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The Post: El deber de la prensa con sus lectores y su país

(director Steven Spielberg; guionistas Liz Hannah y Josh Singer; cinematógrafo Janusz Kaminski; elenco Meryl Streep, Tom Hanks, Sarah Paulson, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Mathew Rhys, Alison Brie, Michael Stuhlbarg, Justin Swain, Jesse Plemons)

El periodismo investigativo ha sido, es y seguirá siendo el pilar en que se basa el buen periodismo. Toma tiempo encontrar datos, componer todas las piezas, conseguir fuentes confiables para verificar la información y convencer a los administradores (director, editor, propietario) que su publicación se justifica no importa las consecuencias. Recientemente tanto el New York Times como el Washington Post se han posicionado a la cabeza con sus publicaciones de los vericuetos (ilegalidades por probar) de la Casa Blanca bajo Trump y el caso de Harvey Weinstein. Y son estos mismos rotativos los que encabezan el caso de los Pentagon Papers en 1971.

Steven Spielberg decidió enfocar el caso no en el whistleblower, Daniel Ellsberg, sino en las decisiones legales y administrativas a la cabeza del Washington Post. Al decidir en este enfoque queda abierta la posibilidad de hacer historias fílmicas de Ellsberg (el documental The Most Dangerous Man in America: Daniel Ellsberg and the Pentagon Papers de Judith Ehrlich y Rick Goldsmith de 2009 sería un comienzo) y de lxs jóvenes y adultos, conocidos o anónimos, profesionales y estudiantes (auto-apodados “Lavender Hill Mob”), que circularon los 47 volúmenes y 7,000 páginas de los documentos que Ellsberg copió de la corporación Rand donde trabajaba como analista militar.

Los protagonistas de The Post, Katherine Meyer Graham y Benjamin Bradlee, son tomados de la vida real y lo presentado es casi 100% correcto. Esto ocurre porque Spielberg se toma su tiempo en investigar lo que va a desarrollar en pantalla y porque respeta los hechos y vuelve a su equipo de escritores en periodistas investigativos que tienen que verificar sus fuentes. No es solamente utilizar las autobiografías (Personal History de Graham de 1997 y A Good Life: Newspapering and Other Adventures de Bradlee de 1995) de los protagonistas de la publicación de The Pentagon Papers pero poder consultar y verificar datos con Ellsberg, su grupo de apoyo y los periodistas que fueron testigos del suceso. El resultado es la relevancia que tiene el escrito de la historia de la guerra de Vietnam y sus vínculos con cinco presidencias que le mintieron al pueblo estadounidense. Escuchar la voz del Presidente Richard Nixon (1968-1974 cuando fue forzado a dimitir)—real por ser las grabaciones que luego probaron su culpabilidad—es afirmar que la historia sí se repite con la presidencia actual y que no parece haber memoria histórica en este país.

El encuadre de la historia es esa guerra lejana en Vietnam donde el aparato militar estadounidense sigue enviando soldados con la presunción de que la nación americana, en su compromiso de defender países aliados, defiende la democracia y detiene el comunismo. Y desde que EU ayudó y luego heredó la lucha de los pueblos de Indochina le ha comunicado a su población cómo la guerra se está ganando y pronto declararán su victoria. Mientras tanto diariamente llegan los ataúdes de los hijos, hermanos, esposos, padres, novios y amigos de familias comunes y corrientes que se enorgullecen de haber servido a su país. Y también llegan los heridos, mutilados, desintegrados mental y emocionalmente que muchas veces no quieren recordar los meses y años en la selva, valles y poblados donde se libraron las batallas que afectaron a las mujeres, niños, viejos y jóvenes que vivían en esas aldeas. Es esto lo que ve Daniel Ellsberg tanto como miembro de las Fuerzas Armadas y luego como testigo para sus estudios del conflicto que nadie quería definir como una guerra perdida. Robert McNamara, el secretario de defensa tanto bajo las administraciones de Kennedy como de Johnson, coincide con Ellsberg de que la guerra está perdida pero, por razones políticas, ratifica lo que Johnson quiere oír y declarar: el triunfo está a la vuelta de la esquina y solamente necesita más tropas para su final. Ese estudio y análisis que encomienda McNamara es la base de los Pentagon Papers.

Katherine Graham es el personaje principal del filme y del suceso de 1971 ya que es el momento clave para ella tomar una decisión que pudiera destruir la empresa del periódico al enfrentarse a una orden dictada por la Casa Blanca y luego llevada a la Corte Suprema. No solamente Graham es la única mujer en la Junta de Directores de la empresa sino también en la sala de redacción del Washington Post y Newsweek. Vemos cómo los miembros del directorio la toleran porque es la dueña y administradora en derecho después de la muerte por suicidio de su marido, a quien el padre de Graham le había dejado la dirección a pesar de la excelente preparación en los medios que ella tenía. La vemos sentirse muy cómoda en su rol tradicional de anfitriona de personas influyentes en su casa de Washington, D.C. para luego verla titubear, ensayar su discurso, sentirse abrumada cuando tiene que tomar decisiones que pueden afectar las vidas de tantas personas (si el periódico cierra cientos de personas quedan en la calle, los accionistas y ella pueden perder su capital y su reputación queda manchada). Estará rodeada de personas que la asesoran según sus propios intereses (Arthur Parsons representando a la Junta y Roger Clark como abogado cauteloso), o pensando como amigo de muchos años (Fritz Beebe, su abogado y asesor de confianza) o la misión periodística (Ben Bradlee, editor del periódico).

