar café pero nunca olvidaron, ni cedieron, ni se desentendieron. Ni psicológica ni discursivamente; y continuaron denunciándolo, volviendo a pasar por el corazón, buscando respuestas a lo largo de sus vidas. 

Por eso quiero terminar con unas palabras que pronunció mi padre, Juan Mari Brás, en el momento en que enterró a su hijo Chagui, porque sé que fueron inspiradas por todos los mártires de esta patria que ya entonces habían caído, y muy especialmente por Antonia: “Y nuestro único compromiso es transformar el martirologio en heroísmo. No es la venganza lo que puede animar los corazones de seres tan hondamente heridos, que no podrían satisfacerse con un sentimiento banal, pequeño y mezquino como ese. Solo cuando transformemos ese martirio en heroísmo, el pueblo entero, el pueblo amado de Puerto Rico por el que cayó Chagui, por el que han caído todos en esta jornada más que centenaria, levantará a los cielos el monumento de una Patria nueva, de una Patria hermosa, de una Patria donde no puedan darse jamás crímenes como éste”. 

Este texto sirvió como presentación del libro Antonia, tu nombre es una historia, de Hiram Sánchez, el 16 de marzo de 2019 en la Librería Norberto González en Plaza Las Américas. 

¿De verdad el que calla otorga?

Zahira Mabel Cruz / Especial para En Rojo

El silencio también es un ejercicio de voluntad,
no una admisión pasiva de culpabilidad o indiferencia, ni una carta en blanco para que los que desconocen la duda, luego de firmar en ella la sentencia, incluyan las pautas y las condiciones bajo las cuales dictarle al interpelado cómo reaccionar a ella. Pero entiendo,
es que a veces tenemos más pantalones que buena orientación de juicio para distinguir. No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, así como tampoco es lo mismo estar bebido que estar bebiendo,
ni estar jodido que estar jodiendo.

Quisiera razonar un poco aquí con ustedes sobre esta aseveración que en días recientes un querido amigo me hizo recordar: “El que calla otorga”. Esta, y tantas otras, siempre me han parecido las frases de quien no tiene mucho más que reflexionar. “Cuando el río suena es porque agua trae,” o “crea fama y acuéstate a dormir” son de las más típicas. Su uso nunca me ha dejado razón para creer distinto de que son pronunciadas desde el lugar de aquellos que creen tener la Verdad de su lado. Y por supuesto, lo que queda expuesto es que hablan desde el lugar de la ignorancia —que es atrevida, ¿no?—. Me pregunto si utilizamos estas frases con la pretensión de que sean la conclusión verdadera de algún silogismo aristotélico. En ese caso, sospecho que ya es tiempo de que sepamos que, dentro de la lógica aristotélica, estos dichos no serían más que falacias o sofismas. Pero metámosle pensamiento: la realidad es que son sólo refranes, razonamientos superficiales disfrazados de razonamientos válidos y profundos que se transmiten de generación en generación. Nada tienen que decir de la realidad. Entonces, no son válidos en la mayoría de las circunstancias en que son utilizados. Por lo que ni yo ni nadie debería dejarse llevar por ellos, ni admitir su uso como argumentación sobre absolutamente nada, pero mucho menos sobre cosas tan serias como la reputación de alguien. También se dice que no asumir posición ante algo es asumir posición. 

Pues ahora, con este refrán en mente, vamos a jugar el juego. Desguacemos el que versa: “el que calla otorga”. Si decimos, por ejemplo, que “no asumir posición ante algo, es asumir posición”, entonces: ¿callar ante algo que pretende respuesta es dar carta abierta para que se te acuse? O peor aun, ¿es admitir culpabilidad? ¿Qué diría Aristóteles? Bueno, en su lógica se trataría de una falacia extralingüística, entiéndase tal cual la define José Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía, como la “conclusión irrelevante” o ignoratio elenchi, que es un tipo de falacia “que se produce cuando no se da la prueba de una argumentación y falta algo en su definición. Sería falacia en este sentido proclamar que ‘la misma cosa es a un tiempo doble, ya que dos es el doble de uno, pero no el doble de tres’”. 

