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Será otra cosa-¿De quién son estas lágrimas?

 

[Sobre Con llanto de cocodrilo (2025) de Mélanie Pérez Ortiz]

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Con llanto de cocodrilo (Elefanta del Sur, 2025) es, según Melanie Pérez, «un falso policial, una novela un poco fantástica y, por supuesto, feminista». Ciertamente tiene un aire policial, cumple con varios elementos del género, y es cierto que hay un momento en particular –que no contaré aquí– que podría parecer una historia fantástica. No es rara esta hibridez genérica en los relatos neopoliciales. Lo criminal conduce a reflexiones mucho más complejas que el desafío detectivesco y, por lo tanto, cede a la tentación de incorporar modos, motivos y rasgos de otras formas de discurso narrativo. Como sucede con el horror, lo policial continúa mutando y la novela de Mélanie Pérez Ortiz participa de esas evoluciones del género.

Se nos cuenta, pues, de una científica, especialista en cocodrilos, que regresa después de varios años de ausencia, a Puerto Rico, contratada por el Gobierno de turno para enfrentar una invasión de cocodrilos cubanos que ha asolado a la isla. La iniciativa gubernamental responde al macabro hallazgo del cadáver de un niño en el vientre de uno de esos especímenes. La mujer está ávida de participar en la empresa, pues su celo protector y sus conocimientos de herpetología, la tienen convencida de que el cocodrilo es inocente. Pronto sospecha que están utilizando a las criaturas como chivos expiatorios de movidas mucho más siniestras y bestiales, de ésas de las que son capaces los hombres. Y digo hombres, pues son hombres, y de paso cisgénero y aparentemente heterosexuales, los otros participantes en la trama. Por supuesto, nuestra heroína se las ingeniará para ponerlos en su sitio a casi todos ellos, al menos a los que tiene en su mira. Habrá algunos de estos señores, criaturas de otros hábitats, seres más temibles que los cocodrilos que ella admira y adora, que quedarán fuera de su alcance.

La novela está narrada mayormente por una voz omnisciente tan apegada a la consciencia de la protagonista, que nos parece estar escuchándola a ella misma. De hecho, en por lo menos tres ocasiones, la protagonista asume la voz de la narración para dar cuenta de ciertos episodios, aparentes rememoraciones del personaje, ajenos a la trama principal –o por lo menos no de forma tan evidente.

La anónima científica es, por naturaleza, una cuidadora, una defensora de esta especie, una científica muy sentimental. La mujer también regresa a la isla cansada de la itinerancia, aprovechando la ocasión para distanciarse de un aparente desastre personal.  Ha decidido cambiar de vida, olvidarse del «afán depredador», que para entonces la ha metido en problemas como aquél “al que le estaba finalmente, poniendo mar de por medio.»  En la mejor tradición del policial, la desastrada protagonista –observadora, fumadora, bebedora de wiski, cazadora de hombres feos– va develando fragmentos de su pasado que nos intrigan y, por lo tanto, nos acercan a ella.

Ha estado fuera del país por varios años y, por lo tanto, asume la perspectiva extranjera de quien no ha vivido las transformaciones, que nosotres, los habitantes del 2025, sabemos que han sido muchas y veloces. Ha echado de menos a su tribu –así mismo la llama–, y regresa a la familia de la que se ha distanciado cuando su padre, cuya avanzada enfermedad le impide la palabra, está moribundo.

