Inicio Blog Página 1613

Lorenzo Piñeiro Rivera

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás

El Domingo de Ramos de 1937, cuando ocurre la Masacre de Ponce, Lorenzo Piñeiro Rivera, con rebosante juventud a los 28 años, había ingresado a la tierra amada luego de más de una década de duro exilio en Nueva York. Había emigrado hacia el norte desde la temprana adolescencia. La emigración es el exilio de los trabajadores. Lorenzo conoció ese exilio proletario en sus variadas vertientes. Cuando llegó al muelle neoyorquino por primera vez, con equipaje menudo y esperanzas inflamadas por la imaginación juvenil, apenas había cursado el octavo grado en su Ponce natal.

Trabajó en múltiples faenas por aquellos años veinte y treinta. Cursó la escuela superior a golpes de cansancio y sueño, tras la jornada cotidiana que la sociedad yanqui reclama a su moderno esclavo, el obrero migrante.

El trasiego extenuante de vender su fuerza de trabajo diaria más allá de lo que se puede recuperar normalmente, no impidió que empezaran a aflorar inquietudes sociales en su conciencia. Así se acercó a los círculos de actividad literaria y política en el Barrio. Empezó a desarrollar una de las virtudes características que  más definen su personalidad: la inmensa capacidad, de hacer amigos y mantener una lealtad sin límites al valor de la amistad, sin confundirlo con la deformación del amiguismo. De aquellos primeros contactos con el forcejeo social de los boricuas en Nueva York viene su amistad con Bernardo Vega, otro de los grandes pilares de la emigración puertorriqueña en Estados Unidos.

“Pero el gran acontecimiento de mi vida,” diría siempre Lorenzo en sus frecuentes incursiones retrospectivas, “fue conocer a Don Pedro Albizu Campos,” Como a tantos otros jóvenes de la época, la eclosión patriótica del Nacionalismo, conducida por la prédica y el ejemplo Albizuista, moldeó en forma definitiva la consagración de Lorenzo a la causa de la independencia de su patria.

A lo largo de los años treinta trabajaba intensamente en la Junta Nacionalista de Nueva York. Cuando se realiza conjura de Winship y encarcelan a Don Pedro junto al principal liderato nacional del partido, Lorenzo regresa a la Isla para reforzar  la dirección sustituida que asumiría las riendas de la colectividad. Lleva muy poco tiempo en Puerto Rico cuando le toca enfrentarse junto a sus compañeros a una de las manifestaciones más brutales de la barbarie imperialista, la matanza del Domingo de Ramos en Ponce.

Sobreviviente de la Masacre, Lorenzo es uno del grupo de dirigentes Nacionalistas al que el régimen acusa de asesinato, en burdo intento de inculpar a las víctimas por el horrendo atropello cometido por la Policía. Dos largos juicios, en el primero de los cuales no hubo veredicto, culminan en la absolución de todos los acusados, como resultado de la presión decisiva de la opinión pública que se vuelca casi unánimemente contra la irracional teoría de los fiscales. En esos meses, Lorenzo recorrió el país por todos sus contornos y obtuvo un conocimiento de su pueblo y una sintonía con su pálpito que ensancharon su perspectiva y abrieron cauce a una visión mucho más profunda del forcejeo patriótico.

Cuando regresa a Nueva York, su conciencia política renovada al calor de su pueblo no encuadra en los parámetros estrechos que constriñen al Nacionalismo huérfano de liderato por los sucesivos encarcelamientos de sus principales cuadros de dirección. Junto a Gilberto Concepción de Gracia –uno de los grandes amigos y compañeros de su vida- y a muchos otros compatriotas, funda la Asociación Pro Independencia de Puerto Rico, precursora en Nueva York del Congreso Pro Independencia y del Partido Independentista Puertorriqueño, al que se afilia desde su fundación en 1946.

