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Salir (o casi)

Especial para En Rojo

“El acto más pequeño en las circunstancias más limitadas lleva la simiente de la misma ilimitación, ya que un acto, y a veces una palabra, bastan para cambiar cualquier constelación.”

Hannah Arendt

 Hoy fue el día de salida. Desocupo mi oficina.

Retirarme. El vocablo implica salirse del campo de juego. Quitarse. Renunciar. Irse. Abandonar. Moverse por voluntad propia. Nadie me ha pedido que me vaya, es cierto. He decidido hacerlo, aunque aún soy joven. Joven es un decir, pero el promedio de edad de retiro de los profesores está entre los 65 a los 68 años. Renunciar a mi plaza me ha provocado miedo, mucho, muchísimo.

Me ha llegado el momento. Hablo desde el absoluto privilegio de poder tener miedo a retirarme. Sé que muchos no pueden ni soñar dejar de trabajar. Legiones de gente no tendrán retiro. Incluso, ¿quién me asegura que tendré retiro en un par de años, aunque me acoja a él? Se sabe que el estado del Sistema de Retiro de la Universidad de Puerto Rico está en peligro porque en las últimas dos décadas apenas han contratado docentes con plaza, quienes pagarían mi/nuestro retiro, y por la constante amenaza de la Junta de Control Fiscal a los fondos del Sistema de Retiro. Si bien reconozco mi lugar de privilegio, también señalo que reconocer ese privilegio no debería ser de ninguna manera claudicar al derecho de toda ciudadana a poder vivir una última etapa de su vida de otra forma. Ese derecho, como el de tener comida, techo y asistencia médica cuando se pasa de los 60 debería estar asegurado para todos en este país. Rectifico, el bienestar debería ser para todos a cualquier edad. La culpa siempre toca a mi puerta. Sentirla por el buenvivir común es una pasión. Si se piensa bien, la culpa está muy lejos de ser postura política. No deberíamos sentirla por obtener un derecho laboral, derecho que hemos pagado con nuestro trabajo, además. Hacernos sentir culpables por los derechos recibidos es una trampa del capitalismo. De las peores. Un tapabocas. Un amarrarte las manos. Un hacerte sentir privilegiada por recibir lo que debería corresponder a todos. Exigirlo es la postura política. Siempre. Me consuela mi estudiante Luis: “Vilches, tiene el deber de aprovechar y disfrutar el derecho que nosotros no tendremos”.

Pensaba que desalojar mi oficina en el 345 de Domingo Marrero Navarro sería terrible, pero no lo fue. Bueno, casi.  Vacié mi escritorio, mi credencia, el modesto librero de la oficina. Boté exámenes viejos, fotocopias ya inservibles para mí, papeles que no sé por qué aún guardaba.  Recogí todos los imanes/mementos que con cariño la gente me fue regalando durante mis 35 años. Introduje en las cajas de mudanza los mensajes de agradecimiento de los estudiantes: pócima para curar la nostalgia; la colección de animalitos que adornaba mi escritorio; los útiles escolares que ya no volveré a usar; las fotos de mi familia que me animaron tantas veces. Recogí los carteles de las paredes: el mapa del subway de NYC, el afiche con la cita de Hitchcock, “There is no terror in the Bang, only in the anticipation of it”-moto de mi escritura-, el cartel con “Mi Viejo San Juan” de Pietri y el anuncio de mis libros. Lo guardé todo con rapidez, casi con prisa. Son formas de contener la tristeza y sus lágrimas. No se despachan 35 años tan fácilmente.

Contradictoriamente, retirarse da júbilo y tristeza. Nombro los miedos para alejarlos. Pensamiento mágico, pensarán. El primero es el más fuerte, una especie de miedo troncal del cual brotan los otros como ramas de un árbol centenario: la caducidad autoimpuesta. El aterrador miedo a volverme vieja de repente. Ser anciana no en la acepción de la decrepitud corporal-con sus inevitables canas, dolores, arrugas, achaques y la cercanía a la muerte-sino en el sentido social, la idea de que se llega a una edad en la que una se vuelve aún más invisible. Temo mi borradura como sujeto social. Si desaparezco del escenario universitario, ¿quién me va a procurar? Si me retiro del salón de clase, ¿tendré público con quien rumiar mis lecturas, mis ideas, mis escritos, mis ilusiones, esperanzas y proyectos? ¿Será una invisibilidad autoimpuesta? ¿Será una caída dentro del orden social? Eso nos dicta un mundo donde nuestro valor está estrechamente atado a cierto tipo de productividad que relacionamos con la fortaleza de la propia carrera y la iniciativa individual (Jenny Odell). Me niego a limitar el concepto de productividad al trabajo-salario. Otra trampa del capital. La creatividad no paga, por ejemplo, es una hermosa forma de productividad.

