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La justicia en la Tierra y la Pascua

Actualmente hay quién no comprende porque, en Brasil y otros países de América Latina, la Iglesia Católica y otras Iglesias cristianas han fundado la Pastoral de la Tierra. En el pasado, existía la pastoral de los campesinos que tenía como meta traerlos a la Iglesia. Hoy la Pastoral de la Tierra tiene como objetivo apoyar a los campesinos en la lucha por sus derechos a la tierra, a la agricultura ecológica y sus organizaciones autónomas. Y a los que quieren participar de la comunidad cristiana, la pastoral ayuda a que hagan eso ligado a su vida y su lucha.

En la Iglesia Católica, el papa Francisco quiso hacer tres encuentros con los movimientos sociales de todo el mundo. Entre ellos, estaba la Vía Campesina, que congrega diversos movimientos de trabajadores del campo. El Papa los ha escuchado y los estimuló a seguir en su lucha pacífica por la justicia. En su encíclica sobre la Tierra y la ecología, defendió el cuidado con la Madre Tierra, el Agua y propuso que los movimientos de campesinos actuaran como cooperativas y teniendo como base la solidaridad.

Por causa de la masacre cometida en contra campesinos sin Tierra en el norte de Brasil en abril de 1996, la Organización de las Naciones Unidas(ONU) proclamó el 17 de abril de cada año como el “día internacional de la lucha campesina”. Así la ONU reconoce los inmensos beneficios que, en nuestros países, los campesinos y pequeños propietarios tienen significado para el campo y para la vida del pueblo. La revaloración de las semillas nativas, la promoción de la agroecología y la instauración de cooperativas han ayudado mucho las personas más pobres y al mismo tiempo protegido la naturaleza en contra de la amenaza de los agrobusines que destruyen la naturaleza para la mono-cultura y la agropecuaria. En Brasil y ciertamente en otros países, más de 70% de los alimentos consumidos por el pueblo viene de la agricultura familiar. En los países donde hoy la población es más urbana que rural, la fuerza más importante de la alimentación viene del campo.

En estos días en que celebramos la Pascua, las comunidades campesinas en Brasil se han unido a la Iglesia Católica para protestar contra el encarcelamiento del padre Amaro Lopes de Souza, coordinador de la pastoral de los campesinos, ocurrido en el norte de Brasil, por presión de los grandes propietarios de tierra. Ese sacerdote es el continuador del trabajo de la hermana Dorothy Stang, asesinada por los mismos latifundistas en 2005. La celebración de esa Pascua viene a confirmar al padre Amaro y a todos nosotros que seguimos esa lucha por justicia: Dios está con nosotros y, aunque con todas las incomprensiones y sufrimientos, el proyecto divino triunfará. Pablo escribió a los cristianos de Roma: “No se conformen con ese mundo, sino buscad transformarlo”(Rm 12, 1).

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Investigación del complejo Medusa Vidas y andares de muñocistas

Introducción

El siguiente estudio consta de un cuento y un post–scriptum en el que se usan ampliamente y con frecuencia palabras con la letra ñ (eñe). El experimento está diseñado para explorar en qué medida los lectores puertorriqueños de hoy en día pueden tolerar el uso de esa idiosincrática letra del español. Palabras importantes del idioma tales como sueño, niño, muñoz, son idiosincráticamente españolas, intraducibles al inglés y por ello difíciles de transcribir sin la sutileza que supone el uso del comando Alt, tecla de la computadora que nos salva la vida. El texto se debe presentar a los lectores en Word, no en pdf., con la idea de invitar al lector a hacer cambios con el comando Alt en un texto abierto y sin corregir. La viabilidad es cosa del lector, su privada empresa negociadora con el texto a la mano.

J.L.

Andaba con el niño en el Malibú. Mi madre guiaba el automóvil. Me dormí porque Níobe, la madre de mi criado, se había casado con otro señor, y entonces lo íbamos a dejar con una de mis tías. Luego seguíamos para el Colegio Hass, donde mi madre, que era dietista, iba a preparar unos jugos y unos entremeses. Las nuevas inmediaciones de la escuela estaban localizadas en el campo. Eran edificios verdes y enormes. Se bajaba hasta ellos en el carro. Mi madre guiaba. En las oficinas de la escuela me preguntaron por mi criado. Estaba Mark Hass, el hijo del director, que me echó el brazo. La maestra de octavo grado, madre de Níobe, que se burlaba de mí, cuando era niño, cuando le dije que mi padre trabajaba en muchas cosas, estaba al lado. Hice mi historia. Que el hijo de Níobe se lo entregaron a cambio de una promesa. Le suscribían un título de propiedad si lo daba a luz. Le dije a los maestros que eso se acostumbraba a hacer en el pasado. Ellos me dijeron, la que se burlaba de mí sobre todo, que eso no era cierto. Mi hermano hacía poco que había visto una película y se lo comenté a la madre de Níobe:

–Mi hermano opina que la versión fílmica de cierta novela, se filmó con helicópteros de alta tecnología que no están piloteados sino teledirigidos a distancia. Es una manera de explicar que los criados y los obreros no tienen personalidad ni conciencia. Yo le diría que escribiera un artículo de periódico sobre su opinión. Las tomas aéreas del cañaveral las han hechos con “drone technology”. Mi hermano me ha hablado mucho sobre esos helicópteros no piloteados y dice que hay algunos que se tiran al aire como bolas y que se abren en el aire con sus hélices, dirigidos desde un reloj pulsera. Los obreros son refinados, pero la conciencia está en otra parte, ellos son como meros televisores que hacen una labor impersonal–.

–Ésa es otra cosa que no es verdad– me contesta la maestra. –Yo creo que las tomas se han hecho con helicópteros comunes y corrientes, piloteados por personas–.

–El personaje del socialista, que un autor posterior rescata en un cuento publicado en una editorial de temas infantiles, era un hombre incapacitado como otro personaje de novela que conocí en la infancia. La incapacidad reproductiva es un tema delicado que era forzoso conocer en mi generación, aunque hoy se soslaya cuidadosamente. Pero el uso de los helicópteros teledirigidos, como cuenta mi hermano, me interesa más que el tema escolar. Le comenté que el Malibú estaba afuera y buscó muchas informaciones sobre los Malibús, aunque no encontró fotos en ninguna parte–.

