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Topografía: Entre citas con Betances

Betances otra vez. ¡Oh, no! Sí, y es que cuando se leen las cartas de Ramón Emeterio sobre la muerte de María del Carmen Henri, su sobrina, (¡Oh, no!), también conocida como Lita, es muy difícil despegarse de esos espíritus. Se lo comenté a mi vecino ateo y espiritual (“personaje” de la columna del 26 de abril) que en estos días anda por las zonas del ocultismo y barrios limítrofes, y me sugirió citar al enamorado Ramón a una sesión espiritista para “librarme” de esa “causa” o “exorcisarme”. Así dijo. El verbo “citar” fue la revelación. Decidí tomarle la palabra, aunque de otro modo. He llevado a cabo la entrevista con citas textuales de cartas escritas por Betances. Aunque a los efectos retóricos de la entrevista, algunas están fuera de contexto y tergiversadas por este servidor, lo esencial se ha salvaguardado: el amor de la pareja, el dolor y la nobleza del novio y la particular grandeza de la amada. Quedan, pues, advertidos los lectores. Las palabras de Betances aparecen en itálicas.

Ramón, empecemos por París. ¿Por qué Lita viaja allá?

Yo la quería demasiado para vivir lejos de ella, casi forzado a dejar a Puerto Rico, quise que se viniera también. Su madre, mi hermana, me la trajo honrosamente, la puso y la dejó en mis manos para que fuese mi compañera.

¿Por qué Lita va a Mennecy?

Al llegar [. . .] mi pobre adorada entró en un colegio de señoritas [. . .] esta vida de estudio y el encierro en que vivía acabaron por entristecérmela. Entonces pensé en llevármela [ . . .] encontré a un condiscípulo y amigo [ . . .]casado y establecido en un pueblito de los alrededores de París. Su buena amistad me permitió confiarle mi inapreciable tesoro. La llevé al campo, a dos horas de París. [ . . .] Con el aire del campo y libertad recobró su alegría. Yo iba a verla dos veces por semana, como en el colegio.

Ella se enferma en abril de 1859, ¿no?

Se me quejó de haber tenido calentura [. . .] ella no respondía con su viveza acostumbrada a lo que le decía y algunas veces se quedaba como soñando cuando se le hablaba .[ . . .]me anunció que iba a darle una enfermedad grave, “como la que había tenido el año pasado”. No vacilé y resolví traérmela a París donde tendría todos los recursos necesarios, pero sin pensar todavía en lo que iba a ser su enfermedad. [ . . .] La pobrecita no debía ya recobrar su razón sino por momentos muy cortos.

¿Deliró?

¡Cómo [. . .] contaré[ . . .] su delirio! Ella creía ver a cada momento a todos los de la familia . “Tío Pancho!, gritaba ella, ¡tío! entre.” “Él ha salido, querida, ¿para qué lo quieres?” “Para enseñarle el presente que tú me has hecho”, respondía ella con la sonrisa de un ángel, y mostraba su anillo nupcial que tenía puesto. A cada instante creía oír los pasos de su madre y se quería levantar para irla a abrir, porque si no se volvería y ¿cómo la iba a encontrar después?

¿Cuál es tu último recuerdo de Lita viva y alegre?

. . . fue el día 9 de abril. Es el último recuerdo [. . .] que tengo de haberla visto con toda su viveza y la alegría. Ella venía del baño; con su camisoncita de cuadros de lana que había traído de Puerto Rico entró saltando como una piñita y corrió hacia mí para echárseme en los brazos . . .

¿Cuándo ocurre la muerte?

. . . el viernes santo después de trece días de enfermedad a las doce y diez o quince minutos de la noche.

¿Puedes hablar del entierro?

