Inicio Blog Página 1602

Un libro nuevo sobre Francisco Coímbre

He terminado de leer Los bates grandes se respetan, escrito por el ponceño Raúl Ramos, cuyo propósito es ampliar la información que hasta ahora se tenía sobre el desempeño de Francisco Coímbre como pelotero y a la misma vez ofrecer un buen vistazo a los rasgos sobresalientes de su personalidad. Quienes pensamos que Coímbre ha sido el mejor bateador en la historia del beisbol puertorriqueño nos sentimos justificados por los datos que Ramos ha logrado acumular, en particular, sus números en el beisbol caribeño y de Estados Unidos. El libro incluye además narraciones de episodios reales –no los llamaría anécdotas– que destacan las alturas que Coímbre fue capaz de alcanzar cuando tenía un bate en las manos. Fui testigo presencial de algunos de estos momentos estelares, y quizás ya es hora de bajar al terreno de juego.

Estamos en el Sixto Escobar de 1943 o 1944 y juegan Santurce y Ponce. Por los Cangrejeros lanza Luis Raúl Cabrera. Es domingo por la mañana y el parque está lleno con más de cuatro mil personas. Cabrera se presentó en gran forma y abanicó quince bateadores. Francisco Coímbre tuvo cuatro turnos al bate y conectó cuatro hits; y esta no es toda la historia: solamente hizo cuatro swings. Ni siquiera un foul. Pocos años más tarde, en una serie contra un seleccionado de peloteros cubanos que visitó Puerto Rico, Coímbre dirigió a nuestro equipo, se colocó a sí mismo como bateador emergente en la novena entrada porque el cubano Isidoro León estaba lanzando un juego sin hits. Solo había una cosa que hacer y la hizo. Conectó una línea de hit al central. Estas y otras inolvidables hazañas de Coímbre aparecen descritas en el libro de Ramos.

Impresiona el dato, desconocido por mí, que Coímbre jugó cuatro años (1940, 1941, 1943 y 1944) en el excelente beisbol de las Ligas Negras y que su promedio para este período de tiempo fue de 377. Algunos de los lanzadores a los cuales tuvo que enfrentarse fueron Satchel Paige, Raymond Brown, Leon Day, Roy Partlow, Impo Barnhill, Barney Brown, Hilton Smith y otros. Para muchos, el mejor lanzador de la historia ha sido Satchel Paige, quien declaró que el bateador más difícil que enfrentó en su larga carrera fue el puertorriqueño Francisco Coímbre (James A. Riley. Enciclopedia biográfica del beisbol de las Ligas Negras, página 184).

La participación de Coímbre en el beisbol del Caribe también ha sido cubierta por el autor. No es muy conocido que Coímbre vio acción en el beisbol venezolano de 1929 como lanzador. Su breve paso por el beisbol mexicano en el año 1945 no aparece registrado en la enciclopedia del beisbol de ese país. Ramos señala que una combinación de lesiones y dificultades para adaptarse a la altura parecen haber afectado su rendimiento. Aun así, Mario Pasquel, uno de las personalidades más influyentes del beisbol mexicano, le ofreció un nuevo contrato para el 1946 con una bonificación de $5,000. Esta oferta fue rechazada por Coímbre.

Una de las estadísticas que más llama la atención sobre Coímbre siempre ha sido su extraordinaria habilidad para hacer contacto con el bate. En las temporadas de 1941-1942 y 1943-1944, Francisco Coímbre no se ponchó ni una sola vez. Durante su carrera de trece años en el beisbol boricua se ponchó solamente 19 ocasiones en 1915 turnos al bate. El autor nos explica que Coímbre hacía énfasis en “mirar la bola con los dos ojos’’ y su compañero de equipo en Ponce, Pantalones Santiago, hablaba sobre su “coordinación entre ojos y manos’’. Nino Escalera se refería a Coímbre como “un águila que conocía mejor que nadie la zona de strike”. Pero en justicia con los peloteros de hoy día debe aclararse que el beisbol ha cambiado y la atracción ya no es el consistente bateador de contacto, sino el poderoso jonronero capaz de ganar el juego con un solo swing.