La maestra negra que estaba en la recepción de la escuela reconocía que necesitaba fumar. Ella fue mi maestra de Biblia y fue adicta. Me dijo que antes de volver a mi casa, me iba a regalar seis cajetillas de catorce cigarrillos, de las que ya no se fabrican. Estaba contento. Las tenía en una especie de estuche. Entonces salí caminando de la escuela, pensando conseguir los fósforos en una pulpería. Los enrevesados caminos de regreso me resultaron curiosos. Pensé que estaba soñando y que lo anotaría todo. Mi madre se había ido en el carro, no sé cómo pudo salir, pues la escuela estaba en una hondonada nueva y el motor del carro no era muy fuerte. Se lo dije a la maestra de Biblia luego:

–No sé por qué sueño con ustedes. A mi edad nada tiene importancia, especialmente ahora. Quise anotar este sueño porque me llamó la atención la cantidad de cosas que son recuerdos del pasado–.

Níobe no es la madre biológica de mi criado. Estaba en una comilona con los Hansen, sus parientes, en los predios de una casa de playa inundada en el pueblo de mi madre. La persona que estaba conmigo era otra Níobe que yo conocí en la niñez. Sirvieron unos casquitos de coco, y podía ver afuera el agua porque la casa estaba inundada. La nena se paseaba entre nosotros. Un americano cogió los casquitos de coco y estaba con nosotros la maestra de octavo, que como ya he dicho es la madre de Níobe. La muchacha que dio a luz al nene ni siquiera se parece físicamente a ella. Por lo menos cuando sueño sé que tengo memoria y que los puedo recordar aunque las personas hayan cambiado.

Días después fuimos a otro apartamento del pueblo de mi madre, que tiene como diez cuartos con mi padre, mi madre, Lili y Sonia con su hijo. El primero que llegue a la mejor habitación la tiene y esta vez, no como en años anteriores, Lili ha llegado primero y tiene el stereo compacto frente a la cama semioscura, aunque no está en la habitación mejor. Es una litera y ella se ha instalado en la plaza baja con el stereo. Le hago un comentario a Lili cuando llega a la litera:

–Fred me llevó a un agreste lugar de los Estados Unidos donde se reunían los nuevos amerindios. Son jóvenes blancos norteamericanos que tratan de vivir primitivamente. El grupo de nuevos amerindios se organiza a las orillas de un pedregal que da pie a un riachuelo. No muy lejos hay un caserío y aunque mi amigo me llevó para que viera el asunto, no tengo un tatuaje estampado en la mano que me acredite como amigo de ellos. De modo que tengo que irme. No sé por qué Fred me ha traído al pedregal, pues ellos no me aceptan. Pero luego, de regreso al Howard Johnson donde nos hospedamos,  el recepcionista me dice que mi nombre aparece como hospedado aunque es Fred quien paga la habitación. Ese hijo que tiene tu hermana Sonia lo rescaté hace años en aquellos pedregales–.

Lili se ríe y enciende el radio compacto. No enciende las luces de la habitación y yo prosigo comentándole lo que he visto:

–El distinguido, sin embargo, otro niño al que he rescatado, es hijo del hijo de Níobe, mi criado. Cuando soñé con el la primera vez, nunca imaginé que lo vería pronto. Siempre está agarrando un carro de compras. Eddie, que nunca fue muy bueno, es el que siempre tiene dinero. Ya no puedo comer platanutres, pero él iba a pagar seis dólares por una bolsa aunque sabe que me duelen los dientes. El distinguido estaba al lado mío con Eddie y con su hija, que fue quien lo dio a luz–.

A Lili le parece improbable este comentario, pues no cree que uno pueda soñar con cosas que va a ver enseguida. Sin embargo, le reitero que a mí me sucede eso.

–Después vi al distinguido con su abuelo materno, pues el nene de Níobe se casó con una muchacha que le hacía las asignaciones en la escuela. Mis pesadillas son con la escuela, siempre tengo pesadillas que se me pasan las fechas de los exámenes o que no puedo entregar a tiempo mis asignaciones. A mi edad ya nada importa. Mi vida es lejos de ser placentera o satisfactoria. Nunca imaginé que mi vida tomaría este giro. Claro, tomo estas notas para escribir cuentos en el futuro, casi siempre son pesadillas que he tenido. De la pesadilla del distinguido me acuerdo. Es relativamente vieja. Pero no recuerdo otras–.

He estampado todos mis sueños juntos para ver si los convierto en novela. No tomaba nota de estas cosas hasta ahora, como los surrealistas que hacen su obra con sus pesadillas, pero no me siento ni mal ni bien. Tengo que encontrar, como es natural, el hilo de Ariadne que los unifique en un solo texto novelesco. Ese es principalmente el problema de estos textos. Algunas cosas las recuerdo, otras simplemente se me olvidan. Mis parientes me oyen hablar de estas cosas en la playa del pueblo, a donde llevo una vieja máquina de escribir con la que lo pego todo. Una pesadilla reciente con el hijo del primo de mi padre ya fallecido, se la cuento a mi madre:

–No he soñado nada hoy. Ayer recojimos a una señora que tiene ilusiones con los niños abandonados, aunque siente orgullo de que no los cría. Si existieran como en el pasado sería fabuloso, pero hoy esas cosas son fantásticas. Se habían robado, nos dice, un carro que vendía tacos cerca del condominio donde recojo a mi hermano todos los sábados. A parte de ello, no pasa nada excepto que se me han aflojado los dientes. No me da tanta pena en realidad, me parece curiosa la vejez. Me trae memorias de cuando perdí los dientes de leche. Los dientes siempre me han parecido asunto curioso, siempre tuve problemas con ellos. Sin embargo, no me daba cuenta hasta ahora. No puedo comer pan, tengo que cortar las cosas en pequeños pedazos. El hermano de Pete, que es dentista, baja los ojos cuando me ve pasar. La nena que reparte el periódico gratuito usa bridas, como yo en la adolescencia. No sé cómo decirle que los va a perder cuando sea vieja. Mejor no le digo nada. El hijo del primo de mi padre, andaba con un espía alemán que lee porno en francés. Estábamos en unos hoteles y un espía que me acorraló vio que lo amenazé con una navaja, aunque sostenía también una toalla. El espía me hizo ver que era fácil desarmarme y hasta matarme, incluso me preguntó por qué quería morir. Este sueño es incomprensible y no tiene nada que ver con lo que usualmente viene a mi mente. Pero lo consigno porque es curioso–.

