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El disco que siempre soñó

A Lizbeth y sus duendes invisibles

¡Tic-toc, tic-toc va pasando el tiempo!… ¡Tic-toc va pasando el tiempo de verdad!, se escucha la voz melódica y diferente, diferentísima, de Lizbeth Román. Tras eso, la clave, la contagiosa percusión y los acordes de guitarra. Ése es el inicio de lo que siempre fue el sueño musical de esta joven cantautora puertorriqueña: la materialización en disco de su sonido, de lo que es ella en el escenario, de su baja estatura que es grandeza pura. Para ella, el tiempo no ha pasado en vano.

Para hacer realidad el sueño, el disco – “La otra ruta: live at New York”, como se titula – cuenta con la colaboración de muchos duendes invisibles como: Enrique ‘El peru’ Chávez en la percusión y el cajón; Ariel Robles en el bajo, Andrés ‘Kino’ Cruz en la conga y el bongó; Joe Kimple en la grabación de audio en directo; Néstor Salomón en la restauración y masterización de sonido; y Marili Pizarro en el diseño y arte del disco.

De hecho, apreciar de cerca el arte de este disco, es presenciar la realidad del proyecto artístico de Lizbeth: el deseo inmenso de llevar su música a distintos lugares y países. Asegura la propia cantautora que “La otra ruta” fue grabado en vivo por causalidad la primera vez que el concepto viajó a Nueva York el año pasado. Esa presentación se dio en el contexto de una gira nacional independiente “a la guerrilla” llamada “La vuelta insular”, que está efectuándose desde el 2016 por diferentes espacios – café teatros, pubs, festivales – de los 78 municipios de la Isla con la intención de amarrar lazos culturales.

Me convertí en seguidora de esta talentosísima artista desde que la escuché por primera vez en El Bori en Río Piedras, escenario estudiantil que la vio crecer. En aquella ocasión, al escuchar los temas “Me voy” y “La marea” – incluidos en la producción –, quise hablar con ella para conocer más de su propuesta musical. Recuerdo que la conversación comenzó de forma natural, como si nos conociéramos de antes. Quizás la naturalidad de aquel día se debió a la conexión que forma la música. Tal vez, a esa relación invisible que se forma entre los artistas que tocan en la calle y el público que los sigue a cada rincón.

A partir de ese entonces, he presenciado la música duende en esos distintos espacios que van acogiendo su vuelta insular independiente: El Mirador frente a la Universidad de Puerto Rico en Cayey, el Festival CLARIDAD, La Mordida en Caguas, y otros lugares de Santurce. Ahora que adquirí el disco, he escuchado con detenimiento las letras de canciones como La nube y Camino sola, ésas que también delatan la conciencia política y social que ha desarrollado la joven. La discografía guarda versatilidad sonora y temática, lo que convierte el álbum en una hermosa pieza de colección.

Así lo expresó Néstor Salomón: “La otra ruta: live at New York” eres tú, sos vos, es una foto sonora de tu expresión en la vida, es tu actitud de saber transmitir, es la casualidad, es la aparición de tus “duendes invisibles” y el disfrute natural del público. Éste es un discazo, un gran álbum de colección que me encantó restaurar y masterizar”.

Como la producción discográfica está grabada en vivo, la risa y demás reacciones del público le añaden a la esencia de la propuesta musical de Lizbeth, que es disfrutarse cada presentación y proyectarle ese sentimiento a quienes la escuchan. Y es que en el proceso de irse desarrollando como artista independiente, la joven reconoce que su éxito ha sido en parte porque siente y vive lo que proyecta.

Esa naturalidad con la que le canta al público, con la que modula su voz y con la que escribe se ata al significado que le da a la palabra: es “la materialización de un imaginario, de una incomodidad, de la relación con el yo o con los demás. Es mi trabajo. Vivo de la palabra”, me dijo aquella primera vez que hablamos en Río Piedras.

