
SIGNUM: ∆lí Francis García expone en Guatíbiri
Comentarios de Oscares 2019 y notas de cortometrajes
por Maria Cristina/ En Rojo
La imposibilidad de encontrar un anfitrión para la ceremonia de los Oscares de este año resultó en algo positivo ya que el escogido de presentadores fue de una variedad sorprendente. Gracias a esto, Diego Luna habló en español y Chef André promovió, en su inglés acentuado, la riqueza de ser un país de inmigrantes, en su presentación de Roma como uno de los ocho filmes nominados como Mejor Película. Javier Bardem también se dirigió a la audiencia en español para presentar el Premio por Mejor Película extranjera a Roma. De igual manera lo hizo Guillermo del Toro, ganador el año pasado de los Oscares por Mejor director y Mejor Película por The Shape of Water.El mexicano Alfonso Cuarón, nominado en diez categorías ganó en tres: Director, Cinematografía y Película Extranjera. Rami Malek, como se esperaba, ganó el Oscar por Mejor Actor en Bohemian Rhapsody y su discurso de aceptación también fue sobre la aportación de los inmigrantes a este país ya que su familia es egipcia.

La gran sorpresa de la noche fue en la categoría de Mejor Actora ya que Glenn Close en The Wife había ganado todos los premios anteriores y The Favourite, que había barrido en los BAFTA (los premios británicos) y aquí había quedado marginada, la ganó Olivia Colman como la Reina Anne de la Inglaterra del siglo XVIII. Y a pesar de las predicciones de la mayoría de los críticos que Bohemian Rhapsody sería la seleccionada como Mejor Película, ese galardón final lo recibió Green Book, quien tuvo como presentador al representante congresista afroamericano y militante del movimiento de los derechos civiles desde la década de los 1960, John Lewis. Black Panther sorprendió por todos los premios recibidos: música, diseño de vestuario y diseño de producción. Y, por fin, se le reconoció a Spike Lee en la categoría de Mejor Guion Adaptado por Blackkklansman, después de una carrera cinematográfica con excelentes filmes como Malcolm X, Jungle Fever, Do the Right Thing, Summer of Sam, Inside Man, Miracle of St. Anne, entre muchas otras. Samuel Jackson y Barbra Streisand se solidarizaron con Spike Lee desde el momento que llegaron al escenario a hacer sus presentaciones. Y su discurso de aceptación fue, sin duda, una acumulación de su pensamiento y sentir a través de tantos años batallando el sistema y siempre creando lo que quería.

El otro gran acierto de esta ceremonia fue comenzar con dos de las canciones más conocidas de la banda Queen con los músicos originales y su ahora cantante, Adam Lambert: “We Are the Champions” y “We Will Rock You”. Si a esto le añadimos la interpretación de Jennifer Hudson de “I’ll Fight”, canción nominada del documental RGB y entonces finalizar con la fuerza, pasión y erotismo de “Shallow” en las voces muy particulares de Lady Gaga y Bradley Cooper, entonces esta ceremonia de los Oscares es de las mejores que hemos visto.
Como bien sabemos en Puerto Rico y cómo CineFiesta (Festival Internacional de cortometrajes) se ha ocupado de ofrecerle un lugar destacado para su exhibición, el cortometraje es el formato de experimentar, desafiar, dialogar, presentar lo inusual y cuestionar nuestro entorno, los estilos aceptados, las temáticas e issues flotantes, prácticas culturales y el medio fílmico/digital como tal. Comento tres cortometrajes que pueden acceder fácilmente por internet.
