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En Reserva-Cumplimentar

 

 

Especial para En Rojo

A partir de un texto inédito que un colega en la formación psicoanalítica me compartió, con miras a contribuir a la incipiente revista que ilusionados tratamos de montar, me ha ocupado una reflexión en torno a los quehaceres y al deseo que me conducen a un término en específico. Tal vez les comparto una divagación personal sin mayor trascendencia, pero por generalizada y cotidiana le confiero importancia. Me refiero a lo que conocemos como cumplimiento. Ese sustantivo que puede ser acción tanto como un movimiento sostenido o un brutal predicamento hacia la perfección… todo ello con sus relativos grados y matices, como casi todo en la vida.

Si partimos del propio término, el cumplimiento por lo general conlleva nuestro verdadero empeño y energía a favor de una acción en la que, como regla social notoria, están más de una persona involucradas. Si nos centramos en la carga complementaria de lo que nos vincula a cada cual, con el cumplimiento, la dialéctica se vuelve caudalosa e incluso de un cariz filosófico que me será difícil cumplir con todas las expectativas a cabalidad. De todos modos, me aventuro a hacer confesiones no solicitadas.

Cuando pienso en el trabajo en común, y desde los linderos del lazo social –que usualmente requiere resultados medibles en conjunto a otras personas– admito cierto resquemor al vínculo de la colaboración. Mi ética particular irrumpe internamente no como un disgusto a priori hacia el trabajo en colectivo, sino fundamentada en responderme qué busco aprender en cada vinculación con los demás. Me respondo a menudo a mí misma cosas como ¿deseo esta experiencia para manejar saberes que no poseo? ¿Qué significa en este contexto aprender algo nuevo? ¿Verdaderamente tengo algo que aportar? Parto de que el no-futuro dejó de ser un grito de protesta y es un destino fatigado. Me permito entonces gestionar ese futuro, mi futuro, como una labor conjunta, con más o menos aprensión que osadía.

En mayor o menor escala me involucro en proyectos diversos en los que más que participar, yo accedo a colaborarme. Acepto que soy entusiasta cuando la gesta me interesa porque reconozco una pulsión muy genuina que me activa para aprender en comunidad. Pero eso no significa que no me cuesta la fase inicial de la preparación de agendas compartidas, por un lado, y por el otro, que me exasperan las metodologías hegemónicas que en vez de apuntar a la educación emancipadora del colectivo son alianzas del tipo clientelar. He ahí mi primera defensa, una cosa es cumplir y la otra es el aprendizaje.

¿Cómo valido el aprendizaje –en mi caso, anteponiéndolo sobre cualquier compromiso contraído con otros– si más que habitar sociedades diversas, nos dirigimos cada día más a la segregación? Basta mirar con atención a nuestro alrededor para darnos cuenta de que las agendas en el plano social están cada vez más compartimentalizadas. Lo que solíamos nombrar lo común pierde peso aceleradamente. Como bien nos enseña el pensamiento filosófico de Marina Garcés la educación no es un asunto que se pueda resolver solo con innovación y mayor sofisticación ni con “cheer leaders» del fundamento educativo, añado por mi parte. ¿Qué significa aprender algo? nos interpela la gran Escuela de aprendices (Garcés, 2020). En su breve y potente reflexión tenemos presente que la educación es el taller donde se ensayan las formas de vida posible. Por ello no es fortuito que el denominado capitalismo cognitivo asalte cada vez más todos los campos: la educación formal y también la informal; los recursos y cuáles de sus métodos son los que prevalecen.

Por qué cumplir, por qué educar, para quién

Estarán conmigo en que el progreso de las civilizaciones ha estado escenificado por una larga cadena de errores y aprendizajes, que varían ante el cromatismo antropológico, motivo por el que insisto en indagar qué promesa de realización o cumplimiento nos asegura la aludida educación. Nos llenamos la boca y el eco nos devuelve la manida frase de “lo primordial es educar para obtener mejores resultados” – llene aquí el blanco con su asunto de preferencia.

Me planteo que, si el remitido aprendizaje no va a involucrar cumplirnos un agudizamiento de los sentidos, una espera, sí, una pausa para que contemplemos a ver qué pasa, cómo se desarrolla lo aprendido, rendirá poco. Si dejamos relegadas las iniciativas de la educación popular y las pedagogías feministas en nuestro intercambio diario con los demás permaneceremos igualmente ocupados, es cierto, pero sin compromisos conducentes a ser aprendices para un referente nacional hacia el bien común.