El disco también recoge los sencillos “Tuki Tuki”, “Pom Pom”, “Cierra el baúl”, “Esquinas rotas”, “Puntos suspensivos”, “Bolero saltarín”, “Quédate con to”, “Me voy II”, “La bruja”, y “Mangó”.

“Tocar en la calle es una guerrilla romántica, un caos dirigido”, me admitió risueña aquella vez sobre la complejidad de entrar y perdurar en la escena musical independiente del País. Pero su esfuerzo, su habilidad musical y su personalidad han desembocado en logros para su carrera como cantautora. ¡Qué venga más, Liz!

El disco se puede adquirir a través de este enlace: https://farolaygato.wixsite.com/lizbethroman y en la Claritienda.

Con motivo de la partida de Elliott Castro

Elliot, mi hermano,  las veces que nos encontramos el saludo era una sonrisa pues siempre había una especie de alegría en tu corazón que se reflejaba en ella.  Siempre te oí hablar bien de los demás y nunca te escuché hablar mal de nadie.  Ese eras tú.

Elliot Castro, amigo mío,

te despido con un aplauso,

pues fuiste un ejemplo vivo

de un verdadero ser humano.

Te dabas de corazón,

nunca te dabas a medias,

siempre fuiste un sol

tan solo con tu presencia.

¡Gracias por haber existido!  Seguirás en nosotros.

Será otra cosa: Ramb…után

¿Habrá que sustituir al mesías esperado por el rambo encasquetado?

Mientras debato esta sesuda cuestión de nuestro sofisticadísimo patriarcado del patio, recuerdo las masculinidades otras (o las resolutas no-masculinidades, según usted prefiera) que poblaron el estreno, el pasado 14 de julio, de la tercera temporada de Teatro de la Commedia, en escena una vez al mes en La Tertulia, Mayagüez. Para el heroísmo de Vueltabajo Colectivo y lxs demás artistas independientes que arman dicha puesta, no hacen falta armas largas, bíceps inyectados, excepcionalismos gringos ni instrucciones herederas de la línea fálica penepé. De hecho, el heroísmo de este trabajo-sueño teatral resulta de la colaboración colectiva, rizomática, en los márgenes de los márgenes del país, para destronar, parodiándolos, a los rambos de la legislatura, de la junta, del capitolio, de las cenizas, de los fundamentalistas, de los colonizados de toda ralea.

Inspirado en la commedia dell’arte, clásico teatro de la calle, revelador en su mascarada, ambulante e irreverente, tan improvisado como codificado, la propuesta de estxs artistas combina piezas breves de diversa concepción (recibimos, incluso, una visita intergaláctica) en un amplio espectro de provocaciones (visuales, auditivas, lingüísticas, táctiles). Me provoca, especialmente, el anti-rambo que cerró el estreno de temporada: un clown sin nombre y sin palabras, representado por Eury G. Orsini y conceptualizado por Zuleira Soto-Román, ambxs de Vueltabajo. Se me antoja llamarle Rambután.

Como las pullas del rambután, suaves en su aparente ferocidad, los titánicos esfuerzos del clown figuran inutilidad. Rambután no da pie con bola, o da más de dos pies con muchas bolas. Desde que aparece por detrás de nuestras cabezas, es a un tiempo impotente, triste y tierno. Todo lo acomete con los movimientos lentísimos, que hacen del cuerpo exclusivamente sus articulaciones, propios de la pantomima.