En la tribuna y en las columnas de los periódicos boricuas de la época en Nueva York, Lorenzo va definiendo un pensamiento político cada vez más progresista, humanista e internacionalista. Colabora activamente con las campañas reivindicativas que libra el American Labor Party bajo la dirección de Vito Marcantonio a favor de los trabajadores puertorriqueños.

Trabaja intensamente. Tiene que rendir una jornada tiene que rendir una jornada diaria de ocho horas como redactor o traductor en periódicos y agencias de prensa y en ocasiones trabajar los fines de semana en otras chiripas que le suplementen el ingreso. Ya se ha casado y a sus dos hijos, Carlos y Lorenzo –“la luz de sus ojos”- no puede faltarles nada. Al mismo tiempo estudia de noche, con miras a terminar la carrera de abogado. Tuvo que estudiar leyes en tres épocas distintas para finalmente graduarse en 1953. En una ocasión, después de terminar todos los requisitos de graduación en Fordham University, en 1949, la Universidad lo expulsó porque alegadamente se enteró entonces de que él había sido enjuiciado por asesinato, y aunque salió absuelto, eso era suficiente para que no pudieran graduarlo. Por eso tuvo que empezar otra vez el primer año de Derecho en el Colegio Brooklyn. Y mientras hacía todo eso, presidía las organizaciones patrióticas sucesivas que existieron en Nueva York desde 1939 hasta 1953, cuando regresó a Puerto Rico definitivamente, redactaba periódicos patrióticas y participaba en toda clase de actividades de combate y lucha de la comunidad boricua.

En el seno del Partido Independentista, Lorenzo Piñeiro Rivera fue uno de los dirigentes más queridos y respetados por toda la base partidaria, en el periodo de 1953 a 1958 en que militó activamente en el mismo aquí en la Isla. Sus posiciones de avanzada chocaron en muchas ocasiones con la línea oficial de la dirección. Siendo Secretario General y Senador por acumulación del PIP, se une al grupo de dirigentes pipiolos que impulsamos la necesidad de renovar la lucha de independencia tras los comicios de 1956 y finalmente funda con todos nosotros el Movimiento Pro Independencia en 1959.

En muchas ocasiones me comenzó que “en el MPI me he reencontrado con mi verdadero ser como puertorriqueño”. Fue un admirador de la juventud luchadora que insufló al independentismo el espíritu combativo de la nueva lucha. Uno de los pocos “viejos” que se sentía plenamente identificado con los jóvenes que iban asumiendo el mando de la organización, se mantuvo en la línea ascendente del MPI hasta sus últimos momentos de lucidez. Por eso llegó a ser fundador y militante, así como miembro del Comité Central, del Partido Socialista Puertorriqueño. Sus últimas gestiones antes de caer postrado para siempre por una larga enfermedad fueron como notario para la inscripción del PSP.

Por una de esas casualidades de la vida, Lorenzo murió el Domingo de Ramos, cuarenta años después de aquel histórico Domingo de Ramos en que se selló para siempre su compromiso con la patria. Para sus compañeros y amigos su recuerdo vivirá siempre su compromiso con la patria. Para sus compañeros y amigos su recuerdo vivirá siempre como ejemplo de humanidad en su escala más alta. Para mí. Lorenzo, uno de los grandes amigos de mi vida, brillará siempre entre los recuerdos más queridos que hilvanan la esperanza de una humanidad plena. 

Luis Muñoz Marín

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás

El martes, mientras la atención del país se concentraba en los boletines médicos sobre  la gravedad de Don Luis Muñoz Marín, escuchaba esporádicamente por la radio las expresiones de angustia de gente a quienes entrevistaban al azar. Todos elogiaban al hoy difunto líder como el hombre que sacó a Puerto Rico de la pobreza extrema, el “padre de los pobres” y el que hizo posible que “tuviéramos educación y nos pusiéramos zapatos”.