Yo estoy en una habitación no tan buena del mismo apartamento grande, también en una litera. Recorro las habitaciones y atravieso la cocina, que está más o menos en el centro del apartamento. Camino hacia la entrada y veo a Sonia, que es rubia como mi madre, con su hijo. Quedarse con nosotros no le atrae particularmente, aunque lo hace porque no hay otra. Me les acerco con una galleta de soda y margarina. El nene rubio de ella me mira y me dice:

–Ten cuidado con la margarina porque la extraen de los “goldfish”.

Le contesto:

Cuando te vea comiendo algo parecido te diré de qué está hecha esa comida igualmente para que te dé asco.

–No eres mi amigo– me contesta.

No está claro si mi madre y yo somos los otros parientes de Sonia y ese niño, es decir si mi padre también es padre del hijo de Sonia. Lo cierto es que la situación se vuelve tan intolerable que un chofer extranjero nos saca del apartamento en una van vieja. Llegamos a la ciudad. Vamos a toda velocidad por un barrio idiosincrático, lejos de casa. Mi madre dice:

–En la ciudad se puede guiar así. No en el campo.

La van se barre peligrosamente y se vuelca de lado. Ayudo a mi madre a salir de la van volcada, que ha tomado todo esto con perfecta naturalidad. El chofer se ha ido, pero otro extranjero está en el asiento del conductor. Hay muchos dulces de chocolate desparramados por todas partes. Los recojo antes de salir de la van, pero le digo al extranjero:

–Coje los que yo no pueda recojer. No puedo llevármelos todos.

Entonces salgo y me pongo a pensar en cómo regresar al suburbio. Definitivamente, el niño que llevo adentro está convencido de que ha ganado la batalla. Le cuento a mi madre de regreso otro de mis sueños:

–Estaba matriculado en la maestría desde hace años, aunque no sé por qué no me he graduado. Una muchacha pequeña y negra va a dar un tedioso curso de pedagogía, y lo voy a seguir aunque no sé de qué voy a graduarme. El pupitre está empotrado en un riel que atraviesa todos los salones que están subdivididos por cortinas corredizas. El pupitre sale despegado por el riel conmigo, que estoy sentado. No veré más a la profesora negra y eso me alivia, aunque no sé lo que voy a hacer cuando llegue despedido a la última habitación del edificio. Recuerdo, por supuesto, este sueño–.

Mi criado tenía otras opciones. No necesariamente habría tenido que ser mi sirviente si hubiera aceptado el papel de mi hijo. Pero su orgullo sideral lo llevó a cambiarse el nombre cuando llegó a estudiar a la Universidad. Siempre fueron estúpidos los Nione, pero cuando se llevaron al niño con ellos no hubo quien los superara. Me dio mucha pena porque lo crié para que fuera mi hijo. Por eso el hermano de Pete, el fiscal, que es pintor baja los ojos cuando me ve pasar. Esta historia que estoy escribiendo es con retazos de pesadillas porque nadie tiene la bondad de recordarme el pasado. Por eso tendré que publicar el texto por mi cuenta.

II

Milione empezó a escribirme hace unos años. Lo primero que me preguntó, cuando empezó a escribirme, fue si soñaba como ella pesadillas inquietantes, cosas que daban miedo o que uno mejor no cuenta por escrúpulo o porque ya se ha llegado a una edad es la que es aconsejable callarse. Le mandé algunos de mis sueños, pero casi no recuerdo los de aquel entonces. Sin embargo, ahora los escribo por consejo de ella. En una ocasión nos reunimos para aclarar los temas de una conferencia que iba a dar sobre su poesía. Estaban haciendo una obra de teatro con mis pesadillas y Milione se interesó en mí. La aparté y le conté una anécdota que recordaba haber vivido antes de graduarme del Colegio Hass.

–Algo había pasado en la Universidad, que la asistente de cátedra de la Sra. Harris, la maestra de matemáticas del Colegio Hass, venía a uno de los salones para darme clases de historia de la isla. La asistente, porque la Sra. Harris nunca fue mi maestra, me hablaba de las autopistas y me pedía que le hablara de la carretera que llega al campo. Mi clase en realidad era con el grupo A, que no me gustaba porque era un grupo orgulloso lleno de extranjeros, pero me quería quedar con la historiadora del grupo B.

Ese mismo día, Tobías Robinson, mi maestro de historia del grupo A, ya retirado, me celebraba un homenaje cierta banda de rock conocida en aquel entonces, pues en el pasado le había dado informes sobre la banda y se los había hecho llegar. Tobías los trae a la Universidad y empiezan a tocar enseguida. Se me salen las lágrimas. El baterista del grupo me pregunta dónde hay un baño y yo lo llevo al pasillo del segundo piso del edificio, pero en realidad es para darme un duchazo porque estoy demasiado sucio de haber llorado. Los artistas proyectan una serie de animaciones aereas de ciudades en el cielo. Todo termina cuando encuentro al grupo B reunido en otro salón. Ellos me dicen que me aceptan en el grupo de vuelta.

–Queremos calma– me explican. –No queremos problemas.

La asistente de la Sra. Harris me entrega unos talonarios que describen la conducta de mi abuelo en la escuela de la hacienda Solaris, el pueblo de mi madre. En un blanco que tiene el documento– aunque son dos hojas o talonarios iguales– la maestra de la hacienda describe a mi antepasado desconocido como el más vivo. Es un regalo que ella me hace por el homenaje–.

Milione me escucha y añade que le da miedo escribir. Yo he querido animarla para que no tenga miedo y escriba cuentos y poemas, en los que ella es insuperable. He querido, incluso, buscar las pesadillas que ella me contaba. Quizá solo ella y yo veamos estas cosas, pero tengo fe de que algún día podremos compartir lo que escribimos, y como ella dice, hermanarnos.