En su espalda, Rambután carga una mochila que, más tarde, descubrimos contiene una trompeta a la que él solo es capaz de arrancarle una nota desafinada. De un carrito que arrastra tras de sí, saca tubos con los que monta un tendedero para interactuar con una chaqueta, danza que termina haciéndonos dudar de la diferencia entre un cuerpo y un gancho. Con los contenidos del mismo carrito, arma una imagen de absurda domesticidad: conecta una extensión eléctrica y acomoda en una mesa que no existe un caldero, una lámpara de escritorio, una suerte de atril que se vuelve espejo imaginado y otros objetos inconexos. A continuación, utiliza la luz de la lámpara de escritorio para ¿arreglarse? el maquillaje. De una nítida división original entre el blanco y el negro, el reacomodo bajo la luz del contrato entre el ELA y AES, resulta en la conversión de su cara en ceniza. Rambután nos contempla, entonces, con una insondable tristeza de muerte por desidia. Y luego, se produce la transgresión. Con improbables malabares, Rambután traslada su cuerpo desde una minúscula silla hasta el otro lado de la mesa improvisada. En el proceso, atraviesa el espejo imaginado sin tocar sus bordes y abre una insólita, por primera, sonrisa.

Así, lo sugerido es lo real. Lo improbable es lo posible. Lo soñado es lo alcanzable. Atravesar el espejo. Llegar a otra parte. Del mismo modo en que la ferocidad aparente del rambután protege un tesoro, el clown guarda tras su supuesta futilidad un fruto de fibra pegajosa, tan imposible de despegar de la semilla como quimérico es convencer a Rambután de que la casa que ha construido no existe. A ese fruto, llamémosle libertad.

Teatro de la Commedia vuelve a La Tertulia el próximo 11 de agosto. No hay que sustituir porque no hay que esperar. Nutra usted el sueño de la libertad. Construya usted la casa. Atraviese usted el espejo.

De los orígenes de los partidos políticos en Puerto Rico al Partido Republicano Puertorriqueño y Don José Celso Barbosa (1)

A José Enrique Ayoroa Santaliz, por su amistad.

“Adiós, hermanos, yo me voy, pero me llevo la bandera de la autonomía que con mis amigos seguiremos tremolando.”

José Celso Barbosa

Hasta 1870 no existían los partidos políticos en Puerto Rico. La Isla, en su condición de colonia de España, conocía muy bien la falta de libertades fundamentales. Muchos de sus gobernantes descansaban en la impunidad que les brindaban las llamadas facultades omnímodas, y se ocupaban, tanto de la administración de la Isla como de impartir la justicia, sin que hubiese un sistema de pesos y contrapesos.

Montesquieu, el famoso filósofo francés, hubiese repudiado estos sistemas de gobierno que todavía en el siglo XIX se manifestaban como formas de gobierno despóticas. En su famoso tratado, El espíritu de las leyes, publicado en 1748, Montesquieu expone la doctrina de la separación de poderes. Considera que para que haya equilibrio político tiene que haber la separación de las tres clases de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y ejecutivo, entonces no hay libertad, dice Montesquieu, quien ha tomado como base el modelo político inglés.

Según el profesor Ignacio Fernández Sarasola, en España, “la primera referencia extensa de los partidos se halla en la obra de Ibáñez de la Rentería Reflexiones sobre las formas de gobierno (1783), en la que seguía muy de cerca las teorías plasmadas por Montesquieu en su De l’Esprit des lois”.1 Sin embargo, la situación en Puerto Rico era muy distinta; se vivía un gran atraso. En 1837, España había eliminado la representación de sus colonias americanas en las Cortes Españolas, disponiendo leyes especiales para Cuba y Puerto Rico, conocidas como las Leyes de Indias. Muy lejos estaba el Gobierno español de extender a la Isla los mismos derechos de los ciudadanos españoles en la Península.

En el siglo XIX, España había atravesado por varias rebeliones, viendo su Constitución ir y venir, y el sistema monárquico destituido, y nuevamente restituido. En septiembre de 1868, los revolucionarios españoles, en lucha por sus libertades fundamentales, se rebelan y logran deponer el gobierno absolutista de la Reina Isabel II, en lo que se conoce como la Revolución de Cádiz, o la Revolución Gloriosa. Al igual que en España, en Puerto Rico los revolucionarios se rebelaron exigiendo libertades, llegando incluso a demandar la independencia absoluta y a proclamar la República, en la sublevación del 23 de septiembre, conocida como el Grito de Lares. Apenas tres semanas más tarde, el 10 de octubre, los revolucionarios cubanos se levantaban para proclamar el Grito de Yara.