Más tarde, mirando el noticiero de televisión, alcancé a ver en la pantalla a un amigo de la infancia. René Sanfiorenzo, haciendo guardia en la antesala de la habitación del enfermo en el Hospital Mimiya. René es uno de ocho hermanos, hijos de un pequeño agricultor y una maestra de escuela en el poblado del Rosario. Vino a mi mente el recuerdo de la primera vez que ví y escuché hablar al fundador del Partido Popular Democrático. Fue allí en el Rosario y debió ser entre el año 37 ó 38. Yo era un muchacho de nueve o diez años y había llegado hasta la pintoresca aldea de mis antepasados en ancas del caballo de mi padre, bajando por el camino vecinal desde el Carro de Las Mesas. No había una sola carretera pavimentada que condujera al Rosario. Allí todo era desolación y miseria, la iglesia y tres callejones de salida hacia San Germán, Las Mesas y El Limón, poblados a ambos lados por casuchas en condiciones de mucho mayor deterioro, formaban el pequeño poblado, junto a la “Jornalería” en la que se apretujaban entre veredas unos bohíos de yaguas y cartones, casi chocando unos con los otros, que eran los albergues de la mayor parte de la población rozareña.

Las palabras de Muñoz fueron precisas y sencillas. Habló de la injusticia social que mantenía en la pobreza de nuestro pueblo, se refirió a los grandes columillús que acaparan la riqueza e instó a que los humildes no se dejaran engañar para mantener encaramados a los que trafican  con el sudor ajeno. Habló también de la independencia de Puerto Rico. Dijo que sin libertad política no podía haber libertad económica y sin libertad económica no pidía haber libertad política. A mí me impactó mucho aquel discurso y la explicación  posterior que me dio mi padre de cómo ese hombre se proponía hacer la libertad de la patria con los humildes y al mismo tiempo hacer la justicia social. Cuando le pregunté a mi padre qué significaba eso de justicia social, recuerdo muy vívidamente que me dijo que era que no hubiera gente que tuviera que vivir  como vivían los de “la jornalería” del Rosario mientras otros vivían en grandes mansiones y con todos los lujos. Ese mensaje dejó una huella permanente en mi conciencia. Antes que Marx y Engels, fue Munoz  quien me abrió el entendimiento y la sensibilidad para transitar al cabo de los años por los caminos del socialismo. El fue el primero que sembró en mí conciencia de niño la idea  de la independencia y la justicia social como una sola causa. Tuve oportunidad de decírselo –ya en conflicto con sus posiciones- casi una década después de  ese primer encuentro, cuando iniciábamos los primeros pasos hacia la fundación del Partido Independentista Puertorriqueño.

Por eso, tengo el mayor respeto y la más cabal comprensión por el sentimiento de admiración y casi veneración que manifiestan centenares de miles de puertorriqueños ante la figura de Muñoz Marín. En la lógica elemental de las masas, condicionada por la idea cristiana de la encarnación, es natural que el progreso de Puerto Rico se identifique sobre todo con la persona de Muñoz. Sencillamente porque fue el iniciador  del movimiento social que condujo a una impresionante transformación de la sociedad puertorriqueña, de una rural a una esencialmente urbana, de la pobreza extrema al semi-desarrollo, a la masificación de la educación, las oportunidades de ascenso en la escala social y el consumo. No culpo, por tanto, a los René Sanfiorenzo y los millares de los hijos de campesinos empobrecidos de antaño que hoy tienen profesiones y oficios, y viven en casas modernas y alternan en una sociedad consumerista, por ser admiradores de Muñoz Marín.

Muñoz no fue un trepador político ni un servidor conciente de  los grandes intereses económicos que objetivamente se enriquecieron bajo su régimen. Bernardo Vega y Lorenzo Piñeiro, que le conocieron desde sus primeros tanteos políticos en Nueva York, decían que él era un socialista intuitivo para aquellos años. Casi todos los Socialistas empezamos siéndolo más por intuición que por comprensión intelectual. El problema es que si uno  se queda en esa fase, y no alimenta la intuición suficientemente con el estudio y la disciplina conscientes, se arriesga a que se lo lleve de frente la corriente del sistema vigente y sus valores falsos. Cuando se tienen responsabilidades de dirigente, ese peligro conlleva consecuencias muy graves. Porque si bien los líderes no son los que forjan la historia, sino que son los pueblos sus protagonistas y aquellos no son más que reflejo de éstos, también es cierto que hay una interacción dialéctica entre pueblo y líderes que hace que el dirigente, en la medida de su influencia, se convierta en factor importante, a veces decisivo, en el desarrollo o estancamiento de la conciencia colectiva.