III

La fastidiosa reticencia de la joven escritora me llevó a revisar mis libros viejos, pues como no contestaba a mis mensajes y sus publicaciones eran todas tan mezquinas, que me cansé de esperar a comunicarme con ella. Su único libro de poesía, publicado a regañadientes, se lo había llevado mi familia para el Museo de Tom Franks, mi abuelo paterno. Todo conspiraba para que perdiera el hilo y la joven dejara de interesarme. Un amigo de la Universidad, profesor, que me había hecho una entrevista para la red electrónica, cumplió años y me dediqué mejor a recordar viejos tiempos con él, que a seguir tratando de comunicarme con la escritora.

¿Qué pasaba con la juventud? ¿Por qué no podían simplemente publicar sus textos en los periódicos? ¿Por qué tenían que estudiar escritura creativa? Tantas técnicas aprendidas de los publicistas no los llevaban a ninguna parte. Fui a la playa, por consejo de mi madre, que era la persona que estaba entregando mis libros y mis cosas para el Museo de Tom Franks. No me interesaba gran cosa el museo de mi abuelo. El patriota no había dejado nada. Solamente una vaga leyenda en un pueblo provinciano y polvoriento. Pero me hastiaba la poeta.

Revisé, como es natural, el archivo de clientes de mi padre, que se dedicó en la senectud a casar parejas jóvenes con artículos promocionales. Me comuniqué con Molly Sollers, que fue poeta también y profesora en el pasado. La llamé por teléfono a Solla, un pueblo grande que no queda lejos de la Sinarca, nuestra gran ciudad.

–¿Qué pasa con la joven?– me preguntó.

–La figura de la poeta es una, pero está compuesta de tres personas como Dios– le expliqué. –Le llaman en sicología el complejo medusa. Una de ellas procrea, la otra concibe y la tercera persona es como una informante de la policía. Lo he visto en las ciencias, pero no hasta ahora en la poesía.

–En la poesía todas las mujeres teníamos a nuestros hijos– asintió. –Ahora las poetas son como las científicas. Es un hastío.

Molly me dijo que pasara la tarde con ella en la piscina de su casa. Era mejor que seguir el complejo que juntaba a las tres mujeres en una sola figura de escritora. Fui a su casa y se lo dije en la piscina.

–Hay un libro de espionaje sobre el complejo– le dije a la vieja poeta. –Escribí un cuento corto sobre el tema, para participar en un certamen sobre el Síndrome de Down, que auspiciaba una entidad en Asiana, un pueblo que queda justo al lado del pueblo en donde estaba la hacienda. Aunque no lo mandé nunca, lo publiqué en la red.

–Ven a mi Universidad el viernes– me dijo. –Quiero que le hables a mis estudiantes sobre ese complejo tan típico de las ciencias y que ya cojió a la poesía–.

La conferencia de Molly Sollers la dí en un programa de dibujos animados y eso permitió que no se me durmieran los estudiantes. Era relevante y la misma Molly hablaba del asunto en su texto. Pronto proseguí a una segunda conferencia sobre la poeta joven.

Milione hoy

A veces pienso que Milione es una poeta más joven, que reproduce la filosofía y las maneras de las escritoras de mi generación. No parece una mujer de 50 años. Pienso que se ríe de la postura radical de aquella época. Eso, como es natural, no he podido corroborarlo porque he conocido más de una Milione. Yo recuerdo haber hablado con una trigueñita en el Club de Polo, que me dijo que era ella. Pero la persona con la que aparezco retratado en la red electrónica no es la trigueñita que habló conmigo en el Club de Polo. Milione por lo menos es tres personas diferentes. Es un fenómeno poético reciente. Lo he visto en las ciencias, pero no lo había visto en el arte. Se parece la novelista negra Dione Don que es dos personas, no es una Trinidad; la que escribe y la negra que vende sus libros hablando mal de las negras.

Naturalmente, el fenómeno Milione empieza a hacérseme más oscuro, ahora que mi familia se ha llevado su libro al museo familiar de mi abuelo patriota. Se lo he comentado a la persona que me escribe con su nombre en la red electrónica, no sé cual de las dos, la que procrea o la que concibe, o si es otra persona, una tercera persona que se comunica conmigo. Ahora el asunto se hace más claro, cuando hay una diferencia fundamental entre la selección de sus cartas que yo he hecho y la que hicieran para la revista cibernética Doralia.

Se me hace difícil pensar que Milione, si existió una sola persona con ese nombre, fuera una escritora rechazada de mi generación. Pero es posible que sea así. Yo he hablado ya con dos personas diferentes. Claro, mi viaje al campo no me aclaró nada. En otro pueblo, cuando fui a ver recitar a la mujer blanca de 50 años, no fui bien recibido por ella en la actividad. Sin embargo, la que me escribe es muy amable.

No he podido investigar mejor el fenómeno porque mi familia está guardando cosas mías para el museo de mi abuelo. En realidad el tipo histórico es mi abuelo, pero los objetos artísticos los he generado yo en mi vida de cuentista. Como lo he ido perdiendo todo para montar ese museo en el campo, pues no tengo las herramientas necesarias para averiguar la verdad sobre Milione.

Terminé por la tarde con un terrible dolor de cabeza. Molly estaba contenta porque había una diferencia fundamental entre las poetas del pasado y las de ahora. Las de ahora estaban con las ciencias, cosa que no era típica de las viejas. Guardé el texto en computadora y lo salvé en un disco, para tenerlo a la mano en el futuro.

IV

A mi madre le llamó la atención que ofreciera una presentación sobre la poesía de Milione en la Universidad de Molly Sallers, y me preguntó si la podría repetir en el Museo de mi abuelo Tom Franks. Por supuesto, me encontraba dispuesto a hacer el viaje en el Malibú, aunque el motor del automovil estuviera debilitado. Me fastidiaba un poco repetir mis palabras en el provinciano pueblo donde estaba localizado el museo, pero me convenía dar a conocer a la poeta y me encaminé enseguida. Me recibió una empleada que tenía mi familia y comprendí que se me haría más facil dar la conferencia porque el libro estaba entre las cosas guardadas y lo podía usar para leer otros poemas que hubiera olvidado.