En Puerto Rico, las condiciones represivas se recrudecieron. Los rebeldes fueron perseguidos y castigados con la cárcel, el destierro y hasta la muerte. Sin embargo, el gobierno provisional de España, fundamentado en la corriente liberal, concedió una amnistía a los revolucionarios y el reestablecimiento de la representación de Puerto Rico ante las Cortes.

Ésas eran las condiciones que reinaban en Puerto Rico en 1869, cuando se convocaron las elecciones para los diputados a las Cortes. El separatismo había sido duramente golpeado y asomaban otras dos corrientes de pensamiento –una liberal y la otra conservadora–, aunque, según Reece B. Bothwell, todavía no contaban con programas definidos.2 Ambos grupos habrían de evolucionar hasta constituirse en partidos políticos plenos.

El escenario político había cambiado marcadamente. Emergían factores importantes que establecían condiciones apropiadas para el surgimiento de las nuevas estructuras políticas de las cuales derivarían los partidos. La nueva Constitución liberal de España extendía a Puerto Rico las inauguradas libertades, como la libertad de asociación y una cierta libertad de imprenta. Además, se notaba un adelanto en la organización social de los puertorriqueños y en su desarrollo político y cultural, destacándose una generación de hijos del país quienes asumirían posiciones de liderato.

Hacendados criollos, pequeños agricultores, ganaderos y comerciantes nativos que apoyaban el gobierno constitucional de España y veían con beneplácito la representación de la Isla en las Cortes Españolas acogieron el liberalismo como su vía de expresión y organizaron el primer partido político en Puerto Rico: el Partido Liberal Reformista, en 1870. Inicialmente, en su programa se identificaban a favor de la unión política, económica y administrativa de Puerto Rico con España, apoyaban la Constitución, y reclamaban igualdad con los españoles, favoreciendo la representación en las Cortes. Muchos eran de ideas abolicionistas.3

Al año siguiente, los llamados incondicionales, entre ellos españoles, comerciantes y funcionarios de gobierno que apoyaban el sistema monárquico español, constituían el Partido Liberal Conservador. Al igual que los reformistas, también se pronunciaban favor de la asimilación política, económica y administrativa de Puerto Rico con España, pero defendían extremadamente el vínculo político. Se oponían a la abolición de la esclavitud.4 Según la apreciación recogida por Bothwell, el partido se denominaba “liberal en todo lo que significa progreso económico y social para Puerto Rico, pero conservador en lo político, y procede a subrayar su agudo y exagerado españolismo”.5

En 1873, se proclama la República en España, y el Partido Liberal Reformista en la Isla se declara republicano federal, cambiando su nombre a Partido Federal Reformista. Sin embargo, la duración del sistema republicano de gobierno en España resulta ser fugaz. Con la restauración de la monarquía, y eliminada la Constitución de 1869, en Puerto Rico los liberales se hallan desmoralizados, mientras los conservadores dan pasos de avance.

En 1880, varios líderes liberales, entre los que se destaca Román Baldorioty de Castro, abogaban por un gobierno autonómico para Puerto Rico, mientras otros se acogían al asimilismo. Baldorioty se identificaba con la corriente que proponía un gobierno propio y mayor descentralización económica, mientras que José de Celis Aguilera se identificaba con la corriente que proponía las reformas, pero en asimilación. Por su parte, el Partido Conservador mantiene la misma línea, cambiando su nombre a Partido Incondicional Español.

En 1883, un joven médico, José Celso Barbosa, inicia su participación en la política. Según la observación de Antonio S. Pedreira, “frente a los españoles incondicionales de Puerto Rico había que oponer un ideal americano sin condiciones”.6 Barbosa se afilia al Partido Liberal Reformista.