Esa fue, posiblemente, la gran deficiencia que desvió a Muñoz por los tortuosos caminos de un zigzagueo político que culminó en grandes virajes regresivos. Del socialismo intuitivo, Muñoz cayó en el populismo, luego de transitar por el independentismo liberal y en ocasiones coquetear con el nacionalismo revolucionario de Albizu Campos durante los años treinta. Su pragmatismo le llevó a considerar los hechos concretos del momento como barrera infranqueable que imponía el repliegue y la reculada. No alcanzó la comprensión materialista y dialéctica que le permitiera ver el presente y sus limitaciones en su movimiento para impulsar el seguimiento y profundización de los cambios sociales que su propio genio creador impulsó en el Puerto Rico de los años treinta y los primeros años cuarenta. Su arsenal ideológico se quedó limitado a unas ideas reformistas que en vez de transformarse cualitativamente en revolucionarias ante el embate de la reacción, se fueron disipando hasta revertir por completo a su negación. De ahí, la renuncia a la independencia como primera concesió, que le llevó a negar la premisa básica de su planteamiento original en el sentido de que sin libertad política no puede haber libertad económica. Y como esta premisa era la correcta, y no su contrario, muy pronto el abandono de la independencia condujo al viraje esencial que sustituyó el programa de justicia social del cuarenta  por la Operación Manos a la Obra. Esta fue la base material del auge del anexionismo que trajo como consecuencia, entre otras, el desplazamiento del Partido Popular por el llamado Partido Nuevo Progresista en el gobierno de Puerto Rico. 

No es éste el momento de intentar siquiera hacer un juicio histórico de Luis Muñoz Marín. En gran medida, el balance final que se haga de su obra dependerá del desenlace que tenga el drama puertorriqueño durante la presente década. En Muñoz se amalgamaban en una sola angustia existencial, durante sus últimos años, el sentimiento puertorriqueñista y su incesante preocupación por la justicia social con el fatalismo pragmático que frenó hasta el último momento la expresión plena de sus preocupaciones. Esto quedó dramatizado en las primarias Demócratas celebradas en marzo pasado. Mientras íntimamente, Muñoz manifestaba su aversión a todo el proceso primarista y su repudio a las consecuencias asimilistas del mismo, públicamente recibía al candidato presidencial Edward Kennedy en su casa y declaraba que los Populares debían ir a votar en las primarias.

Tocará a sus discípulos mejores superar las ambivalencias del maestro para recoger todo lo positivo que hubo en su obra, descartar lo negativo, y ayudar al país a salir de la encerrona en que está al momento de la muerte de Muñoz. Al morir, Muñoz deja a su pueblo en una encrucijada. Si sus seguidores juntan fuerzas con todas las corrientes progresistas y puertorriqueñistas en los próximos años para encaminar nuestro destino a la soberanía plena y enfilarnos hacia transformaciones sociales de avanzada; por encima y a pesar de todas sus deficiencias y sus peores acciones, a la larga se le recordará como precursor de libertades. Si, por el contrario, éstos se pliegan por el camino de la asimilación y la carrera enajenante de la dependencia y la desigualdad social y económica, la historia señalará a Muñoz como iniciador de ese sendero desquiciante en la época moderna. Ojalá que sea lo primero y no lo último. El sincero deseo de que así sea es el mejor tributo que podemos rendir a su memoria en el momento solemne que su desaparición representa para el pueblo puertorriqueño. Respetuosos del sentimiento de muchísimos compatriotas, los Socialistas nos unimos al duelo del pueblo.