 ¿Y qué si esa invisibilidad esconde en su centro transparente una gran libertad?

 El miedo del que hablo es a ser dispensable, a perder un lugar que ha costado ocupar. Este terror se fundamenta en que he construido gran parte de mi identidad en la Universidad de Puerto Rico. La torre Franklin Delano Roosevelt ha ocupado el lugar de mi columna vertebral. Desde que tengo 13 años he estado ligada a ella. Llegué a la Secundaria de la Universidad a los trece años y desde entonces no he salido de la UPR, con excepción de los cinco años de escuela graduada. Me reintegré orgullosamente como profesora a tiempo parcial en el 1990, dando algún curso en Literatura Comparada y el Departamento de Español, mientras enseñaba como profesora a tiempo parcial en algunas de las universidades privadas del país. Fueron años de ocho cursos semestrales. De explotación ilusionada en una posible plaza futura. Finalmente, en 1992, me incorporé a la plantilla docente del Departamento de Español de la Facultad de Estudios Generales y ya no salí del recinto. Me ufano de mi vida universitaria, del amor a un espacio, a los estudiantes y a un proyecto que considero el más importante del país, aún hoy, a pesar de su legión de detractores. Me ufano de honrar a mi abuela materna que firmaba con una X, pero, aun así, logró que dos de sus hijos varones fueran a la universidad; y a mi madre y a mi padre quienes, a pesar de su inteligencia, nunca llegaron a ella, pero nos criaron con el deseo de estudiar para “no depender de ningún hombre”.

 Al renunciar a mi plaza docente, ¿dejo de ser?

Me auxilia la palabra jubilarse: reconozco y celebro la oportunidad y la responsabilidad de poder ser otra yo, de prestar atención a cosas diferentes, “de imaginar una vida, una identidad y una fuente de sentido que se sitúe más allá del mundo del trabajo y del beneficio económico” (J. Odell, Cómo no hacer nada; resistir la economía de atención).

Escogí gran parte de los libros y los deposité en el librero comunal del edificio. Los coloqué con cuidado como cuerpos que se amaron. Me motivó la esperanza de que algún estudiante atento los recogiera. Entre ellos había varias copias de El psicoanálisis una experiencia por venir. Agradecí haber participado en ese proyecto con mi querida Wanda Ramos Baquero. También dejé, con algo de reticencia, Escribir la ciudad. Quería honrar la estupenda invitación de Maribel Ortiz Márquez, hermana y colega, así como el trabajo de tantos años fruto de ese convite: conferencias, intercambios culturales nacionales e internacionales, libro, curso.

¿Perderé las relaciones afectivas e intelectuales que se vinculan al espacio universitario? ¿Se desatará el lazo que me une a tanta gente querida? ¿Dejar el espacio y dejarlos de ver cotidianamente significará que se disolverán esos vínculos? Pero de qué hablo, si desde hace años he dejado de ver cotidianamente a mis colegas amigues. ¿Cuáles son los espacios de reunión? Bien decía Walter Quinteros, cuando planteaba que al cerrarse el Centro de la Facultad, la Universidad daba su primera gran estocada al cuerpo docente.  Eso ocurrió hace décadas atrás. Y es cierto; cada vez me encuentro menos con mis colegas. Cada vez más, el café se toma en soledad.

Lo reconozco, es difícil entender que el tiempo, así como cualquier momento crítico, contiene la incertidumbre del futuro, pero por qué no, la incertidumbre también puede estar poblada de esperanza. Puedo elegir el tono de mi presente: escoger entre la nostalgia y la gratitud. Reafirmo mi voluntad de agencia amparada en la gratitud por lo vivido.