Ante la avalancha de cumplimientos que desbordan nuestro estar, tengo claro que deseo inclinarme más hacia el wu wei taoista. Esperar. Qué idea nueva surge, cómo es que vamos a calibrar nuestro aporte, nuestro propio descubrimiento y cómo éste se inserta en otras tradiciones de pensamiento, si es que lo hace o no lo hace, porque para mí que la oferta educativa que optamos hacer y aceptar para cumplimentar es evidente en fallas y deja (otro mundo posible) por desear. Quizás toca elevar la pregunta más a menudo sobre qué de lo que me dispongo a aprender cuestiona las formas de vida actuales. Tal vez respondernos propenda en la grieta inicial, una hendidura que aporte nuestra originalidad y particular visión del asunto. No creérsela a menudo también ayuda, sí vivir a la altura de nuestro propio pensamiento con confianza (y también desconfiando) para interpretar el progreso concreto de nuestro continuo aprendizaje.

Geografías que se mastican

 

 

Especial para En Rojo

Comemos para no morir y, qué ironía, en el mismo gesto la biología nos apremia mientras la cultura arma un banquete: sobrevivir convertido en placer, y el hambre en historia que se saborea. Comemos y pocas veces captamos que tenemos el mundo en el plato. No la ONU ni un mapa: un taco al pastor, una cucharada de arroz guisado, un bocado de fritura que crujía como el Mar Caribe. Un día, mordí y pensé —con esa melancolía que a veces se sienta a la mesa sin invitación— que lo que comemos es un archivo vivo: guerras ganadas y perdidas, barcos con bandera prestada, rezos que cruzaron mares, abrazos que no caben en los tratados.

El taco me miró primero, altanero y humilde a la vez. Me guiñó el ojo con la piña y me dijo en voz de trompo: “No te hagas, yo nací en árabe y crecí en México.” Sí, el taco es árabe en su esqueleto, mestizo en la piel, el taco al pastor dio una vuelta más sobre sí mismo como si practicara la memoria. Ironía bendita: lo más mexicano aprendió a girar mirando a Oriente. Y ya que estamos en esas, la paella pidió espacio en la mesa: “No olviden que mi arroz y mi azafrán llegaron con moros que sabían de agua, riego y paciencia.” España suena a guitarra, pero su cocina tiene tambor y media luna. Amo la paella, al raspar el socarrat, en ese pegao cruje un siglo entero: canales de riego moros, azafrán y paciencia. En la cuchara se reconcilian los rencores y el negacionismo histórico se imposibilita: España aprende a llamarle hogar a lo que un día llamó enemigo.

Estambul —que a ratos se llama Estambul y a ratos Constantinopla, según la nostalgia— se metió por la ventana con olor a cardamomo, clavo y azafrán. Es ciudad bisagra: cuando un continente cierra, otro abre. Allí los siglos vendieron especias al por mayor mientras los imperios pasaban a factura. Recibía especias e ingredientes de los dos mundos conocidos… Si uno mastica con cuidado, el clavo todavía cruje como un espada de Cruzadas, y el azafrán pinta el arroz con el amarillo de las rutas que no caben en un libro de historia. La pimienta, en cambio, es brújula hecha semilla.

Del otro lado del océano, el ceviche invención de los japoneses que preservaron su sushi con limón… “Me vistieron de lima —dijo—, pero mi corte es japonés.” El tiradito asintió, minimalista y feroz. En ese borde fino entre la vida y el fuego, el cuchillo es diplomático: corta sin ofender y deja que el ají cuente lo que pasó cuando Japón y Perú se dieron la mano en un muelle. Y si de puentes hablamos, el curry japonés alzó la voz desde una cantina de marinos: entró por Inglaterra, que lo traía de India, y en Japón se volvió guiso escolar, medicina marinera, sopa de consuelo. Una cucharada y se escuchan las hélices, la bitácora, la lluvia sobre la cubierta. Este curry lleva tantas especias que parece exceso y en balance sabe a monzones y bitácoras: santos y aduanas, banderas que se cambiaron de barco. Lo llevo a la boca y se me ablanda el mundo: la pólvora se hizo caldo, y la historia, consuelo tibio.