Publicado en CLARIDAD, Comentario Político Edición 1422 Del 2 al 8 de mayo de 1980.

“El Nacionalismo en Puerto Rico” cápsulas de un discurso Albizuista (IV)

JUAN MARI BRAS

 

“El Nacionalismo, mis queridos compatriotas, no es un movimiento personal de Albizu Campos, ni Albizu Campos es una figura insubstituible en Puerto Rico. Si Albizu Campos fuera insubstituible, no sería posible la independencia de Puerto Rico. Este es un movimiento de cada uno de nosotros. Sintetizando todo nuestro ideario en cuanto al deber individual de cada uno de vosotros, mi mujer ha dicho a toda la juventud universitaria que se congrega en nuestro hogar, que cada uno de vosotros, puertorriqueños, tiene un deber, y es prepararse para substituir al director de un movimiento de esta naturaleza, requiere una enorme disciplina personal y preparación física. Por eso le decimos a la juventud que no tiene derecho a envenenar sus cuerpos, que el cuerpo juvenil es sagrado. Sagrado porque es la floración de todos nuestros antepasados; y si no fuese bella y fuerte no podrían rendir honores a sus progenitores. Y le decimos a la juventud que no tiene derecho a la ignorancia, que es el deber de cada puertorriqueño de ser un prócer, de ser un sabio, de ser el hombre y la mujer más culto de la tierra, porque las pequeñas nacionalidades se defienden y se basan en la grandeza de cada individuo. Las pequeñas nacionalidades tienen que velar con devoción infinita por la grandeza de cada uno de sus miembros constituyentes, y Puerto Rico no puede ignorar que en el cerebro de ningún puertorriqueño puede haber debilidad orgánica, ni en el cuerpo de ningún puertorriqueño; y de que debe haber en cada cristiano puertorriqueño la fe en el infinito, para que cada puertorriqueño sea el héroe de todas las jornadas que le esperan a la patria.”

“Esa es la escuela del nacionalismo. Yo a veces tiemblo cuando se me hacen estas ofrendas florales. Esta es una ofrenda floral única. Aquí está representada en perfume, en colores, con el perfume del alma de nuestra mujer, el alma de la patria, la bandera puertorriqueña. Es una joya amorosa. Estas ofrendas yo preferiría que no se hicieran, sinceramente prefiero que no se me hagan, porque dan a mi ser el sentido de una enorme responsabilidad. Los hombres conscientes de los grandes problemas de su patria jamás pidieron a sus conciudadanos ningún homenaje, rehuyeron todo homenaje, y rogaron que nunca se les rindiera un homenaje, ni siquiera el homenaje póstumo. Porque los que amaron a la patria la amaron con la plenitud del desinterés; no la amaron nunca con el sentido de jamás esperar ninguna recompensa, aunque fuese esa recompensa la forma sutil de un pétalo de rosa. Porque aquí, señores, en estas ofrendas, está el peligro, el peligro más grande para la patria, porque estas ofrendas les dan a los hombres un falso valor ante la mentalidad de las multitudes. Cuando la ofrenda se hace rutina, con la ofrenda se hace también la rutina de los falsos apóstoles.”

Por eso nuestras multitudes vienen consagrando a los verdugos de la patria. Yo no quiero que se me guarde algún recuerdo de lo poco que yo haya podido hacer, porque considero una inmoralidad creer que un hombre va a hacer nada por su patria; una inmoralidad un hijo creer que va a hacer nada por su madre, porque realmente es una inmoralidad creer que se hace un favor a quien uno le debe la vida.”

Próxima cápsula V: “Nulidad del Tratado de París”  

La víspera del pueblo

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Claridad

Roy Brown y Noel Hernández están aportando una nueva modalidad de la expresión patriótica a la lucha independentista. Es la versión puertorriqueña de la canción protesta; música y poesía que recogen el clamor popular en carne viva. En las dos últimas concentraciones independentistas, en Guánica y Aguada, hemos visto como cala entre los independentistas esta novel manifestación artística.