Ha llegado tarde ¿o a tiempo? Veterano pro-americano, el padre es déspota con su mujer sumisa y leal, a quien desprecia, y con su hija, a quien ama (piensa ella) «a pesar de todos sus defectos». El suyo es un hábitat en el que nos reconocemos; dice al respecto: «Así, la casa en la que se crio era un ecosistema con un balance extraño pues era zona de combate y hostilidades, de ciertas complicidades extrañas, economía informal y desobediencias que le daban su encanto a todo.» (30) Esta innominada familia es la de todos nosotros, la que no tiene noche alguna para volver a ser gente, a causa de los desmanes de quienes, por lo visto, ostentan el poder: «Ella sólo oía ruido que tenía que ver con violencia, política, ambición, una historia cínica ideada por gente que ya no es gente. Son otra cosa. Otra especie.» (201)

El motivo del padre domina largas secuencias de la novela, al punto de, por momentos, interesarnos más que el entramado de traqueteos y conspiraciones en torno a la invasión de cocodrilos, como si en la historia de esa tribu hubiera mejores claves para descifrar nuestra realidad. La orfandad casi culposa de la protagonista aparece y reaparece a lo largo de todo el texto, como elemento crucial de las peripecias. Es evidente que la historia de su rebeldía contra el padre, que muere justo cuando ella regresa a la Isla, tiene más relieve en su carácter que los juegos del Poder entre las bestias humanas con las que debe lidiar. Es también, a mi juicio, la parte más entrañable de la novela.

Ahora en el país, transformada en «persona pública» a pesar de no ser, a su propio juicio, fotogénica –pues, según ella, «se había convertido, más bien, en un animal salvaje»–, dice: «le tocaba aprender a hablar y sonreír de determinada manera para hacerse agradable y, por consiguiente, su discurso apetecible al país.» (32) Inicialmente, está decidida a lograrlo; es eficiente, profesional, diligente, justa. No apetece ningún premio; sólo quiere jugar, cazar a un hombre feo de vez en cuando, hasta que los acontecimientos la obligan a recorrer la ciudad bajo los aguaceros sin saber bien en dónde está ni de dónde provienen las amenazas, víctima de su propia perplejidad. Su mayor miedo es participar de la violencia, ser culpable de los excesos, la falta de control, de la bestial cacería sinsentido. Por momentos se reconoce absolutamente desorientada: » Nunca en su vida se había sentido tan perdida, tan extranjera, tan más allá de todo. Era como si se hubiera vuelto cocodrilo; cerrada la boca, atrapada una presa que no buscó, no puede hacer otra cosa que dar vueltas y vueltas sobre su propio eje.» (187-188)

Resignada a una posible muerte sin causa, sin sentido, en blanco ¿o en negro? va descubriendo su propia respuesta: «Sólo sabía que algo la llamaba; una cosa indefinida que nunca la soltó en todos los años que estuvo afuera y que apretaba cada vez con más fuerza.» (32) Esa cosa, descubrimos, muerde también como un cocodrilo: aprieta y no suelta, y, a pesar suyo, sigue dándole vueltas a la víctima, sin sentido y para su desgracia.

Hablemos de cocodrilos

En esta novela aprendemos de cocodrilos –si acaso la información es certera y no imaginaria (la autora asegura que ha investigado)–; se nos habla de sus facultades, de costumbres, mitos y fábulas sobre el animal. Feo, misterioso, cauteloso, el temor a esta antigua y, a los ojos de muchos, siniestra criatura ha hecho volar la imaginación humana que ha inventado «los peores relatos» sobre los cocodrilos. La voz narrativa, tan parecida a la herpetóloga, va dando cuenta de ello, y es evidente que pensar en el cocodrilo es fundamental para entender la significación de esta aventura.

Para Jean Chevalier y Alan Gheerbrant, el cocodrilo en occidente es símbolo de duplicidad e hipocresía, posiblemente por sus maneras de depredador sigiloso, pero en varias mitologías se les asocia con el agua y la lluvia, que son elementos positivos. Aparece tanto en ritos funerarios como en mitos originarios. Se considera un símbolo negativo, en el entorno occidental, «que expresa una actitud oscura y agresiva de lo inconsciente colectivo.» Así lo explica José Eduardo Cirlot: en el significado del cocodrilo «se confunden dos aspectos principales y diferentes, que expresan la interacción de dos impresiones elementales sobre el mismo: por su agresividad y poder destructor, el cocodrilo significó, en el sistema jeroglífico egipcio, furia y maldad; por su pertenencia al reino intermedio de la tierra y el agua, al limo y la vegetación, es emblemático de la fecundidad y la fuerza.  … [continúa diciendo Cirlot que] Según Mertens-Stienon, [el símbolo del cocodrilo] tiene un tercer aspecto, derivado de su conexión con el dragón y la serpiente, [que remite a] la sabiduría. (Cirlot, 134)