Apagué la luz y cerré la puerta. Fui la mujer de mi cuento “En el vano”. Como ella, sentí la soledad del Recinto. Como ella, me pregunté: “¿A dónde han ido todos?”. Una pena que la testadura reinita del cuento no me acompañara hoy.

Me dirigí al carro. Guardé las cajas en el baúl. Noté que en el estacionamiento había una especie de huerto. ¿Qué estudiantes esperanzadas en el futuro lo habrán sembrado? Sin pensarlo demasiado, arranqué unas lechugas, algunas hojas de albahaca y de recao.

Casi yéndome, volví al huerto improvisado, quise llevarme algo que creciera. Arranqué de raíz una matita de recao. Algo nacerá. Estoy segura.

 

 

Palabra de Mujer

 

Especial para En Rojo

Cada año, el 8 de marzo, la humanidad celebra el Día Internacional de la Mujer  Trabajadora y constata que, en la sociedad, la condición femenina aún no ha cambiado radicalmente. En América Latina y el Caribe, todos los días se producen actos de violencia contra mujeres. En este momento, con decenas de guerras en diversos continentes, mujeres y niños son las principales víctimas.

Lamentablemente, las religiones, que deberían ser instrumentos de humanización y justicia, casi todas siguen siendo injustas con las mujeres. Desarrollan una visión patriarcal de Dios y de la fe. Hacen una lectura fundamentalista de textos sagrados, escritos en antiguas culturas patriarcales. Por eso, muchas religiones sostienen que el hombre debe ser el jefe de familia y discriminan a la mujer en el acceso a ministerios eclesiales. En el judaísmo, solo en corrientes más abiertas, mujeres pueden ser rabinas y pocas lo consiguen. En la Biblia, los primeros textos proféticos procedían de mujeres y estaban redactados en forma de poemas y canciones atribuidas a Miriam(Ex. 15, 20-21); Débora (Jz 5) y Ana, madre de Samuel (1 Sm 2). También en el Nuevo Testamento, según el evangelio, las primeras manifestaciones proféticas tuvieron lugar en el encuentro entre María, madre de Jesús, e Isabel, madre de Juan Bautista (Lc 1, 39-47). Entonces, la profecía bíblica nació femenina.

En el Islam, los imanes son hombres. En el hinduismo no hay mujeres reconocidas como lamas (gurús). En el Cristianismo, las Iglesias Orientales y la Católica no aceptan el sacerdocio femenino. Las iglesias evangélicas lo aceptan, pero en un modelo de ministerio que sigue basándose en el masculino y dentro de una Iglesia aún patriarcal.

A pesar de la marginación injusta que las mujeres sufren por parte de la mayoría de las religiones, en las diversas tradiciones espirituales, ellas constituyen la mayoría de las comunidades y asumen responsabilidades en ellas.

Las religiones de origen africano son casi las únicas en las que las mujeres siempre han tenido un papel importante. Varios templos del Candomblé y Santería están coordinados por Yalorixás, o Madres de Santo, reconocidas como sacerdotisas y guardianas de culturas afrodescendientes.

Entre todos los grandes cambios sociales que caracterizaron el siglo XX, el feminismo fue la mayor revolución pacífica de nuestra historia reciente. Nació fuera de las religiones, transformó la democracia y los derechos humanos individuales y colectivos. Incluyó a las mujeres como protagonistas de la historia y de la liberación de la humanidad y de la Madre Tierra. Surgió en la sociedad civil, pero acabó contagiando el camino de las comunidades de las principales tradiciones espirituales.

Desde 1970, el Ecofeminismo es una corriente del feminismo que vincula la explotación de la naturaleza con las opresiones que sufren las mujeres. Son opresiones, todas ellas, resultantes de la cultura patriarcal y capitalista. La dominación masculina y patriarcal sobre la naturaleza y sobre el cuerpo femenino tiene la misma lógica. Por eso, el ecofeminismo propone la justicia socioambiental, que valora el cuidado de las personas, la sostenibilidad ecosocial y ya no la maximización de las ganancias[1].

En las últimas décadas, en diversas religiones y, especialmente, en las iglesias, se han desarrollado teologías feministas que reescriben la historia de las religiones desde la perspectiva de género y dan voz y protagonismo a las mujeres. La teología ecofeminista vincula la lucha por la liberación de la mujer a la opresión que la tierra y la naturaleza  sufren[2].