Desde que Ellsberg le entrega los documentos a Neil Sheehan del New York Times

pasan casi tres meses en que los editores y el dueño del periódico debaten si los publican o no. Ante esta tardanza Ellsberg entrega otra copia a Ben Bagdikian del Washington Post y a 17 rotativos adicionales. El Times decide comenzar la publicación de los documentos el 13 de junio y ya el 15 la Casa Blanca ha conseguido una orden judicial para detener cualquier publicación futura. Graham y Bradlee tienen que tomar la decisión de publicar su propia copia a sabiendas que se arriesgan a ser demandados por el gobierno. Su primera publicación será el 18 de junio. Toda publicación futura queda suspendida hasta que el caso se vea en la Corte Suprema. El 30 de este mes la Corte toma su decisión a favor de los periódicos (la libertad de prensa) en una decisión de 6 a 3. El juez Hugo L. Black emite su decisión argumentando: “Far from deserving condemnation for their courageous reporting, The New York Times, The Washington Post and other newspapers should be commended for serving the purpose that the Founding Fathers saw so clearly…. Only a free and unrestrained press can effectively expose deception in government.”

Cada una de las interpretaciones de lxs actores es sorprendente por la profundidad que le dan a sus personajes. Y dentro de los momentos críticos que se vive en estas decisiones hay humor, candidez, valentía y un sentido colectivo de enfrentar a los enemigos de los que quieren mentir y esconder la verdad.

Puerto Rico y la revista National Geographic, 1898-1907: De cómo a la bella princesa antillana le pusieron el mote de ‘mendicante majadera’

Tal como hermosa princesa antillana acabada de descubrir, la isla de Puerto Rico fue presentada al mundo de la ciencia estadounidense en la edición de marzo de 1899 de la revista National Geographic. Si es cierto eso que dicen, de que las primeras impresiones son las que cuentan, hay que decir que los editores de la prestigiosa publicación no escatimaron en 1899 en elogios para nuestra isla:

“Es la más oriental y más pequeña de las Antillas Mayores, siendo 500 millas cuadradas menor que Jamaica, en términos de área. Tiene 95 millas de largo, 35 millas de ancho, y posee un área de 3,668 millas cuadradas. Su línea de costa tiene una longitud de 300 millas. Su área es 300 millas cuadradas mayor que la de Delaware, Rhode Island y el Distrito de Columbia, combinadamente, y 300 millas cuadradas menos que la de Connecticut. Al mismo tiempo, es la más productiva en proporción al área, la más densamente poblada y la más establecida en sus costumbres e instituciones”.1 (Traducción libre)

El autor de la edición de National Geographic dedicada a Puerto Rico no era un científico cualquiera. Se trataba de Robert T. Hill, uno de los exploradores más destacados en el campo de las investigaciones geológicas en Estados Unidos, desde la perspectiva de los intereses del gran capital monopolista. Entre 1886 y 1890, por ejemplo, este condujo estudios geológicos que hicieron posible los gigantescos proyectos de irrigación de las granjas agrícolas y comerciales en el estado de Texas, mediante la extracción de aguas subterráneas. También llevó a cabo investigaciones que sirvieron de base para la exploración petrolera en la costa de esa región. Al incrementarse el impulso imperialista de las corporaciones estadounidenses en la década final del siglo XIX, Hill estuvo en México, Jamaica y Cuba identificando yacimientos potenciales de oro y otros minerales. Además, en 1896 evaluó en detalle los aspectos geológicos del desarrollo de la “ruta del canal de Panamá”. Su considerable conocimiento de la geología y exploración mineralógica siempre estuvo al servicio del capital. En parte por eso, Hill iba más allá que muchos científicos naturales y se interesaba en todos los aspectos de los países que visitaba, la historia, la economía, la política y las cuestiones raciales. Sus estudios científicos culminaban siempre con una valoración de conjunto e incluían recomendaciones basadas en lo que él llamaba la “geografía económica” determinante de la rentabilidad de las inversiones. Era de esperarse, pues, que al ocurrir la invasión de Puerto Rico en 1898, Hill llegara a nuestra isla para evaluar la posibilidad de explotar minerales como el oro y el cobre. Así fue.

