Inicio Blog Página 1638

Los infinitos de Einstein

Albert Einstein solía decir que sólo dos cosas son infinitas: el Universo y la estupidez humana. Nosotros, jóvenes de la generación de los 60 del siglo pasado, pensábamos lo contrario (sobre lo segundo). Creíamos en la Revolución con mayúsculas y en aquello de que EL PUEBLO ES SABIO. Apenas habían pasado algunas décadas desde que Mussolini y Hitler llegaran al poder por abrumadora mayoría, pero nosotros creíamos igual, con místico fervor, en la infinita sabiduría de ese ente ideal llamado “el pueblo”.

Ahora tenemos a un Donald Trump, el Brexit, las vallas anti inmigrantes, el “no” a la paz en Colombia, y un largo y deprimente etcétera de fenómenos avalados por decisión popular. ¿Es que no sirve la democracia como forma de gobierno o es que somos demasiado tontos para darle buen uso? Lo único cierto es que, al combinarse con el idiota que todos llevamos dentro, el resultado es un cóctel letal.

Preguntarnos si funcionaba la fórmula de la democracia en la Atenas en el Siglo V a.C., con sus ciudadanos ociosos parloteando en el Ágora, no nos dice mucho. Era aquella una sociedad esclavista donde el ejercicio del poder estaba restringido a una reducida élite de ciudadanos libres, de sexo masculino, y lo de “gobierno del pueblo” era un eufemismo para un novedoso tipo de oligarquía. Después, a partir de la Ilustración y las revoluciones americana y francesa, vuelve a retomarse el hermoso ideal de un pueblo soberano que se autogobierna por su propia voluntad.

Hoy en día, tras muchísimos altibajos, la democracia acaba por imponerse –al menos como objeto del deseo– en todo el mundo occidental. Sin embargo, a la luz del panorama actual de nuestra convivencia en el mundo, no queda claro si la democracia sirve o no sirve. O si nosotros servimos para ejercer la democracia. En el mejor de los casos, elegimos libremente a unos gobernantes de un Estado sin poder real, al servicio de los grandes intereses económicos o impotente ante ellos. Sin mencionar que en la sociedad de consumo los políticos por los que votamos son un producto más de la industria publicitaria.

Y entonces ¿Quién podrá rescatarnos? ¿El Chapulín Colorado?

Cuando me levanto de buen humor pienso que hay esperanza. El problema consiste en que una verdadera democracia no la hemos tenido nunca. Cómo lograrla ya es otro cantar, pero podríamos empezar por un sistema de educación pública de excelencia y la redistribución de la riqueza. Casi nada…

Un poeta llamado Catalino

Habría que imaginar cómo trabajaba para llegar a crear una de sus canciones. ¿Cuántas veces se demoraría escuchando la voz del “cantante de cantantes” llamado Héctor Lavoe antes de componerle “Juanito Alimaña”? En esa canción el sonero ponceño hallaba su medida justa, que la metáfora de la horma y el zapato no traduce eficazmente. El compositor no calzó a nadie. El título de sastre tampoco lo vistió bien. Más que trajear personajes, Tite los creaba de cuerpo entero. Catalino debí decir: don Catalino Curet Alonso, un poeta llamado Catalino, que compuso canciones como “Tiemblas,” “Juanito Alimaña” y “La cura,” que sólo resultan tres gotas en un mar inmenso de piezas magistrales. Su magisterio no se reduce a la imagen pobremente populista con la que todavía solemos extraviar su verdadero rostro: el de un artífice tremendamente sabio y exigente. Tite sabía mucho, esto es, tenía que saber muchísimo para haber estilado una poesía cantada de tanta popularidad en aquellas geografías donde se oye, se baila y se admira la Salsa. Se habla muchísimo de no sé cuántos cientos de canciones suyas que permanecen inéditas; para constatar la grandeza del compositor no hace falta siquiera reclamarlas. Sólo hay que ponerse a escuchar cuidadosamente las que sí se grabaron, y en las voces inconfundibles de Tito Rodríguez, La Lupe, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Totico Arango, Justo Betancourt, Chamaco Ramírez y el maravilloso Maelo quedaron tatuadas, como si hubiesen sido creadas por ellos mismos. Por eso digo que Tite no los vistió, sino que supo escucharlos, al extremo de propiciar que en sus canciones no fueran sino ellos quienes cantaran.