Así tenemos, en resumidas cuentas, una criatura en la que se aúnan las fuerzas vitales: agresividad, poder destructor, fecundidad, fuerza, sabiduría. Una buena criatura para reflexionar en el mezzo del camino.

en el medio del camino

Uno de los epígrafes que anteceden el relato, junto al coro de «Llanto de cocodrilo» de Ray Barretto con el que se titula la novela; es una cita de la Divina Comedia de Dante Alighieri:  «¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte que me vuelve el temor al pensamiento!» Los versos se refieren a esa selva en la que se pierde el personaje «a mitad del camino» de su vida, como nos lo recuerda otra cita célebre del mismo texto: «A mitad del camino de la vida, / me encontré en una selva oscura, / porque la recta vía había perdido.»

La protagonista está, en efecto, en el medio del camino de su vida, y, al parecer, andaba por una selva oscura, con el rumbo perdido. Joven aún, inteligente, atractiva y vigorosa, la innominada protagonista de Con llanto de cocodrilo, regresa también para encontrarse a sí misma, después de haber estado dando bandazos por el mundo: Australia, Cuba, Florida. Y lo que encuentra a su regreso es un país que no reconoce, este país en el que estamos hoy.

La doctorcita trata de no pensar. Esa es su respuesta al agobio: tener la cabeza en blanco –o en negro–, no tener nada en ella. Con ese deseo inicia su periplo por la isla infestada de cangrimanes pendientes de las oportunidades de enriquecerse a costa del desastre de estos años, y con ese deseo lo cerrará, pero no les cuento el final de la historia.

Así vamos descubriendo que el crimen es otro y la víctima es ella, el cuerpo que pretende fortalecerse en la cacería nocturna es lo que le queda, recuperada, de una voluntad vital. Se habla, pues, de este momento en Puerto Rico. Así se representa nuestra frustración, el ansia de la tribu, la carencia, el aislamiento, la dispersión. Un dolor que a mí personalmente me conmueve y me inquieta, aún en mi declarado optimismo. ¿Por qué nos duele? ¿Qué reconocemos al reconocer esa pérdida?

Hablemos del país al que regresa

Hay secciones en la novela parecidas a la crónica libre, en las que se analiza y se opina sobre el estado de las cosas en nuestro país, sobre la idiosincrasia de sus habitantes, sobre la cultura caribeña.

Llueve constantemente en este avatar de Borinquen. Se fríen bacalaítos y empanadillas. Se juega billar y se bebe. Se espía al vecino y a la jefa. Se esperan horas en una sala frente a un escritorio. Se sufren asaltos a plena luz del día. La chapucería y la mediocridad dominan todos los ámbitos hasta desembocar en alguna forma de violencia. Luego se cuentan los muertos. Empieza el show. Se lloran lágrimas de cocodrilo.

Algo ha pasado. Ella reflexiona. ¿Quién es esta gente? –se pregunta– ¿Cómo llegamos hasta aquí? Repasa la historia familiar, su propia historia, e intercala estas reflexiones en el momento justo, como indicándonos el camino para salir con ella de esa «selva oscura»; así dice en un momento: «Esto sigue siendo el paraíso de los aguzaos.»(74) Reproduce la perplejidad, particularmente de quienes hemos vivido las transformaciones de los últimos diez años, el descenso a los infiernos. Ese infierno que a veces, mirando el atardecer en la playa, alcanza el cielo.