Puerto Rico resultó doblemente exótico para Hill. Geológicamente, la isla no se parecía en nada a los lugares de ocurrencia de minerales metálicos en Estados Unidos. Más bien, era una extensión, en las Antillas, de las formaciones geológicas de América Central y, en particular de Colombia, lugar en que abundaba el platino. Lo recomendable era, pues, hacer un estudio más completo de la viabilidad de la minería de exportación en Puerto Rico, tomando en cuenta su matriz antillana. El prospector ordinario –señaló enfáticamente– habría de encontrar las condiciones locales tan distintas a las de Estados Unidos, que “estaría completamente desorientado en seguir las indicaciones normales de riqueza mineral”.2

En lo económico y social, Hill quedó hechizado con la isla. Aunque él era oriundo de Nashville, Tennessee, se desarrolló y vivió la mayor parte de su vida en Texas. De hecho, antes de ser una eminencia en el campo de la geología de las Grandes Praderas del Sur, Hill fue vaquero, literalmente, un cowboy. Durante su juventud, formó parte de las cuadrillas de trabajadores a caballo que movían reses desde Texas a Kansas, en viajes de meses de duración. Fue, precisamente, durante esas travesías a la intemperie que adquirió el pasatiempo de coleccionar fósiles y rocas. Sin saberlo, su colección contenía especímenes que nunca habían sido descritos en los textos de geología. Bastó con que un periódico los mostrara, para que cayeran en desuso todas las teorías propugnadas por el Manual de Geología, de James Dwight Baldwin, sobre las formaciones geológicas del sur de Estados Unidos. Hill no había ido aún a la universidad, y ya estaba en el centro de las controversias teóricas acerca de la evolución del continente de América de Norte.

Al llegar a la isla, Hill experimentó un segundo encuentro con lo desconocido. Las Grandes Llanuras del Sur, cuya geología él había estudiado para servir a los intereses de la gran agricultura comercial, se caracterizaban por la extensión y uniformidad topográfica. Un lugar de las llanuras era idéntico al otro, aunque mediara una distancia de cientos de millas. Además de lo aplanado del terreno, el elemento común allí era la escasez de lluvia. Él mismo, apenas graduado de la universidad de Cornell, trabajó en la región en la exploración de acuíferos y fuentes de agua subterráneas para usos agrícolas. Los estudios de Hill en Texas coinciden con una época en la evolución de la agricultura capitalista orientada hacia el uso intensivo de la irrigación y los fertilizantes artificiales. Era la época del fetiche capitalista de las granjas gigantescas, cuya productividad era función de la aplicación de la ciencia para dominar al mundo de lo natural.3

Puerto Rico le rompió todos los esquemas a Hill. Se trataba de un lugar diminuto, predominantemente montañoso y apenas cultivado por métodos científicos modernos. Sin embargo, era agrícolamente prospero. Las claves de esa prosperidad, a su juicio eran tres: la vasta productividad del suelo, la abundancia de lluvia y la energía de la pequeña agricultura diversificada:

“Probablemente, ningún otro lugar en todas las Antillas es tan fértil como Puerto Rico, y ninguno es más generalmente susceptible de cultivos y agricultura diversificada. Un solo acre de caña rinde aquí más azúcar que en ninguna otra de las islas, excepción hecha de Cuba. Poseedora de todas las variedades de escenarios tropicales, fértil desde la cima de las montañas hasta la mar, rica en tierras de pastoreo, sombreada por hermosos bosques de palmas magníficas, con la humedad de mil doscientas corrientes de agua dulce, sus posibilidades agrícolas son inmensas”.4 (Traducción libre)

Quizás en una indiscreción inducida por sus primeras impresiones sobre Puerto Rico, Hill presentó una evaluación de la geografía económica de la isla no en función de criterios estrictamente imperialistas, sino de nuestra autosuficiencia. El sistema de la pequeña producción diversificada, calificado como un anatema por el pensamiento económico moderno estadounidense, hacía sentido en Puerto Rico. Nuestro país se destacaba, entre todas las Antillas, en que producía alimentos en cantidades suficientes para casi suplir las necesidades de sus habitantes, así como las de islas vecinas:

“Puerto Rico es esencialmente la tierra del agricultor y la más altamente cultivada de las Indias Occidentales. De hecho, es la única isla en que la agricultura es tan diversificada que produce suficiente comida para el consumo de sus habitantes, además de vastas cosechas de plantaciones en café, azúcar y tabaco para la exportación. Más aún, la tierra no está monopolizada por grandes plantaciones, sino que está dividida principalmente en pequeñas tenencias independientes”.5 (Traducción libre)

Proveniente de Texas, la industria ganadera de la isla no pasó desapercibida para Hill. Nuevamente, hizo comparaciones interesantes con otras islas de El Caribe. Además, evaluó todo en el contexto del mercado caribeño:

“La agricultura diversificada de Puerto Rico está muy modificada por extensos intereses de pastoreo, que no solo suplen a sus habitantes de carne, sino que producen cientos de reses de excelente calidad para la exportación anual; especialmente para las Antillas menores, que son considerablemente dependientes de Puerto Rico para carne, así como bueyes de labor. Los principales consumidores son Martinica, Guadalupe, St. Thomas y Cuba. Las tierras de pastoreo son superiores a las demás de las Antillas. Están ubicadas principalmente en el sur y en el lado noroeste de la isla, y están cubiertas una nutritiva planta leguminosa, llamada malahojilla (Hymenachine striatum), que las reses consumen”.6 (Traducción libre)