¿Habrá mayor generosidad que la de procurar que el otro encuentre su voz? Cuando uno escucha la canción “El cantante” en voz de Héctor Lavoe, uno piensa: que Rubén Blades la escribió para aquél, pensando en él, oyéndolo. Idéntico vínculo hermana a muchos de los cantantes salseros más destacados a lo largo de la historia del género con la figura paradigmática de Catalino Curet Alonso. ¿Qué sería Cheo sin “Anacaona”? ¿Chamaco sin “Planté bandera”? ¿El Conde sin “Pueblo latino”? Seguramente muchísimo, pero no tanto cuanto son por haber interpretado dichas canciones, compuestas por don Tite.

Muchos dones recibimos del maestro. Catalino Curet Alonso es uno de esos pocos nombres de nuestro tiempo que acaso resonarán en la memoria de un largo porvenir. Gusto pensar que cuando alguien, en conjetural época lejana, escuche una canción de Tite como quien interroga los restos de una comunidad perdida, descubra en su docta sonoridad la huella más certera de nuestra posibilidad, esclarecida con él, uno entre los pocos. Curet Alonso es uno de los poetas más finos de la segunda mitad del siglo XX puertorriqueño. Siempre se habla de él como poeta popular, cuando fue poeta sin más, tan valioso como el mejor de nuestros letrados. Pocos, sin embargo, como él, capaces de escribir excelentes poemas que resultaron ser también magníficas canciones. La sofisticación del arte verbal de Tite es evidente en un fracatán de composiciones suyas que fueron grabadas. A decir verdad, no creo recordar una sola de las muchas canciones suyas que he escuchado que no me haya parecido excepcional. Las composiciones de Curet Alonso son una rara combinación de inteligencia, riqueza técnica y musicalidad. La fineza de su decir se debe, en parte no pequeña, a que su ética poética prestó igual atención a aquellas dos dimensiones de un mismo fenómeno que en otro tiempo solían denominarse como la forma y el contenido de una composición. No es que Tite trabajara simultáneamente en dos niveles diferenciados, intentando unir a posteriori un mensaje “correcto” a una forma que, aunque lograda, le resultara extraña. Tite muestra que la inteligencia del nombre exacto de las cosas no antecede su formalización, que la palabra justa en sentido estético es la palabra eficaz en la intelección de algo que acaso no ha sido nombrado y aguarda su signo. El efecto de esa eficacia verbal es su propia transparencia: igual que un motor bien calibrado, casi no se oye. Pero no se trata tan sólo del manejo brillante de su instrumento, sino además de la elegancia retórica de sus canciones, de su buen gusto en la selección léxica, de su inteligencia siempre alerta.

Don Tite ejerció la imaginación con acierto. Resistió el chantaje ilustrado y evitó los laureles que otorga el consenso chato de la corrección. Tres eslóganes no valen, en tanto intuición encauzada, lo que vale una canción como “Juanito Alimaña”, en la que la crónica nos presenta con ojo y oído certero un boceto convincente de algunas cosas nuestras. No es casual que “Juanito Alimaña,” con su atmósfera de humo y alcoholes, preceda en la grabación original a “Pasé la noche fumando,” también compuesta por Tite, y cantada a dúo por Héctor Lavoe y Willie Colón. Musicalmente, la pieza es excelente, con un solo de cuatro de Yomo Toro que es cosa que hay que oír. Su letra (que es de aquello de lo que puedo hablar) es como el negativo de “Juanito Alimaña”: si en ésta el humo y el alcohol simulan ser el sello inequívoco de la infamia, en aquélla se transforman en sustancioso filtro de la melancolía. Ambas canciones son como estudios parciales de un personaje en escenas diversas de una misma trama, al modo en que lo hace un artífice que se propone llegar a conocer lo que tal vez tan solo se insinúa en su creación.

En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche señalaba que el fenómeno dramático primordial consiste en que el actor se vea transformado, como si realmente hubiese penetrado en cuerpo de otro. ¿Cómo Tite habrá dado con la canciones que fijaron el perfil de tantos cantantes imprescindibles? ¿Seremos capaces de imaginar su forma de escuchar el grano de la voz de Lavoe, de Cheo Feliciano o de Frankie Ruiz antes de componer las melodías que mejor amonedaron sus perfiles como cantantes? Lástima que ninguno de nuestros narradores nos haga el relato de alguno de esos momentos en los que Tite captó, en el alma de una voz, la forma de un destino.