Ella mira con voluntad de entendimiento, no sé si entendimiento científico, pero con buena voluntad. Quiere entender. La misma voluntad con la que pensamos en un ser querido enloquecido o atolondrado. A mí me parece que mira más como poeta. Las referencias literarias, de hecho, son muchas. La científica, aunque exhibe un conocimiento enciclopédico de las variantes y particularidades de los reptiles, piensa más como profesora de literatura, y ya sabemos por qué. Lee a Kafka en la sala de espera. Declama en un bar, a dúo con el periodista, un poema de José Gautier Benítez, «el poeta de Caguas». Recuerda la Divina Comedia cuando se encamina con su «Virgilio» a entrevistarse con la familia de la primera víctima, piensa en leyendas africanas y fábulas sobre los maravillosos cocodrilos. [Acaso nos está diciendo que la literatura es la mejor manera de ordenar el caos.

Contra el patriarcado

Releo los fragmentos de los wiskis y el billar, el deseo por el hombre cocodrilo, y recuerdo –no sé porqué– los gemelos del Sol de medianoche de Edgardo Rodríguez Juliá, todo aquel ambiente macharrán de esa otra novela policial puertorriqueña, la feancia que se señala en el paisaje metropolitano, salvado por los atardeceres playeros, y la figura femenina que el protagonista se siente incapaz de desear, la amiga de las batiditas de papaya. Acá, en Con llanto de cocodrilo, hay otros feos, además, feos deseados, y un par de macharranes humillados, víctimas de sí mismos y de los mandatos de la masculinidad, al decir de Rita Laura Segato.

La mujer anónima que protagoniza la novela de Mélanie Pérez es una científica que no sólo defiende y adora los cocodrilos, también busca cazar a un hombre feo con el que pueda desfogar sus energías vitales. [No les diré con quién termina desfogándose.] Su interés de cazadora de feos, en todo caso, es en un sentido casi salvaje o feral, exploraciones de los sentidos y los impulsos, más cercanos a un erotismo elemental, sin límites ni juicios. Su sexualidad es un deseo también transgresor y travieso, como sabiendo que rompe con estereotipos y, de esta forma, desafía el dominio heteropatriarcal. Hay muchas alusiones al juego, a la broma, al chiste privadísimo con el que la protagonista divierte sus angustias, el miedo a la muerte, al fracaso, a la soledad. Ante el macho engreído, la imaginación y la risa; incluso en los momentos de más desesperación, la protagonista se mira a sí misma y se ríe.

Es significativa, de hecho, la asociación memoriosa que hace en un momento de peligro, cuando ha perdido el control de la situación (154), que la lleva a recordar el acoso de quien ella llama, irónicamente, su «primer novio». Queda claro que en su aventura va enfrentando (y confirmando) varias instancias de control heteropatriarcal –el padre, el gobernador, la prensa, el periodista, el abogado de la colita, la policía en la que no confía, el bichote y sus achichincles– y precisamente por eso recuerda la anécdota absurda en la que se enfrenta por primera vez al discurso puro y duro del control macharrán. Y no cuento más, porque les daño la experiencia de descubrirlo por ustedes mismas.

¿Y esas lágrimas?

En resumidas cuentas, aquí les dejo mis primeras impresiones de la novela de Melanie Pérez Ortiz: he disfrutado la lectura de Con llanto de cocodrilo, especialmente los fragmentos en los que la anónima científica reflexiona sobre el país, la macharranería, la crianza bajo el orden patriarcal, el inquietante atractivo de los hombres feos, etc. El tono de esos fragmentos bascula entre la ironía, el desconcierto y la ternura. ¿De qué otra forma escribir sobre el desastre? Se trata, en fin, de uno de esos policiales que me gustan tanto, de los que son, pero no son, ya un género aparte, alineado entre el neopolicial latinoamericano y las narraciones del feminismo rompedor del momento.