Influenciado por las palabras de Baldorioty, a Barbosa “se le iban formando las entrañas autonomistas”.7 “Barbosa fue un autonomista convencido”, asegura Pedreira, quien afirma que “ni en aquella época jamás alentó ideas separatistas porque el ideal de independencia nunca encontró justificación en sus razonamientos…”.8 El 25 de diciembre de 1886 se constituye el Comité Liberal Autonomista de San Juan y el médico es elegido como uno de los delegados a la asamblea que habría de celebrarse pocos meses más tarde.

En marzo de 1887, Barbosa acude a la asamblea del Partido Liberal Reformista, celebrada en Ponce. Esa asamblea resultó ser, entonces, la Asamblea Constituyente del Partido Autonomista Puertorriqueño, del cual Baldorioty resulta elegido presidente. Irónicamente, la propuesta del modelo de autonomía de Baldorioty no resulta la favorecida y se adopta una de corte menos radical.

El año de 1887 ha sido bautizado como “el año terrible del ’87”, por haber sido un período de gran represión política. Cercano a ese período, Barbosa habría participado en una sociedad secreta llamada La Torre del Viejo. Las sociedades secretas eran movimientos muy radicales que tenían como propósito boicotear los comercios españoles y respaldar a los puertorriqueños, con el objetivo de lograr un cambio en las condiciones económicas en el país.9 Los participantes que eran detectados por las autoridades enfrentaban fuertes acciones represivas, incluyendo la práctica de los compontes. La participación de Barbosa en La Torre del Viejo representa una pieza de información clave para conocer el compromiso del médico con la ideología política con la que se identificaba. 10

El 17 de febrero de 1891, el poeta, orador, periodista y miembro del Partido Autonomista, Luis Muñoz Rivera, propone una alianza entre el Partido Autonomista Puertorriqueño y algún partido español que tuviese posibilidades de llegar al poder en España. La propuesta surgía de la intención de buscar un mejor acomodo de los autonomistas con un partido triunfante en España, aunque ello significara aliarse a un partido identificado con el régimen monárquico. Muñoz insiste en una alianza con el Partido Liberal Fusionista, dirigido por Práxedes Mateo Sagasta. Barbosa no habría de aceptar el pacto con Sagasta. “A un lado los pactistas monárquicos; al otro los autonomistas republicanos,” decía, manteniendo la defensa de la pureza del ideal. Barbosa no objetaba un pacto, pero debía ser con un partido republicano, o de ideas avanzadas, y no con un partido monárquico.11

Finalmente, se establece una comisión para iniciar los acercamientos. La comisión viaja a España, entablando Muñoz Rivera conversaciones con Sagasta. A su regreso a Puerto Rico deben someter el texto del pacto a la asamblea del partido. El 12 de febrero de 1897, se reúnen con ese propósito y la propuesta del pacto es aprobada por una abrumadora mayoría. Barbosa se retira, diciendo “Adiós, hermanos, yo me voy, pero me llevo la bandera de la autonomía que con mis amigos seguiremos tremolando”.12

Continuará…

NOTAS

1 Se refiere a José Agustín Ibáñez de la Rentería. Ignacio Fernández Sarasola, “La idea de partido en España: de la Ilustración a las Cortes de Cádiz (1783-1814)”, en Biblioteca Virtual Cervantes, https://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/hist/00365085489969551867857/p0000001.htm#I_0_ (accedido 5 de mayo de 2010).

2 Reece B. Bothwell, Orígenes y desarrollo de los partidos políticos en Puerto Rico, 1869-1980, (Río Piedras: Editorial Edil, 1987).

3 Jorge R. Schmidt Nieto, “Tendencias políticas del siglo XIX”, en https://academic.uprm.edu/jschmidt/id103.htm (accedido 25 de abril de 2010).

4 Schmidt Nieto.

5 Bothwell, 4.

6 Antonio S. Pedreira, Un hombre del pueblo: José Celso Barbosa. San Juan: Imprenta Venezuela, 1937, p. 25.

7 Pedreira, 26.

8 La Voz del Centro, “Luis Muñoz Rivera, José Celso Barbosa y el pacto con Sagasta: ¿Oportunismo o Idealismo?” Programa #31, con la participación de la Dra. Ivonne Acosta Lespier y Ángel Collado Schwarz, (San Juan: La Voz del Centro, 13 de julio de 2003), en https://www.vozdelcentro.org/?p=222 (accedida 5 de mayo de 2010).