Por supuesto, no iba a decir lo mismo. Prefería contar lo que me estaba pasando con Milione por la red electrónica. Es un fenómeno que el titulado el Síndrome de Sacks, y que es típico de la soledad del operario de una computadora. Para presentar un ejemplo del síndrome, iba a narrar los sucesos de mi último día de cumpleaños, en el que Milione no fue el personaje más destacado.  Las personas que me celebraban ese día no estaban en el chat room, donde paradógicamente se encontraba la poeta. La soledad de la pantalla no me dejaba entrever si la persona que me escribía desde el chat room era Milione, o si en efecto era Níobe, la madre de mi criado, que me escribía mensajes consoladores todos los días con el nombre de la fastidiosa escritora. Hablé de ese problema en el Museo Franks, acompañado por mi madre. Luego de que se sirvieran los entremeses, mi madre me apartó de los demás para darme su parecer.

–Milione es madre– me dijo. –Aunque es como tú dices, una Trinidad, el hecho es que hay un niño y a tí te gustan los niños.

–¿Se casó entonces?– pregunté.

–No sé si se casó– me dijo. –La conferencia que diste en la Universidad hizo que su familia avanzara a casarla. No te equivocabas, Milione era como una marca de fábrica o una corporación. Por lo menos dos personas más tenían que ver con el producto, que fue ese libro que tenemos en el museo. Quizás si no hubieras dicho nada, se habría dado cuenta de que tu hijo en realidad es hijo de nuestros empleados.

–Qué pena– concluí. –Ahora entiendo por qué el chat room completo parece escrito por Níobe solamente y no por los muchos amigos que parezco tener.

–No es malo. Se casó con tu criado– me dijo mi madre. –La que parece una informante es la hija de la corporación y ahora es la esposa de tu querido niño.

FIN

Post–scriptum

La necesidad de dar a conocer a un escritor por la Internet, me llevó a abrir un canal de discusión sobre una de sus novelas en Disqus. Era sorprendente notar que la presencia de autores como Carmelo Rodríguez Torres era poca en las redes sociales. Un amigo poeta me había invitado a participar en un homenaje que se le iba a rendir en Aguadilla. Leyendo su biografía, noté que no era la primera vez que se le rendía un homenaje en vida. Me dijeron que estaba enfermo, que no sabían si podría llegar a su cumpleaños, y yo como todos los años celebro el mío en la red electrónica, me conmoví mucho cuando el intermediario me envió fotografías de los libros de Carmelo y tesis de estudiantes que habían escrito sobre su obra. Como es natural, lo quise investigar para mis archivos. No sabía si le gustaban los homenajes a los que parecía estar acostumbrado. De momento, esperé.

A Macedonio Fernández también le daba gracia que le celebraran sus cumpleaños– le dije a mi amigo el poeta.

Si pudieras escribir algo sobre el escritor, ¿crees que llegarías a la actividad?– me preguntó mi amigo.

–Una sola cosa me preocupa, Edgardo– le dije. –Y eso es saber si nuestro autor tiene problemas para estampar la letra eñe. Mucha gente no puede escribir con esa letra por la Internet. No les enseñan a escribir la eñe y sus textos se ven mal. Aunque no lo creas, eso es lo que más les importa a las personas que publican cosas por la Internet. Si es una persona mayor de edad, necesito que viajes a Vieques para conectarlo a una computadora. Y si no sabe estampar la letra, enséñale. Necesito comunicarme con el autor porque aunque no lo creas, conectarlo a una página de Facebook y ponerlo a celebrar los cumpleaños de los jovencitos puede más que mil tesis. La gente casi no lee nada ya.

Este asunto práctico, si el afamado autor sabía estampar la eñe por la Internet, le preocupaba más al conglomerado para el que yo trabajaba que todo lo demás. De modo que me comuniqué con el conglomerado y me aseguré de escribir un texto en el que apareciera la dichosa letra.

–Carmelo Rodríguez Torres sueña– escribí. –Carmelo Rodríguez Torres no es un niño. Como se puede ver, las dos palabras, “sueña” y “niño” llevan eñe.

La aparente estupidez de mi escrúpulo no era mentira. Edgardo había tenido problemas con una imprenta para mandarme a hacer un libro que se titulaba Por eso no me gusta soñar, que como se puede ver lleva la letra eñe. Edgardo incluso le iba a poner un título diferente, el libro se iba a llamar los “Los Astros Puros” y no como Edgardo tenía planificado titularlo, porque no sabía como poner la eñe en la portada del libro. Así que en lo esencial esa era mi precupación. Me comuniqué con mi amigo y se lo dije enseguida.

–No te preocupes por las tesis del autor que se hayan publicado– le dije. –No tengo acceso a los trabajos que se han publicado sobre el autor. Vamos a hacer una presentación en Powerpoint, con letras grandes, con este texto que te estoy enviando ahora. Y en lo esencial ocúpate de que en la presentación haya un texto grande que diga:

Carmelo suena

Podría decir que el muchacho que me ayuda a hacer estos programas en Powerpoint no sabía escribir la eñe, pero decir que Carmelo suena tampoco es mentira. Sin embargo, por rigor con la materia del español y considerando que Carmelo y casi todos los directores y profesores atentos a esta actividad de homenaje, son de español, es justo y preciso decir también:

El escritor sueña.

Será otra cosa: El infierno debe ser algo así como un país

El infierno debe ser algo así, un turno 1093, un salón enorme frente a quince estaciones de servicio –la mayoría vacías– y una multitud de sillas ocupadas. Un lugar para expiar las culpas más secretas, los pecados ya olvidados. El escenario de un castigo inmerecido. Tanto tiempo pasé allí –una jornada completa– que terminé filosofando, entregada a la experiencia contemplativa. Inicialmente pensé que aquello duraría un par de horas, pero al pasar el rato, cuando perdí la esperanza de salir pronto, me dejó de importar. Sólo quería que me atendieran, aunque fuera a las seis de la tarde, y no tener que regresar al día siguiente.

Iba a renovar mi licencia de conducir. Me había dejado convencer de una amiga, que me aseguró que con llevar todos los documentos personalmente al de Carolina, detrás de la Lily, facilito se llega, era suficiente. Todito te lo hacían en uno de los timbiriches del estacionamiento, y luego ibas a la fila a entregar los documentos y ya. Nacarile del Oriente. Eso sería hace cinco años, cuando había más CESCOS en el país y no se daban cita allí, como aquel día hicieron, más de mil personas.