Lo que pasa es que en la creación de estos jóvenes se conjuga una alta calidad estética con la más clara comprensión de las inquietudes de nuestro pueblo y su fiel expresión en el lenguaje cotidiano de los puertorriqueños de hoy.

Una de las más conocidas canciones de Roy Brown advierte a los inversionistas, capitalistas y politiqueros que todo su poder va a hacerse trizas y van a tener que cruzar “el mar a nado”. “Porque el pueblo borinqueño está pronto a despertar, es la víspera del pueblo que ya mismo va a gritar”.

El artista, como el escritor, es sobre todo un testigo de su época. En la medida en que atestigua con fidelidad el pulso de su tiempo se logra como creador.

No hay cuatro palabras que definan mejor este minuto histórico de Puerto Rico que “la víspera del pueblo”. Sería ilusorio creer que el pueblo puertorriqueño ha entrado ya en plena realización de su función estelar. Todavía el andamiaje colonialista logra asfixiar el afloramiento d su voluntad. Pero es torpe quien no alcance ver que ese afloramiento empieza a despegar desde todos los costados de la nacionalidad.

El régimen cree, por pura miopía intelectual, que puede contener los brotes de inconformidad que se producen en todas partes a base de una especie de aplicación en reverso de la teoría revolucionaria del foco guerrillero. Si ésta es discutible en su validez táctica, su versión represiva es totalmente inoperante, y en ocasiones contraproducente para los defensores del statu quo.

Tal es la situación del actual gobierno de Puerto Rico en su empeño de parar el desarrollo de la nueva lucha de independencia. Han elucubrado que todo el problema consiste en destruir los focos desde los cuáles se desarrolla la actividad patriótica y revolucionaria. Y creen, los pobres diablos, que así van a parar el curso de la historia. Lo que hacen es acelerarlo.

Ejemplo claro de la desesperación del régimen es el plan maestro de Mellado para la represión del movimiento estudiantil en todos los niveles. El plan se funda en tres criterios igualmente contraproducentes para el régimen: 1) la persecución y el acosamiento a maestros y dirigentes estudiantiles independentistas, 2) la descentralización de los focos de mayor actividad patriótica y 3) la creación de instituciones oficiosas que canalicen la expresión estudiantil en forma mediatizada y dirigida por la maquinaria del sistema.

La persecución, se ha demostrado hasta la saciedad, lo que logra es redoblar la rebeldía y obligar a ésta a convertirse en eficaz acción revolucionaria.

La descentralización de los focos de actividad patriótica lo que hará es generalizar esa actividad. La lógica de Mellado es tan mellada como su apellido. Como la Facultad de Ciencias Sociales es donde se concentra el mayor número de activistas, proporcionalmente, en todo el Recinto de Río Piedras de la UPR, él ha propuesto mutilar esa facultad y sacar varios de sus departamentos para otras facultades. De igual manera, como el Recinto de Río Piedras es el más politizado, sugiere ampliar los centros regionales para menguar la matrícula de este recinto. Ambas medidas redundarán en proyectar hacia un radio mayor la influencia de los sectores politizados.

La creación de instituciones oficiosas redundará en que éstas serán arropadas por el movimiento estudiantil que, o las convierte en suyas, o se las lleva de frente.

En fin, ninguna de estas medidas puede contener el desarrollo del movimiento estudiantil. Tampoco podrán aislar al movimiento estudiantil para dejarlo al margen del resto del país. Porque la realidad es que nuestro pueblo empieza a despertar masivamente. Y despertar quiere decir, no solo comprender su realidad, sino disponerse a transformarla. 

Quien haya seguido de cerca la vida puertorriqueña de la última década, y no esté en babia, percibe que se está operando un cambio dramático en la psicología de los puertorriqueños. Los imperialistas, que no son tan babosos como los colonialistas del patio, empiezan también a comprender este cambio. Véase la cantidad de reportajes sobre Puerto Rico que se está produciendo en la prensa, la radio y la televisión norteamericana, y podrá notarse que el míster inversionista empieza a recibir el mensaje de Roy Brown. Intuyen que, en efecto, ya es la víspera del pueblo.