Entonces, si no asumir posición es asumir posición, el silencio sería, según el pensar de muchos, una posición neutra o de complicidad. Esta posición, que si en algunos casos ha sido asumida por culpables, no quiere decir que en todos los casos el que la asuma sea culpable. Considerar la posición del silencio de esta manera es de un razonamiento pobre, limitado a la lógica binaria de blanco o negro. Y podríamos decir que corresponde al tipo de falacia extralingüística aristotélica de “la ignorancia del consecuente que supone su falsa conversión”. El ejemplo aristotélico es: “supuesto que ‘si A es, necesariamente B es’, es erróneo afirmar que ‘si B es, A necesariamente es’”. Añade Ferrater: “Así decimos que el suelo está mojado tras la lluvia, pero no es necesariamente verdad –ni puede referirse, por lo tanto– que si el suelo está mojado es porque ha llovido” (345).

El silencio también es un ejercicio de voluntad, no una admisión pasiva de culpabilidad o indiferencia, ni una carta en blanco para que los que desconocen la duda, luego de firmar en ella la sentencia, incluyan las pautas y las condiciones bajo las cuales dictarle al interpelado cómo reaccionar a ella. Pero entiendo, es que a veces tenemos más pantalones que buena orientación de juicio para distinguir. No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, así como tampoco es lo mismo estar bebido que estar bebiendo, ni estar jodido que estar jodiendo. O como dice la banda de rock española Mägo de Oz en su canción “Molinos de viento”: “No todo es blanco / O negro: es gris / Todo depende del matiz / Busca y aprende a distinguir / La luna puede calentar / Y el sol tus noches acunar / Los árboles mueren de pie”.

Crucigrama: Consuelo Lee Tapia

Horizontales

1. _____ Juan; ciudad natal de Consuelo Lee Tapia.

3. Descolló.

8 Consuelo Isabel _____ Tapia; escritora y líder revolucionaria del independentismo puertorriqueño.

9. Rezas.

11. _____ Socialista Puertorriqueña; Corretjer y C. Lee Tapia fueron miembros fundadores de la organización política.

14. Consuelo Lee _____; autora de Con un hombro menos, Himno de Lares, y Frente a la otra cárcel.

19. El _____; periódico fundado por Corretjer y organizado por C. Lee Tapia.

21. Juan _____ Rivera; revolucionario puertorriqueño. General de la guerra de independencia de Cuba.

22. Himno de _____; poema de C. Lee Tapia.

23. _____ Antonio Corretjer; poeta y revolucionario puertorriqueño; esposo de C. Lee Tapia.

26. Parte inferior del tejado.

28. Juntabas.

30. Asistir.

31. Lengua provenzal.

32. Grupo social primitivo de un mismo origen.

34. Capa interna de las tres que forman la concha de los moluscos.

37. Aplícase a los troncos y ramas de árboles que en los escudos heráldicos se figuran con nudos y sin los ramos menores, fem.

42. _____ Hispanos; semanario publicado en EEUU que fuera dirigido por Corretjer y con C. Lee Tapia en la organización del mismo.

43. Del verbo sobornar.

44. Forma de pronombre.

45. Símbolo del molibdeno.

46. 29 de _____ de 1904; nacimiento de C. Lee Tapia.