En la década de 1960, en varios países de América Latina surgió la Teología de la Liberación, a partir de las experiencias de participación de cristianos y cristianas en movimientos de liberación social y política. Esta corriente teológica nació en iglesias de cultura patriarcal y en un mundo en el que incluso grupos considerados de izquierda eran machistas. Por eso, lamentablemente, los teólogos que han iniciado la Teología de la Liberación plantearon la cuestión de las clases y opresiones sociales, pero solo tomaron conciencia de la iniquidad que es el patriarcado y todas sus consecuencias, a partir del momento en que abrieron el estudio de la teología a las mujeres y estas pasaron a liderar organismos teológicos. Por eso, en nuestro continente, con toda razón, algunas de las primeras teólogas feministas acusaron a la Teología de la Liberación de ser una construcción aún patriarcal y de no prestar suficiente atención a las cuestiones de género.

Las teólogas feministas latinoamericanas han convertido a sus hermanos de la Teología de la Liberación y han revelado que la causa de la igualdad de género y la defensa de la mujer es tarea de mujeres y hombres que, juntos, aprenden la vida y la teología. Los enfoques pueden ser diversos, pero la causa es la misma. Actualmente, las teologías de la liberación se expresan en varias corrientes, como ecoteología, las teologías negras, indígenas, feministas y otras. Si un teólogo (hombre) no asume las causas de la teología feminista como propias, ese teólogo puede investigar sobre teología de la liberación, pero no es un teólogo de la liberación.

Una anécdota judía cuenta que, al principio, Dios había creado a la mujer. Como ella se sentía sola, le pidió a Dios un compañero y este dudó y respondió: – Sabes que, por naturaleza, el hombre (macho) es arrogante. Siempre tiene la sensación de ser el primero. Quiere ser el más importante de todos. No se conformará con ser el segundo.

La mujer insistió:

  • Entonces, que sea un secreto entre nosotros. Y para que yo pueda vivir tranquila, es mejor que él piense que fue el primero en ser creado.

Dios aceptó:

– Está bien. Guardemos entonces ese secreto y dejemos que el hombre piense que fue el primero a ser creado.

La mujer quiso asegurarse:

– Entonces, Dios, ¿prometes mantener este secreto? ¿Me das tu palabra de que lo guardará solo para nosotros?

Dios respondió:

– Lo prometo. ¡Palabra de mujer!

 

El autor es monje brasileño, teólogo feminista de la liberación y asesor de movimientos populares y comunidades eclesiales de base.

 

[1] CF. D’EAUBORNNE, Françoise. Feminismo ou Morte. Editora Bazar do Tempo, 2025.
[2] – Cf. GEBARA, Ivone. Teologia Ecofeminista. São Paulo: Editora Olho d’Água, 2008.

El último poema

Parnia Abassi

 

En Rojo

En el verano del año pasado (2025) un ataque israelí destruyó el complejo residencial Orkideh, en Teherán, capital de Irán.  Para las fuerzas de defensa de Israel se trató de un suceso importante. Según esa fuente, en el ataque murió Abdolhamid Minouchehr, director de la facultad de ingeniería nuclear de la Universidad Shahid Behesti. Se especializaba en reactores nucleares y en diseño para la eficiencia y seguridad de plantas de energía nuclear. Cerca de media docena de científicos como él murieron en el ataque.

Entre lo que el ejército israelí llamó daños colaterales se encontraban decenas de civiles. Entre ellos se encontraba una joven poeta que se había convertido en una figura ascendente en la literatura contemporánea de Irán: Parnia Abassi. Apenas tenía 23 años al morir en su hogar en Orkideh. Su último poema que aquí publicamos es una profecía.

Hoy, luego de que Israel y EEUU realizaran otro ataque contra Irán que nos mantiene en vilo, recordamos. No es con bombas que se alcanza la paz.