Sin duda, como sostiene Alfredo Ávalos en el laudo del Premio Novela Escrita en Español de la UNAM (San Antonio) y Letras en la Frontera, Con lágrimas de cocodrilo es una «original y poderosa exploración del exilio», pero también es, a mi juicio, una puesta en escena de nuestras principales frustraciones como puertorriqueñas: el dominio de la mediocridad y la chapucería en el país, la certeza de que podríamos hacerlo muchísimo mejor, y no lo hacemos. Este asunto se le escapa a Ávalos porque no lee con nuestros ojos, porque él no ha tenido que pensar el país –como nosotras– desde la fila del CESCO, en el gate de JetBlue o en una parada de guaguas.

En el ánimo derrotado se entrevé una gran pena, ya no del personaje sino de todo el plan narrativo. ¿Nos habla de un desencanto irremediable? ¿Nos invita a no desear la utopía? Entonces ¿para qué escribir? ¿Puede ser el arte una forma de superar la tristeza? ¿O soy yo que, como lo deseo, lo veo, allí, donde no hay más que derrota?

Finalmente, es significativo que, de la protagonista de esta novela, podría decirse lo mismo que del poemario de Melanie Pérez, Ojo de agua, ha dicho Luis Othoniel Rosa:
«poemario que no tiembla, que acepta la tristeza, pero no se rinde al miedo, que reconoce el peligro (lo mira a los ojos) pero no se acobarda, que sufre por lo perdido pero sin paralizarse, sin dejar de hacer, sin dejar de escuchar las canciones que trae la marea.  Mélanie Pérez Ortiz ha escrito un poemario sobre la valentía, aunque no creo que ese haya sido su objetivo.»(1)

Me sonrío como la protagonista cuando encuentra una clave, y me sorprendo de lo atinado de este comentario; y me pregunto si no es acaso que lo que se nos revela aquí son unas correspondencias entre la voz poética de aquel libro Ojo de agua y el trazo de la protagonista de Con llanto de cocodrilo. Y entonces me pregunto, ¿de quién serán, de verdad, estas lágrimas?

[1] Luis Othoniel Rosa reseña «Ojo de agua» de Melanie Pérez Ortiz (Puerto Rico)» el roommate: colectivo de lectores  https://elroommate.com/2025/06/07/luis-othoniel-rosa-resena-ojo-de-agua-de-melanie-perez-ortiz-puerto-rico/
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Péndulos : Lecturas oblicuas

 

En Rojo

En un mundo en el que las cosas parecen “out of joint”, como el tiempo en Hamlet, el artista busca con la mirada intuición conocimiento, un equilibrio. Aunque sea un balance precario que nos permita ver de otro modo.

Así, entonces. llega José Guarionex a la Galería La Lineal a exponer Péndulos::Lecturas oblicuas. Hablo con él, y me explica, como un filósofo griego que ha caminado entre Morovis, Ponce, Río Piedras y Nueva York, que esta idea del péndulo la lleva trabajando por una década como un concepto de armonía y equilibrio, poniendo ese movimiento oscilante a hacerse metáfora entre la dualidad y el ciclo de la vida.

Las ideas, entonces se adecúan al espacio de la galería en Río Piedras-es espacio ahora entre el abandono y la reconstrucción, entre la memoria y el olvido. Veo los péndulos, formidables objetos encontrados en la ciudad de Nueva York, muebles descartados, rescatados de ese naufragio que es la obsolescencia, para convertirse en escultura colgante. Como estoy contaminado con la mitología los veo flotando en el centro de la galería como si ese material rescatado- sobre todo la madera-  estuviese relacionado con el ciclo solar y lunar; con el tiempo cíclico de la vida y la muerte.

El artista, cuya formación en la fotografía la veo en sus esculturas montadas en la pared -esa atención al detalle- le añade algunos elementos de tradiciones esotéricas: no solo el péndulo se utiliza como herramienta de adivinación, simbolizando la conexión entre el mundo físico y el espiritual, sino que aquí hay lectura de mano, lectura de carta,
la interacción entre diferentes fuerzas imantadas, como los modos de leer el mundo a lo largo de la historia.