Pero la ternura —como el hambre— siempre vuelve a casa. Y en casa el aceite salpica como fuegos artificiales pobres. Las frituras boricuas hacen su desfile: alcapurrias morenas, bacalaítos que crujen como playa en mediodía, piononos redondos de risa fácil. El plátano —obstinado, generoso, africano en su memoria— se deja majar en mofongo para recordar que hubo cadenas, pero también manos que aprendieron a desatarlas a golpe de pilón. Quimbombó espeso como abrazo de abuela. Funche humilde, pan de maíz para tiempos estrechos. Si escuchas bien, cada burbuja del aceite dice “resistimos”.

El sofrito —oh, el sofrito— es el acta de nacimiento de la casa: cebolla y ajo de caminos viejos; pimiento y ají dulce que llegaron por sus propios mares; recao con acento del trópico; achiote Taíno que pinta como niño travieso. Ahí adentro suenan campanas de iglesias viejas y tambores de plaza; el Mediterráneo se toma un café con el Caribe y quedan en seguir viéndose.

Comer, entonces, es aprender otra vez que solos no se puede. Ninguna mesa aguanta la pureza: se te cae de un lado. Lo auténtico nace de la vecindad forzada, de la miseria que se organiza, de la curiosidad que no pide permiso. Somos lo que mezclamos. Los mejores platos son democracias que sí funcionan: cada ingrediente habla, nadie manda del todo. Y cuando un sabor quiere imponerse, ahí están la sal y el limón, humildes sindicalistas, para negociar la paz del paladar.

Claro que hay ironía: nos pasamos la vida discutiendo fronteras y nacionalismos, pero llega la comida y nos desarma. El taco más mexicano con corazón árabe; la paella española cocinada con secretos moriscos; el ceviche peruano cortado a la japonesa; el curry que dio la vuelta al mundo con pasaporte británico antes de sacar residencia en Japón, siendo original de la India. Mientras los gobiernos se empeñan en levantar muros, la cocina hace túneles por debajo y pone a conversar lo que arriba disputa. Una abuela te lo explica mejor que cualquier ministro: “Come, mi amor. Y agradece. Este plato no lo hicimos solos.”

Por eso cada bocado merece un minuto de silencio y otro de aplausos. Silencio por los que no llegaron, por los que cocinaron con miedo, por las manos cansadas que pelaron, frieron, molieron y sirvieron sin que su nombre saliera del fogón. Aplausos por las alianzas inesperadas: por el trompo que se volvió mexicano, por el arroz que aprendió a hablar valenciano, por el ají que encontró el cuchillo japonés y no se sintió extranjero, por el pilón que sigue cantando en patios donde la pobreza se disfraza de fiesta para espantar la tristeza.

Tengo la certeza de que la mesa es la única frontera que vale la pena cruzar todos los días. Porque sin el tomate del Nuevo Mundo no tenemos la magia italiana. Aquí nos entendemos aunque no tengamos idioma común; basta el cuchillo, la cuchara, el pan (o el casabe, o la tortilla, o la hoja de plátano). Aquí la historia no es un peso: es sazón. No duele: alimenta. Y si alguna vez te dicen que tal plato es “de los otros”, sonríe y sirve otra ración. Los otros somos nosotros en otra época.

Termino y me queda un rayito, una lucecita de cocina encendida. Será el azafrán, será la piña, será el recao. Será que en el fondo comer es prometer que mañana seguimos: que repetimos la receta y la mejoramos, que invitamos a quien falte, que ponemos otro puesto en la mesa. Comer —ya lo dije, pero lo repito, como quien llena el plato una segunda vez— es recordar, la historia de un mundo, la de tu abuela. Y recordar, si se hace con amor, también alimenta.

