Inicio Blog Página 1582

Hamiltonitis o “The Lin-Manuel Miranda Hour”

El telón de Hamilton, en el Centro de Bellas Artes de Santurce, bajó por última vez la noche del domingo, 27 de enero. Sin duda es la obra teatral más vista y más exitosa en la historia del teatro isleño: más de veinte funciones a sala llena y un público total de alrededor de 45 mil espectadores y la mayoría de ellos puertorriqueños y no extranjeros. Además, todos los boletos regulares disponibles se vendieron en un solo día precisamente dos meses antes del estreno. Hubo largas filas de muchas horas en la boletería del teatro de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y en las sucursales de Ticketpop en las tiendas Walmart y otras. Los que esperaban pagaron entre 99 y más de 400 dólares para comprar sus asientos para la obra. 

Para los que no pudieron llegar a la UPR o a un Ticketpop, hubo una venta en línea que iba a realizarse el mismo día. Pero la venta digital se canceló después de solamente una hora y doce minutos. Al parecer no hubo forma de limitar la venta digital de boletos a solamente residentes de Puerto Rico. A los que por razones geográficas u otras no pudieron llegar a las filas de venta ese primer día, quedaron dos otras opciones: la primera fue entrar en una lotería diaria a través de la APP de Hamilton para intentar ganar uno o dos del pequeño porcentaje de boletos disponibles para cada función a 10 dólares cada uno. La segunda opción requería quedarse en fila frente al Centro de Bellas Artes el día de cada función para averiguar si habría boletos no recuperados de la lotería u otros no utilizados por la producción. Esos boletos se vendieron en 250 dólares. De mi experiencia en fila, el número disponible variaba entre un máximo de 80 a un mínimo de sólo 5 según el día y la función. Cada día las filas de espera llegaron a más de 200 personas. También hubo una función reservada para estudiantes a 10 dólares el boleto y esa fila comenzó el martes anterior a la función del miércoles.

En general, Hamilton despolitiza la guerra revolucionaria americana por ampliar y hasta reinventar la noción de la identidad americana ya como una utopía de entremezcla e inversión racial y étnico-cultural. No solamente el hecho de que George Washington es afro-americano; todo el mundo es algo-americano: un arco iris de trasfondos, herencias y tonos raciales, culturales y humanos. Hamilton pone en práctica lo que debe haber pasado dentro de los repartos teatrales hace décadas, y gran parte de su popularidad en Nueva York deviene del deseo de su público local y extranjero de experimentar esa utópica visión multi-étnico-racial.

Todo esto indica que Hamilton pudiera haber ofrecido 20 funciones más en Puerto Rico y todavía no hubiera habido butacas suficientes para todos los que deseaban pero no podían presenciar la obra porque no hubo boletos –baratos o caros– disponibles. 

¿Por qué tanto el interés en Hamilton, una obra musical en inglés sobre la vida de Alexander Hamilton (la cara en el billete de 10 dólares americanos) y uno de los fundadores de la República Estadounidense?

“Hamiltonitis”, o la obsesión con la música, letra, trama, montaje y reparto de Hamilton, resulta del hecho de que después de su estreno hace casi 4 años en Nueva York, la obra se ha convertido en el éxito más grande en la historia de Broadway, la zona de teatro comercial más importante de Estados Unidos y el mundo entero. Ganó 11 premios TONY (equivalente en Broadway a un OSCAR en el cine hollywoodense). Sigue en Broadway, donde supuestamente no hay boletos disponibles hasta 2020 o 2021, y ahora varios otros repartos profesionales –como el de San Juan—están estrenándose en ciudades a través de Estados Unidos y en Londres. Hay loterías en esos lugares también porque todos los boletos están vendidos. Hamilton sobrepasa a The Lion King y hasta Circe du Soleil en su éxito global.

Sin embargo, más importante para el público puertorriqueño es el hecho de que el autor, letrista, compositor y actor-cantor principal de Hamilton es el puertorriqueño nacido en Nueva York, Lin-Manuel Miranda. De familia de Vega Alta, Lin-Manuel se ha controvertido en ícono contemporáneo de la productividad excelencia creativa teatral de un inmigrante (o hijo de inmigrantes) “americano”: “immigrants get the job done”, como dice una canción de Hamilton. De casi la misma manera, la obra nos hace pensar que hace 250 años Alexander Hamilton, hijo ilegítimo del dueño de una plantación en la isla caribeña de Nevis, también muestra el rol de ícono por su ambición, inteligencia y desempeño estratégico e intelectual. Hamilton llegó a la colonia británica de Nueva York para estudiar, entró en el lado rebelde de la guerra americana de independencia y salió como parte del núcleo de los fundadores de los Estados Unidos. 