Publicado el 9 de agosto de 1970.

La denuncia del crimen de Maravilla se llevó al mundo

Foto Archivo CLARIDAD

Por Juan Mari Brás, Especial para Claridad

Los crímenes realizados por el gobierno de Estados Unidos, en combinación con la gobernación colonial de Carlos Romero Barceló en el Cerro Maravilla, el 25 de julio de 1978, los llevó el PSP a las Naciones Unidas y al Movimiento de los Países No Alineados, así como a distintos gobiernos, partidos y movimientos sociales de muchos países del mundo, en especial de América Latina. Lo hizo, poniendo en ello su mayor énfasis y todos los recursos a nuestro alcance. Fue así que pudimos lograr que tanto la ONU como los No Alineados aprobaran medidas condenando esos crímenes.

La denuncia en la ONU la hicimos en las discusiones sobre el caso colonial de Puerto Rico en 1978, 1979 y 1980, ante el Comité Especial de Descolonización.

En 1978, a los pocos días de los fatídicos sucesos, comparecimos ante la ONU y formulamos la denuncia de esos crímenes. Ese mismo año, tras la aprobación de la resolución sobre Puerto Rico por el Comité Especial, en la que se condena la persecución realizada contra el movimiento independentista y sus integrantes, respondiendo a nuestras denuncias, volvimos a denunciar esos hechos en un documento que dirigimos a todos los miembros de la Asamblea General, en anticipación a la consideración por dicha asamblea del informe del Comité de Descolonización, que contenía el texto íntegro de su resolución aprobada ese año. Lo mismo ocurrió en 1979, así como en la cumbre de los Países No Alineados celebrada en La Habana en septiembre del mismo año de 1979.

En 1980, que fue cuando Romero Barceló consiguió que se archivaran los cargos federales contra los asesinatos de Maravilla, volvimos a comparecer ante el Comité de Descolonización, y en mi intervención manifesté lo siguiente:

“Este mismo año, aquel caso del doble asesinato del Cerro Maravilla, que nosotros denunciamos aquí a raíz de haber ocurrido, en 1978, y volvimos a ahondar sobre él en 1979, ha tomado nuevos giros que dramatizan el peligro de esa confrontación de que estamos hablando. Porque el caso del Cerro Maravilla no es el asesinato aislado de dos jóvenes patriotas por mero error de cálculo o equivocación de una línea gubernamental. El caso del Cerro Maravilla delató una conducta oficial del gobierno de Puerto Rico dirigida a la erradicación, mediante el asesinato y la violencia, del movimiento de liberación de Puerto Rico en todas sus manifestaciones. Y el gobernador de la colonia, que dirigió intelectualmente el operativo del Cerro Maravilla, y posteriormente lo ha tratado de encubrir, hizo declaraciones patentes en el sentido de que pretendía que aquello sirviera de escarmiento para contener el desarrollo del movimiento independentista puertorriqueño.”

“Y si el patrón del Cerro Maravilla se multiplica, y se pone en práctica, entonces estamos inmersos y sumergidos en la confrontación. Y recuérdese que esta confrontación se daría no sólo en el territorio nacional puertorriqueño sino en territorio nacional de Estados Unidos.”

“Benjamín Civiletti, procurador general de Estados Unidos en la administración de Jimmy Carter, ordenó el cierre de la investigación del Cerro Maravilla por el gobierno federal norteamericano mediante una negociación burda y barata con Carlos Romero Barceló, gobernador de Puerto Rico y responsable principal del encubrimiento del asesinato doble del Cerro Maravilla, en un trueque nauseabundo, mediante el cual Carlos Romero Barceló, Republicano de toda la vida, se tornaba en Demócrata para darle los votos puertorriqueños bajo su control en la convención Demócrata a las aspiraciones de renominación de Jimmy Carter, a cambio de que le cerraran la investigación del caso del Cerro Maravilla por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Y se de esa forma actúa un gobierno que tiene el control y la hegemonía directa de Puerto Rico por virtud del coloniaje, estamos jugando con candela en este instante.”