9 En posteriores escritos firmaba con el seudónimo “El viejo de la Torre”. Pedreira, 54.

10 Pedreira, 94-96.

11 Pedreira, 111.

Vas a soñar conmigo

Cuando el jovencito Saul Bellow leyó por primera vez a Delmore Schwartz, en su cuartito de pensión en Chicago, supo al instante que ésa era la voz que había estado esperando y partió en peregrinación al Village de Nueva York a conocerlo, a rendirle tributo, a absorber de él todo lo que pudiera. Y, por supuesto, a envidiarle cara a cara el talento, la suerte, la fama. Porque con apenas dos años más que Bellow y un solo libro (En los sueños empiezan las responsabilidades), el joven Delmore Schwartz ya había tomado el cielo por asalto: desde la izquierda hasta la derecha, del Partisan Review a la revista Time, de Harvard a los bares del Village, él hablaba y todos callaban de golpe para escucharlo.

Delmore Schwartz era esencialmente un poeta. Aunque escribía ensayos y cuentos tan brillantes como sus poemas, era esencialmente una voz, una voz irresistible, de la que todos esperaban La Gran Novela Americana. Bellow se arrimó encandilado, como discípulo pero al mismo tiempo como secreto par de Schwartz: porque en lo más íntimo sentía que él también estaba destinado a tener una voz equivalente y una grandeza ídem. Delmore ha de haberle sacado la ficha enseguida porque eran tal para cual: los dos eran hijos de la Depresión, judíos pobres de padres inmigrantes, que vieron en la inteligencia, en los libros, la posibilidad de construirse a sí mismos y salir al mundo a decir: “¡Eh, todos, escuchen!”, y tener la convicción absoluta de que el mundo se iba a parar a escuchar.

Hicieron contacto al instante. Durante un tiempo Bellow fue para Delmore Schwartz el compadre perfecto: partenaire, sparring, alma gemela, cofrade de delirios. Eran los eufóricos años posteriores al fin de la Segunda Guerra, todo era posible, todo estaba empezando de nuevo, y Delmore le hizo creer a Bellow que no sólo eran el futuro de la literatura norteamericana, sino que en cualquier momento serían convocados desde lo más alto para definir el nuevo orden de las cosas en su país. Bellow iba subido a la ola de Delmore, era imposible resistirse a su convicción, su elocuencia, su hipnótico encanto.

Los padres judíos de Delmore le dieron a su hijo ese nombre patricio en un arranque de candorosas pretensiones, pero el hijo se lo tomó al pie de la letra: respondió con tan asombrosa fidelidad a ese nombre, a la actitud ante el mundo que suponía, que hasta sus peores enemigos lo llamaron siempre Delmore, que no era lo mismo que decirle Schwartz. Quiero decir con esto que Delmore Schwartz creía realmente que lo tenía todo, que estaba llamado a llegar más alto que cualquier otro escritor norteamericano, y eso pasó a ocupar tanto espacio en su febril cabeza que no le dejaba tiempo para escribir ni La Gran Novela Americana ni ningún otro de los libros que debía estar escribiendo.