Pero la popularidad de Hamilton en Puerto Rico parece tener menos que ver con el tema de la obra teatral como tal y más con la curiosidad de saber de qué se trata su gran éxito en Nueva York. Aún más se registra el deseo isleño de festejar y compartir la celebridad de Lin-Manuel. La cara de Miranda ya es conocida en cine, televisión, los medios sociales y al lado de los Obama en la Casa Blanca, además del teatro profesional. Descontando el gran número de extranjeros que sí llegaron y pagaron más para ver a Hamilton, para la mayoría de los puertorriqueños dentro de la sala de festivales Antonio Paoli en el Centro de Bellas Artes esto fue “The Lin-Manuel Miranda Hour” con él en el papel principal. Muchos de ellos no asisten regularmente a obras del teatro puertorriqueño en otras salas. Pero en esta ocasión, vinieron para ver, casi tocar y sentir la presencia del muchacho del barrio que se convertió en estrella tan maravillosamente en Nueva York. Por eso, al igual que allá en Broadway, Hamilton fue un evento artístico-social único en el teatro local acompañado por reseñas celebratorias y comentarios periodísticos de una élite literaria e intelectual que incluye Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega, Mayra Santos-Febres y Silverio Pérez entre otros.

No obstante, en Puerto Rico en enero de 2019, Hamilton cosechó controversia al igual que aplausos, frustración al igual que la alegría carnavalesca. El andamiaje de su presentación integraba los elementos crudos de la crisis fiscal de la isla, la ley PROMESA, la Junta de Control Fiscal, el desprecio abierto de la Universidad de Puerto Rico por su propia administración y el gobierno isleño, el todavía presente choque de los huracanes Irma y María y la patente incompetencia de las autoridades locales y federales para entender y enfrentar la gravedad del proceso de recuperación después de los huracanes.

Pocos meses después del huracán María, Lin-Manuel Miranda habló a una sala llena de cientos de estudiantes de la UPR en Río Piedras y su propuesta enfatizó cómo el montaje de Hamilton en el entonces dañado y cerrado teatro universitario beneficiaría a la UPR y sus estudiantes. Tuvo la recepción abrumadoramente positiva de una estrella de “rock” con numerosos estudiantes cantando las canciones de Hamilton que sabían de iTunes o el CD de la obra. Según él, la obra iba a presentarse en el teatro para ayudar a la UPR, habrían boletos disponibles para los universitarios, talleres y charlas para los estudiantes, un sentido de intercambio artístico-cultural entre los artistas de teatro locales y el elenco y los productores de Hamilton. Tanto la universidad en crisis como el país, todavía en ese momento enfrentando una recuperación sin luz y dirección estratégica, se beneficiarían de la presentación de la obra. Habría precios módicos para estudiantes y residentes de Puerto Rico y precios a nivel de Broadway para los extranjeros y otros que podrían pagarlos. 

Sin embargo, la entrada de varios estudiantes con gritos y pancartas nos despertó del sueño Robin Hood-esco. Protestaban porque Lin-Manuel escribió una columna en el New York Times a favor de la ley PROMESA e hizo campaña para la ley en Estados Unidos. Más tarde, después de ver la explotación y corrupción patente, retractó su apoyo de PROMESA, la Junta de Control Fiscal y COFINA, pero tal vez no con la fuerza y energía con que había originalmente apoyado el proyecto.

Casi un año más tarde, accesibilidad a los boletos sería un problema desde el 10 de noviembre de 2018, cuando la venta en línea terminó después de solamente una hora. Muchas personas quedaron aislados de la venta directa y nunca lograron obtener boletos. Jet Blue, Turismo y los productores (¿y otros?) tenían boletos para ofrecer en paquetes a viajeros, turistas, amistades de la compañía y VIPs, pero no hubo acceso para muchos puertorriqueños. Por ejemplo, sin la venta por Internet los viequenses encontraron obstáculos contundentes. 