 

Los pasados que persisten en Blue Moon y Nouvelle Vague

 

 

Especial para En Rojo

 El espacio y el paso del tiempo son temas fundamentales en el cine de Richard Linklater. A través de los 90, mis amigos y yo vimos incontables veces Dazed and Confused (EE.UU., 1993). Esta es la película perfecta para un compartir entretenido entre jóvenes adultos porque trata sobre el último día de clases en una escuela superior en Austin, Texas. Varios grupos de graduados gozan de su nueva libertad fumando marihuana con amigos, discutiendo sus vidas y futuros con otros y desafiando a los adultos que los rodean. Tanto como la década de los 70, que la película retrata con una inocencia y picardía deliciosa que muchos espectadores añoramos, presenciamos el último adiós a una adolescencia que idealizamos. Nos podemos ver en el personaje de David (Matthew McConaughey), el joven adulto que se niega a crecer y conduce por las calles disfrutando los espacios juveniles a los que quizás ya no pertenece, pero que son duros de dejar. Linklater construye un Austin con un toque nostálgico que se siente como una fantasía setentosa que sobrevive en cada reunión con amigos del pasado. La nostalgia inspirada por la película lleva a la risa y al recuerdo compartido con personas que nos acompañaron en la juventud, pero que posiblemente ya se han ido.

Experimentamos el mismo sentimiento al final de Before Sunrise (dir. Richard Linklater, EE.UU. y Austria, 1995), donde Linklater nos lleva a revisitar los lugares en Viena que exploran Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) en uno de los encuentros nocturnos más románticos del cine. La mañana siguiente, después que Jesse y Celine se despiden, transitamos los mismos lugares donde ellos compartieron. Viena pasa de ser un espacio nocturno de ensueño a otro de ausencia en la mañana por la separación de los amantes. El tiempo altera la experiencia del espacio enfatizando la ausencia, pero sin perder de vista las futuras vivencias que seguirán transformando esos lugares. Las dos películas más recientes de Linklater, Blue Moon (EE.UU. e Irlanda, 2025) y Nouvelle Vague (Francia y EE.UU., 2025), reconstruyen espacios de una resonancia cultural que persiste a través del tiempo, aunque de diferentes maneras.

Blue Moon comienza con la muerte de Lorenz Hart (Ethan Hawke), el escritor de éxitos del cancionero estadounidense de las décadas de los 30 y 40. Este se desploma bajo la lluvia en una calle de Nueva York. Desde este punto futuro en la vida de Hart, la historia nos lleva a tan solo unos meses antes justo después de la premier del musical Oklahoma! Hart espera el grupo de artistas que vendrán a celebrar el triunfo de la obra en Sardi’s, el famoso restaurante en Broadway con las caricaturas de estrellas del teatro en la pared. El director de fotografía, Shane F. Kelly, sumerge al espectador en el marrón rojizo de la madera que dominan el ambiente de Sardi’s junto a la barra, donde se lleva a cabo casi toda la acción. El espacio debe oler a humo de cigarrillos y a whiskey, parte de su encanto. Linklater nos cuenta la historia como en una obra de teatro porque se limita al vestíbulo del restaurante, donde Hart espera encontrar a Richard Rodgers (Andrew Scott), el compositor de Oklahoma! que estuvo envuelto en una relación profesional con el escritor 16 años antes. Rodgers rompió su colaboración con Hart por su alcoholismo y conductas autodestructivas. Sin embargo, en el universo dentro del vestíbulo de Sardi’s, la tristeza y amargura de Hart toman otras dimensiones. Aunque lucha contra sus ganas de beber en la barra, Hart tiene una audiencia en el bartender (Bobby Cannavale), el pianista (Jonah Lees), y otros personajes que entran y salen por momentos. En cada intercambio, Hart revela sus inseguridades, la homosexualidad que se disfruta, su amor por la belleza, que incluye su obsesión con la joven actriz, Elizabeth (Margaret Qualley), y sus críticas al trabajo de Rodgers que muchos celebran esa noche. La imagen de ese pasado que Linklater plasma en su maravillosa película se perpetúa en la tradición de teatreros que todavía celebran en Sardi’s, inmersos entre los fantasmas de un pasado glorioso.