Lloré por ambos
por ti
y por mí

soplas a las estrellas, mis lágrimas
en tu mundo
la libertad de la luz
en el mío

la persecución de las sombras
tú y yo llegaremos a su fin
en algún lugar
el poema más hermoso del mundo
se acalla

empiezas
en algún lugar
a llorar el
murmullo de la vida

pero yo terminaré
ardo
seré esa estrella extinguida
en tu cielo
como humo

 tú y yo llegaremos a su fin

 

El bidet

 

Para mami y tía Toti, con amor

 A Bariloche llegaron en guagua. Muchas horas de carretera y caminos de tierra, una rueda pinchada y el atasco en una zona fangosa. Maribel se sentía como en un cuento. Todo le parecía bello: el hotel de madera, las montañas de ese tamaño, los glaciares, los abrigos que por fin se podía poner, la gente con sus idiomas que no entendía… Nada que ver con la ciudad “sucia y ruidosa” que hace unas horas habían dejado atrás.

Eduardo decidió volver a Argentina cuando otros se estaban yendo.

“¿Y si aprovechamos en Navidad?”, le propuso a Maribel. “Había pensado que hiciéramos Buenos Aires-Bariloche-Concepción. Así matamos dos pájaros de un tiro.” Entonces planificaron su luna de miel para que coincidiera con el verano del sur y las vacaciones de la universidad. La idea era aprovechar el viaje para visitar la familia de Eduardo, que no veía hacía ocho años.

Maribel aceptó el plan. Lo importante era tener su luna de miel aunque fuera casi dos años después, “total, algún día tenía que conocer a los suegros.”

En Buenos Aires se quedaron con la hermana de Eduardo. El viaje había sido muy largo, casi un día viajando entre escala y escala desde que salieron de San Juan. Y para colmo a Maribel le había bajado la regla. Lo único que quería era darse una ducha caliente y recostarse un rato.

“¡Eduardo!”, gritó Maribel en voz baja.

“Che, ¿tenés papel de inodoro?”, le preguntó Eduardo a su hermana luego de atender el llamado de Maribel. Ella le confirmó lo que ya sabía y le explicó cómo llegar al supermercado que estaba a “unas cuadras nomás”.

Maribel estaba horrorizada. En el baño del departamento, en un edificio muy parisino del Barrio Norte, lo que había era papel de periódico para limpiarse. Un par de hojas de la sección de deportes. Solo le faltó levantar las losetas por si de la nada aparecía el papel. Derrotada, no le quedó otra que llamar a Eduardo, a quien ella -le recuerda siempre que puede- salvó de relegar la higiene hasta el límite de lo insospechado.

“Usá el bidet”, le recomendó Eduardo desde el otro lado de la puerta.

Maribel y Eduardo tuvieron una discusión discreta. Después de la ducha, Maribel se quedó dormida y Eduardo se fue a buscar el papel.

De camino al supermercado, la ciudad lo fue devolviendo a los días en los que su vida respondía a un plan perfectamente trazado: el seminario, Roma, la ordenación… Hasta que se hizo adulto a palos y todo se fue a la mierda. “Y que no se me olvide el papel”, se dijo, cuando ya llevaba una bolsa llena de frutas y halvah para que Maribel lo probara.

La llave del portal que le había dado su hermana se le perdió en alguno de sus bolsillos. Soltó la bolsa para buscarla y se fijó en el carro estacionado en la acera de al frente. Lo había visto al llegar. Adentro había dos hombres que fumaban atentos.

Eduardo subió al departamento y se lo contó a su hermana. Hablaron un poco, se indignaron y siguieron conversando sobre otros temas, el profesorado, mamá, la neurosis, los bebés que no llegan…hasta que el sueño lo venció y se fue a acostar al lado de Maribel.

Por la mañana salieron al Registro Civil. Eduardo tenía que renovar su cédula de identidad. Frente a la entrada, dos militares empuñaban cada uno un fusil. De dónde vienen, para qué vienen, enséñeme su pasaporte, y el suyo también, venimos de luna de miel, vivimos en Puerto Rico, mi señora es puertorriqueña, oficial… Y los dejaron pasar.

“A mí no me traigas más”, le susurró Maribel a Eduardo. Lo más cerca que había estado ella de un susto así fue cuando la persiguió un hombre volviendo de la escuela por el cañaveral.