Como crítico de teatro por los últimos 40 años, pero también como residente de Vieques, no tuve manera de conseguir un boleto excepto a través de la lotería. Pude asistir a Hamilton solamente porque una amiga me regaló un boleto de los tres que había conseguido en la UPR el día de la venta. Pero fue solamente uno y María Cristina no pudo asistir a la obra conmigo. Entramos en la lotería y nos paramos en fila frente a Bellas Artes sin suerte. Este caso se repitió ad infinitum. Cuestiones quedan sobre quién recibió boletos y cómo. La noche que vi la obra una tercera parte o más del público parecía compuesto de visitantes del exterior. 

El teatro universitario se reparó para servir para el montaje de Hamilton a través de un donativo de un millón de dólares de la Fundación Miranda. No obstante, los productores decidieron desmontar la escenografía y mudar la obra a la Sala Antonio Paoli del Centro de Bellas Artes. A pesar de garantías de la Hermandad de Empleados No Docentes, entraron en pánico frente a la presión económica y política y aprovecharon de la mención de fricción laboral causada por la torpeza administrativa dentro del Recinto para justificar su decisión. Supuestamente, Hamilton llegó para apoyar a la universidad y la isla en un tiempo de crisis, pero los productores no quisieron enfrentar la política real de Puerto Rico pos-María y la crisis administrativa y fiscal de la misma universidad. Por un lado, el ambiente de circo creado por el proceso de la policía estatal controlando el tránsito, los estacionamientos llenos, la espera en largas filas para recoger boletos y entrar al teatro, los quioscos de refrescos, los agentes de turismo tomando fotos, el tener que pasar por detectores de metal, etc., responde más a un espacio comercial y no universitario. Por otro, la universidad perdió una oportunidad de mostrar su centralidad dentro de la vida cultural del país y su capacidad de innovar para abordar los retos que el montaje de Hamilton presentaba. Dudo mucho que la administración actual de la UPR sabría cómo responder a esos retos ni que el gobierno isleño del momento quería proveerle al Recinto de Río Piedras una oportunidad de lucirse.

A su favor, Hamilton y la Fundación Miranda sí reparó el teatro de la UPR y ha dejado en lugar un fondo amplio para subsidiar las artes en Puerto Rico. Las primeras entidades para recibir ese apoyo son todos muy valiosos –Andanza, Y no había luz y EDUCARTE, entre otros—y el proyecto continuará a través de la Fundación Flamboyán en años futuros.

Finalmente, llegamos a Hamilton, la obra teatral, que casi se perdió entre el “hype” periodístico, la política tras bastidores, los rumores de quién llega o no llega a ver la obra y las miles de personas jugando la lotería o paradas en filas diariamente. Como obra teatral musical, Hamilton es excepcional. No soy fanático de las obras musicales de Broadway, pero sin duda esta obra añade una nueva dimensión al teatro comercial americano. ¿Cómo? En general, Hamilton despolitiza la guerra revolucionaria americana por ampliar y hasta reinventar la noción de la identidad americana ya como una utopía de entremezcla e inversión racial y étnico-cultural. No solamente el hecho de que George Washington es afro-americano; todo el mundo es algo-americano: un arco iris de trasfondos, herencias y tonos raciales, culturales y humanos. Hamilton pone en práctica lo que debe haber pasado dentro de los repartos teatrales hace décadas, y gran parte de su popularidad en Nueva York deviene del deseo de su público local y extranjero de experimentar esa utópica visión multi-étnico-racial.

Su otro gran logro es lingüístico-musical. Los reinventados personajes históricos dialogan en canciones de rap y hip-hop que re-escriben la historia de la “revolución americana” en el idioma y los ritmos de las poblaciones más oprimidas del mismo país.. El uso de la palabra y el junte de lo popular con un cuento; el rapero callejero ya se convierte en actor y cuentista para interactuar directamente con su público. El escritor, Lin-Manuel Miranda en este caso, adapta un estilo de “orature” (Ngugi wa Thiong’o) popular para deleitar públicos del teatro formal a través de la fluidez de su ritmo poético y los niveles múltiples y simultáneos de su lenguaje. Es asumir, dominar, manipular y extender la creatividad del barrio para otro público y, en este caso, el éxito comercial. Siempre existe un grado de ambivalencia dentro de ese acto artístico de transformación, pero también es inevitable. 