Piénsese en una canción como “La cura,” cuya letra habilita de modo ejemplar varios niveles de lectura, dándolos a la alquimia o destilación de un fármaco verbal necesario a la purga de nuestras simplificaciones más descaradas a la hora de referirnos a las causas últimas de nuestros males. Don Tite Curet Alonso fue capaz de convocar la complejidad semántica de una frase nominal como “la cura,” cuya transparencia supuestamente poseíamos. En voz del inconfundible Frakie Ruiz, “La cura” elabora un tejido de resonancias y falsos ecos. La cura es la droga, esto es, la sonada suma de nuestras fatigas; pero la cura es también––según nuestro antiguo gusto por las metáforas patológicas––la solución del mal. Lo que logra Tite de forma magistral es que ambas acepciones de “la cura” hagan corto circuito, purgando con ello la palabra de prejuicios y juicios fáciles, de consignas apodícticas que fundamentan obstinadamente nuestra forma de estar en el lenguaje. Con suma economía, ambas acepciones de la palabra aparecen enmarcadas en la letra de lo que sólo entre comillas podríamos denominar Salsa romántica.

Catalino Curet Alonso demuestra como pocos que cada palabra es portadora de su crítica, si se le sabe oír.

Topografia: Aires de felicidad

Ahora que se siente un leve cambio en la temperatura se oye decir que llegaron “los aires navideños”, y nos da con estar alegres o felices. No está muy claro si estar alegre es lo mismo que ser o estar feliz o si la alegría tiene algo que ver con la llamada felicidad. Esa es una palabra grande. Sin duda.

En 1917, una lectora, “gentil e inteligente amiga” le escribió a Nemesio Canales: “¿Cree Ud. que es posible en este mundo la felicidad, y, si no la felicidad, el bienestar?” Sin duda, puso en aprietos al querido maestro, pero él no se arredró y dio su respuesta. Pero de eso hablaremos después.

Tal vez una de las actividades que más causan “infelicidad” es justamente preguntarnos si somos felices. Supongo que habrá más de una razón para ello. Al preguntar, nos enfrentamos a la complejidad del asunto o quizás a su insolubilidad.

Si nos arriesgamos con el tema, uno de los posibles comienzos sería decir un tanto a lo Perogrullo que la “felicidad” es una palabra que remite a una idea asociada a su vez con una imagen que representa algún tipo de bienestar físico, emocional, mental o “espiritual”. Puede ser una experiencia, un recuerdo o un deseo. Podemos recordar “buenos” o “gratos” momentos “grabados” en nuestra memoria aunque ya sabemos que la memoria o la mente modifica los recuerdos, así que tal vez nunca estaremos muy seguros de qué fue lo que vivimos. Pero en fin.

Así, pues, al pensar en la felicidad se encuentra o se crea una idea o imagen de lo que es ser feliz. Y, naturalmente, habrá gran variedad. Y, naturalmente, habrá mucha decepción porque no se sabe a ciencia cierta qué es tal “cosa” o sustancia. Y acaso eso es parte del problema. Pensar con palabras y conceptos siempre es un problema. Me dirán: “¿Pero cómo rayos se va a pensar si no?” Vale. No compliquemos más el asunto. Podemos acudir al diccionario pero no se nos olvide que ese tipo de registro lo que hace es consignar por escrito cómo la gente usa una palabra o cuál cree que sea su significado. Así que a lo mejor vamos en círculos. Pero vamos. Según el diccionario, felicidad es: “Estado de grata satisfacción espiritual y física. 2. Persona, situación u objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. [Ejemplo:] Mi familia es mi felicidad. 3. Ausencia de inconvenientes o tropiezos. [Otra vez, ejemplo:] Viajar con felicidad.” ¿Ven? Lo que les dije. No nos sirve de mucho aunque sí un poco. Si se trata de un “estado de grata satisfacción” entonces es una especie de bienestar físico o mental o emocional. Y así volvemos a la multitud de versiones según cada persona.

Si por simple bienestar fuera, pues podemos citar uno de los ejemplos más “diabólicos” y perversos que se haya concebido. Me refiero a los comerciales navideños de cierta famosa gaseosa. Si creemos lo que nos proponen los anuncios, bastaría tomar la bebida para que aflorara la conducta más noble de que sea capaz la Humanidad. La gaseosa lleva al bebedor casi a las puertas del cielo, por el estado de beatitud que le produce. La lógica publicitaria es tan simple como brutal: compra, bebe y serás feliz.

Hace poco vi un vídeo del filósofo esloveno Slavoj Zizek donde decía que alguien había lanzado la pregunta o provocación de que tal vez era posible acceder al Nirvana no por la meditación o la ascesis de toda una vida de disciplina y ejercicios de la mente y el cuerpo sino por una simple pastilla. Algo así como decir que el fin justifica los medios. Me imagino que las grandes farmacéuticas y los nuevos empresarios de dispensarios de cannabis estarán muy contentos. ¿No será la química el verdadero opio de los pueblos?