Yo mismo la puse en el ataúd con su anillo nupcial hecho de oro de Puerto Rico. Me la llevé al pueblecito donde ella vivió [. . .] Mennecy. Allí se enterró el domingo 24 de abril, a las cuatro de la tarde, en la misma tierra. El 4 de mayo la volví a sacar y la puse en su bóveda, que se había hecho en esos días. [ . . .] Pobres y ricos, todos se reunieron para acompañarla. Cuatro niñas vestidas de blanco se presentaron para llevar su cuerpo y muchas otras rodeaban el ataúd disputándose el honor de reemplazar a la que se cansase.

Luego de su muerte se te aparece . . .

. . . está ahora delante de mí y a mis lados a la vez. No una sombra, es una aparición, es una imagen que no se ve y que no se encuentra, pero que está ahí. [. . .] oigo muchas veces un ruido en su cuarto. Ella viene sin duda entonces y llega a la puerta, se para y se pone a mirarme; en ese momento no tengo por desgracia la cara volteada de ese lado. Me quedo silencioso y sin movimiento y no me atrevo ni a levantar la vista, temiendo que esa imagen santa que viene a consolarse tenga que desaparecer de repente. Me conformo con sentirla ahí, sin hablarle, sin mirarla, sin arrodillarme siquiera delante de ella, llorando todas las lágrimas de mi corazón. Y así me quedo hasta que ella quiera y se va.

¿Se comunican ustedes?

Siempre me parece que está a mi lado, y muchas veces el día me sorprende sosteniendo con ella conversación. Ella no me habla, pero hace adivinar su respuesta, y entonces sigo con ella la idea que tenía. Cuando de repente veo que no está ahí, que estoy solo, ¡qué dolor, qué dolor!

Le contaste a Cornelio Cintrón en 1860 una pesadilla o una visión muy particular que tuviste con Lita . . .

Una noche creí que ella estaba en el balcón de casa y corrí a abrir la puerta y el balcón estaba cerrado y no encontré sino dos perros chiquitos, negros, uno flaco y otro gordo que corrían como locos sin poder salir y me pasaban entre las piernas y me impedían ir adelante ni atrás. Luego yo la veía. Ella entraba por el balcón de atrás. Yo estaba en el patio. Como un rayo me precipité y [. . .] me llevé el balcón sin lastimarme siquiera. La cogí en brazos y . . . era mi hermana.

Este sueño dejará a algunos psicólogos pensativos. Pero sigamos. ¿Qué se ha perdido con Lita?

En ella hemos perdido, yo un tesoro sin igual y todos los amantes del país un talento admirable que nacía y del que hubiera podido pronto enorgullecerse nuestra cara tierra.[ . . .] ¡Ah! ¡Yo os juro que hemos perdido todos una cosa grande, muy grande!

¿Por qué la llamaban la borinqueña?

La llamábamos la Borinqueña y era el tipo perfecto, el ideal adorable, la personificación misteriosa de nuestro caro país: todo amor, todo gracia y todo virtud.

Ramón, a ti se te conoce como el “padre de la patria”, ¿qué te parece?

¡Yo no soy nada sino el hombre de la tristeza y del dolor!

¿Quieres enviarles un mensaje a los lectores de Claridad?

¡Acuérdense de ella siempre, siempre! ¡Ella merecía tanto que todos la quisieran!

¡No me la olviden! ¡Yo seré el esclavo de todos los que la quieran! Adiós.

Hasta aquí este diálogo hecho de citas con el fantasma enamorado que es Emeterio. Si alguien quiere saber la fuente exacta de la procedencia de sus palabras, se puede comunicar con A.M.F., la directora del periódico. Por razones de retórica y de espacio se le ha entregado a ella dicha información. También puede consultar las cartas de Ramón en el libro Betances, de Bonafoux, (ICP,1970). Que Lita los acompañe.