El destacado montaje, como tal, muestran precisamente porque Hamilton ha captado la atención de los públicos de Broadway. La movilidad y el uso de los espacios creados por su escenografía, la coreografía de los cuerpos que llenan los diferentes niveles y espacios, los vestuarios que cambian contínuamente a través de la acción, las actuaciones muchas veces magistrales del reparto en papeles mayores o en múltiples papeles –es todo lo que se espera por su gran éxito en Nueva York– pero también muestran algo más en términos de su combinación de creatividad, precisión y compromiso. Tienen razón los que se han quejado de que no es la historia verdadera; es ficción –como también es “la historia”; es el arte teatral, que es algo diferente y, tal vez, superior a la historia como tal.

No obstante, mi confesión final es que el cuento de la obra, la vida de Alexander Hamilton, me deja inerte. No puedo relacionarme con Washington, Jefferson, Madison, los Adams, Burr, Hamilton, etc. Es un mundo de fantasía que no concuerda con las vidas de mis antepasados de Alemania, Francia, Holanda y Escocia que llegaron a las Américas después de la Guerra Civil. Puedo apreciar el método y el arte de su representación, pero como cuento Hamilton no me transforma la fantasía en realidad.

Lo sobresaliente de Hamilton, como obra teatral, en Puerto Rico es que representa el proceso de la transmigración diásporica caribeña que ha transformado su nuevo ambiente y ahora regresa, aunque no sin fricción, para mostrarnos su éxito y enseñarnos una utopía racial en el teatro como un ensayo para lo que debe ser su repetición permanente en la vida real.

El amor que nace de un piso sin barrer: Shoplifters e If Beale Street Could Talk

Cuando se habla de una familia, nunca se puede tener una sola imagen en mente. ¿Qué significa un padre, una madre, dos niños y un perro frente a dos carros y una casa pintada de blanco? Ese paisaje suburbano es una imagen sin ecos en la realidad y que Todd Haynes desafió en su película Far from Heaven (EEUU, 2002), donde una familia perfecta se desquebraja cuando el marido decide dejar su esposa por su novio y ella encuentra el amor con el jardinero negro. Me crié en un hogar caótico ya que mi papá se fue a Nueva York a trabajar y mi mamá permaneció en la isla con sus cuatro hijos. Por esa gloriosa y manchada casa en Hato Rey, caminaron muchísimos perros sucios y con algo de sarna que se juntaban a nosotros porque le dábamos comida y techo; personas en busca de un lugar donde siempre serían recibidos; malos olores y canciones de Silvio que molestaban a los vecinos; y muchos libros y películas de alrededor del mundo. Mi madre llegaba extenuada después de sus largos días de trabajo en la Autoridad de Energía Eléctrica, mientras mis hermanos y yo cocinábamos, leíamos, discutíamos y nos dábamos la mano cuando era necesario. En esa casa carente de pintura y donde las torres de platos llegaban al techo, se sintió un amor sin límites que nuestras disfuncionalidades nunca minaron. No fue el hogar más saludable de muchas maneras, pero en él aprendí que el calor humano nunca proviene de pisos relucientes. Me rencontré con este pasado en Shoplifters (dir. Hirokazu Koreeda, Japón, 2018), donde el amor familiar más puro se manifiesta entre los olvidados de la gran ciudad.

\Shoplifters comienza con un niño (Jyo Kairi) de alrededor de diez años robando en un supermercado con la ayuda de su padre (Lily Franky). En la secuencia se siente algo de tensión ya que el nene roba mientras su padre hace una serie de trucos para que los empleados no se den cuenta. Padre e hijo disfrutan del crimen. Koreeda no presenta al niño como una víctima de una sociedad que explota su inocencia como en Pixote (dir. Hector Babenco, Brazil, 1981). Sus crímenes son tan inocentes y tan bien planificados como los del niño y su padre adoptivo de The Kid (dir. Charlie Chaplin, EEUU, 1921). El director invita al espectador a ser partícipe de un juego ilegal y necesario para alimentar a toda una familia, compuesta por una abuela (Kirin Kiki), la madre (Sakura Andô) y su hermana (Mayu Matsuoka). 