Period. End of Sentence
(26 minutos), dirigido por Rayka Zehtabchi, cortometraje ganador del Oscar en esta categoría es un proyecto en conjunto desde California a una aldea cerca de Delhi en la India. Documenta cómo una iniciativa de estudiantes de escuela superior para recoger fondos se convierte en una microempresa para mujeres de todas las edades en esta aldea. El “Pad Project” es la manera que, casi sin este ser su propósito, las mujeres logran levantar una economía y a la vez comenzar a echar a un lado el mito de que la menstruación es algo para avergonzarse y esconder. Los premios recibidos tienen que ver con el contenido ya que en términos estilísticos del medio son bastante limitados. (NetFlix)
Black Sheep
(26 minutos y 40 segundos), agrupado en la misma categoría de “Period. End of Sentence” a pesar de ser una recreación de incidentes, tiene como director al británico Ed Perkins y es parte del proyecto de documentales del periódico The Guardian. Cornelius Walker en el presente le habla directamente a la cámara en lo que parece ser una confesión pública de incidentes de su pasado. Su narrativa comienza con el asesinato de Damilola Taylor de diez años cuando regresaba de la escuela en Londres 2000. Este crimen de odio racial hace que la madre de Cornelius, de la misma edad, decida mudar a la familia a lo que ella considera un lugar más seguro (Essex) y tolerante de las diferencias raciales y étnicas. Pero a Cornelius le sucede lo contrario ya que antes tenía grupo de amigos y conocidos y una escuela donde se sentía cómodo. En este nuevo ambiente predominantemente blanco y controlado por gangas violentas, Cornelius decide transformarse en otro miembro de ese grupo donde él también verbalizará y usará la fuerza para castigar a cualquiera que sea diferente.
Yo protesto
(12 minutos y 19 segundos), distribuido por el proyecto Kilómetro 0, y creado por estudiantes de cine de la Universidad de Sagrado Corazón bajo la mentoría de la Profesora Teresa Prévidi, es un excelente documental que recoge las acciones de protesta de varios sectores de la sociedad puertorriqueña el 1ero de mayo de 2018. Destaca las voces de los no escuchados que el día internacional de los trabajadores unen sus fuerzas para ejercer su derecho a la libre expresión. Con excelente sonido e imágenes—fijas y en movimiento—recreamos esos momentos que inmediatamente fueron distorsionados por los medios comerciales, los supuestos representantes de la ley y el orden y el gobierno.
El foco del documental es la relación conflictiva entre la fuerza policiaca y los manifestantes cuando los representantes de la ley y el orden olvidan que todo ser humano tiene el derecho de ejercer la libertad de expresión y que ellos están ahí para garantizar que puedan ejercer ese derecho. Tanto abogadxs de derechos humanos como miembros de ACLU (American Civil Liberties Union) y participantes como testigos del momento se expresan sobre lo ocurrido y enfatizan que las relaciones entre la policía y los ciudadanos tienen que mejorar, apoyan la propuesta que todo policía uniformado esté equipado con cámara y que antes de recurrir a la fuerza ambos grupos sostengan un diálogo que evite la confrontación. Mari Mari Narváez de Kilómetro 0 enfatiza que “derecho que no se protege, es derecho que se pierde”. (kilometro0.org o Youtube)
¡Más! ¡Peyé!: Nota para los 40 años de la Orquesta Criolla Nacional de Puerto Rico Mapeyé
Lillianys Medina Escobar / Especial para En Rojo
Les contaré de un gozo, a pesar de ser difícil o imposible. La Orquesta Criolla Nacional de Puerto Rico Mapeyé en su concierto de aniversario me ha tomado desprevenida en el cariño, como suele pasar con la música de aquí, entre la sorpresa y la tranquilidad. Sorpresa ante el virtuosismo, tranquilidad ante la remembranza nacional –los lazos sanguíneos del genio. Jamás había presenciado un concierto que a las dos canciones tuviera una ovación. Luego se hizo evidente después de tanta cosa construida, del canto incansable, de tanta alegría germinada en 40 años. El asedio de aplausos fue más frecuente a medida que se iban acumulando artistas en la tarima. Fue notable la curaduría del espectáculo/ceremonia/celebración en todos los detalles. Atendido cada momento, cada relato, cada persona nombrada –Ángela, Carmín, Isabel, Corretjer, Lucecita, Brunilda, entre otras– en relación a la producción musical de la orquesta. Entonces la conmoción se agarra de propósito, se saltan las lágrimas felices, se aúpa la creación a lo universal. Entre marumbas, paso dobles, danzas, guarachas, aguinaldos y todos los seis posibles, esos 40 años valen como un siglo.