Los bates grandes se respetan está organizado en una cronología flexible que permite una lectura fácil de seguir. Como mencionamos, el autor intercala breves relatos que dejan ver algunos rasgos de la personalidad de Coímbre, entre los que destacan su necesidad de salir airoso en todas sus confrontaciones, un gran sentido de humor, su vocación por la enseñanza y una conducta de extrema lealtad a la familia y los amigos.

Disfruté el relato que hace Raúl Ramos de un turno al bate de Coímbre contra Hiram Bithorn, que da lugar al título de este libro. No se lo pierda.

Resumen deportivo de enero

El deporte no para y ya en este primer mes del año han pasado una serie de acontecimientos que merecen reconocimiento.

Clasifica el volibol femenino

Tan temprano como a principios de enero el equipo de volibol femenino obtuvo su pase a los Juegos Panamericanos de Lima, Perú que comienzan en julio del 2019. Desgraciadamente, y pese a nuestras denuncias en el primer escrito del 2019, el gobierno se mantiene inmóvil en cuanto a comprometerse económicamente con el dinero que el Comité Olímpico de Puerto Rico necesita para la preparación adecuada de los equipos de camino al evento.

Jinete obtiene importante premio

El puertorriqueño Irad Ortiz obtuvo el Premio Eclipse uno de los más prestigiosos del hipismo estadounidense. Con este se convierte en el cuarto puertorriqueño en obtener dicho galardón, junto con su hermano José Luis Ortiz y los legendarios John Velázquez y Ángel “Junior” Cordero.

Clasifica Luis Joel Castro

El puertorriqueño Luis Joel Castro hizo la marca 2:26 requerida para la clasificación panamericana; desgraciadamente al igual que todos los otros atletas su preparación se puede ver interrumpida por la falta de dinero del COPUR, a quien el gobierno no le acaban de depositar el dinero requerido para la preparación adecuada de los atletas.

Termina el béisbol local y comienza el volibol femenino

Los Cangrejeros de Santurce se coronaron como campeones de nuestra liga invernal al barrer en cuatro partidos a los Indios de Mayagüez, que había sido el equipo dominante en la temporada regular. Santurce enseñó un picheo superior permitiendo apenas tres carreras en la serie siendo esta apenas la segunda ocasión en la historia que los Cangrejeros barren a los Indios. Para el momento que este artículo sea publicado se espera que los Cangrejeros estén en posición de aspirar a un tercer título de Serie del Caribe la cual se espera se juegue en Panamá ante la delicada situación política que se vive en Venezuela. Por otra parte en días recientes comenzó la temporada de volibol femenino la primera que realiza esa rama desde el huracán María.

Una de cal y una de arena en el boxeo

En el boxeo la puertorriqueña Amanda Serrano siguió haciendo historia al coronarse como campeona en siete divisiones distintas. Se espera que Serrano haga dos peleas más este año, entre las que se destaca una mega pelea contra la británica Katie Taylor para el mes de diciembre. Por su parte en una pelea que fue mucho más cerrada de lo que dijeron las tarjetas (que fueron absurdas) el chino Can Xu destronó al campeón boricua Jesús Rojas el pasado sábado.

Se espera que el próximo de nuestros campeones que sea el campeón de las 130 libras, Alberto Machado quien tiene en agenda su tercera defensa de título mundial de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) el 9 de febrero frente al estadounidense Andrew Cancio.

Febrero promete

Por su parte el mes de febrero tiene una serie de eventos entre los que sobresalen dos: este próximo fin de semana se realizará en el Coliseo “Quijote” Morales el campeonato panamericano de tenis de mesa que trae la crema de la región de América. Este no solo incluye la participación de Daniel González, Brian Afanador y las hermanas Melanie y Adriana Díaz, sino que vienen figuras como Hugo Calderano de Brasil, quien recientemente venció al #1 del mundo en la rama masculina, así como figuras como Mo Zhang y Takashi Bruna en la rama femenina. Cabe destacar que las primeras dos posiciones del evento clasifican para la Copa Mundial que se realizará del 21 al 28 de abril en Hungría. Por otra parte el otro evento que resalta en calendario es el juego de la ventana FIBA del lunes 25 de febrero frente a Uruguay en el Coliseo Roberto Clemente. Este juego debe decidir el pase a la Copa Mundial de baloncesto en China y ha generado una gran expectativa al punto que todos los boletos se vendieron en el primer día que salieron a la venta. Cabe destacar que esta semana hubo buenas noticias con el anuncio de que se integrará nuevamente el centro Tyler Davis, pero todavía se barajea quienes jugaran en la posición de armador ante las lesiones de Ángel Rodríguez y José Juan Barrea. Sin duda hay mucho deporte al que estar pendiente.