Mientras regresan a su casa con su botín, padre e hijo encuentran en el camino a una niña (Miyu Sasaki) de alrededor de seis años sentada sola en un balcón. El ladrón se da cuenta que la niña tiene hambre y se la lleva a su casa para darle de comer. El espectador está consciente de que el adulto está secuestrando a una niña, pero Koreeda elimina toda posibilidad de juicio cuando vemos la manera tan amorosa en la que ese nuevo círculo recibe a la niña y cuando su nueva mamá descubre marcas de abuso físico en sus bracitos. El director de fotografía, Ryûto Kondô, nos contrasta visualmente los espacios vastos de la ciudad de Tokio con la casita pobre que desde adentro parece tener las dimensiones de una caja de cartón grande. Inclusive, los niños duermen escondidos en un gabinete repleto de pequeños trofeos que el niño ha encontrado. Kondô retrata un espacio acogedor que no idealiza la pobreza ya que sentimos los terribles pesares de la carencia de cada miembro de ese grupo. Sin embargo, su ternura persiste, inclusive hasta cuando Shoplifters pierde algo de su ritmo en el último acto. Koreeda nos presenta cómo entre los distritos sociales de Tokio se construye un hogar donde un niño logra susurrar la palabra “papá” sin sentirse obligado por un dictamen genético. 

En If Beale Street Could Talk (EEUU, 2018), Barry Jenkins, que dirigió y adaptó la novela homónima de James Baldwin, también nos presenta cómo el amor nace en los ambientes más inhóspitos. Diferente a Shoplifters, el conflicto principal de Beale Street es si el amor entre Tish (Kiki Layne) y Fonny (Stephan James) sobrevivirá en una sociedad plagada por el racismo. La dirección de Jenkins retrata en close-ups el idilio romántico inicial entre Tish y Fonny. Su romance tiene la delicadeza del momento en Moonlight (dir. Barry Jenkins, EEUU, 2016) cuando Kevin y Chiron se besan una noche sentados en la arena y rodeados por el sonido del mar. Mientras que la relación entre Kevin y Chiron nunca se desarrolla por la homofobia de su entorno, Tish y Fonny logran estar juntos y ella queda embarazada. Su estado no es visto como un accidente trágico y, aunque la madre de Fonny (Aunjanue Ellis) y sus hermanas (Ebony Obsidian y Dominique Thorne) la condenan, la madre (Regina King), el padre (Colman Domingo) y la hermana (Teyonah Parris) de Tish están emocionados por el principio de una nueva familia. 

Pero los sueños de la joven pareja pasan la prueba más terrible cuando una mujer (Emily Ríos) acusa a Fonny de haberla violado. La mayoría de los críticos que han reseñado la película declaran que la acusación es falsa y que todo proviene del encontronazo que tiene Fonny con un policía blanco (Ed Skrein) y racista. Sin embargo, me parece que Jenkins prefiere tratar esto con algo de ambigüedad ya que en la familia de Fonny hay momentos de abuso físico y la conducta del amigo con el que lo acusan es algo problemática, entre otros elementos. Lo bello de la dirección de Jenkins es que él prefiere evitar la certeza de una historia fácil y por esto es perfecto para adaptar la obra tan compleja de Baldwin. Muchos han criticado el ritmo lento de la película. No obstante, la historia se desarrolla a su paso, sin ajoros y nos lleva a un momento final que demuestra su mensaje contundente: el amor de una familia sobrevive en una sociedad minada por sus prejuicios. 

Shoplifters e If Beale Street Could Talk elaboran sobre el tema de la familia, el amor y las dificultades sociales que atentan en contra de la felicidad de sus personajes. Estas historias demuestran que la unión entre personas que se quieren florece en una casita pobre de Tokio, dentro de una prisión de Nueva York o en una casa de muchos perros de Hato Rey.

(Ambos filmes se exhiben en Fine Arts)          

45 Festival de Apoyo a CLARIDAD

La celebración de los Festivales de Apoyo a CLARIDAD se remonta al año 1973 y al decir de Juan Mari Brás “son hechura de Domingo (Mingo) Vega”, primer administrador de CLARIDAD. 