Pero sigamos buscando la felicidad. En una irónica historia entre alegoría y fábula Julio Cortázar nos habla de un curioso país regido por el general Orangu en el que a los jóvenes les inyectan unos pescaditos dorados que equivalen a la felicidad. Los pescaditos viajan por el sistema sanguíneo, hacen el amor, se multiplican y cuando llegan a viejos mueren, y se atoran las venas. Entonces, los ciudadanos se inyectan unas ampollas que disuelven la obstrucción y, remedio santo, la felicidad circula de nuevo. El narrador, responsablemente sarcástico, aclara que la felicidad o el estado de bienestar emocional o psicológico se debe más bien a la imaginación, pues nadie sabe cómo, dentro del cuerpo, los pequeños animalitos logran el resultado creído y sentido por todos. Así que se trata de un acto de la mente, de la fantasía, de la imaginación.

En su escrito, “Divagaciones”, publicado el 2 de junio de 1917, meses antes del artículo en el que le respondía a la desconocida “gentil e inteligente” lectora, Canales ya había declarado categóricamente: “No, no existe ¡qué ha de existir! la señora felicidad. Ni es bueno que exista tampoco. Si no ha de existir para todos, es mejor, es muchísimo mejor que no exista. Que no exista, señor, ni para usted, ni para mí, ni para nadie.”

Es evidente que, para nuestro vate, la felicidad, sea lo que sea, aunque siempre bienestar, debe ser colectiva, del país entero, y nadie debe quedarse fuera.

Jigme Singye Wangchuck, el cuarto rey de Bután, un pequeño reino en lo alto de los Himalayas, propuso, en 1972, medir la felicidad de su gente. El lema reza: “Gross National Happiness is more important than Gross National Product”. Con una visión integral de lo material y lo “espiritual”, enraizado en la tradición budista, el país se propone medir con 4 criterios el nivel de felicidad de su gente: 1. el desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, 2. la preservación y promoción de la cultura, 3. la conservación del medio ambiente y 4. el buen gobierno.

Se creó un cuestionario para que la población manifieste su sentir sobre nueve áreas; algo semejante a un gran plebiscito, que incorpora los siguientes aspectos: 1. Bienestar psicológico 2. Uso del tiempo 3. Vitalidad de la comunidad 4. Cultura 5. Salud 6. Educación 7. Diversidad medioambiental 8. Nivel de vida 9. Gobierno.

Tal vez, como señalan algunos, con la propuesta, el reino trataba de evadir las críticas a la precaria situación económica. Quizás el reino le ha hecho creer a la gente que es feliz. Algunos viajeros así lo atestiguan. A lo mejor lo que el reino de Bután le ofrece a su gente son pescaditos dorados y ficticios que el pueblo ingenuo acepta por su tradición budista, entre otras posibles razones. Tal vez. Pero la idea no suena mal. Y hasta donde se sabe, ningún otro país ha puesto por escrito cómo medir la felicidad de su gente.

A pesar de lo que falta por hacer en cuanto a infraestructura, bienes, servicios etc. Bután nos da una lección.

Concluyamos, pues, con una alianza entre el reino de Bután y nuestro irónico “prócer” Canales. Por lo menos, una cosa queda clara: la felicidad, entendida como bienestar integral, desarrollo armónico de lo material y lo espiritual, no debe existir si no es para todo el mundo. Lo mismo puede decirse de la alegría y la felicidad de los “aires navideños”.

La fe que nos hace soñar

A partir de hoy, las iglesias cristianas antiguas inician el tiempo de Adviento para preparar las comunidades a la celebración de la Navidad. Son cuatro semanas en las cuales se leen textos de los profetas y se recuerdan las grandes promesas divinas de un mundo de paz, justicia y comunión con el universo. Esa debería ser la forma de celebrar la Navidad.

Para muchos cristianos, esa fiesta se convirtió en el mero recuerdo del nacimiento de Jesús, revivido como si cada año, el niño fuera nacer de nuevo. Es una especie de regresión de la fe. De hecho, el sentido más profundo de esta fiesta es recordar el nacimiento de Jesús para fortalecernos en la esperanza de la renovación de la humanidad en su modo de ser y vivir.

De hecho, para quien ve la realidad del mundo actual y cómo están nuestros países, no es fácil mantener la confianza de que sea posible una transformación social y política que signifique más vida, alegría y paz para la humanidad y para los seres vivos. Todo parece conspirar en la dirección contraria. Por supuesto, los príncipes de ese mundo no quieren cambiar nada, porque perderían sus privilegios. Sin embargo, la misma Tierra grita: si la humanidad prosigue en ese camino, el sistema de vida se volverá inviable en el planeta. Por eso, grupos alternativos profundizan estilos de vida basados ??en la sobriedad y contra el consumismo. Los pueblos indígenas proponen como paradigma el bien-vivir como camino de espiritualidad. Igual aunque no pertenezcan a los cuadros del Cristianismo, estos grupos viven mejor lo que debería ser el tiempo del Adviento, propuesto por las Iglesias, aunque muchos que se consideran cristianos y religiosos. Ellos ensayan ese mundo nuevo que Dios quiere.