La razón contra el insulto

El debate de este sábado 27 de enero de 2019 en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas seguramente será incorporado a los anales que registra algunas de las más grandes confrontaciones políticas sostenidas en ese ámbito. Allí quedó plasmada con total claridad la brutalidad e insolencia del imperio cuando el secretario de Estado Michael Pompeo caracterizó al estado bolivariano como “mafioso ilegítimo” para tras cartón agregar “que muchos venezolanos se están muriendo de hambre” debido a “un experimento socialista que provocó un colapso de la economía”. Que Pompeo acuse a cualquier persona, organización o gobierno de este planeta de “mafioso” aparte de ser un gesto típico de matón de arrabal que desprecia no sólo las tradiciones diplomáticas sino las buenas maneras es a la vez un monumental contrasentido para quien durante casi un año y medio fue jefe de la mayor organización criminal y mafiosa del planeta: la CIA. Hombre de discurso trabado y trabajoso, sólo pudo proferir insultos y regurgitar desgastadas consignas de la época de la Guerra Fría en contra de Rusia, China y Cuba. Esas groserías merecieron la aprobación de los representantes de su peonada regional y, muy particularmente, del impresentable canciller de Colombia, Carlos Holmes Trujillo, un raro fósil del pleistoceno cuyo discurso lleno de mentiras e insultos fue un ultraje al buen decir de colombianas y colombianos y una enésima demostración del enorme daño que el uribismo le ha hecho –y sigue haciendo- a la entrañable Colombia. Prefiero ni hablar de lo que fue la intervención del representante de Canadá, otrora un gran país y hoy sometido al arbitrio de un gobierno que pareciera tener como única misión convertirse en la estrella número 51 en la bandera de los Estados Unidos. Paso asimismo por alto, por cuestiones de profilaxis mental, las intervenciones de algunos de los conspicuos representantes del Cartel de Lima.

Frente a estos esperpentos brilló con luz enceguecedora la intervención de Jorge Arreaza, que brindó una soberbia lección de lo que debe ser un diplomático. El bolivariano demolió uno tras otro las acusaciones -que no argumentos- de Pompeo y su pandilla. Sin caer en las provocaciones y con una sangre fría admirable, mientras quienes veíamos la transmisión del debate sentíamos que nos hervía la sangre, Arreaza aportó un detallado análisis de la situación en su país, identificó el origen de la presente crisis en la perversa campaña de agresiones y hostigamientos de todo tipo lanzadas por la Casa Blanca que infligieron daños del orden de los 23.000 millones de dólares a la República Bolivariana de Venezuela agravando considerablemente la situación económica del país. Sus palabras están en línea con un reciente informe de Servicio de Investigación del Congreso de la Unión Americana que en noviembre de 2018 decía que “si bien las sanciones económicas más fuertes podrían influir en el comportamiento del gobierno venezolano, también podrían tener efectos negativos y consecuencias no deseadas. A los analistas les preocupa que las sanciones más fuertes puedan exacerbar la difícil situación humanitaria de Venezuela, que se ha caracterizado por la escasez de alimentos y medicamentos, el aumento de la pobreza y la migración masiva. Muchos grupos de la sociedad civil venezolana se oponen a sanciones que podrían empeorar las condiciones humanitarias.”

No sólo eso. Además Arreaza demostró que a diferencia de la tentativa golpista del 11 de abril del 2002 cuando el gobierno de Estados Unidos (George W. Bush) estaba “detrás del golpe” en el caso actual la Casa Blanca está “delante del golpe, es su verdadera vanguadia”, reiterando por enésima vez una irrefrenable vocación de dominio y expoliación que la Roma americana, al decir de José Martí, comenzó a hacer manifiesta tan tempranamente como en el año 1823, fecha de nacimiento de la Doctrina Monroe. La inequívoca conclusión extraída por Arreaza fue que Washington ratifica a lo largo de casi dos siglos su prepotencia imperial, su absoluto desprecio por los valores que dice defender: la libertad, los derechos humanos, la democracia, meras pantallas que mal disimulan su pretensión de apoderarse de las enormes riquezas de un país, en este caso Venezuela, cuyo petróleo, oro, coltan y otros minerales estratégicos suscitan el desenfrenado apetito de las clases dominantes de Estados Unidos.