49. Consuelo _____ Lee Tapia; junto a Corretjer organizó los periódicos “El Boricua” y “Pueblos Hispanos”.

50. Lávale, límpiale.

Verticales

2. Negación.

3. Otorga.

4. Séquito, acompañamiento o comitiva.

5. Tapar, ocluir.

6. Hugo _____; escritor flamenco autor de “El lamento de Bélgica”.

7. Escuché.

8. Artículo, fem.

10. Segunda nota musical.

12. Nombre de la letra g.

13. Eugenio _____ de Hostos; prócer de la independencia de Puerto Rico.

15. Altar.

16. Elevé la bandera.

17. Con un hombro _____; poemario de C. Lee Tapia.

18. La _____ y la identidad puertorriqueña; ensayo de C. Lee Tapia publicado en Pueblos Hispanos.

20. 28 de _____ de 1989; fallecimiento de C. Lee Tapia.

24. _____ Isabel Lee Tapia; estando en la Liga Socialista Puertorriqueña, fue arrestada en octubre de 1969 acusada de conspiración contra EEUU.

25. _____; ciudad donde falleció C. Lee Tapia. Sus restos descansan en Ciales, cuna de Corretjer.

27. Enrollar, envolver.

29. Relación escrita de lo sucedido, tratado o acordado en una junta.

32. Alejandro _____ y Rivera; se le considera el padre de la literatura puertorriqueña. Abuelo de C. Lee Tapia.

33. Naturales de la Iberia europea, fem.

35. Frente a la otra _____; poema de C. Lee Tapia.

36. Inundación, crecida.

38. _____ Saavedra Apón; escritor peruano, autor de Ya no llovería para julio (2007).

39. Símbolo del osmio.

40. Carta de la baraja.

41. Cúpulas.

47. Símbolo del aluminio.

48. Interjección para ahuyentar a los perros y a otros animales.

El agua nuestra de cada día danos hoy

Marcelo Barros/Especial para En Rojo

Esta semana es marcada por el 22 de marzo, Día mundial del Agua. En este año, tenemos más motivos para valorar esa fecha propuesta por la ONU. Es la misma ONU la que afirma: en los últimos 50 años, hubo una reducción de más de 60 % del agua dulce disponible en el planeta. El stress hídrico es ya una realidad para más de mil millones de seres humanos que viven con menos de dos litros de agua potable por día. Actualmente, las sequías y destrucción de los ríos son desastres provocados por la forma en como la sociedad organiza el mundo y transforma todo en mercancía. 

La América de Sur y Caribe tiene una buena parte del agua del mundo, pero, como en todos los continentes, esa distribución no es igualitaria. Mientras en la cuenca de la Amazonia que baña Brasil, Perú, Colombia y Venezuela, se concentra casi 12% de toda el agua dulce del mundo, en el interior del continente y en los altiplanos el agua es escasa. Casi todas las grandes ciudades sufren una deterioro de la calidad del agua que es consumida y, al mismo tiempo, períodos en que ni esa agua menos potable es garantizada. 

En su carta sobre el cuidado de la casa común, el Papa Francisco alerta: “El agua potable y limpia es una cuestión de primordial importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sostener los ecosistemas terrestres y acuáticos” (Laudatum sii, 28).

Entonces, es urgente que movimientos sociales, organizaciones de base e Iglesias insistan: el agua es un bien común, derecho de todo ser vivo y no puede ser privatizada y mercantilizada. Sin agua ningún ser vivo puede vivir. 

Religiones y tradiciones espirituales deberían dar a la humanidad una cultura amorosa de relación con la tierra y las aguas. Muchas tradiciones creen que la vida nació desde las aguas. Tanto en las tradiciones indígenas de América, como en la Biblia, el agua es siempre símbolo e instrumento del Espíritu de Dios. Inspirados por esa cosmovisión y alimentados por la necesidad de defender las fuentes de agua amenazadas por el Capitalismo, en diversos países, grupos étnicos originarios y organizaciones sociales llevan importantes luchas legales en contra la privatización del agua y han participado de comisiones de defensa de ríos, lagos y fuentes. Así como los cristianos reconocen en el compartir el pan de la presencia de Jesús, ahora somos invitados a testimoniar el Espíritu presente en cada poco de agua que compartimos, como sacramento de la presencia y acción del Espíritu, Madre de la Vida.