Eduardo retrataba todo con su Pentax y Maribel era su modelo.  “Ahí…Quiero que salga el nombre del cerro”. A veces también hacían el amor y comían lo típico de Río Negro. El 1977 los encontró rodeados de parejas desconocidas que eran la estampa viva de la felicidad. La música animaba a Maribel, que indistintamente bailaba con Abba y se desmelenaba con Sandro. Eduardo no; él prefería la música clásica y, además, no sabía bailar. “¡No seas aburrido!”, le reclamó Maribel cuando después de las doce prefirió quedarse sentado.

A los cinco días, Maribel añoraba “unos guanimos con bacalao”.

“Tú nunca estás conforme, ¿eh?”, le dijo Eduardo antes de meterse a la boca un pedazo de entraña.

Al día siguiente volvieron a Buenos Aires, y de allí se fueron en guagua a Concepción.

Maribel no paraba de hablar. Le preocupaba caerle bien a sus suegros y a sus cuñados. Ella no tenía el pedigrí europeo de su familia, ni sabía alemán o tocar el piano. “¿Allí es más tranquilo? ¿Es más limpio que Buenos Aires…?” Eduardo miraba por la ventana y pretendía escucharla. Cuántos años habían pasado desde la última vez que cruzó el Paraná. A esa hora solo deseaba llegar a su casa.

Los acomodaron en el cuarto matrimonial. Allí dormirían bajo la mirada de la abuela María cuyo retrato, sobre el espaldar de la cama, parecía amonestarlos. Maribel, que posaba sentada en la cama, se reía como una niña traviesa señalando a la vieja. La misma vieja que se hizo cargo de Eduardo cuando tocó repartir hijos porque no daba el pan y le pedía que le arreglara las cuentas gastadas de sus rosarios.

Las comidas las presidía el viejo y a él se le servía primero. La madre no se sentaba hasta que todos tuviesen su plato. Eduardo lo escuchaba atento, como si quisiera congelar el momento, o retroceder en el tiempo y poder decidir quedarse en su casa con su madre y con él.

En aquel barullo de voces y recuerdos ajenos, la madre entendió de inmediato los silencios de Maribel. “Vení. Ayudame con el postre.” Por lo menos con su suegra compartía el lenguaje de la cocina y los cuidados a un marido que, al igual que su suegro, demandaba más atención que un niño. A Maribel no le sorprendió que durmieran en cuartos distintos. Después de once hijos, ¿a quién tenían que convencer? Aunque puede que los ronquidos tuviesen algo que ver. Si no, que le pregunten a Maribel, que muchas noches se desveló azorada porque el viejo roncaba como un motor ahogado.

La tarde que volvieron a Buenos Aires para volar a San Juan, su hermana los esperaba. Salieron a dar un paseo para comer un helado cuando vieron bajarse a dos hombres de un carro y llevarse a la fuerza a un muchacho y a una muchacha. Maribel no entendió nada, “si iban tan tranquilos de la mano.” Eduardo y su hermana se indignaron. El carro desapareció y los gritos con él.

Mami y papi se ven felices en las fotos de Bariloche. En las de Concepción, mis tíos fuman y hablan, se ríen y comen. El abuelo siempre sale mostrando algo: un árbol, un edificio, un cuadro. Y la abuela, callada, con la mirada serena, no como mami, que cuando sale con ellos, parece perdida, como cuando uno no sabe qué decir o hacer. Ese mismo año papi instaló en la casa su primer bidet.

 

 

 

Narrando la tortura en It Was Just an Accident

Nota: Este escrito llegó a la redacción la noche antes de los sucesos en Irán

Especial para En Rojo

 

It Was Just an Accident (dir. Jafar Panahi; Irán, Francia y Luxemburgo, entre otros; 2025), que ganó la Palma de Oro en el festival de cine de Cannes y que está nominada como mejor película internacional en los Óscares, tiene una narrativa simple que gradualmente adentra en unos giros emocionales complejos e inesperados. Aunque discuto en detalle la secuencia inicial, esta no revela nada sobre la historia principal. La película comienza con una escena cotidiana. La cámara se enfoca en el interior de un carro una noche. El padre de familia conduce y la esposa ocupa el asiento pasajero. Sonriente, ella le da una nuez a su esposo. Aunque el hombre permanece con una expresión algo fría, se nota el cariño en el gesto y en la sonrisa de la mujer. Segundos después, suena la música de la radio y la hija de 9 años irrumpe llena de energía en la escena desde el asiento trasero. El director, Jafar Panahi, nos permite disfrutar la ternura de la escena familiar cuando la hija insiste juguetona en subir el volumen de la radio y el padre se resiste por el escándalo. La madre posiblemente intuye que el padre le cederá a su hija por el amor que le tiene. Pero la armonía visual del momento se interrumpe cuando el carro brinca y se oyen los aullidos de un perro que el padre acaba de atropellar.