Con la misma energía y motivación intelectual con que dos décadas antes había estudiado los fósiles y rocas de la Grandes Llanuras del Sur de Estados Unidos, Hill se dio en 1899 a la tarea de estudiar el misterio de la prosperidad de Puerto Rico. Además de dos viajes exploratorios por la isla, revisó toda la literatura existente, en español e inglés, sobre la historia, economía, exportaciones, instituciones, cultura y demografía de nuestro país. También estudio los censos y las colecciones de la “Estadística General del Comercio Exterior”, entre 1887 y 1896. Las conclusiones a que llegó sorprendieron a los que lo conocían por su afán en encontrar avenidas para la inversión de capitales estadounidenses en el mundo entero. A su entender, la pequeña producción agrícola en Puerto Rico era tan eficiente, y su población estaba tan contenta, que lo mejor era dejarla quieta, salvo para viajes de recreación y placer:

“Unos cuantos árboles de café y matas de plátanos, una vaca y un caballo, un acre de maíz o batatas dulces, esa es toda la propiedad de lo que podríamos denominar un jíbaro que vive cómodamente; y quien, montado en su simple y fuerte caballo, con un machete largo asomándose de sus canastas, vestido con un sombrero de paja y borde ancho, abrigo de algodón, camisa limpia y pantalones gastados, sale animadamente de su cabaña para ir a misa, a las peleas de gallos, o a bailar, pensando que es el ser más feliz e independiente que existe […] No es del todo seguro que habrán muchas oportunidades de adquisición de riqueza en Puerto Rico, por medio de la explotación de los recursos agrícolas y minerales, por parte de inmigrantes de los Estados Unidos. Las condiciones que han prevalecido por siglos no pueden cambiarse en un día. Las tierras, cuya titularidad ha sido mantenida por cientos de años, no pueden apropiarse sino mediante su compra. Por otro lado, la isla sería una adquisición exquisita, desde el punto de vista estético, y sería un lugar deseado por la gente para recreación y placer”.7 (Traducción libre)

Al igual que como ocurrió con Herbert Wilson, no sabemos si Hill regresó a Puerto Rico después de su trabajo de exploración mineralógica entre 1898 y 1899. Lo que sí sabemos es que alguna fuerza poderosa y oculta lo llevó a retractarse humillantemente de sus conclusiones iniciales sobre la isla, forzándolo a hacer en 1900 una alabanza pública de los proyectos agrícolas y militares del gobierno estadounidense. Los suelos de Puerto Rico eran inexplicablemente, en sus escritos revisados, “basura que solo podía ser rescatada por la magia de la química, el drenaje y la irrigación”.8 Hill nunca más volvió a ocupar las páginas de National Geographic, salvo un breve intervalo en 1902 en que quizás buscando resarcir su lugar en el mundo científico estadounidense, se fue de voluntario a Martinica para ayudar a las víctimas de la erupción de Mont Peleé. Como en los viejos tiempos en que, aún un vaquero, describió formaciones geológicas desconocidas por la ciencia geológica en las llanuras del sur de Estados Unidos, Hill fue el primero en dar cuenta de los efectos devastadores de los nuée ardentes o flujos piroclásticos; o sea, la mezcla de gases volcánicos, sólidos calientes y aire atrapado que se mueven a altas velocidades y al nivel del suelo, en ciertos tipos de erupciones. Hasta estos flujos entonces eran desconocidos por los vulcanólogos.9

La suerte de Hill, sin embargo, quedó echada con el “desliz” sobre la prosperidad de Puerto Rico antes de la invasión. El propio Alexander Graham Bell tuvo que intervenir para que le publicaran un último artículo en The National Geographic en 1902. No obstante su afirmación forzada de que la presencia militar de Estados Unidos en Puerto Rico era un “acto de guerra humanitario”, y una bendición de Dios para un pequeño y empobrecido lugar en El Caribe, en 1903 Hill fue despedido del U.S. Geological Survey.

El 8 agosto de 1899 uno de los ciclones más violentos del siglo XIX, San Ciriaco, azotó a Puerto Rico. Los daños fueron inmensos. Más de 3,000 personas murieron por las inundaciones. La cosecha de café se perdió por completo. Sin embargo, nada aparece en los archivos digitales de National Geographic al respecto. La cortina de silencio impuesta por las tropas estadounidenses en la isla fue absoluta. Lo próximo que aparece sobre Puerto Rico en la revista data de diciembre de 1899. Su autor fue Hill, quien se limitó a intervenir, mediante una nota de una página, en el “debate” sobre el nombre oficial de la isla, “Porto Rico o Puerto Rico”.10 ¿Qué eran 3,000 personas muertas en comparación con el nombre del collar que nos ponía el imperio en el cuello? Un mes después apareció otra nota en la revista, ahora anónima, anunciando que el presidente de Estados Unidos había puesto fin al debate, al declarar que el nombre oficial sería en adelante “Puerto Rico”.11 De paso, la junta editorial de National Geographic criticó a Hill por su falta de “seriedad y capacidad” al tratar el tema de la nomenclatura apropiada para la isla, pues él había argumentado a favor del uso de “Porto Rico”. Poco importa que Hill era (o había sido) una de las mentes geológicas más importantes de Estados Unidos. El error de nomenclatura era imperdonable.