En Nouvelle Vague, Linklater revisita el París de Breathless (dir. Jean-Luc Godard, Francia, 1961), una de las obras más representativas de la Nueva Ola francesa. Su estética influyó en clásicos como Taxi Driver (dir. Martin Scorsese, EE.UU., 1976) y en Dogme 95, el movimiento danés que lleva el cine a su forma más pura y con presupuestos limitados [una de mis favoritas de Dogme 95 es The Celebration (dir. Thomas Vinterberg, Dinamarca y Alemania, 1998)]. En ese París de principios de los 60, el cine francés entraba en una efervescencia juvenil y creativa liderada por directores que aparecen en la película de Linklater como François Truffaut (Adrien Rouyard), Claude Chabrol (Antoine Besson) y Agnès Varda (Roxanne Rivière), entre otros. Algunos, como Godard (Guillaume Marbeck), el protagonista de la película, empezó como un crítico que quería filmar un desafío a todas las normas estéticas del cine de la época. Linklater recrea las dinámicas divertidas entre las figuras esenciales que participaron en la producción, desde los actores, Jean Seberg (Zoey Deutch) y Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin), hasta las luchas de Godard con su productor, Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst), y la colaboración con el director de fotografía, Raoul Coutard (Matthieu Penchinat). Linklater construye un París en blanco y negro usando las mismas tecnologías cinematográficas de la época, dándole a la ciudad la textura visual del cine de Godard que también se ve en su Band of Outsiders (Francia, 1964). El París sesentoso de Linklater nos invita a fumar un cigarrillo mientras nos tomamos un café esperando alguna joya musical de Jacques Demy [vean la belleza de su Los paraguas de Cherbourg (Francia y Alemania Occidental, 1964)] o mi maravilla favorita de Agnès Varda, Cléo de 5 a 7 (Francia e Italia, 1962).

En Blue Moon y Nouvelle Vague, Linklater explora el punto de vista crítico de un letrista genial y el proceso creativo de un director que revolucionó el cine. En Blue Moon, Hart critica el simplismo sentimentalista de Oklahoma! Su visión artística es evidente en una de mis canciones favoritas de su autoría, “Bewitched, Bothered, and Bewildered,” especialmente cuando es interpretada por Ella Fitzgerald o Sinéad O’Connor. Esta canción captura la realidad de un romance que empieza con un ensote, pasa al disfrute sexual acompañado por los problemas con el amante y concluye con la ruptura de la relación. Las diferentes etapas amorosas en la canción marcan el pasar del tiempo en esta, reflejando la complejidad de la escritura de Hart. En Nouvelle Vague, Linklater adentra en la lógica desafiante de Godard en su uso de improvisación, de técnicas de edición y fotografía que iban contra la norma, y en su insistencia por la espontaneidad creativa. En ambas películas, Linklater examina dos artistas carismáticos con personalidades problemáticas cuyas aportaciones al arte definieron un momento en la historia del teatro, la música y el cine.

Gocen de Nouvelle Vague en Netflix. Aunque Blue Moon todavía no se consigue en streaming, manténganla “en periscopio,” como dice mi amigo Miguel López de Llovio.

 

La queresa (fragmento)

 

 

 

Nota e imagen se embrollan en mi recuerdo, tanto que no sé si lo que veo ha sido oído, o si lo que escucho retumbar cerca de la sien no es voz sino vista. Muchas de las escenas humanas que recuerdo de mi niñez son en realidad acordes o imágenes de arte de carátula de discos de mi papá, esferas chatas y aceitosas que yo ponía y quitaba del plato con una alacridad sorprendentemente cuidadosa para mi edad. El brillo de las pulseras tintineantes que rozaban contra plumas y piel bajo la sonrisa abierta de Janis. El deseo sibilante del cantante en el último verso de “I Had Too Much to Dream Last Night”. La carcajada espontánea de uno de los Allman Brothers, la mata de pelo negro e insondable de Laura Nyro, el erotismo puro y un tanto imbécil en la mirada de Donovan. En el primero de Procol Harum, la línea que trepa serpentina por figura y flor. La bruma deliciosa y humeante de la voz de Robert Plant en dos instantes de “Whole Lotta Love”: el soplo del primer segundo y el subibaja tras las dos sacudidas de cuerda que anuncian la venida final. Dos instantes para los que movía la aguja una y otra vez, porque ya a esa edad me daba cuenta de que hay ciertas voces que te pueden despulpar.

 

Cuba declara «epidemia» por alto caso del chinkungunya

 

Corresponsal de CLARIDAD

La Habana, Cuba-Con un promedio de 700 casos diarios registrados en el mes de octubre y unas cifras similares en lo que va de noviembre, Cuba enfrenta una crisis epidemiológica debido al alto número de contagios del Chikungunya, un virus transmitido a los humanos a través de la picadura de mosquitos.

Según datos de la Organización Panamericana de la Salud, entre el 11 de octubre y el 1 de noviembre se reportaron 15, 590 casos nuevos, acumulando más de 20,000 contagios en los primeros diez meses de 2025.