El accidente mancha la escena, aunque Panahi nunca nos permite ver lo ocurrido. El director demuestra que no es necesario presenciar el espectáculo sangriento para denotar cómo altera la paz familiar. La cámara se mantiene en la expresión resignada del padre mientras este se baja del carro, mueve el animal de la carretera y regresa al volante. Los cambios en la iluminación nos llevan desde la oscuridad acogedora del interior de un carro durante un paseo nocturno a la luz roja de los focos del exterior que acentúan la expresión afectada del padre mientras limpia la carretera. Cuando el padre regresa y prende el carro, la niña le pide afectada que apague la música. Ella dice con un tono de juicio sutil que el padre mató al perro. La madre le recuerda que el animal salió de la nada y que es posible que dios así lo quería. Pero la hija insiste que el padre, y no dios, fue el que lo mató. Esta escena familiar representa las complejas discusiones filosóficas de la película que giran en torno a la justificación de la violencia y sus consecuencias en sobrevivientes y victimarios.

La escena termina cuando el carro comienza a fallar y el padre busca un taller para arreglarlo. De aquí en adelante la película sigue a un grupo de sobrevivientes de la tortura del gobierno que creen haber encontrado a su torturador. De hecho, cada sobreviviente cuenta su historia desgarradora. Panahi demuestra la fuerza de la narración oral al reconstruir cada experiencia traumática a través del lenguaje y el performance, evitando así las complicaciones de una representación visual. Cada sobreviviente tiene un rol claro en la sociedad iraní: Vahid (Vahid Mobasseri), el mecánico; Salar (George Hashemzadeh), el librero; Shiva (Mariam Afshari), la fotógrafa; Goli (Hadis Pakbaten), la novia en traje de boda; y Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr), el inadaptado a causa de su estrés postraumático. Los diferentes personajes cuentan experiencias basadas en las historias que le hicieron algunos prisioneros políticos al mismo Panahi. Este estuvo preso entre el 2022 y el 2023 en Irán por propaganda en contra del gobierno. Cada personaje expresa su propia y complicada relación con su trauma. La película es una recopilación de anécdotas que documentan los horrores del régimen y que Panahi tuvo que rodar en secreto para escapar de la censura y de la ley. No obstante, la película combina momentos cómicos con elementos de carga emocional dándole diferentes texturas a la narrativa. Los graciosos tropiezos de los personajes a través de la ciudad buscando evidencia sólida de la identidad del torturador se anclan en la realidad cruda de sus sufrimientos en la prisión. La película, que en parte se torna en un road movie, también retrata el bullicio y la diversidad de espacios en Teherán, tornando la ciudad en un personaje principal.

La película tiene ecos de la trama de la obra de teatro de Ariel Dorfman, La muerte y la doncella. En esta, Paulina, una sobreviviente de un régimen basado en la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, se topa con su torturador, el Dr. Miranda. Ella lo secuestra para enjuiciarlo y decidir si lo matará mientras su pareja, Gerardo, sirve de abogado defensor. En La muerte y la doncella la historia de Paulina domina la acción, pero Panahi usa una serie de narraciones para considerar como la sociedad iraní lleva sobre sus hombros el trauma y los crímenes de un gobierno que continúa persiguiéndolos. Paulina lucha por justicia cuando la democracia ha vuelto al gobierno, pero los personajes de It Was Just an Accident tienen más que perder porque el gobierno que los torturó sigue en el poder. ¿La esperanza por la justicia será tan inútil como la espera por Godot? El magnífico final de la película no responde a esta pregunta de manera simplista, sino con una humanidad y empatía abarcadoras.

Alquilen It Was Just an Accident en cualquier plataforma de streaming y vean la que considero la mejor película del 2025.

 

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