Si bien el nombre de la exposición señala las lecturas oblicuas, aquí hay también texturas que forjan nuestra mirada hacia lo sesgado, hacia lo transversal y lo atravesado. Atendiendo a esa posibilidad de que veamos de manera creativa, las piezas en la lineal carecen de título explicativo sino que se trata de Lecturas distinguidas por el número,

Y como se trata de proyectos que revelan a un artista que trabaja en series, de manera simultánea, en la Galería Guatibirí, Josué Guarionex nos hace experimentar el espacio de Río Piedras, donde vivió y obtuvo parte de su formación. Allí, en Guatibirí, abre The Pursuit of Power, una propuesta escultórica de fuerte acento político. Acá también hay objetos intervenidos que, de cierto modo, con otro lenguaje visual, nos hace pendular entre la idea de la libertad y el sometimiento.

En jaula de pájaros una bandera norteamericana, entregada a la familia a la muerte del padre del artista, veterano del ejército. Machetes, con su carga semántica de resistencia, reluciente en escultura amalgamados a un bate. Hay, en la exposición de Guatibirí, una suerte de estetización magnífica de instrumentos de guerra.

Además, hay un video a partir de fotografías de las manifestaciones a favor del estado palestino, contra el genocidio en Gaza, y documentando el movimiento Black Lives Matter en Nueva York. Recordemos que el artista se formó como fotógrafo. Y al ver su trabajo en conjunto podemos intuir que se entrenó en ebanistería, en arreglo y confección de muebles, y que de ahí se derramó hacia el arte, convirtiendo su trabajo laboral en arte, con todas las lecturas posibles que podemos hacer de esa experiencia como analogía de la relación de un obrero con el producto de su trabajo. La relación de un artista con todo los objetos que se transforman en sus manos.

Sugiero, como experiencia sublime, estar allí este jueves 13 de noviembre en La Lineal y Guatibirí, oscilando entre la magnífica obra de Josué Guarionex.

 

 