El autor es poeta y profesor de la UPR en Río Pierdas

El proceso presupuestario en tiempos de caos

Por Alfredo González Martínez

Especial para CLARIDAD

E

l presupuesto del Gobierno de Puerto Rico es el documento que informa los resultados del proceso anual de asignar, a las diferentes funciones públicas de acuerdo a unas prioridades establecidas, los recursos fiscales que se anticipa serán recibidos por el Gobierno de Puerto Rico de diversas fuentes. El proceso presupuestario se nutre de la información histórica y los datos proyectados basados en modelos estadísticos con información incompleta y con sus inherentes errores de estimación. Su confección a distintos niveles de la rama ejecutiva y en sus etapas legislativa presume procesos probos que redunde en decisiones veraces, éticas, lo más certeras posible y eficaces. Los originadores de los datos y la información, los analistas y quienes a nivel gubernamental toman decisiones y el público sobre quienes éstas inciden todos esperan la mayor confiabilidad en la base informativa del trámite y en la propiedad de su manejo lógico.

La utilidad, eficacia y equidad al bien común del proceso presupuestario dependen en gran medida que el mismo sea veraz, diáfano y con propósitos edificantes de buen gobierno democrático. De suyo la información es impura y está sujeta a errores de varios tipos. El proceso decisional además es entreverado por la dificultad o imposibilidad innata de optimizar una función de bienestar social.

Es perversión gubernamental el añadir maquiavélicamente mayor confusión a un proceso presupuestario de por sí repleto de información fallida, de incertidumbre natural y de dificultades metodológicas con el expreso propósito de organizar una estrategia electoral. La misma tiene como finalidad última el reducir al mínimo posible las probabilidades de una derrota del partido en el poder en las próximas elecciones ante el presagiado panorama de deterioro económico de Puerto Rico que se extendería más allá del 2020.

La estrategia consiste en crear un caos deliberado en la toma de decisiones presupuestarias en el Ejecutivo y la Legislatura del año fiscal 2018 usando como biombo las ejecutorias de la Junta de Control Fiscal. La consigna rectora de esta faena es “a río revuelto, ganancias de pescadores”. Cada rama responsabiliza a la otra de aquellas medidas impopulares y se erige demagógicamente como la defensora del bien común. Para ello se ocultan la sustancia de las deliberaciones. Se exponen versiones acomodaticias de los sucesos y se fingen luchas intestinas entre las facciones del triunvirato fiscal.

Vemos como se ofusca la opinión pública con reclamos insistentes de “transparencia en la gestión gubernamental” cuando en realidad se silencia o tergiversa la información y manipulan las justificaciones. Validando aquel dicho: “Dime de lo qué presumes y te diré de lo qué careces”.

El paradigma de comunicación utilizado por el Gobernador, la Legislatura y sus portavoces se fundamenta en lo que George Orwell, en sus obras Animal Farm y 1984, denominó el modo de raciocinio del doblepensar y de la retórica del neohabla al describir la forma del control dictatorial de las sociedades. Bastan unos ejemplos extraídos de las expresiones oficiales del Gobierno de Puerto Rico para ilustrar la modalidad del neohabla en el contexto boricua.

La sofistería semántica se enmarca en una lógica y retórica dirigida a falsificar la realidad y persuadir al público de la bondad y justicia de la política que se implanta. Se reformulan principios económicos como por ejemplo “la paradoja de la austeridad” al enunciar falsamente que en un estado de depresión, el ahorro y la frugalidad colectiva son virtudes sociales.

Dentro de esa estrategia sofista con propósitos electorales, se cita fuera de contexto o se cita fragmentariamente para apoyar conclusiones falsas. Como por ejemplo el alegato del Gobernador Rosselló que la JCF solamente formula recomendaciones presupuestarias y que es él quien tiene la autoridad final para decretar medidas presupuestarias. Sustenta su contención en la sección 205 del P.R.O.M.E.S.A. Al examinar el texto, los poderes que se le concede al Ejecutivo en esa sección se refieran a la etapa en que se elabora el plan fiscal no al protocolo de aprobación del presupuesto que se prescribe en la sección 202.