El Festival de CLARIDAD se ha convertido en algo más que el medio de sostenimiento del periódico durante una buena parte del año. Son por excelencia las fiestas de pueblo más grandes que se celebran en el área metropolitana. Allí se encuentran los amigos y amigas, año tras año, para ponerse al día sobre los acontecimientos del País, se compran las mejores artesanías puertorriqueñas y se oye la mejor música de la Nación.

El primer Festival de Apoyo a CLARIDAD se celebró en la calle, frente a las antiguas oficinas del periódico en Villa Capri, Río Piedras. Data la historia que, aunque en aquel entonces se había solicitado el Palacio de los Trabajadores, éste se nos negó porque CLARIDAD apoyó a los trabajadores que se habían ido a la huelga. Sería la primera de muchas ocasiones en que tanto el Periódico como su Festival enfrentaron obstáculos de esta índole. 

Los festivales también han tenido su versión a nivel nacional. Se celebraron en Ponce, Caguas y Mayagüez, en el primero alrededor de cinco veces. 

El deporte ha hecho su aportación a esta fiesta, fueron muchos los maratones, juegos de cocina (baloncesto), clínicas etc.. le hicieron la vida más fácil a los padres que llevaban sus niños y adolescentes al área donde se celebra el festival.

No hay forma de escribir sobre los festivales sin mencionar todos los que de una u otra forma nos ofrecen su trabajo en todas las facetas que requiere un montaje como este. Son muchos los espacios que usamos para agradecer públicamente a las firmas comerciales que han apostado al éxito de esta actividad. Entre otros, Palo Viejo, Cervecera de Puerto Rico y sus productos, la Cooperativa Zeno Gandía, Coca Cola, Dasani, Constellation, Indulac, las emisoras Radio Paz y Radio Oro, han logrado trascender los prejuicios políticos y acompañarnos en esta aventura, que es el Festival.

Lo mismo sucede con los artistas que ya sea anual o esporádicamente suben a la tarima para contagiar a ese público que, cuarenta y cinco años después, ya no es uno independentista sino netamente puertorriqueñista. Los artistas llegan al Festival sin mayor paga que el aplauso que reciben de su gente. Ellos y ellas son el alma del Festival. 

La mayoría de las veces, hay también un (a) artista plástico puertorriqueño que diseña el cartel conmemorativo del año en curso. Estos son: Rafael Tufiño, Luis Alonso, Miguel Trelles, Antonio Martorell, Nelson Sambolín, Rafael Rivera Rosa, Pablo Marcano, Héctor Escalante, Dennis Mario Rivera, Elizam Escobar, Juan Sánchez, Juan Ibañez, Lisi Marín, Yolanda Pastrana, Iván Figueroa, Rafael Trelles, Oscar López Rivera, Celia Marina Romano, Nora Rodríguez Vallés, Yiyo Tirado, Camilo Carrión, Juan Sánchez, Garvin Sierra, Anaida Hernández y Roberto Silva. A los y las maestros(as) de la plástica puertorriqueña nuestro reconocimiento por su generosidad y desprendimiento. 

Igualmente a las decenas de compañeros y compañeras que montan tarimas, kioskos, buscan auspicio, corren la tarima, hablan con los artistas, fríen bacalaítos y alcapurrias, recogen la basura y luego, cuando todo termina, ya están ideando el próximo festival. 

El 45 Festival de Apoyo a CLARIDAD llega de la mano del 60 Aniversario del periódico de la Nación Puertorriqueña, este año tenemos motivos de sobra para celebrar. El éxito de esta Fiesta nos asegura la publicación de este instrumento de lucha que se creó para organizar y educar para lograr nuestro objetivo: la independencia Patria. 

El hombre del cartel: Roberto Silva Ortiz

En esta pieza la estrella es la luz, esa luz que ilumina el camino de la verdad. La misma verdad que ha caracterizado las seis décadas del periódico CLARIDAD. 