En 1902, buscando congraciarse con las tropas militares en Puerto Rico, la revista National Geographic, dedicó su reunión anual al tema de la isla. ¿Quién fue el invitado especial para la ocasión? Pues, nada más y nada menos que William F. Willoughby, fundador del Instituto Brookings y exprofesor de economía en Harvard. Amigo cercano de Teodoro Roosevelt, Willoughby había sido nombrado tesorero del gobierno colonial de Puerto Rico en 1901, cargo que ocupó hasta 1909. Su mensaje a la National Geographic Society en Washington D. C. fue laudatorio de la administración del nuevo territorio: “En sus industrias, Puerto Rico avanza favorablemente. El azúcar y el ganado florecen”.12 En la sesión de preguntas y respuestas, Willoughby afirmó que el huracán había sido “algo inusual”.13 La verdadera “tormenta” era la falta de control emocional de los electores puertorriqueños, que se peleaban entre sí por asuntos electorales sin importancia. El resultado era la violencia en la colonia.

Entonces llegó el año del 1906. Una terrible sequía azotó a la agricultura de la isla.14 La competencia por los recursos de agua se tornó severa. Todavía en esa época el drenaje de agua dulce se mantenía en su estado casi natural. El agua abundaba en la Cordillera Central y escaseaba en las costas, particularmente en el sureste. Los grandes intereses azucareros, como la Central Aguirre, tenían sus propios pozos de agua dulce. El gobierno colonial hacía muy poco por aliviar el sufrimiento del agricultor puertorriqueño. Más aún, los proyectos gubernamentales de beneficio público se otorgaban, por lo general, a contratistas estadounidenses que se robaban el dinero y, a veces, ni llegaban a la isla. La prensa local comenzó a fustigar al gobernador designado por el presidente de Estados Unidos. El escándalo de corrupción en la administración de la colonia alcanzó la prensa de la nación imperial.

Fue en ese agrio contexto de crisis y múltiples revelaciones de actos de corrupción, que la revista National Geographic publicó su primer artículo de fondo sobre Puerto Rico, desde los tiempos de los maravillosos reportajes de Robert Hill. Ahora, sin embargo, el autor no era ni un geólogo ni un científico natural de renombre, sino el entonces secretario de guerra y también candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos: William H. Taft. Tan o más mentiroso que Donald Trump, el guerrerista Taft utilizó las páginas de National Geographic para presentar un cuadro totalmente falso no solo de la situación de la isla al momento de la invasión, sino también de lo que él llamó la “historia americana” de la isla por nueve años. En un lenguaje burdo y prepotente negó la condición colonial de Puerto Rico y le atribuyó, mentirosamente, al gobierno federal las ayudas que llegaron a Puerto Rico en respuesta a la devastación de San Ciriaco:

“La soberanía de Puerto Rico pasó a manos de Estados Unidos el 18 de octubre de 1898, y esto con el pleno consentimiento de la gente de la isla […] Bien temprano en la historia americana de la isla, un ciclón pasó por encima de ella, destruyendo una buena parte de los cultivos de café; se gastaron $200,000 del fondo de emergencia del Departamento del Tesoro de Estados Unidos para comprar raciones y alimentar a los que quedaron desamparados”.15 (Traducción libre)

¡Qué mentiras no dijo Taft sobre Puerto Rico y acerca de la supuesta “benevolencia protectora” de Estados Unidos entre 1898 y 1907! Contestar sus patrañas tomaría días y semanas. El imperio, según él, no había hecho otra cosa en Puerto Rico que no fuera garantizar nuestro bienestar y, en particular, evitar que apareciéramos ante el mundo “tristes y prostrados”, como pasaba, según él, con las islas británicas, francesas, holandesas y danesas circundantes.16

¿Y que había recibido Estados Unidos a cambio de tantos esfuerzos, gastos y responsabilidades, entre 1898 y 1907? Nada, absolutamente nada. El problema de Puerto Rico no era ni económico ni político. Según el secretario de guerra, los conflictos brotaban del complejo de inferioridad de los puertorriqueños y de la falta de agradecimiento que estos exhibían frente el altruismo imperial:

“El carácter de los beneficios que nosotros hemos conferido a estas personas que hablan español es tal que, en ello, queda necesariamente implicado nuestro sentido de mayor capacidad para el gobierno propio, así como nuestra convicción de que representamos una civilización superior. Esto por sí mismo duele en el pecho de los nativos y les seca la flor de la gratitud. Es natural que sea así. Es inseparable de la tarea que tenemos que llevar a cabo”.17 (Traducción libre)