De la incertidumbre naturalmente inherente al los procesos presupuestarios en Puerto Rico, el poder gubernamental ha forzado a nuestra sociedad hacia un conveniente caos deliberado en la formulación del presupuesto. Un proceso que aspira a contar con información y análisis veraz, pulcro y lo más preciso posible, hoy se encuentra inmerso en un perverso ambiente de información y metodología de dudosa propiedad y finalidad cuestionable.

Hace días murió, declarado en quiebra, el Banco Gubernamental para Puerto Rico, una de las instituciones oficiales impulsadoras de nuestro crecimiento económico, a causa de los abusos financieros de pasados gobiernos. Ahora muere la institución de presupuesto gubernamental al cumplir setenta y cinco años de vida, carente de la debida oxigenación de información y procesos deliberativos legítimos, diáfanos y nobles. Ambiente nocivo contaminado por gobiernos inescrupulosos con el beneplácito electoral.

El autor es economista.

Será otra cosa: Yo, la última criatura

En honor de las relatoras Vanessa, Mari, Ana, Rima, Bea y Laurie.

A las criaturas que nos tocó vivir el fin del mundo nos sorprendió la belleza y el esplendor del apocalipsis, pero no nos pareció extraño que se anunciara de tan diferentes y estruendosas maneras: los árboles voladores, la lluvia de peces, el muro de agua que se precipitó contra el malecón. No era para tanto. Todo había sido imaginado alguna vez. Lo habíamos esperado por tanto tiempo, lo habíamos tenido tan presente en nuestras pesadillas desde la infancia, que cada hecatombe nos parecía parte del guión que nosotros mismos habíamos escrito. Creo que nos sentíamos culpables y por eso, posiblemente, pasó lo que pasó.

A las diez de la mañana, el paisaje se veía arrasado y un sol brillante definía, impertinente, el contorno exacto de los sobrevivientes del primer día. La mayoría insistió en regresar a la rutina lo más pronto posible, como si no fuera evidente que aquello no acabaría allí, sino un poquito después, y que nos tocaría a los penúltimos ponerle punto final a la Historia, por si alguien aparecía luego para trazar un nuevo principio.

No fue difícil trazar la trayectoria imaginaria de los siete huracanes que asolaron, uno tras otro, el archipiélago en tan sólo diez días. Después del tercero habíamos perdido las esperanzas de sobrevivir, y cada día era un regalo. Nunca supimos si alguien transmitía por la radio, sin apenas auspiciadores y con menos ganas, el final-final del todo-todo, porque a nadie se le ocurrió averiguarlo. Sabíamos que el cosmos todavía no estaba en calma. Lo sentíamos, como si un monstruo moviera sus brazos como aspas sobre nuestras cabezas y hubiera que mantenerse agachados.

Quienes sobrevivíamos a los estragos, convencidos de que pronto nos asolaría una nueva desgracia, procurábamos comer menos y rendir más las provisiones, e integrábamos el presentimiento del cataclismo a un elemento más de nuestra rutina, como el malhumor o la congestión nasal.

Sabiéndonos pronto abandonados a nuestra suerte, descubrimos que seríamos acaso, los relatores del tremebundo final. De manera que nos organizamos en grupos y unos se dispusieron a explicar la arbitrariedad de las calamidades mientras a las más fantasiosas, como nosotras, nos tocó idear finales alternos para los acontecimientos, ya que preveíamos que ningún ser vivo quedaría vivo para contarlo y no debíamos dejar la Historia incompleta. Manías nuestras, y puede que una forma de adaptarse a la catástrofe. Al menos eso pensábamos cuando redactábamos el final-final.

–Están ustedes locas, con lo mucho que hay que hacer– nos decían. ¿Qué hacen inventado cosas en lugar de bregar?

–Bregar con qué –le contestábamos– si todo ha terminado. Qué tiene de malo que hagamos lo que siempre hicimos, si comoquiera luchar es inútil, si el final viene de igual manera.