Sabía que debía ir primero a información con todos los documentos a pedir turno, y encontré una multitud en una enorme y torcida fila de cientos de almas. Allí fue que conocí a la señora dominicana y al que trabajaba con oxígeno, mis compañeros de jornada. La gente va resignada a esperar, a pasar el día entero de obstáculo en obstáculo. Llevan en sobres, cartapacios o carteras, los implementos de la aventura: cuentas de la luz, tarjeta de seguro social, certificados de nacimiento, comprobantes de Hacienda. Nadie lleva termo de café ni galletitas, pero debieran. Sospechan (¿saben?) que estarán el día entero y te lo dicen tan pronto preguntas, tan pronto llegas.

Y allá voy y allí estoy, detrás del amable y locuaz señor que, según cuenta, trabaja con oxígeno. Algo me explicó que no alcancé a entender, pero trabajar con oxígeno tiene que ver con el tipo de licencia que le han dado alguna vez. Él está entre nosotras dos, la mujer de sospechoso acento y yo; ambas parecemos perdidas y él se ocupa de ilustrarnos sobre la conveniencia de las búsquedas en línea y yo lo complazco escuchándolo muy atenta. El que más o el que menos anda con celular, pero no todos saben usarlo. Soy de las pocas que se aventura, de puro aburrimiento, a utilizar el tuturno.com o algo así que ofrece actualización en vivo del progreso de los turnos.

Hay un vigilante que va y viene y pone orden. Es un duende pequeñito y ágil, que corre de un lado a otro y de vez en cuando grita quién viene para traspasos, quién viene para recoger licencias de Isla Verde, quien viene para el examen teórico. Los demás nos quedamos quietos y bien comportados en la fila. Algunos examinan sus celulares, o hablan con el vecino. A los otros se los lleva y los aposta contra una pared como si fueran a fusilarlos, pero la verdad es que los busca para adelantar su gestión, a tomar un examen o a tomarse una foto, a recoger su licencia, a “mover la cosa”.

De allí pasamos a esperar sentados. El del oxígeno dice que es lo peor, y yo creo que lo peor era la fila de hora y media en pie, pero no se lo digo. Las sillas no son cómodas y están amarradas para que la gente no se ponga creativa. Me parece que hay quinientos asientos allí, todo un auditorio frente a las quince estaciones, la mayoría desiertas para nuestro infortunio. Al menos no hay televisores. Bueno, los hay, pero muestran el tuturno.com, con un anuncio mudo de una aseguradora. Lo pasan cada tres minutos, así que después de siete horas de espera, lo tengo analizado y me lo se de memoria.

Nadie parecía molesto porque todos sabíamos, desde que llegábamos, que iba para largo. En el proceso, a todos nos parece incomprensible lo mucho que se tardan, pero reconocemos que los empleados no están ociosos, si acaso escasos para la multitud que los reclama.

No se puede ser tímido en la fila. Todo el mundo habla en algún momento e informa sobre su vida. Qué hacen, porqué vienen, qué les pasa ese día. Es gente que olvidaremos pronto, gente que jamás volveremos a encontrar. Ese día, sin embargo, son nuestros compañeros de jornada y nos asisten en los esfuerzos, se compadecen de nosotros, nos aconsejan, nos entretienen y nos consuelan.

Hay mucha gente joven en este CESCO, sobre todo mujeres. Vienen con sus niños más pequeños. Hay bebés que lloran. Hay en el baño una sala de lactancia. Queda en el fondo de un laberinto de oficinas cerca de lo que parece haber sido un refugio para desplazados por el huracán.

Las madres jóvenes son tan jóvenes. Tienen a sus hijos mayores en la escuela, y yo no puedo calcular bien su edad, para mí todas parecen quinceañeras. Una tenía una niña, la otra un bebé vestido de señor, como todos los varones de la tribu. La niña tenía una sereta hermosa, pinchada con coquetería. El nene luchaba por agarrar el celular de la madre, a pesar de que ella asegurara que nunca se lo cedía. Es tan difícil quitarle el celular. Tiene un año y le gustan también los animales, los bloques y los libros. Las madres de este país son bien severas con sus hijos. Quieren hacerlo bien, y deben ser firmes, sobre todo ante testigos. Les hablan con dureza a los niños más tiernos. A veces, asustan.

Los turnos se mueven lentos y a la hora de almuerzo se paralizan.

Pase por aquí, pase por allá. Todo parece una sarta de obstáculos, como si estuviéramos en un juego de video. Hay unos personajes fijos que responden lo mismo, porque es lo mismo lo que les preguntan, todos los días. Entre estos non-playable charaters hay dos vigilantes y tres funcionarios de información: una mujer enorme que viste una túnica dorada, un hombre joven de mirada amable y una señora de cara aburrida. En un cartel se advierte que para “dudas, preguntas y preguntitas” hay que hacer la fila larga. Entre los jugadores identifico los siguientes: La madre joven; La mujer con acento dominicano; El del oxígeno; El argentino y su hijo, el Flaco; El surfer que estudia para su examen de español; El joven que trabaja de noche; La pareja de ancianos; El padre joven con el niño incordio; El gordo amable que regaña al padre joven por quejarse de su hijo de dos años. (Los niños son del Señor, dice con tono sapiencial.); Las madres jóvenes que les sirven coca cola a sus niños; El bebé vestido de señor que pelea por el iphone para ver a Peppa Pig; La señora seria que toma nota en las fila.

Cerca de las tres empiezan a acelerarse los turnos y adquieren una inusitada velocidad. Todos se sorprenden y se alegran. El ambiente adquiere un carácter de algarabía. Nos vamos despidiendo según logramos el trofeo: el plastiquito deseado por el que hemos sacrificado la jornada de trabajo. Lo batimos en el aire al saludar adiós, adiós, a los compañeros de juego.

La señora seria que toma notas soy yo y al final del día habré conseguido el premio como los demás. En este real ID que terminé sacando, por si acaso y para no regresar hasta dentro de cinco años, tengo una expresión triste, como de derrota, como si hubiera perdido algo. Pero yo sé que es mentira, y pasé un día jugando a que tenía un país que a veces se parece demasiado al infierno.