Como si se tratara de un ‘Donald Trump’ de principios del siglo XX, Taft prosiguió en su artículo de National Geographic con expresiones pomposas acerca del significado de la presencia de Estados Unidos en Puerto Rico. Mintiendo sin reparos, se inventó datos para afirmar burdamente que la isla estaba en ruinas al momento de la invasión del 1898. Nada le importaron los artículos de Hill en la misma revista ocho años atrás. Lo único que importaba era su visión prepotente de lo que él llamaba la “historia americana de Puerto Rico”, particularmente después de aprobada la ley Foraker. En una afirmación que parece sacada de los twitteres modernos en la Casa Blanca, este futuro presidente de Estados Unidos afirmó que la benevolencia de su país hacia Puerto Rico era el “ejemplo más importante y más puro de altruismo en toda la historia de las naciones modernas”.18 Y todo esto, hecho generosamente para el beneficio de un grupo de personas hispanohablantes, que maliciosamente abusaban de los derechos conferidos por la nación imperial. Ante todo, arremetió en contra de la prensa local:  “Los periódicos nativos unilateralmente se aprovechan de la libertad de prensa y abusan de este privilegio por medio de todo tipo de afirmaciones injustas diseñadas para agitar el prejuicio nativo en contra del gobierno y, por tanto, de los norteamericanos”.19

Fue así que a la isla de Puerto Rico, a aquella bella princesa que cautivó el corazón del vaquero texano convertido en geólogo al servicio del capital, le pusieron en 1907 el mote de ‘mendicante majadera’.

1 Hill, R. T. (U.S. Geological Survey) (1899). Porto Rico. The National Geographic. March 1899, pp. 93-112.

2 Hill, R. T. (U.S. Geological Survey) (1899). The Mineral Resources of Porto Rico. Washington: Government Printing Office, p. 10.

3 Hurt, R. D. (2002). American Agriculture. Indiana: Purdue University Press, pp. 165-220.

4 Hill, R. T. (1899). Cuba and Porto Rico: With the Other Islands of the West Indies. New York: Century Press, 158.

5 Ibid.

6 Ibid, pp. 159-160.

7 Ibid, pp. 169 &

8 Ibid., pp. 422-423.

9 Hill, R. T. (U.S. Geological Services). On the Volcanic Disturbances in the West Indies. The National Geographic. No. 13 (7): 223-267.

10 Hill, R. T. (Geological Survey) (1899). Porto Rico or Puerto Rico? The National Geographic. No. 10(12): 516-517

11 The National Geographic. No. 11(1), pp. 36-37.

12 Proceedings of the 1902 National Geographic Society. The National Geographic. No. 13(12): 466-470.

13 Ibid. p. 469.

14 Report of the Governor of Porto Rico for the Fiscal Year ending June 30, 1907. Washington Government Printing Office, pp. 31-32.

15 Taft. W. H. (Secretary of War) (1907). Some Recent Instances of National Altruism: The efforts of the United States to aid the peoples of Cuba, Porto Rico, and the Philippines. The National Geographic. No. 13(7): 432-438.

16 Ibid, pp. 433-434.

17 Ibid, p. 438.

18 Ibid., p.432.

19 Ibid, p. 438.

El discurso colonial perdió su mayoría

A los puertorriqueños se les hizo creer desde el momento mismo de la invasión yanqui el 25 de julio de 1898 que la llegada de las tropas invasoras tenía el propósito de liberarnos de un gobierno español tiránico, y que una vez liberados del yugo español se implantaría en la Isla las libertades de la democracia de la “gran nación norteamericana”.

Esa creencia explica la entusiasta acogida que le diera gran parte del pueblo y el liderato político puertorriqueño de aquella época a la invasión, incluyendo a Eugenio María de Hostos, quien se ofreció a acompañar las tropas yanquis en su viaje a Puerto Rico.

La oferta de libertad y democracia comenzó con la proclama del general Nelson Miles al dirigirse al país desde Ponce a los tres días de la invasión. Al pasar de los años el discurso del invasor se amplió y le hizo pensar a la mayoría del pueblo que el gobierno de Estados Unidos era también el garante de la estabilidad económica del país además de la democracia y la libertad. Demás esta decir que el discurso del invasor ha estado siempre apoyado por esa clase política traidora que hemos sufrido en la administración de la colonia. Sin su complicidad el presente puertorriqueño seria distinto.

Hoy, la realidad que vivimos es tan apabullante que el discurso del invasor y sus cómplices ha perdido el respaldo mayoritario del país. Basta señalar el rechazo mayoritario en el plebiscito del 2012 al estatus existente, aun cuando todavía el Tribunal Supremo USA no había decidido el caso Sánchez Valle.

Los eventos de los últimos años en la política puertorriqueña a, pesar de los grandes problemas económicos y sociales que han ocasionado, sin duda alguna han elevado la conciencia política de gran parte del pueblo nuestro. Hoy hay un mayor entendimiento de nuestra realidad y de las causas de nuestros problemas que hace apenas unos cinco años.

El debate de cerca de sesenta años sobre si el estado libre asociado había o no resuelto el problema colonial ha quedado superado con la reafirmación del gobierno de Estados Unidos, a través de sus tres ramas de gobierno de la condición territorial de Puerto Rico. De gran importancia para enterrar ese debate ha sido la decisión del Tribunal Supremo USA en el caso Sánchez Valle, que sostuvo las alegaciones del Departamento de Justicia USA a nombre de la rama ejecutiva y la acción congresional que siguió al caso con la legislación creando la Junta de Control Fiscal para dirigir el país. La admisión del estado colonial es hoy prácticamente aceptado por todos, lo que es un gran paso de avance en el debate político. Reconocer el problema es comenzar a solucionarlo.