No los convencimos y nos acusaron de locas y de tontas, pero persistimos. Aquí nos quedamos, rodeadas de aguas hirvientes y de nuevos animales que a lo mejor no eran tan nuevos pero nosotras desconocíamos.

Ese mismo día nos pusimos a trabajar, cada una en lo que podía. Al principio, nos dedicamos a mirar en detalle lo que sucedía, para inventar sobre la escena, y era yo la encargada de anotar en esta libreta la crónica de los acontecimientos. Como lo nuestro era la fantasía, nos convencimos de que tal vez, en contra de todo vaticinio, quedarían criaturas capaces de entendernos y, eventualmente, comprender la majestuosidad de los derrumbes e infortunios, las nuevas emociones que sentíamos en aquella conclusión del universo que era para todas las criaturas la primera y única oportunidad de experimentar. Éramos las Optimistas, las Cronistas del Desastre que a sabiendas de la imposibilidad de destinatarios, insistíamos en ocupar todo el tiempo de sosiego a describir lo que adivinábamos, o lo que preferíamos imaginar entre las ruinas.

Algunas se dedicaron a observar el paisaje desde lejos a ver si lograban figurar la textura y el color de insólitos horizontes. En el cielo, montones de nubes oscuras, tan bajas, tan anchas, parecían rugir a intervalos como si tuvieran vida propia. El sol se ocultaba y surgía como un hipo entre las oscuridades. Por la noche, el aullido de las tormentas lejanas dejaba un esplendor de rayos que parecía responsable del estruendo constante de la tierra al que nos fuimos acostumbrando. Con aquello las paisajistas pudieron idear el escenario de los últimos días y se entretuvieron en delinear pormenorizadamente cada detalle del cuadro.

Otro grupo prefería dar cuenta de la huida desesperada de los animales y a inventar su destino: el zigzagueo de las ratas, el vuelo disperso de los pájaros, las nubes de insectos de trayectoria indecisa. Habían preferido contar del trasiego de las cosas vivas, porque ni la luz ni los vientos podían sentir como nosotras. Confiaban en que así, los últimos tendrían un mapa para entretenerse en aquel desorden.

Todas cumplíamos una tarea en el relato y esto que pongo aquí fue el final que yo inventé. Puedo afirmar ahora, sin temor a equivocarme, que todo fue normal, predecible, soso. El desenlace no fue tremendo. Fueron escaseando la gente y las criaturas visibles (que de las invisibles es imposible saber, ya nos constaba), así como los temblores, los vientos y las salvajes marejadas. Nos acostumbramos a los cielos extraños, dejamos de predecir las rutas y los modos de los animales. Había días buenos y días malos, y no recuerdo bien cuándo descubrí que habían pasado varias jornadas en las que nada terrible sucedía. No sabemos cómo, pero todo aquello tan tremendo cesó de repente. Nos habíamos equivocado, el final-final no era todavía.

Esto fue lo que anoté.

Yo, la última criatura, me levanté la última mañana algo ojerosa, pero con más energía que otras veces. Eché un vistazo al paisaje que las compañeras habían inventado para mí, a la confusión de alimañas que poblaba el escenario como para una fiesta. Dejé a un lado el lápiz, cerré el libro, me levanté de la silla y, poniéndole un pensamiento al cosmos irreal que apenas comenzaba, me puse a barrer los escombros.

5 de julio de 2017

“Anoxia” o el humedal más grande del área metropolitana

Tengo que preguntar si el director Joaquín Octavio y las tres mujeres danzantes de La Trinchera querían sofocarnos. No hablo en metáforas. Estar encerrados, persianas cerradas y sin aire acondicionado, en el segundo piso de la Casa de la Cultura Ruth Hernández en Río Piedras, nos deja empapados de sudor. De pie y moviéndonos de gesto-imagen a gesto-imagen, sin querer acercarse pegajosamente a los demás espectadores, sin suerte intentamos abanicarnos con la hojita del programa de Anoxia, presentada en el centro de Río Piedras del 21-23 de junio.