En memoria de: Elliott, José y Genaro

Para Edwin, Zacha, Hermes, Natalia, Javier y los demás que están trabajando duro por relatar el deporte puertorriqueño

La idea era escribir la tercera parte de la mini serie sobre el deporte universitario, sobre todo ahora que se acercan las Justas Atléticas Interuniversitarias que este año se le dedican a mi padre Elliott Castro Tirado. Pero con el fallecimiento de José Franco (Fufi) Santori Coll pensé que sería apropiado escribir algo sobre él, pero más que sobre su persona, hablar sobre la figura deportiva que se nos fue junto a Papi y Tuto en apenas diez meses. Hace unos días el periodista de El Nuevo Día Esteban Pagán Rivera comentaba en su columna Prórroga, bajo el título “Nos toca coger la batuta por nuestro deporte”, que con la pérdida de Fufi se sumaba este año a la del ex Presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico, Héctor Cardona, la del ex Secretario general de FIBA Américas, Genaro “Tuto” Marchand y los periodistas deportivos Elliott Castro Tirado y Joaquín Matienzo Roussett. Mencionaba él que todos formaban parte de una generación dorada del deporte puertorriqueño cuyo denominador común fue defender la soberanía deportiva y el deporte en general, no sólo como parte esencial de nuestra participación independiente en la comunidad internacional, sino como actividad importante para el desarrollo de nuestro país. Al autor le preocupa que con el vacío dejado por estos grandes patriotas y deportistas, sumado a la crisis económica de la Isla, el deporte vaya siendo desplazado, dejado sin fondos y restándole importancia a su función nacional e internacional. Honestamente después de leer esto he pensado mucho en este tema, que es algo a lo que ya le iba dando vueltas desde el fallecimiento de Papi: la idea del legado de estas personas que lucharon tanto por el deporte en nuestro país, por la defensa de la soberanía deportiva y sobre qué hacer para mantener este trabajo y actualizarlo con la nueva realidad del país.

Una de las muchas cosas buenas que heredé de mi Padre es su optimismo y a pesar de los recortes del gobierno al Comité Olímpico de Puerto Rico (COPUR), y de todo lo que ha afectado el Huracán María, me gustaría ver el vaso medio lleno y pensar que se está haciendo mucho por el deporte en la Isla y por mantener una digna representación internacional. El trabajo de Sara Rosario en el COPUR es impresionante, teniendo en cuenta la crisis presupuestaria y su batalla por mantener la representación y que sea de excelencia, merece un gran reconocimiento. Los atletas y federativos mantienen una lucha férrea por defender la soberanía deportiva puertorriqueña y todo indica que aún con la amenaza anexionista, el pueblo puertorriqueño valora muchísimo la representación en eventos deportivos internacionales. Fue en este aspecto que Fufi, Tuto y mi Padre, cada uno desde su trinchera, contribuyeron más. Papi y Fufi fueron de los pocos puertorriqueños que asistieron a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, retando el boicot impuesto por el presidente estadounidense Jimmy Carter y apoyado por el entonces gobernador de Puerto Rico Carlos Romero Barceló. Fufi no sólo fue un defensor de la soberanía deportiva puertorriqueña (además de la soberanía política, ya que siempre fue abiertamente independentista), sino que la representó en la práctica siendo jugador por la selección de Puerto Rico, dirigente y luego viajando a Moscú. Hasta el final, desde sus escritos resaltó la importancia de defenderla y luchar por ella, cada vez que veía que se atentaba contra ella.

Estas tres grandes figuras del deporte puertorriqueño nos demuestran que, a pesar de que usualmente los atletas son los protagonistas en el deporte, hay mucho espacio para trabajar por el deporte tras bastidores y así lo muestran las biografías de estos tres puertorriqueños. Viendo el excelente documental Nuyorican Basket, a pesar de que sin duda los protagonistas son los doce jugadores que nos representaron en los Juegos Panamericanos del 1979 en San Juan, Elliott, Fufi y Tuto son el hilo conductor detrás de la historia. Sus entrevistas son las que van narrando, junto con las de los jugadores y las visuales tan emocionantes, esta historia de nuestra identidad híbrida, donde la diáspora tiene un rol tan importante. También vemos el triunfo y la amenaza de nuestra soberanía deportiva. Podemos ver cómo triunfa en cuanto a que Romero Barceló no logró imponer su deseo de que se izara la bandera estadounidense junto a la puertorriqueña. Pero también vemos cómo el gobierno intervino para que los jugadores de baloncesto no fueran a Moscú y participaran así del boicot y cómo los atletas ven este episodio ahora desde la distancia.

Dada la importancia que tiene el baloncesto en nuestra Isla, y al Tuto haber sido una figura central en la segunda parte del siglo pasado y la primera parte de éste, lo convierte en una de las figuras principales en el deporte puertorriqueño. Además de que trascendió más allá del baloncesto, ya que tuvo roles importantes en el Comité Olímpico. Su importancia también es que tuvo puestos muy importantes en la FIBA y así ayudó a poner a Puerto Rico en el mapa internacional federativo.

Y Elliott, desde aquí, en estas páginas deportivas por cuatro décadas, aunque escribió sobre muchísimos temas, la defensa de la soberanía deportiva fue una constante en su carrera periodística, en sus escritos y en sus actos. Recuerdo que frecuentemente daba charlas en escuelas y universidades sobre este tema que tanto le apasionaba. Casi recitaba la historia y desarrollo de nuestra soberanía deportiva, de cómo desfilamos con el escudo del cordero, cómo se bajó una bandera y se subió otra cuando se aprobó la Constitución del Estado Libre Asociado en el 1952, cómo fue amenazada por el gobierno de Romero, por el boicot, etc. Es un tema que él veía central para nuestra identidad y que como independentista veía que había que defenderlo con todo. Pero más allá de esto que era particular de nuestra peculiar situación política con Estados Unidos, creía genuinamente en el deporte como valor en sí mismo, no sólo por el bien que hacía al cuerpo y alma de quien lo practicaba, sino por el bien común que traía a la sociedad. Creía en el deporte como motor de cambio social, para promover mayor equidad económica, racial, de género, en fin, crear un mejor país.