La discusión sobre la deuda gubernamental, por otro lado, ha elevado el entendimiento de cómo funciona nuestra economía. Muy pocos conocían de la existencia de los bonistas y el gran control que han ejercido sobre nuestra vida como pueblo, imponiendo la política pública del país a través de todos los gobiernos.

Las acciones de Washington, sin entrar a discutir el propósito que persiguen, despejan algo el camino del debate de estatus cuando a lo anterior añaden que la libre asociación es la independencia. Eliminada la colonia disfrazada (ELA) y la libre asociación se reducen entonces las opciones a la colonia cruda, la independencia y la anexión como estado federado.

A lo anterior hay que sumar que sobre la anexión comienzan a darse señales de rechazo en Washington. Aunque con expresiones muy diplomáticas los propios amigos de los anexionistas dicen públicamente que no hay los votos en el Congreso para una solicitud de admisión como estado, algo que todo el mundo sabe pero que el liderato penepé se resiste a creer.

La crisis financiera del gobierno, la deuda y los destrozos del huracán le han dado a Puerto Rico en los círculos políticos y financieros de Estados Unidos una visibilidad y atención que no teníamos y de lo cual nos quejábamos cuando decíamos que éramos invisibles en Washington. No hay duda que estar en la agenda financiera es mejor que estar fuera de ella, aunque todavía estamos ausentes de la agenda política del imperio.

Por otro lado, es importante señalar que la visibilidad y la inclusión en la agenda aunque insuficiente, es un desarrollo positivo. Pero a la misma vez debemos estar conscientes que nada de esto es producto del trabajo y la presión de las fuerzas políticas de la isla, que han sido incapaces de traer al imperio a la mesa de discusión.

Ha sido el capital estadounidense, los bonistas, nuestros acreedores, los que nos han dado la visibilidad al mover a sus congresistas a servir de cobradores legislando la Junta de Control Fiscal. Una vez se resuelvan sus reclamos se acaba la atención de nuestro caso si no hay acción política de parte nuestra.

Lo que nos lleva otra vez a la necesidad de un concierto de las fuerzas políticas de P.R. para presionar a Washington a discutir el presente y futuro puertorriqueño. Lograr ese consenso para emplazar a Washington debe ser la prioridad de todos.

INDULAC: Una empresa boricua

Por Gabriela Ortiz Díaz/CLARIDAD

¿Habían que INDULAC, corporación perteneciente a la Cooperativa de Productores de Leche (COOPPLE) desde 2016, utiliza 100 por ciento de leche fresca proveniente de las ganaderías puertorriqueñas en la elaboración de deliciosos y nutritivos productos lácteos como la Leche de larga vida, el Queso Blanco del País y Mantequilla?

¿Sabían, además, que el compromiso de esta empresa con Puerto Rico la indujo a auspiciar este 44to Aniversario de Apoyo a CLARIDAD? En entrevista telefónica, el presidente de esta corporación, Francisco Oramas, comentó que la principal motivación para apoyar el evento anual es que “sabemos que es un festival que es una vitrina para muchos pequeños comerciantes que van allí a exponer sus productos”.

Asimismo, el ejecutivo indicó que es una buena actividad para que se conozca más de INDULAC porque todavía la gente guarda muchas dudas sobre si es o no una industria completamente local.

INDULAC se creó en 1952 para atender el excedente de leche. “La leche fresca siempre ha estado en manos de las plantas elaboradoras (ahora mismo hay dos en Puerto Rico). Ahí se recoge leche a nivel del campo. Lo que esas plantas no pueden vender como leche fresca, lo declaran excedente y ese es el que llega hasta INDULAC”, dijo. En ese sentido, por más de 60 años, esta industria local ha elaborado productos de la más alta calidad con el excedente de leche fresca.

“Esa leche de más la manejamos mediante varios productos: el principal, leche Ultra High Temperature (UHT o de cajita) en todas sus presentaciones (2%, 1%, sin grasa, entera, deslactosada, de sabores), queso y mantequilla”, continuó explicando Oramas.

Precisamente, para continuar contribuyendo a la economía del país de la mejor manera, la Industria Lechera de Puerto Rico (INDULAC) firmó un contrato en 2016 con COOPPLE). De esta manera, se han propuesto reducir las importaciones y maximizar la efectividad de la exportación de productos lácteos elaborados de primera calidad. Ese contrato, por un término de 40 años, cuenta con el aval del Fondo Fomento de Industria Lechera.

El cambio al sistema de financiamiento cooperativista ha sido muy positivo, a juzgar por Francisco Oramas. “Las consecuencias han sido positivas por las bondades del cooperativismo. Además, todos los dueños – accionistas de la cooperativa – son los mismos ganaderos. En algún momento, podremos repartir X cantidad de dividendos entre esos ganaderos accionistas para que ellos reinviertan en sus operaciones y negocios agrícolas. Ese sería el legado más grande que INDULAC le puede dejar a la cooperativa porque al final lo que queremos es fomentar el empresarismo local”, señaló el presidente.