Este acto –Anoxia– danzado, a veces hablado y siempre visceralmente sentido, recrea táctilmente la vida del mangle del sector Juana Matos de Cataño, “el humedal más grande del área metropolitano”. Nace de la entrevista que el director de la pieza, Joaquín Octavio González, hizo a don Pedro Carrión, “maestro . . . de la tradición oral”, en la casa donde nació y todavía vive en la comunidad de Juana Matos.

Según González, “cada imagen se dibujaba perfectamente, cada personaje del pasado volvía a la vida durante nuestro intercambio”. Fue “una inmersión en lo más profundo de su memoria y en la de las generaciones que habían llegado al mangle virgen para habitarlo. . . . Nos apropiamos de su testimonio, inspirados por las imágenes, frases y personajes de Juana Matos . . . “.

Por eso sufrimos, aunque temporera y ligeramente, como, tal vez, sufrían los residentes del mangle en su lucha por sostener sus vidas, casas y familias y de mantener su comunidad frente al empuje inexorable hacia la “modernidad”, el cemento y los residenciales que ahora definen Juana Matos. Sentimos la “anoxia” –la falta de oxígeno, de aire a los órganos–, la humedad, el calor y encerramiento claustrofóbico del mangle hasta que finalmente abren las persianas y el aire fresco de la noche entra para dejarnos respirar y refrescarnos de nuevo.

Es solamente por un rato, porque la encerrona regresa para agarrarnos, ahora acompañada por una luz proyectada intrusiva y violentamente sobre los ojos y cuerpos miméticos de las danzantes y nosotros como si fueran las fuerzas destructoras de los focos de puercas y “diggers” trabajando por la noche para desahuciarnos al próximo día.

Cómo contar sin narrar, sin representar; cómo transmitir experiencias y cuentos cuerpo a cuerpo, nervio a nervio; cómo imaginar, danzar, fiscalizar el diario vivir a través de gestos y el movimiento. Beatriz Irizarry, Cristina Lugo y Marili Pizarro –las danzantes de La Trinchera– encuentran las formas de cada una ser tanto partera como mujer dando a luz, de ser madres, abuelos, hijas, padres, abuelas, hijos, pero casi sin género, de lavar ropa, tenderla para secar, de subir a las vigas del segundo piso de la Casa Ruth para enganchar y colgarse como la ropa, de traer, ensamblar, manejar y mudar sillas y sillones viejos. Sus actos reclaman al mangle como un espacio siempre mojado pero recuperable y vivible, como maneras de sostener redes de vivencias compartidas, de sufrir y morir pero principalmente de sobrevivir.

Las actoras-danzantes se exprimen hasta quedar exhaustas, repitiendo, repitiendo, forzando, forzando, otra vez, otra vez, otra vez hasta que la vida ya se ve claramente como una pelea constante contra los elementos de agua, sol, vegetación y pestilencia, por un lado, y la intromisión violenta del “progreso”, por otro.

En el calor de la claustrofobia experimentamos un proceso de aprendizaje y compartimos memorias que no son precisamente las nuestras pero sí también son parte de nuestros pasados y presentes. Qué orgullo tener talentos, mentes y cuerpos así expresivos y entrenados trabajando en el teatro actual. Gracias a La Trinchera, Joaquín Octavio y sus colaboradores por hacernos sentir incómodos y deleitarnos a la misma vez.

Comencé esta reseña pensando en escribir sobre “Privada” de Teresa Hernández que estrenó (14 – 18 de julio) en La Beckett (café, teatro, cine), también en Río Piedras, una semana antes del estreno de “Anoxia”. Existe un doble enlace entre las obras, el primero siendo el pueblo de Río Piedras como centro teatral, como era en la década antes de 2011, cuando cerró el teatro-estudio Yerbabruja.