El debate demostró la incoherencia y debilidad argumentativa de los críticos de la Revolución Bolivariana y los ardientes defensores del “autoproclamado” presidente de Venezuela, un hombre que en cualquier momento podría ser “descartado” por la Casa Blanca en caso de que para progresar en su plan de sembrar el caos en Venezuela tuviera que recurrir a un autoatentado para justificar y llevar a los extremos su accionar criminal. Esta es una vieja tradición estadounidense, cuyos hitos más importantes son la voladura del acorazado Maine en la bahía de La Habana en 1898, el ataque a Pearl Harbor en 1941 y, según algunos estudiosos norteamericanos, los atentados del 11 de Septiembre del 2001. No hay ninguna razón para suponer que la Casa Blanca ha abandonado ese vicio y que no esté preparada para incurrir una vez más en él en la actual coyuntura venezolana. 
Para concluir: lo de Arreaza fue excepcional por su contenido y por sus formas, cuestión ésta para nada marginal en las relaciones internacionales. Notable también por su versación y por el prolijo desarrollo de sus razonamientos que contrariamente a los borbotones de sus contendientes fluían con elegancia y naturalidad para defender la legitimidad y constitucionalidad del único presidente de Venezuela que no es otro que Nicolás Maduro.

Por eso quienes recordamos los grandes debates sostenidos en el seno de las Naciones Unidas por Raúl Roa -el gran ministro de Relaciones Exteriores de Fidel entre 1959 y 1976- y conocido como el “Canciller de la dignidad” por su elocuente e irrefutable defensa de la Revolución Cubana, nos regocijamos al comprobar que la tradición abierta por el cubano ha encontrado en Jorge Arreaza su auténtico heredero. ¡Felicitaciones Canciller Arreaza y larga vida a la Revolución Bolivariana!

Reproducido de www.rebelon.org

Edgar Martínez: El mejor bateador del Mundo

Nota:

Con motivo de la exaltación del puertorriqueño Edgar Martínez al Salón de la Fama del Béisbol el pasado 22 de enero, reproducimos esta columna de Elliott Castro Tirado que se publicó en octubre del 1995 en estas páginas. Ya en ese entonces Elliott catalogaba a Edgar como “el mejor bateador del mundo”. Hoy, 25 años después, y en su último año elegible para entrar a Cooperstown, lo hizo contando con el 85.4% de los votos, para convertirse en el primer bateador designado en lograrlo, y el quinto puertorriqueño, al unirse a Roberto Clemente, Orlando “Peruchín” Cepeda, Roberto Alomar e Iván Rodríguez.

Elga Castro

Las cámaras de televisión se mantuvieron con Ken Griffey, mientras realizaba un magistral corrido de bases, hasta que se deslizó a salvo en el plato con la carrera que le dio a los Marineros de Seattle el juego, la serie y su primer pase a la final de Liga Americana en sus 19 años de existencia.

La celebración fue tumultuosa, como ameritaba una situación como esa. Los jugadores de los Marineros se dividieron en dos grupos; uno cayó encima de Griffey y el otro corrió en dirección al jugador que había conectado el batazo que empujó las dos carreras, pues antes de Griffey, Joey Cora había anotado la del empate.

Una vez más, las cámaras de TV se quedaron centradas encima de Griffey y el “sándwich” que se formó en el área del plato.

En cuanto la situación se calmó lo suficiente, un emocionado periodista entrevistó primero… a Ken Griffey.

Más tarde y con mucha menos emoción, entrevistó al héroe que conectó el doble de oro, que de paso había sido el héroe la noche anterior con dos dramáticos cuadrangulares, incluyendo el decisivo con tres en bases y que además fue campeón bate de la serie regular.