Por Alida Millán Ferrer

Roberto Silva Ortiz llega a CLARIDAD de la mano de dos grandes del arte patrio Rafael Trelles y Nelson Sambolín. Le pregunté a Rafael Trelles, uno de los artistas que nos ha cedido el uso de sus pinturas para carteles (La Barca de los los Locos- 1999) y para portadas del En Rojo, si conocía a algún joven talento que pudiera hacer este año nuestro cartel conmemorativo. Él, con mucho entusiasmo, me dijo, ‘tengo la persona’, habla con Roberto Silva. Le pregunté también a Nelson Sambolín y me dijo ese muchacho es maravilloso y me proporcionó su número telefónico. Así que cuando lo llamé, lo hice convencida que íbamos por buen camino. Roberto no defraudó ni a sus maestros ni a CLARIDAD, ha realizado una obra hermosa que vale la pena comprar y conservar. 

Cuanto le escribí a Roberto ¿qué lo motivó a aceptar nuestra petición, y las razones de los símbolos del cartel? Esta fue su respuesta: 


Dios está en la lluvia, óleo 2017

“Me interesé en colaborar con CLARIDAD por dos razones primordiales. Primero, fui referido por dos amigos artistas que quiero, respeto y admiro. La segunda razón es porque creo en la soberanía de Boriquén y todo lo que represente amor y respeto hacia este archipiélago. Crecí con esos valores y esta contribución me permite reafirmar estas ideas.

Para el cartel usé elementos simbólicos que componen nuestra identidad colectiva: la monoestrellada y el pitirre. Nuestra bandera fue creada a partir de ideales independentistas, (irónico que ahora la enarbolen quienes no creen en la independencia del país). 

En esta pieza la estrella es la luz, esa luz que ilumina el camino de la verdad. La misma verdad que ha caracterizado las seis décadas del periódico CLARIDAD. 

El pitirre posado sobre la estrella, siempre territorial, valiente y bello representa nuestro espíritu de resistencia. El pitirre es la naturaleza que va por encima de todas las cosas. También con esto quiero decir que nuestros recursos naturales son sagrados y los tenemos que defender. 

Son 121 años de opresión y los deseos de libertad no han dejado de latir en los corazones conscientes de las puertorriqueñas y puertorriqueños. Estas ideas son las que revoloteaban como pitirres sobre mi cabeza mientras componía el cartel.

Espero que sea del disfrute de nuestro pueblo. ¡Viva Puerto Rico Libre!”

En el 60 Aniversario de CLARIDAD y en el cuadragésimo quinto Festival, nos enorgullece que Roberto Silva Ortiz sea, nuestro hombre del cartel

Algunos datos

El artista nació en 1984 y estudio pintura y dibujo en la escuela de Artes Visuales en Santurce. A los 17 años, Rafael Trelles le proporciona la posibilidad de un entrenamiento intensivo. Luego de estudiar durante año y medio en el departamento de Bellas Artes de la Universidad de Puerto Rico se traslada a la Cátedra Latinoamericana de Artes Plásticas y Música, becado para estudiar en la Academia de Bellas Artes en San Alejandro en la Habana, Cuba. Ha exhibido su arte en Islas Canarias, Cuba, España, Noruega, Macedonia y Estados Unidos. Roberto fue premiado con la en 2010-2011 con la beca Khan Family Fellowship at the Ink Shop, en Ithaca, N. Y. y también en el 2012 con el Painting Fellowship from Saltonstall Foundation for the Arts.

Tomado de su blog: robertosilva-art.blotspot.com

Carlos Gallisá y CLARIDAD

Muchas y buenas cosas se han escrito de Carlos Gallisá a lo largo de estas semanas después de su muerte. Pero esta nota que nos ocupa es una particular, Carlos mantuvo una relación con CLARIDAD que todos y todas en los medios noticiosos envidiarían. 

Muchas personas nos han preguntado por qué el Festival no se le dedicó al Galli, respuesta, lo hicimos en vida en el Festival de 2006, donde celebramos por todo lo alto sus aportaciones al periódico, pero sobre todo a la Patria. ¡Y miren, que nos costó convencerlo!, en aquel momento recurrimos a sus hermanos de la vida, Genaro (Tuto) Marchand, Jorge Segarra y Jaime Córdova para que le torcieran el brazo, lo hicieran entrar en razón y aceptara el homenaje. Él quiso que el artista, Elizam Escobar hiciera el cartel y Elizam se esmeró en hacer un cartel lleno de colorido, que ahora pienso que refleja un poco la compleja personalidad de nuestro dirigente y amigo. 