La sombra de sus sombreros no la pude ignorar, casi cubriendo un rubor. La unidad del grupo inscrita en las sonrisas al tocar. No se trató de personajes o de ornamentos; no se trata de lo estándar, de mercancía. Se trató de una presentación honesta en homenaje a lo eterno, lo que logra conjugar la memoria y lo venidero. Hablamos de música, ques más o menos un espíritu bienaventurado que llevamos dentro, que se descuella al escuchar algo que reconoce. De ella se aprende a volver instinto una emoción colectiva: “buscar el origen/ urgando a la historia/ allá en la memoria/ sigo a Borikén”… Algo así va el Canto Ancestral de Tonymapeyé. Múltiples intervenciones renovaron la noche: los trovadores, Chabela, Danny Rivera, Aníbal Ayala, Héctor Rafael Payán y muchos otros. (Si no fuiste, mala tuya). El Coro Nacional de Puerto Rico cerró el concierto con Verde Luz de Antonio Cabán Vale “El Topo”. Ya habrá quien hable de la aritmética, de los números que tiene en sus manos Edwin Colón Zayas, un santo de cuatro puertorriqueño. De la juventud intacta es mi dedicatoria, a leguas insuficiente; pero quiero darles las gracias a Tony Rivera, Carlos Martínez, Gilberto Ortiz, Joe Torres, Edgardo Aponte, Debora Rodríguez y Christian Pagán por la música.
Pérdidas y hallazgos neobarrocos: Sobre Pierdencuentra de Antonio Martorell
Efraín Barradas / Especial para En Rojo
Pierdencuentra es un texto mayor compuesto por
breves textos que se parecen a las cajas/relicarios
de su reciente exposición y que están construidos a partir de un fuerte y seguro estilo neobarroco que coloca al autor en esa corriente estética que me he atrevido a bautizar como barroqueño, o sea, un neobarroco puertorriqueño. El de Martorell aquí es un estilo neobarroco más controlado, más tradicional y, si se me permite la aparente contradicción, más
clásico que el de otros artistas nuestros.
Hace poco tuve la suerte de ver la más reciente exposición de Antonio Martorell en el Museo de Arte Contemporáneo de San Juan. Martorell la titula “Labrando: Retorno al hogar”. Es que como el museo ocupa el edificio que fue el de la vieja escuela Labra en Santurce y como en la misma el artista, de origen cangrejero, cursó allí los años de la escuela intermedia, Martorell juega con el nombre del edificio (Labra/labrando) y con la idea del regreso a los orígenes, del retorno al hogar. Parte de la obra que se expone allí la había creado para otra exposición, una en la Universidad de Oregón; por ello la persistencia de los paraguas, reales o representados, en esas piezas. Oregón queda asociado con la humedad, con la lluvia: de ahí los paraguas. Otra parte de la muestra la componen retratos de amigos, dibujos en sanguina y carboncillo, con textos sobrepuestos a la imagen del retratado. Hay también unas cuantas instalaciones de interés. Pero, al menos para mí, la sección más reveladora de la exposición la compone una secuencia de pequeñas cajas que forman una especie de altares o de relicarios.

Estas obviamente nos recuerdan y nos retrotraen al gran artista estadounidense Joseph Cornell (1903-1972). Pero las cajas de Cornell son usualmente más pequeñas o, al menos, de menor profundidad que las de Martorell. Son además más crípticas; su mensaje queda más oculto ya que las referencias autobiográficas de las mismas no son tan fáciles de descifrar. Es que las cajas de Cornell son piezas surrealistas, mientras que las de Martorell, sin dejar de ser piezas que funcionan como símbolos o alegorías, son más directas; aluden de forma más clara o por medio de imágenes evidentes o descifrables a la vida del artistas. Cada una de estas cajas rememora a una persona importante para el artista o un lugar donde este vivió y que lo marcó para siempre. Estas piezas pueden verse como pequeños escenarios donde el artista reconstruye parte de su vida a través de homenajes a personas o lugares centrales para él: su abuelo, su madre, sus tías, el Taller Alacrán, Nilita Vientós, entre otros. Las cajas tienen focos insertados que sirven para iluminarlas y esto refuerza la teatralidad que domina en todas. Las mismas se convierten así en maquetas de escenarios. Las cajas de Cornell son textos autobiográficos pero más crípticos y surrealistas; las de Martorell son más directamente autobiográficas y profundamente neobarrocas. (Ojo: el surrealismo y el neobarroco se pueden dar la mano y hasta ser hermanos.)