Aun así, Edgar Martínez lo recibió con toda la humildad y sencillez que siempre le han caracterizado, tanto en el tope de las buenas, como en el fondo de las no tan buenas.

Así ha sido la carrera de Edgar Martínez, llena de éxitos y sin recibir el debido reconocimiento. Aún en Puerto Rico, sus ejecutorias siempre han sido opacadas y relegadas a un segundo plano ante las de sus compañeros Roberto Alomar, “Igor” González, Carlos Baerga y “El Indio” Sierra.

Edgar destrozó a los Yanquis

En los cinco juegos que duró la serie, Edgar se presentó a batear en 26 ocasiones y llegó a base en 17 de ellas, para un fabuloso promedio de .638. O sea, que se embasó más de tres veces por encuentro.

Edgar conectó cinco sencillos, tres dobles y dos cuadrangulares en 21 turnos oficiales, para un robusto promedio de .571. En total, acumuló 19 bases en 21 turnos, para un promedio de “slugging” de .905. Para completar recibió cinco bases por bolas.

Sus batazos sirvieron para empujar diez carreras, incluyendo nueve en los últimos dos juegos. Además anotó seis carreras. En total, empujó o anotó catorce de las carreras de su equipo.

Lo interesante es que su explosión ofensiva no es producto de la casualidad o un aborto de una serie en cinco juegos. Por el contrario, desde que comenzó a jugar béisbol organizado, siempre ha sido un extraordinario bateador.

Edgar nació en Nueva York en 1963, pero se crió en el barrio Maguayo del pueblo de Dorado, donde aprendió a jugar béisbol. Al principio se le conocía como “el primo de Carmelo” (Martínez). Hoy Carmelo es “el primo de Edgar”.

Desde que comenzó a jugar, siempre fue tercera base y siempre fue un gran bateador derecho. Precisamente por eso resulta incomprensible que haya pasado cuatro temporadas completas antes de debutar en las Mayores. Las próximas tres las alternó entre Seattle y el Calgary de la Costa del Pacífico de clasificación Triple A.

Multi campeón de bateo

Por si había dudas de su capacidad para batear, en su segundo año como pelotero profesional (1984) bateó .303 en la Liga del Medio Oeste. en el ’85 comenzó en Doble A y terminó en Triple A, donde prometió .353.

El año que parecía ser el de su consagración fue el ’87. Con el Calgary bateó .329 y en sus primeros 43 turnos en las Mayores, promedió .372.

Sin embargo, en el ’88 regresó al Calgary, donde fue campeón bate con .363. La temporada la volvió a terminar con Seattle.

Una vez más, el ’89 lo comenzó en Triple A, pero cuando estaba destrozando a los lanzadores rivales, fue finalmente reclamado por el Seattle.

En su primer año completo en Grandes Ligas, en el ’90 bateó .302 en 144 juegos. Por aquello de mantener su costumbre de batear sobre .300, en el ’91 subió a .307, preparando el escenario para el ’92, cuando se proclamó campeón bate de la Liga americana con .343.

En Puerto Rico también fue campeón bate, al superar la marca .400.

El cielo parecía ser el límite en ese momento de su carrera. Una publicación especializada que presenta informes de los escuchas (The Scouting Report 1993), lo describía en ese momento, como “una estrella en ascenso”, a la vez que destacaba su inteligencia y su capacidad para ajustar su “swing”, dependiendo de los lanzadores rivales. Además resaltaba su bateo en todas direcciones y su capacidad para maltratar a los zurdos.

Tal vez por haber tenido que esperar hasta los 27 años para recibir la a oportunidad de jugar a diario. Edgar desarrolló gran paciencia al plato, lo que le permite recibir gran cantidad de bases por bolas y poncharse muy poco.

En los últimos días del campamento primaveral para la temporada del ’93 sufrió una lesión en una rodilla, la que se unió a la que tenía en el hombro (tuvo que ser operado), por lo que perdió casi todo el año. Al final de temporada, aunque obviamente no estaba listo, regresó a juego y en 135 turnos, solo bateó para .237.

Un intenso programa de acondicionamiento físico en la Clínica de Medicina Deportiva le devolvió su condición de juego, pero en su primer turno del primer juego de la temporada del ’94 recibió un fuerte pelotazo de parte del nicaragüense Dennis Martínez, que le fracturó una muñeca y lo volvió a sacar de carrera.