Editorial-P. de S.63:  un obstáculo más al derecho a la información pública 

Modesta Irizarry, líder comunitaria, Nydia Bauzá, presidenta de la ASPPRO y Wilma Maldonado, presidenta del Overseas Press Club, deponen en las vistas.
El Proyecto del Senado 63, aprobado atropelladamente, sin vistas ni discusión, en el Senado de Puerto Rico en octubre, y enviado a la Cámara de Representantes hace unos días para acción expedita,  representa un obstáculo adicional al derecho de nuestro pueblo a estar informado sobre la gestión que, en su nombre, realiza el Gobierno de Puerto Rico. De aprobarse este estatuto en la Cámara de Representantes, se modificaría la existente Ley 141 de 2019, conocida como Ley de Transparencia y Procedimiento Expedito para el acceso a la Información, haciendo aún más tortuosa y difícil la obtención de información oficial por parte de la prensa, organizaciones de la sociedad civil, o individuos interesados. En fin, que una ley imperfecta y carente de garras como la Ley 141, impondría plazos de  tiempo mucho más largos y cargas adicionales al ya dificultoso camino para la obtención de información y datos sobre la gestión pública.
Nadie se llame a engaño. Contrario a lo que se pretende presentar, esta no es una propuesta para aumentar la eficiencia en la implantación de procesos de requerimiento y entrega de información oficial. Este es un proyecto de naturaleza estrictamente política, diseñado para obstruir en vez de revelar. Para encubrir en vez de facilitar, y para darle largas y ahogar en un mar de excusas los requerimientos de las organizaciones de prensa y el público que les permitan fiscalizar y exigir rendición de cuentas por su gestión al gobierno de Puerto Rico.
Es una medida defensiva por parte de una Legislatura y un gobierno que se sienten asediados y sin control de la gestión pública que se comprometieron a ejecutar con diligencia y pulcritud cuando fueron electos a sus cargos. Una medida impositiva y apresurada que ha sido rechazada de forma unánime por  la oposición política al gobernante Partido Nuevo Progresista (PNP).
Están en récord oponiéndose las delegaciones del Partido Popular (PPD), del Partido Independentista (PIP), el senador independiente Eliezer Molina y la senadora que hasta hace unos días representó al Proyecto Dignidad, Joanne Rodríguez Veve. Tambien, existe oposición entre muchas organizaciones de la sociedad civil y representativas de comunidades que expresaron su rechazo, entre otras, las organizaciones de prensa, Overseas Press Club (OPC),  Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO) y Centro de Periodismo Investigativo (CPI), así también reconocidas entidades de derechos civiles y humanos como el Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico (CAAPR) y la Unión Americana de Libertades Civiles en Puerto Rico (ACLU).
Por otro lado, hubo ponencias de oficiales del Gobierno avalando la medida legislativa, entre estas la de la Secretaria de Justicia, Lcda. Lourdes Gómez, que levantó más dudas que las que aclaró. Entre las razones dadas por ella para avalar el PS 63, es que «el proyecto promueve un balance adecuado entre el derecho constitucional de acceso a la información y la capacidad operacional de las agencias públicas». Esto es como admitir que sólo duplicando el plazo de entrega de información de 20 a 40 días laborables se podría alcanzar el balance adecuado entre un derecho garantizado por la Constitución y el ritmo al que funciona  la burocracia gubernamental. Una admisión muy reveladora del estado crítico en que se encuentra el indicador de ejecución en este gobierno.
Los gobiernos autocráticos y dictatoriales se nutren y sostienen de la ignorancia y el oscurantismo de los pueblos. Por el contrario, en el gobierno democrático no deben existir cortapisas al libre flujo de información pública relevante para la ciudadanía. Esto presupone  que en las mejores formas de gobierno, existen procesos claros y rápidos para atender y completar los requerimientos de información pública pertinente a las y los ciudadanos. Sin embargo, en Puerto Rico, que se precia de tener un gobierno representativo y democrático, la transparencia,  la rendición de cuentas y el libre flujo de la información sobre la gestión pública van en retroceso. El P. de S.63 es una propuesta mal concebida que no cumple el propósito de agilizar los procesos contenidos en la ya imperfecta Ley 141 vigente. Duplicar plazos, añadir cargas y nublar procesos para evitar la rendición de cuentas y la fiscalización adecuada, no solo es un retroceso en el corto tramo de terreno ganado para la transparencia en la gestión pública, sino también una táctica política torpe que, como ha pasado antes, terminará por destapar toda la podredumbre que hoy se pretende encubrir bajo el manto de una legislación inútil.

Cuando un AMIGO se va: Humberto Torres Coromina (1937-2025)

 

En CLARIDAD lamentamos profundamente el fallecimiento de don Humberto Torres, quien en vida fuera un exitoso profesional del seguro de vida, dedicado hombre de familia, y generoso y consecuente patriota.
Humberto fue de los pioneros del programa Amigos de CLARIDAD, al cual contribuyó fielmente durante décadas. Fue un anunciante siempre presente en nuestras ediciones especiales y los programas de los festivales de CLARIDAD. Asiduo al Festival, colaborador de la Claritienda y muy  solidario con la Misión de Puerto Rico en Cuba, Humberto siempre estuvo disponible para dejar su huella en toda causa justa y liberadora de nuestro pueblo.
Al darle hoy un sentido adiós, nos unimos a su querida esposa Carmen Aida, a sus hijas e hijos, Carmen Ana, Humberto, Ramón, Angel y Frances, y a toda su familia en la  celebración de su vida y su legado.
¡Muchas gracias y descanse en paz, don Humberto!
Junta Directiva y Colectivo de Trabajo de CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña 

Emplazan a la gobernadora a divulgar planes para el proceso de remilitarización del País

Roosevelt Roads. Foto por Christian Rosado Medina

CLARIDAD

El Centro de Pensamiento Para la Acción Plan B: Independencia emplazó a la gobernadora de Puerto Rico, Jenniffer González, y al capitán de la Marina de Estados Unidos, Elmer Román, a que divulguen sus planes de  impulsar un proceso de remilitarización de la isla encubierto mediante proyectos de infraestructura e inversión.