En la carta sobre el cuidado de la Tierra, nuestra casa común, el papa Francisco propone una alianza de toda la humanidad. Debe ser iniciativa de personas y grupos de todas las religiones y culturas en favor de la Tierra, la Vida y la justicia ecosocial. Es urgente que la sociedad civil y los movimientos sociales se articulen para que puedan hablar en nombre de la humanidad a favor de la Vida. Esa nueva organización de la humanidad por la justicia y por el amor es signo de la realización procesual del proyecto divino que es una humanidad nueva, conducida por el Espíritu. Uno de los himnos usados en ese tiempo de Adviento es el cántico de María, madre de Jesús, que profetiza: “Dios derrumba los poderosos de sus tronos y eleva los pequeños. Llena de bienes los hambrientos y deja los ricos de manos vacías”. El hace eso por un amor que instaura justicia y vida para todos.

Crucigrama: Arnaldo Roche Rabell

Horizontales

2. Arnaldo _____ Rabell; pintor puertorriqueño. Su obra forma parte de colecciones internacionales. Ganador de premios y distinciones en Puerto Rico y el extranjero.

8. Perteneciente o relativo a la emoción.

12. Fluye, brota.

13. Porción central del huevo en los vertebrados ovíparos.

15. Dirigirse.

17. Carta de la baraja.

18. The School of the _____ Institute of Chicago; Roche obtuvo su maestría en Artes Plásticas en esa institución en 1984.

20. Vida _____; pintura de Roche de 2012.

23. Allí.

25. Red para pescar.

27. Primera mujer.

28. Escucharé.

30. _____ ruedas y se moverá; óleo de Roche de 2013.

33. El _____; pintura al óleo de Roche de 2013.

34. 5 _____ de 1955; nacimiento de Roche.

37. Tomar o empuñar las armas.

38. El _____; pintura de Roche de 2013.

40. País de africano cuya capital es Trípoli.

41. Flor del rosal.

42. Entregue, done.

44. Labra la tierra.

45. Ahora.

46. El _____ mágico; pintura de Roche.

49. Zumo de frutos maduros, cocido con miel o azúcar hasta que tome la consistencia de jarabe o miel líquida.

51. Dios islámico.

52. _____ Juan; ciudad natal y donde falleció Roche.

54. Óxido de calcio.

56. El reino que _____; óleo de Roche de 1994.

57. Símbolo del oxígeno.

58. Obstruir, tapar.

Verticales

1. Del verbo temer.

2. Licor antillano.

3. Ganso.

4. Ciento uno en números romanos.

5. En este día.

6. Río del Perú.

7. Dale _____ para volar y volará; pintura al óleo de Roche.

9. Santa _____ Magdalena de Pazzis; cementerio en el Viejo San Juan donde descansan los restos de Roche.

10. Quiérelo.

11. Homenaje a _____ madre; pintura de Roche.

14. _____ Roche Rabell; algunas de sus obras son El reino que espera, El pozo, El faro, Homenaje a la madre, El mensajero, Vida inmóvil y El pensador.

16. 17 _____ de 2018; fallecimiento de Roche.

19. Igual, parecido.

21. Forma de pronombre.

22. Se encamina.

23. Altar.

24. El jardín de la intolerancia: al final como padres, como locos o como _____; tríptico de Roche de 2002.

26. Necesidad de agua.

29. Antigua ciudad yoruba en el suroeste de Nigeria.

31. Canoa.

32. Cualquier producto intelectual en ciencias, letras o artes.

35. _____ Flavia, Padrón, La Coruña; allí nació el escritor Camilo José Cela.

36. Estrella que forma parte del cúmulo abierto de las Pléyades.

39. Detestase.

41. Arnaldo Roche _____; se destacó internacionalmente por ser uno de los exponentes del expresionismo figurativo. Autor de El jardín de la intolerancia: al final como padres, como locos o como héroes.

43. Preposición.

45. Pronombre.

46. Dios egipcio del sol.

47. Pensar bajo _____ agua; óleo de Roche.

48. Adorna.

49. Universidad de Puerto Rico; Roche estudió en esa institución.

50. _____ mansajero; óleo de Roche.

53. Símbolo del argón.

55. Antes de Cristo.