En 325 turnos, bateó .285, a pesar de no estar completamente recuperado.

En Puerto Rico bateó sobre .300 en la serie regular, sobre .300 en las finales y sobre .300 en la Serie del Caribe.

Así llegó a la temporada del ’95 con el Seattle, donde fue relegado a actuar como bateador designado, para protegerlo ante las lesiones y como medio para obtener el máximo provecho a su capacidad para batear.

Sin hacer mucho ruido, se proclamó campeón bate con el robusto promedio de .356. También fue co-líder en dobles con 52 y entre los primeros en jits conectados (182), bases por bolas recibidas (118), carreras empujadas (113) y carreras anotadas (121). Además estuvo entre los líderes en total de bases y en promedio de “slugging” (total de bases entre turnos al bate).

A pesar de no ser un jonronero natural, Edgar actuó como cuarto bate y conectó 29 cuadrangulares.

Sin embargo, tal vez lo más importante de su actuación fue que cargó a los Marineros en el largo tiempo en que Ken Griffey estuvo fuera de juego por una lesión

Por esa fabulosa actuación, Edgar tiene que estar entre los más fuertes candidatos al galardón de Jugador Más Valioso, junto a Albert Belle y Mo Vaughn.

Después de su fabulosa actuación frente a los Yanquis ahora, por fin, Edgar comienza a recibir el mérito y el reconocimiento que merece. Reggie Jackson lo llamó “el mejor bateador del béisbol” y Jim Kaat lo describió como “el bateador más difícil para sacar fuera para un lanzador”.

Pocos hombres pueden batear para promedio y con fuerza, ser oportunos, repartir líneas en todas direcciones, tener vista de águila y conectar lo mismo a lanzadores zurdos que a derechos, a bolas rápidas o a curvas y lo que es más importante aún, lo hace todos los días, todos los días, todos los días.

Nosotros, en Puerto Rico, nos debemos ir preparando para darle el recibimiento que se merece quien hoy por hoy es el mejor bateador del Mundo: Edgar Martínez.

De San Mateo a Santurce un paso no es: Sobre un libro de crónicas santurcinas

Soy de la Isla: esta escueta declaración sonará para una persona que no sea de Puerto Rico tautológica, en el mejor de los casos, y en el peor, tonta. Pero para los boricuas sonará sensata, aunque quizás sorpresiva; con ella claramente establezco que no nací en San Juan. Por esa razón tengo que hacer un esfuerzo mental para entender las paradas – la Once, la Diecinueve, la Veintidós – como hitos significativos a lo largo de la Avenida Ponce de León. Por ello mismo tengo que pensar dos veces cuando se menciona el nombre de un barrio: Alto del Cabro, Tras Talleres, Cantera. En fin, que como soy de la Isla y como no he vivido por largos años en la capital, su geografía no se me da con facilidad. Eso sí, tengo bien claro la diferencia entre ser de los Cangrejeros o de los Senadores: eso me lo inculcó desde muy temprano mi padre que era ávido aficionado al beisbol.

Quizás por esa misma razón leí el hermoso libro recopilado por Armindo Núñez Miranda, Santurce y 8 crónicas de viaje (San Juan, Museo de Arte Contemporáneos de Puerto Rico, 2018), con ojos algo diferentes a los que lo hubiese leído alguien que ha vivido desde niño en ese fascinante mundo que estos ocho cronistas y un planificador urbano y arquitecto parcialmente recrean. Aquí el adverbio – parcialmente – es de suma importancia ya que estas, como buenas crónicas, sólo intentan reconstruir aspectos específicos y limitados de esa compleja realidad urbana. Por el contrario, el epílogo del libro – un excelente ensayo de Edwin Quiles Rodríguez, el susodicho planificador y arquitecto – es el texto más abarcador del libro porque su propósito no es crear una crónica a partir una escena específica y particular de la vida en Santurce sino darnos una breve pero precisa historia del proceso urbanístico de la ciudad usando una avenida, la Ponce de León, como metáfora para así hacerlo. Este libro, pues, termina con una visión englobante de Santurce, pero su cuerpo lo componen textos que tienen como propósito enfocarse sólo en rasgos muy específicos de esa realidad urbana.