A preguntas de CLARIDAD, el portavoz de Plan B: Independencia, licenciado Rolando Emmanuelli Jiménez reveló que las relaciones desarrolladas en Washington  les han permitido  intercambiar información y han sabido sobre los planes de la gobernadora y Román de levantar estructura adicional en las bases militares que ya hay en Puerto Rico,  por lo que exigen a ambos transparencia y que hagan público lo que están haciendo.

El capitán Román se desempeña como Assistant Secretary of the Navy for Energy, Installations and Environment, ASN (EI &E), por lo que ostenta amplios poderes para planificar, adquirir, construir y administrar las instalaciones navales y energéticas de la Marina, así como para coordinar proyectos ambientales y de infraestructura. Su oficina controla presupuestos multimillonarios destinados a la expansión y modernización de instalaciones estratégicas en los territorios estadounidenses, incluido  Puerto Rico.

Para el licenciado Emmanuelli Jiménez, el proceder de González Colón y Román es uno oportunista  ante la amenaza de agresión de Estados Unidos  a Venezuela, en la que encuentran la coyuntura propicia para afianzar los vínculos militares entre EE. UU. y Puerto Rico, y no  necesariamente está vinculado a la agresión a Venezuela, sino a un plan más amplio de restablecer la militarización, aprovechando la coyuntura de mirar una posible invasión militar contra el vecino país. Observó además que es una estrategia para contrarrestar la agresión que el presidente Trump ha desplegado en contra de la estadidad para Puerto Rico.

“Detrás del discurso de ‘inversión y seguridad’ se oculta el verdadero propósito político: mantener a Puerto Rico atado a los Estados Unidos ante el rechazo abierto del Partido Republicano, del movimiento MAGA y del propio Donald J. Trump a la estadidad. Es decir, ante la negativa del presidente Trump y de los republicanos a apoyar la estadidad, ¿están la gobernadora y el Sr. Román implementando un subterfugio estadista (ignorando la política pública de Trump) bajo el lema de la ‘remilitarización’? ¿El presidente Trump sabrá que ellos están empujando un plan estadista (no autorizado por Trump) disfrazado de ‘apoyo militar’ con los fondos federales del propio Pentágono? Se preguntarán los oficiales estadounidenses ¿por qué dejamos a un activista PNP a cargo de nuestros fondos federales y ahora está usando tales fondos para adelantar su propia causa política pro anexión y en contra de la política del presidente Trump?”, cuestionó Plan B: Independencia.

El portavoz de Plan B destacó que la remilitarización tiene también una serie de consecuencias en términos políticos de pérdida de  soberanía, de volver al pasado, la ubicación de bases en comunidades empobrecidas y convertirnos en un blanco militar.  “Mientras más instalaciones militares en Puerto Rico,  más riesgo de ser un blanco, de un ataque. Ya estamos en un mundo multipolar y hay dos países apoyando a Venezuela. Si esto se convierte en una guerra regional, Puerto Rico  probablemente sea blanco de un ataque militar”.

Por su parte, el estratega independentista y coautor del Plan Nacional de Desarrollo Económico para un Puerto Rico Soberano, profesor Javier A. Hernández, subrayó que “la historia de Puerto Rico demuestra que cada expansión militar se ha hecho sin rendición de cuentas, ni respeto por la protección ambiental ni por la jurisdicción del país. Lo que hoy presentan como progreso es, en realidad, una nueva forma de ocupación disfrazada de modernización e infraestructura”.

Para concluir, Emmanuelli Jimenez subrayó: “La gobernadora y Elmer Román deben contestar esas preguntas; que diga lo qué se va hacer y dónde. Las bases militares no pagan nada al territorio y hay que darles agua y luz, lo que agota los recursos que tiene el país”.