Justo con la inauguración de “Labrando: Retorno al hogar” apareció un nuevo libro del artista: Pierdencuentra (San Juan, Ediciones Gaviota, 2019). Creo que mi visita a la exposición, especialmente mi interés por las cajas/relicarios que allí se exhiben, marcó mi lectura de este nuevo libro. Por ello veo el libro como vi las cajas. Este, para mí, está compuesto de pequeños textos autobiográficos que pueden verse como piezas individuales, independientes, que están construidas a partir de una sensibilidad neobarroca. Pero a pesar de los juegos de palabras y otras técnicas asociadas a esta estética, estos textos, como las cajas/relicarios, son creaciones que tienen como objetico deleitar y comunicarse con el lector/observador.

Advierto a los lectores que no deben asustarse si este comentario emplea la palabra neobarroco para caracterizar el libro de Martorell; este se abre a todos y con todos dialoga; no es un texto críptico ni de difícil lectura. Al contrario, este es un libro accesible y muy ameno.
Pero para entender Pierdencuentra hay que tener en cuenta un hecho muy obvio, pero no por ello menos importante: la obra visual de Martorell está íntimamente ligada a su obra literaria. Ambas son estructuras que forman sistemas donde las partes tienen relación una con otra y, a la vez, se pueden leer como piezas independientes. Su obra visual funciona como su obra literaria y ambas están íntimamente relacionadas o, mejor, unidas una a la otra: “Dibujar, escribir y leer fueron, desde el principio, una sola y entreverada pasión, triángulo riguroso, lineal destino” (82), declara tácitamente el autor/pintor/lector. La obra de Martorell, pues, esa unidad formada por la letra y la línea y el color. (Su obra visual también debe incluir el performance.) Pero todavía esta tiene que estudiarse detenidamente; el estudio de la relación entre lo verbal y lo visual será central a ese trabajo por hacer. Me aventuro y adelanto una conclusión: la creación visual y la literaria de este artista forman un conjunto que se complementa y que sirven para explicarse una a la otra.
Por el momento y aunque abrí este comentario con referencias a su producción plástica, me concentraré en la literaria, específicamente en Pierdencuentra. Pero veré las dos como un todo coherente que, a la vez, puede entenderse como unidades independientes. Martorell mismo justifica esa interpretación al establecer que la escritura tiene para él un sentido y una función en sí misma y distinta a la obra visual:
Lo que me fascina de la escritura es la sorpresa, ser presa del momento, el no saber a dónde voy ni de dónde vengo. Un cuadro comienza por sus límites: si es rectangular, cuadrado o redondo, vertical u horizontal, su tema ya establecido y también su derrotero. La escritura se me da más bien como un salto contento en el vacío, una entrega incondicional al texto por venir. (8-84)
El artista parece sentirse más seguro y confiado con los pinceles, los lápices, las gubias. En cambio, la palabra parece abrir para él un mundo de más y mayores aventuras, de múltiples incógnitas. Pero una lectura de Pierdencuentra me hace pensar que así no es, que el Martorell escritor se afinca y afianza a la palabra y la controla de manera segura y magistral. Frente a la página en blanco – tema ya manido desde los poetas románticos – el escritor se sentirá inseguro pues cree que no sabe a dónde se dirige. Pero al embarcarse en el viaje de la escritura nos ofrece como resultado una obra sólida y segura de sí misma.