La introducción de Núñez Miranda es, también y en parte, una crónica ya que nos presenta su recuerdo del Santurce que conoció con su madre en su infancia. Pero su texto es, como debe ser, puerta o preámbulo a todo el libro. Por ello, en esas páginas introductorias este advierte a los lectores que “[l]a crónica como género periodístico es uno ambiguo” (11). Esa breve aclaración nos indica de manera indirecta que los ocho textos que componen el cuerpo del libro no son ni tienen que ser parecidos, pues la ambigüedad es uno de sus rasgos y aquí se es ambiguo de maneras distintas. El lector se dará cuenta de inmediato que los autores de estas crónicas tienen finalidades muy diversas – aunque todos ofrecen retratos parciales de la realidad santurcina – y adoptan, para así hacerlo, estilos muy diferentes. Marcadas son las diferencias, por ejemplo, entre el texto de lenguaje neobarroco de Manuel Clavell Carrasquillo y el de Carla Cavina Meléndez, texto, este segundo, compuesto con breves oraciones de sintaxis escueta y que, por la longitud del texto, llega a cansar, contrario a lo que ocurre, paradójicamente, con el de sintaxis convoluta de Clavell, texto que siempre nos fuerza a mantenernos alertas, dados los cambios lingüísticos y las vueltas y revueltas de su sintaxis juguetona. Apunto aquí a los dos casos extremos de las crónicas recogidas en el libro, pero hay que recalcar, primero, que en general estas crónicas emplean un estilo cuya finalidad es ser comunicativo –en ese sentido el texto de Clavell rompe con la norma– y, segundo, que más que por su estilo es por su contenido que nos importan ahora estos textos.

La mayoría de estos tiene como foco a personajes marginados que habitan barrios pobres de la ciudad. En ese sentido la crónica más característica del libro –y, para mí, la más lograda– es la primera, la de Luis Trelles Hernández. En la misma el narrador/personaje intenta seguir por un día a un adicto a heroína que recoge objetos de metal para venderlos y así ganar dinero para satisfacer su necesidad, para “curarse”. Esta crónica es ejemplar ya que tiene una estructura narrativa que mantiene la atención de los lectores. Como Núñez Miranda establece claramente en su introducción, la crónica es ambigua porque no sólo es un reportaje periodístico, sino porque se vale, en mayor o menor grado, de diversos elementos literarios, particularmente de los narrativos. Por ello la crónica es pariente cercana del cuento. Y Trelles Hernández maneja los elementos narrativos de manera ejemplar, especialmente al darle a su texto un final de sorpresa.

En otras de las crónicas aquí incluidas se produce un texto ejemplar dentro de los parámetros del género sin llegar a tener esta una estructura que se asemeje al cuento, tan obviamente como en el caso ya mencionado. Otras de estas quedan abiertas en un sentido narrativo o se crea una estructura cerrada por medio de una epígrafe que sirve de estribillo, como es el caso de “Monta mi guagua” de Laura Moscoso Candela, quien se vale muy hábilmente de los versos de una plena para crear una muy coherente estructura textual para su crónica. En fin, las ocho crónicas que aquí se incluyen sirven para demostrar una vez más que este es un género ambiguo por la variedad de recursos literarios de los que se vale.

Pero si estas ocho piezas son distintas por su estructura son semejantes y coherentes por su temática: todas ofrecen un pequeño cuadro de Santurce. Estilo y temática se dan aquí la mano, a pesar de las diferencias en los textos porque Santurce tiene un carácter de ambigüedad e hibridez que, paradójicamente sirve en este caso para darle unidad al libro.