Ahora recordando a Papi, Tuto y Fufi, pienso que eran grandes humanistas también. Alguien comentaba que Fufi era un renacentista de nuestra época, ya que también tocaba la guitarra, escribía poemas, jugaba ajedrez. Y así también eran Tuto y Papi, grandes conversadores, cuyos temas no se limitaban al deporte; música, literatura, política, geografía y el denominador común, hablar sobre el valor de la amistad, y más aún, practicarla cada día, eran una constante. Por eso, para honrar y recordar a Elliott, Genaro y José, pienso en todos y todas las que están haciendo patria a través del deporte hoy día y a quienes dedico este escrito. Sobre todo los muchachos y muchachas, muchos discípulos de estos grandes, quienes relatan el deporte en condiciones muy desfavorables y lo hacen porque creen en él y su importancia. Esteban, creo que hay futuro, aunque hay mucho trabajo por hacer y no debemos bajar la guardia.

Ayuda, Institucionalidad y Desarrollo

Los planes fiscales que ha sometido el gobierno de Puerto Rico a la Junta de Supervisión (Control) Fiscal –ya van varias versiones– tienen un denominador común que los define: por un lado, parten de la premisa de una gran munificencia de parte del gobierno federal de Estados Unidos a la hora de repartir fondos; por otro lado, se montan en la prédica de la austeridad, sobre todo en lo que toca a las áreas de educación y salud así como en las asignaciones a la Universidad de Puerto Rico y a los municipios.

A partir de tal denominador común se hace una apuesta de crecimiento económico que parece nutrirse de dos exageraciones, aunque en direcciones opuestas. La primera sobreestima el efecto multiplicador positivo de los fondos que pudieran recibirse –cuya cuantía siempre está en entredicho– tanto de préstamos o ayudas del gobierno federal como de pagos de reclamaciones de parte de aseguradoras privadas. El alto contenido de importaciones del gasto en Puerto Rico, junto al enorme flujo de pagos a factores externos, constituyen escapes que atenúan el impacto de dichos fondos. La segunda exageración es la subestimación del efecto multiplicador negativo de la austeridad. Para colmo, a la luz de la experiencia, los recortes presupuestarios afectan más al buen gasto que al malgasto.

La premisa en torno a la largueza del gobierno federal se asocia con un profundo vicio sembrado en la cultura política puertorriqueña: adicción a la ayuda. En la instancia de la austeridad no está ausente la influencia del llamado neoliberalismo con su constante condena de lo público y no menos constante bendición de lo privado. Esta doctrina domina tanto en el Ggobierno de Puerto Rico como en la Junta Federal de Supervisión (Control) Fiscal.

Quizás lo más pernicioso de todo es la adicción a la ayuda junto a la ausencia de planes que abran vías al desarrollo. La ayuda eficaz a un país es la que se diseña para hacerla innecesaria. Para ello es imperativo el desarrollo.

La ayuda, usada con eficiencia y moderación, puede ser un extraordinario catalizador para facilitar la reconstrucción de la infraestructura e iniciar la recuperación económica. La necesidad de la misma es obvia después de un azote como el del huracán María. No obstante, si domina la politiquería y la desproporción se transforma en fragua de problemas. En una reciente contribución al campo del desarrollo económico ( Justin Yifu Lin y Célestin Monga, Beating The Odds, Princeton University Press, 2017 ) se plantean las dificultades que confronta la política pública cuando priva el síndrome de la adicción a la ayuda.

Los autores no estaban pensando en Puerto Rico cuando hicieron la extensa lista de dificultades provocadas por la adicción a la ayuda; pero las coincidencias son tantas que parecería que estaban retratándolo. Entre otras dificultades destacan las siguientes: incertidumbre con relación a la inversión pública y privada, inseguridad en las proyecciones económicas a mediano y largo plazo, propensión del sector privado a requerir o esperar alguna “señal” de los donantes antes de comprometerse con actividades económicas, dominio extremo de instancias externas en la articulación e implementación de la política pública, inefectividad de las agencias gubernamentales cuyas agendas quedan determinadas por reglas externamente definidas, reducción del papel del gobierno tanto en su gestión directa como reguladora y distorsión de las expectativas de los ciudadanos ya que las políticas públicas no son legitimadas por ellos sino orientadas a satisfacer a una serie de actores no electos del exterior.

A tales dificultades se suma el debilitamiento del sistema fiscal. La adicción a la ayuda reduce el incentivo a generar ingresos tributarios de fuentes locales, máxime si por décadas la política económica se ha circunscrito a la atracción de inversión directa externa en función de exenciones de impuestos.

Ni la ayuda pasajera, ni la que alimenta la dependencia, ni la que se exagera, ni la austeridad fiscal, ni el menoscabo de derechos laborales ni la improvisación con un sistema contributivo disfuncional constituyen fuerzas automáticas generadoras de crecimiento económico, mucho menos de desarrollo. De hecho, son lesivas si se traducen en una psicología de indefensión y en debilidad del gobierno en la prestación de servicios básicos. La inherente inseguridad de la dependencia y la claudicación del sector público no son buen terreno para la inversión y la actividad económica.

Todo esto refleja pobreza y franco deterioro institucional, mucho más grave que el enredo de la deuda y que el desastre infraestructural. El andamiaje institucional incluye al sistema político, a la relación entre el espacio público y privado, a la gestión gubernamental, al estado de derecho, a la administración de la justicia, al funcionamiento de los mercados, al marco regulatorio, a las normas laborales, al orden público, al régimen fiscal, a las políticas de desarrollo, a los instrumentos para realizarlas, a la valoración de la salud y de la educación, al sentido ético… Cuando este andamiaje está torcido, cuando se confunde su diseño con su desmantelamiento, el desarrollo se torna escurridizo y se hace más difícil producir bienes y más fácil sucumbir ante los males.

No son pocos los ejemplos. Pregúntese el lector por qué no ha arrancado el puerto de trasbordo con sus “empresas de valor añadido”. ¿No le parece que la “jalda” se ha hecho más empinada por las leyes de cabotaje y el sistema aduanero estadounidense así como por la carencia del poder para realizar tratados comerciales? ¿Por qué el turismo de Puerto Rico no está enlazado al turismo más amplio de los vecinos del Caribe? ¿Por qué se carece de una agricultura moderna vinculada a una industria de procesamiento de alimentos que se nutra tanto de producción local como de importaciones? Por otro lado, ¿por qué el trasiego de drogas es un negocio floreciente y por qué las ayudas y contratos están empantanadas en el lodazal del populismo, la jaibería y la corrupción? Sobran ejemplos de una y otra índole. Falta institucionalidad. Está ausente el desarrollo.