Bellow, en cambio, entendió bien rápido que él no era un Delmore, él era un rusito de Chicago y más le valía ponerse a escribir libros que desvelarse con el llamado de las altas esferas, así que les dijo adiós a Delmore y a Nueva York y se fue a París con dos mangos, en busca de su propia voz. La encontró: escribió Augie March (“I am an American, Chicago born…”) y volvió a su tierra y con esa misma voz escribió Herzog (“If I’m out of my mind, it’s allright with me…”). Mientras tanto, los sueños de grandeza de Delmore habían ido virando a pesadillas. El estupor de no haber sido el que iba a ser lo había convertido en un monstruo autodestructivo que, en 1966, apareció muerto en un hotel para indigentes del Bowery. El cadáver estuvo dos días en la morgue hasta que supieron quién era. Nadie se acordaba de él. O, mejor dicho, se acordaban demasiado de las homéricas borracheras, los brotes psicóticos, las internaciones y escapadas del loquero, los autos chocados, las llamadas telefónicas furiosas a las tres de la mañana demandando lo que le correspondía, porque Delmore Schwartz creyó hasta el fin de sus días que tenía “derecho soberano sobre la fortuna del mundo”.

Delmore y Bellow sellaron en una noche de borrachera su amistad, su confianza en el futuro mutuo, firmándose sendos cheques en blanco (“¿Qué clase de norteamericanos seríamos si fuésemos inocentes respecto al dinero?”). Años más tarde, cuando Delmore ya estaba envenenado por el éxito de Bellow, le escribió una carta (en lápiz y en un papel arrugado, metido de cualquier manera en un sobre) donde decía: “¿Quieres saber por qué te la tengo jurada? Porque tú me dijiste que iba a ser el gran poeta del siglo. Viniste desde Chicago y me dijiste que yo sería la voz del siglo. ¿Tienes algo para decir ahora? Porque yo sí: vas a soñar conmigo hasta el fin de tus días”. Y, como el propio Delmore había escrito una vez, en los sueños empiezan las responsabilidades.

Nueve años más tarde, Bellow publicó una novela que cuenta la historia de su amistad y su enemistad con Schwartz. Logró poner en ella la admiración a distancia, el acercamiento, el rol de discípulo confidente, la competencia, las primeras grietas de la decepción, la envidia, la pelea, el triunfo, la contemplación del fracaso del otro, el mal sabor de ser el que ganó, el que vio morir al otro. La novela se llama El legado de Humboldt porque Humboldt, el que muere indigente y olvidado, le deja algo al que sobrevive, o sea a Bellow, que es exitoso y millonario pero al final de la novela va a quedarse sin nada o, mejor dicho, sólo con el legado que le dejó el hombre que más lo odiaba en el mundo, aquel con el cual intercambió cheques en blanco la noche en que sellaron su amistad eterna.

En esa época de máxima camaradería se pusieron a escribir un guión para Hollywood que creyeron que iba a hacerlos millonarios: la historia del noruego Amundsen, el italiano Nobile y la conquista del Polo Norte. Amundsen quería llegar al Polo Sur, en realidad, y no podía juntar la plata para la expedición, hasta que le apareció un financista que le propuso llegar al Polo Norte en globo, que era más factible y más barato que llegar en barco a la Antártida. Llevaron a Nobile como piloto porque era el as de los dirigibles. Al italiano lo envenenó que Amundsen se llevara todos los laureles y convenció a Mussolini para que le financiara una nueva expedición. El globo cayó en el Ártico y el primero en salir al rescate en un hidroavión fue Amundsen, que odiaba a Nobile tanto como éste lo odiaba a él. El avión de Amundsen se perdió en una tormenta y no se encontraron ni sus restos. Nobile fue rescatado por un barco ruso y volvió, maltrecho pero vivo, a una Italia que lo recibió eufórica, para su estupor y malsabor.

Hollywood descartó con desdén la idea: a quién le importaba Umberto Nobile, quién se acordaba de él. Podrían haber dicho lo mismo de Delmore Schwartz: a quién le importaba, quién se acordaba de él, hasta que su mayor enemigo, el hombre que le había robado la gloria, lo rescató del olvido con una novela, que no sé si es La Gran Novela Americana pero es la mejor novela de escritores que leí en mi vida.

El autor es escritor, traductor, periodista, jugaba futbol hasta una lesión de juventud además sabemos que fundó el suplemento cultural Radar de Página 12 y que actualmente escribe cuando quiere y puede. Reproducido de www.pagina12.com.ar

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