“Se llegó al extremo insólito, casi increíble, si no estuviera tan reciente en la historia, de que un juez federal de Estados Unidos, de nombre Juan Pérez Jiménez, nombrado por Jimmy Carter, ordenó mantener en secreto la declaración jurada que prestó el gobernador de Puerto Rico, por órden de otro juez que ya se había muerto, sobre la situación del caso del Cerro Maravilla, y ordenó mantener en secreto las declaraciones de otros testigos, incluyendo a un ex-policía que estaba presente en el Cerro Maravilla el día del asesinato, y que observó dos ráfagas de tiro contra esos jóvenes independentistas. Después de la primera ráfaga, vio que ya tenía detenidos a esos dos jóvenes y los estaban injuriando y los estaban pateando, de lo que se deduce obviamente que la segunda ráfaga fue la que les remachó para  matarlos, y de lo que se deduce lógicamente, que fue un asesinato frío, no en evitación de que ellos cometieran un delito, sino siguiendo las instrucciones del supuesto escarmiento de que había hablado el gobernador de Puerto Rico. Y esas declaraciones están ocultas, encerradas en la caja fuerte del Tribunal de Estados Unidos en Puerto Rico, por órdenes de ese señor que finge de juez, de nombre Juan Pérez Jiménez, para que el pueblo puertorriqueño no las conozca y se les ha amenazado a los abogados que estuvieron presentes en la toma de esas declaraciones que si revelaban el contenido de las mismas serían desaforados de su profesión y encausados criminalmente.”

“Nunca se había visto en el propio ordenamiento jurídico de Estados Unidos una violación tan flagrante, de lo que ellos llaman el debido procedimiento de ley, como ésta que se realiza para ocultar esa masacre, porque el propósito es ocultarle a Puerto Rico y al mundo la realidad de lo que es la estrategia represiva del imperialismo en Puerto Rico, para el confrontamiento que lleve a la aniquilación física del independentismo puertorriqueño.” 

Todo lo que aquí he reproducido de mi libro “Puerto Rico: el Otro Colonialismo” (publicación del Comité Central del Partido Socialista Puertorriqueño, 1982, pp. 148-227), es fruto de investigaciones llevadas a cabo muy escrupulosamente por los miembros del colectivo de CLARIDAD. En el caso de la negociación en Wáshington entre Romero y Civiletti, obtuve la información de una fuente inexpugnable, que fue un viejo amigo y compañero a quien conocí cuando trabajé en la Brrokings Institution. 

Al momento de brindarme la información estaba relacionado con el Departamento de Justicia bajo la dirección directa de Civiletti. Considero que es una de las informaciones fundamentales que revelan la indiscutible inmersión de Carlos Romero Barceló en todo el plan represivo que incluyó el entrampamiento, asesinato y encubrimiento del horrendo crímen del Cerro Maravilla. Dejo a la historia por testigo y juez. No tengo dudas que ella lo inculpará ante los siglos del porvenir. Personalmente no tenía ninguna razón para inculpar a Romero por esos actos, si no tuviera la cabal conciencia de que el conjunto de los hechos que pudimos acumular, principalmente en el trabajo investigativo de CLARIDAD, pero con la destacada participación también de otros periodistas como Tomás Stella y Manny Suárez del San Juan Star de la época, le acusa directamente a él como artífice del crímen. Antes de esos acontecimientos, Romero era mi colega y con quien llegué a mantener una relación cordial, como lo he hecho con otros adversarios siempre. Desde Maravilla, ya Romero está fuera del ámbito de mis relaciones personales, porque los asesinatos del Cerro Maravilla constituyen dos crímenes imperdonables para la patria puertorriqueña.