Gallisá siempre consideró la sobrevivencia del periódico CLARIDAD como uno de sus mayores compromisos en su quehacer patriótico. No le importaba desempeñar tareas que a otros(as) le parecerían que no estaba a nivel de sus capacidades o de sus reconocimientos, él siempre estuvo para ayudar, resolver, aconsejar, criticar y hacer. Galli se aprendió bien el verso de Machado se “hace camino al andar”. 

La relación directa de Carlos con CLARIDAD comienza cuando se integra al Partido Socialista Puertorriqueño para los años 70 y cuando hubo que coger las riendas de la dirección del semanario lo hizo sin pensarlo dos veces para los años 90. En ese recorrido presidió el Comité del Festival de Apoyo a CLARIDAD, dándole al Festival otro aire. Mucha gente no lo sabe pero Carlos hasta el final de sus días hizo sus cuentas a lápiz y papel, nunca lo vi usar una calculadora. Para el Festival, Carlos repartía tareas, sacaba números, pedía cuentas y luego entregaba un informe sobre los gastos y las ganancias que nos había dejado el evento. De la mano y visión de Carlos fue que llegamos a los predios del Hiram Bithorn para realizar nuestra fiesta, veníamos de celebrarlas en el espacio donde ahora se ubica la parada del tren urbano en la 26 ½. Recuerdo sus exactas palabras “esto se quedó chiquito nos vamos para el Hiram” y a José Rivera (Tato) Santana (trabajador de CLARIDAD para ese momento) no le quedó otro remedio que empezar a buscar la forma de conseguir los terrenos del Hiram para el Festival de 1992.

 Es cumpliendo esa tarea donde expande sus amistades en el mundo del espectáculo, le encantaba hablar de boleros con Andy y verlo subir a nuestra tarima, decir que Lucecita era sin lugar a dudas una de las voces más privilegiadas del País al igual que la de Chucho, no tenía empacho en decir que no le gustaba Tito Rodríguez y que el Gran Combo era uno de los mejores representantes de nuestro mundo musical. Con sus hijos(as) aprendió a escuchar a Fiel a la Vega, a Tego Calderón y últimamente a Calle 13 y Macha Colón. Era un admirador nato de aquellos y aquellas que superaban sus prejuicios y se trepaban en la Tarima del Festival. Creía que Roy Brown, el Topo, Mapeyé, Atabal, Plena Libre y Andrés Jiménez eran los representantes de nuestra música y que había que tratarlos con toda la gloria y el honor que se merecen. 

“Bajo su liderato e iniciativas se pudo mantener la publicación ininterrumpida de CLARIDAD, el que algunos llaman en épocas de las peores crisis, el milagro semanal. Si hoy todo Puerto Rico, y en especial su movimiento patriótico puede contar con el Periódico de la Nación Puertorriqueña se lo debemos-en buena medida- a la inmersión voluntaria de Carlos en ‘el mejor oficio del mundo’, y a las exitosas iniciativas suyas para mantener nuestro vocero: el único con el que nuestra Patria puede presentarse ante el mundo como el órgano de prensa de pueblo en lucha perseverante por su libertad tras más de quinientos años de coloniaje impiadoso” decía Juan Mari Brás en ocasión del homenaje que se le rindiera a Carlos, en el Festival del 2006.

En CLARIDAD siempre vimos a Carlos como el dirigente que era, lo celebrábamos todas las semanas cuando iba a las oficinas con sus columnas escritas a mano, para que María Montañez las pasara en limpio y saludaba con un alegre “honey” a Maribel Franco, no dejaba de hacer el recorrido por la redacción para saludar a Candi, Giancarlo y Gabriela, en arte para bromear con Iván Figueroa y a la oficina del En Rojo para a veces hablar con Rafah Acevedo de deporte, Flora Guzmán y Yarima González bajaban a oír sus cuentos que siempre eran buenos y muchos. Al final terminaba en mi oficina con un contundente “Directora”, para entonces pasarme a hacer la lista de los aciertos y errores del periódico, siempre lo hizo con respeto, compañerismo y cariño. En este cuadragésimoquinto Festival, lo tenemos presente más que nunca y le aseguramos que la barca que el capitaneó por tanto tiempo llegará a puerto seguro más temprano que tarde. Hasta siempre, lo dijiste: ¡Venceremos!

Colectivo de trabajo 

CLARIDAD