El segundo, y más importante, es la noción de escribir desde el cuerpo y el espacio teatral.

Ese tipo de escritura corporal ha caracterizado el trabajo de Teresa Hernández al crear varias de las obras puertorriqueñas más impresionantes de los últimos 25 años. “Isabela diserta”, “Acceso controlado”, “La nostalgia del quinqué . . . una huida”, “Salve la reina”, “Nada que ver” y “Coraje” sirven de ejemplos de la trayectoria de la dramaturga-performera más destacada del teatro puertorriqueño actual (ver: hemisphericinstitute.org/hemi/fr/modules/itemlist/category/341-thernandez).

Yo diría que “Anoxia” cae dentro de la secuela general de las obras de Hernández y sus colaboradores desde los años noventa. La creación de la vida discursiva y visible exterior y, en contra-distinción, la vida interior o “Privada” de Lázara-Teresa, Teresa-Lázara, mujer, si entendí bien, puertorriqueña-cubana de 52 años que nunca ha vivido fuera de Puerto Rico pero que ha mudado de lugar en lugar cuidando su abuela, continúa la trayectoria de acciones agudas, atrevidas e incisivas de Hernández.

Sin embargo, y a pesar de la abrumadora evidencia crítica, sigue siendo necesario defender la estatura artística e intelectual de Hernández. Encuentro esa situación ser de gran interés crítico y cultural y escribiré tanto de ella como de la obra “Privada” próximamente.

La familia humana y la casa común

Cada año, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) consagra el 11 de julio como “Día mundial de la población”. El objetivo es llamar la atención de la humanidad sobre el hecho de que, cuanto más aumenta la población mundial, más se hacen necesarios planes para favorecer la vida de todos. Además, es urgente un mayor cuidado con el planeta, para que ese no se vuelva inhabitable.

Los datos actuales demuestran que: la humanidad cuenta con 7, 3 mil millones de personas. China y India siguen siendo los países más poblados. Cada año, la población mundial registra un aumento de 75 millones de personas. La población crece en África y en los países pobres pero disminuye en algunos países ricos. Además, el tiempo y condiciones de vida también son escandalosamente discrepantes. En los países más ricos, cada vez más, las personas llegan a cien años. Mientras en Japón y Suecia, la media de vida va más allá de los 80, en países africanos, como Zambia y Zimbabue, la media de vida no pasa de 35 años.

En 2015, la ONU publicó los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el Mundo que se quiere alcanzar en los próximos quince años. Para 2030, se espera que la humanidad haya logrado proporcionar seguridad alimentaria y agua potable para toda la población de la tierra. Científicos de todo el mundo afirman que si la sociedad dominante no cambia el rumbo del desarrollo y ese modo de organizar el mundo, la misma vida en la Tierra está amenazada. En esos últimos años, científicos de diversos países han estudiado la cantidad de energía o calor que entra en la atmósfera y se acumula en los océanos, los glaciares y el propio suelo de la tierra. Descubrieron que el calor allí acumulado es equivalente a 0, 58 W / m2. Es un calor equivalente al provocado por la explosión de 400 mil bombas atómicas. Ante esta realidad, es urgente que la sociedad civil se organice más y presione a los gobiernos y empresas para que asuman su responsabilidad en relación al futuro. En el día mundial de la población, es importante reflexionar sobre qué mundo entregar a los hijos de nuestros hijos.

Quien cree en Dios como Amor sabe que, al agredir la naturaleza, se ataca al propio Creador. Al mismo tiempo, cuando trabajamos para salvar un manantial, preservar las plantas o simplemente posibilitar una agricultura ecológica, estamos cuidando de la continuidad de la vida y, concretamente, del futuro de la población humana. Estamos colaborando con el trabajo divino del Espíritu Madre de la Vida, presente y actuante en cada ser vivo y en todo el universo, en un proceso de creación permanente.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

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