La historia misma de este que fue originalmente poblado de negros libertos, San Mateo de Cangrejos, y que se convirtió en una barrio capitalino que lleva por nombre el de un pueblo vecino a la ciudad de Bilbao así lo confirma. La problemática transformación de San Mateo a Santurce se debió a Pablo Ubarri, un emigrante vasco incondicional al gobierno español en la Isla que se hizo rico con la especulación de terrenos y la construcción del tranvía que conectaba a San Juan con Río Piedras. (De ahí las paradas que nunca he llegado a dominar con seguridad.) El rico señor Ubarri compró un título nobiliario y se convirtió en el Marqués de Santurce, porque venía del Santurce vasco, venía de Santurzi. (Me aclara mi mejor y más querido informante bilbaíno que Santurzi es una derivación de san Jorge y que hay otros poblados en España con tan increíble transformación etimológica en su nombre: de Jorge a Turci un paso es, aunque no lo parezca.) El título nobiliario de don Pablo, pues, aunque se refiere al pueblo vizcaíno y no al barrio sanjuanero, es contradictorio pues engarza de manera violenta o contradictoria el título de marqués con una localidad pueblerina o, mejor, popular. Así es porque cuando en nuestra historia hablamos del Marqués de Santurce, obviamente pensamos en nuestro Santurce, no en el vizcaíno. Es que el nuestro, a pesar de tener su parte aristocrática en Miramar, es y ha sido siempre un barrio popular, populachero para algunos, que tiene sus orígenes en habitantes pobres, especialmente en los negros libertos que lo fundaron, y hasta tiene como símbolo un ordinario y hasta vulgar crustáceo, no un heráldico león, como la señorial ciudad de Ponce., ni un amenazante tiburón como mi pueblo.

Por ello mismo, por ser Santurce popular o hasta populachero, las crónicas que componen este libro se enfocan principalmente en seres marginados que van desde el adicto que recogen objetos de metales por las calles hasta los gais que por una noche, la del 31 de octubre, la noche de Halloween, se hacen dueños de diversas calles santurcinas. Estas crónicas por necesidad tienen que ofrecer cuadros muy parciales de esa realidad, aunque alguna, como la de Moscoso Candela, nos brinda uno más amplio valiéndose de un viaje en guagua. Pero por definición, la crónica es parcial; tiene que serlo. Por ello no podemos decir que Santurce y 8 crónicas de viaje nos dé un retrato completo o abarcador de este gran barrio capitalino. Pero no se le pide a un libro de crónicas que lo dé; no tiene que dar tal amplio cuadro.

Pero ese mismo rasgo –la limitada imagen que se ofrece si exceptuamos el ensayo de Quiles– nos deja con las ganas de otras crónicas más que nos ofrezcan distintas imágenes de Santurce. Para mí, el gran hueco del libro es la ausencia de una que retrate Miramar. Se entiende esa gran ausencia si se recuerda que estos cronistas tienen como objetivo o interés principal a los personajes marginados y, por ello, ponen su atención en secciones pobres del barrio. Pero creo que alguna otra cronista, siguiendo, si quiere, el ejemplo de la mexicana Guadalupe Loaeza en Las niñas bien (1988) y Las reinas de Polanco (1986), entre otros textos suyos, podría muy efectivamente darnos una excelente crónica de las doñitas de Miramar, una crónica que puede ser crítica y ambigua aunque trate de personajes de una clase social económicamente privilegiada. Magali García Ramis sería la candidata ideal para escribir esa crónica, como Luis Negrón sería el idóneo para darnos otra de la comunidad dominicana que hoy puebla gran parte de Santurce. (Me imagino cuán deleitoso sería leer una crónica de Negrón sobre “La Grilla”; ya me regusto sin que exista el texto.) Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega, Edgardo Rodríguez Juliá y Ana Teresa Toro, entre otros, se podrían añadir a la lista de posibles cronistas para ese otro libro todavía inexistente sobre Santurce. Hay muchas otras posibilidades de ampliar este excelente libro o de producir otro con más crónicas santurcinas.

En el fondo, lo que apunto es que Santurce y 8 crónicas de viaje, esta excelente recopilación de crónicas hecha por Armindo Núñez Miranda, cumple a cabalidad su función. La prueba está en que nos quedamos con ganas de más y más crónicas que sigan componiendo un gran cuadro de Santurce. Este libro nos ofrece un excelente comienzo. Roguémosle al que me imagino tiene que ser el verdadero santo patrón de Santurce – el inexistente san Turce y no el histórico san Mateo, ni el etimológico san Jorge – para que tengamos pronto ese otro libro tan excelente como este, este que me ha dejado con muchas ganas de leer más crónicas santurcinas.