Por su parte, Cuba informó durante la tercera semana de noviembre que un total de 47,125 personas se encontraban ingresadas en hospitales en todo el país con síntomas de dengue o chikungunya, un panorama que ha llevado a las autoridades sanitarias de la isla a designar el actual brote de estas dos arbovirosis como “epidemia”.

Durante una transmisión especial en la televisión estatal, el director nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública de Cuba (Minsap), Francisco Durán, afirmó que, «por el número de casos» y por sus síntomas, la enfermedad del Chikungunya es «el principal problema» de salud en la isla en la actualidad.

Según los reportes, la incidencia acumulada de chikungunya en Cuba es de 183.43 casos por cada 100,000 habitantes, la mayor en todas las Américas en este año, por encima de Brasil (112.07) y de los promedios del Caribe (43.53) y de todo el continente (26.00).

En la mayor de las Antillas, el virus se ha registrado en 14 de las 15 provincias, siendo La Habana, Matanzas y Cienfuegos los territorios con mayor índice de infección».

Frente a esta crisis, los servicios sanitarios cubanos han implementado diversas acciones para intentar contener la expansión del virus. Entre las medidas se encuentran jornadas intensivas de fumigación en barrios y comunidades, apoyadas por vehículos por las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

A ello se suma la búsqueda activa de personas con fiebre, una estrategia que procura detectar casos tempranos y evitar que los enfermos continúen expuestos a picaduras que puedan transmitir el virus a otros mosquitos, perpetuando el ciclo epidemiológico. La eliminación de criaderos, la mejora del saneamiento y las campañas educativas en medios de comunicación forma parte también de la estrategia de contención del Chikungunya.

La rápida y agresiva expansión del chikungunya se explica por varios factores: la elevada presencia del mosquito Aedes aegypti –transmisor también del virus del dengue, considerado endémico en la isla–, las pobres condiciones de saneamiento en algunas ciudades y el incremento de temperaturas y lluvias que favorecen la reproducción del vector.

Los síntomas característicos de la enfermedad incluyen fiebre súbita, dolores intensos en las articulaciones, dolores musculares, cefalea, fatiga marcada y en ocasiones erupciones cutáneas. Aunque no suele ser mortal, puede dejar secuelas prolongadas y afectar la capacidad de las personas para retomar sus actividades cotidianas.

Las autoridades sanitarias han señalado que no solo enfrentan un número creciente de casos, sino también un elevado volumen de pacientes con síntomas persistentes que requieren seguimiento médico especializado, lo que incrementa la presión sobre los servicios nacionales de salud.

El Gobierno ha reconocido públicamente la complejidad del escenario y ha calificado la situación como una epidemia, que no solo involucra el chikungunya, sino también el dengue y el oropouche, que circulan simultáneamente en el país. Además, las autoridades han admitido que los datos oficiales probablemente no reflejan por completo la magnitud real del problema, ya que muchas personas no acuden a centros de salud por falta de transporte, escasez de medicamentos o percepción de que la enfermedad no requiere atención médica inmediata, lo que alimenta el subregistro.

La crisis se agrava con la presencia activa del dengue, un problema histórico en Cuba. Desde enero hasta septiembre de 2025 se registraron 9,602 casos confirmados, incluidos 115 en estado grave y al menos tres fallecidos. Este escenario epidemiológico hace que el dengue no solo sea un acompañante del chikungunya en la situación actual, sino un factor que amplifica el riesgo sanitario general del país.

A este panorama se suma el avance del virus Oropouche, que ha afectado al país en los últimos dos años y que la OPS incluyó dentro del cuadro epidemiológico actual. Entre el segundo semestre de 2024 y los primeros meses de 2025 se reportaron 29,040 casos en Cuba, y al menos 123 personas presentaron complicaciones neurológicas como síndrome de Guillain-Barré, encefalitis o meningoencefalitis.

En este contexto, la respuesta del Estado cubano enfrenta importantes retos. Los esfuerzos visibles en fumigación, control vectorial y vigilancia epidemiológica se enfrentan a las carencias económicas y la falta de materiales necesarios para el control efectivo del mosquito.

De momento, la evolución de la situación dependerá en gran medida del éxito que se logre en reducir los índices de infestación, mejorar las condiciones de saneamiento urbano y garantizar los servicios médicos a la población, así como el apoyo de las propias comunidades en la contención de estos virus.