A pesar de sus dudas de artista que se enfrenta al vacío de la página virgen, Martorell tiene una clara idea de hacia dónde va su escritura y lo que quiere lograr con ella:
Así me asomo ahora por la ventana de la página garabateada a una infancia embellecida por el tiempo y la distancia, recuperada para ser transformada por un acto de voluntad, una reconstrucción donde pretendo darme el lujo, sin caerme de la mecedora donde me apoyo tambaleante y temerario, de mirar atrás oteando el frente, hurgar adentro, asomándome afuera. (24)
Esa seguridad en el dominio de la palabra que le posibilitará reconstruir partes de su pasado y ofrecernos imágenes de seres queridos – las tías, la madre (a quien está dedicado el libro), el padre, el abuelo, la nieta, los amigos – se evidencia en el fuerte y marcado estilo de su prosa. Esta es profundamente neobarroca; para prueba una oración basta:
Navegando en ese mar amerengado, capitán y navío no se orientaban por las estrellas, que ya se habían apagado en los ojos cerrados de la amada, sino en la brújula oculta y palpitante, un cambio de timón en que tanto el grumete como el bajel se alternaban el mando, sin saber cada quien, cuándo y dónde se daría el traspaso de poderes, quien sería el capitán. (58)
Las páginas de Pierdencuentra, desde su título, están llenas de recursos típicos del neobarroco: invención de palabras, enumeraciones, juegos fonéticos, yuxtaposiciones ideológicas, oraciones de sintaxis compleja, alusiones e intertextualidades, entre otros recursos típicos de este estilo. Pero aquí el neobarroco de Martorell, contrario al de otros escritores nuestros que también cultivan esa estética tan privilegiada en las letras latinoamericanas de nuestros días, no juega con lo vulgar, con lo soez, con lo grosero. Eso no quiere decir que Martorell no haya empleado como base para su obra esas categorías. Sólo hay que recordar sus excelentes grabados de la serie “Gestuario” (2001) para ver cómo lo vulgar y lo popular también han servido de base a su obra. Pero en Pierdencuentra no se vale de esa vertiente del neobarroco.
Aquí, en su nuevo libro, el estilo que emplea es más clásico, más refinado, si se quiere, más burgués, sin dejar de ser neobarroco. Creo que así ocurre porque Martorell escribe Pierdencuentra partiendo de las enseñanzas de su sabia tía quien le dio una gran lección de vida tempranamente y esa lección vital – “Toñito, te prohíbo terminantemente aburrirte.” (198) – culmina en una lección estética: el artistas siempre tiene que estar “listo para le experiencia ennoblecedora de la belleza que aguarda ser descubierta” (199). Nótese que para el artista aquí la belleza es “ennoblecedora”. Ahora, en este nuevo libro, ética y estética se dan la mano y son casi una y la misma cosa: “Escribir sigue siendo para mí un viaje, una travesía sobre la superficie móvil y aventurada del mar y quizás del mal…” (213) establece Martorell y al así hacerlo produce esa fusión de estética y ética.
Martorell establece que su escritura es un juego o una aventura a través de la cual trata de encontrar lo perdido. De ahí el título de su libro—pierde y encuentra – y de la estructura general del mismo ya que muchos de los textos que lo conforman son recuentos de pérdidas y hallazgos: la razón del padre, el versículo bíblico de doña Petra, el nombre de la tía Consuelo… En última instancia y en el fondo de todo, el libro se afinca y se reduce a la búsqueda de la obra de arte. Martorel parece identificarse con la imagen romántica del artista que busca algo indefinido, que busca baudelaireanamente lo desconocido. Pero el arte mismo le sirve para hallar eso que no sabe lo que es, pero que, al final, resulta ser su propia vida. Por ello mismo este es un hermoso libro autobiográfico compuesto por textos independientes pero unidos y que crean un retrato del artista y su mundo, un retrato que parte de la tradición poética del artista romántico.
Pierdencuentra es un texto mayor compuesto por breves textos que se parecen a las cajas/relicarios de su reciente exposición y que están construidos a partir de un fuerte y seguro estilo neobarroco que coloca al autor en esa corriente estética que me he atrevido a bautizar como barroqueño, o sea, un neobarroco puertorriqueño. El de Martorell aquí es un estilo neobarroco más controlado, más tradicional y, si se me permite la aparente contradicción, más clásico que el de otros artistas nuestros. Pero no me cabe duda de que con este libro, como con gran parte de su obra visual, el artista contribuye muy efectivamente a construir esa corriente estética que no deja de tener también en él y en otros de sus cultivadores un objetivo ético.
Quizás es que Martorell halla en Pierdencuentra lo que nunca se le había perdido: su manera propia de decir las cosas, su forma muy particular de contar su vida y su método único de fundir su obra, la pictórica y la literaria.