INDULAC tras María

Según Francisco Oramas, luego del paso del huracán María, aunque la industria sufrió pérdidas millonarias principalmente a nivel del campo y la ganadería, aumentó las ventas en un 200 por ciento porque hubo mucho excedente de leche fresca.

El plan fue “archivar todos los procedimientos –mantequilla y queso– para maximizar la capacidad de la planta de producir leche UHT. Después del huracán, fue mucho el excedente que nos llegaba porque como no había luz en las casas y las plantas elaboradoras (Tres Monjitas) no estaban vendiendo toda la leche que usualmente vendían”, explicó.

Así, aunque a nivel de ganadería se reportaron pérdidas millonarias –disminución de ganado por muerte, daños en la infraestructura de las vaquerías y aumento en los costos de operación por falta de electricidad– en términos de venta hubo un aumento en los pasados meses.

La producción de leche UHT se vio afectada también, principalmente, porque el almacén de productos terminados en Toa Baja se quedó sin parte del techo y sin algunos aires acondicionados. No obstante, pudieron suplir la alta demanda de leche de caja debido a que el inventario de reserva de la empresa tiene una duración de tres a cuatro meses. “Para nosotros es bien importante que esos inventarios permanezcan saludables”, acotó Oramas.

Historia de los productos de INDULAC

(fuente: indulacpr.com)

1952–1964 – Comienzo de la producción de queso blanco para freír.

1964 – Comienzo de la producción de leche en polvo y mantequilla.

1984 – Comienzo de la producción de leche de larga duración o larga vida.

1992 – Comienzo de la producción de queso cheddar y mozzarella.

2000- Comienzo de la producción de leche evaporada en envase aséptico de larga duración o larga vida.

2011 – Procesamiento de leche de larga duración en sus variedades (entera, 2%, 1% y descremada) y mantequilla en empaque de 68 libras.

2012- Lanzamiento de leches de larga vida con sabor a chocolate, vainilla y fresa.

2013- Relanzamiento del Queso Blanco del País INDULAC.

2014- Lanzamiento de las leches sin lactosa en las siguientes variedades: Entera, Baja en Grasa y Sin Grasa; Lanzamiento del Queso Blanco del País en las siguientes variedades: Queso blanco del Pais bajo en sodio, Queso blanco del País con jalapeño, y Queso blanco del País bajo en sodio con jalapeño.

2015 – Lanzamiento de nuevo tamaño de 12 oz. de las leches con sabor a chocolate en las siguientes variedades: entera, baja en grasa y sin lactosa.

2016 – Lanzamiento de Leches Evaporadas en conveniente empaque de 12 oz. y con tapita.

2017- Lanzamiento Mantequilla con Sal.

Háblame de Elliott: Un hombre que vivió su vida a plenitud

Conocí a Elliott en el año 2001, poco tiempo después que Elga y yo comenzáramos nuestra relación. En esos días me había enterado – por Elga – que su padre me había bautizado con el apodo de “El Güi”, un diminutivo de “El Güirero”. Me pareció simpático el apodo y en principio pensé que aludía al hecho de que yo era músico. Pero resultó que la referencia no era musical sino que deportiva: me llamaba “El Güirero” porque, según él, estaba “velando güira” con su hija.

Elliott estaba en ésos días en la cuidad de Nueva York con motivo de la pelea de Félix “Tito” Trinidad contra William Joppy. Elga, que estaba en Puerto Rico en esos días, había coordinado nuestro encuentro. A sugerencia de Elliott nos encontramos en el pesaje de la pelea, que tomó lugar en Bryant Park, cerca del área de Times Square. Yo honestamente no sabia qué esperarme; obviamente conocía a Elliott de la radio y la televisión (donde siempre aparecía simpático y sonriente) pero no tenía la menor idea de cómo sería en realidad ni de cómo recibiría al recién compañero de su hija.

Pero Elliott fue cálido y familiar desde el “mucho gusto”. Me recibió con un abrazo e inmediatamente procedió a presentarme a TODAS las personas que teníamos a nuestro alrededor. Creo que no me presentó a “Tito” porque no estaba cerca, pero igual conocí a gran cantidad de sus compañeros periodistas y a muchísimas otras personas, las cuales estoy casi seguro que Elliott acababa de conocer allí mismo.

Después del pesaje nos dirigimos al Bronx, a ver un juego de sus amados Yankees de Nueva York, organización que detesto apasionadamente ya que, entre otras cosas, son los archienemigos de mis queridas Medias Rojas de Boston. Elliott en ese momento no sospechaba mis inclinaciones Bostonianas – y mucho menos intuía que, poco tiempo después, acabaría convirtiendo a su hija en amante del equipo de Pedro, Manny y Big Papi – así que me hice el loco y me propuse disfrutar el juego. Recuerdo que hablamos sobre muchas cosas, pero sobre todo sobre deportes y música, pasiones que siempre compartimos. En algún momento del partido me asaltó el presentimiento de que estaba hablando solo y de que mi compañero, tan parlanchín hasta ese momento, llevaba ya un buen rato que no me dirigía la palabra. Pasaron varios minutos hasta que mi curiosidad me obligó a mirar a Elliott con el rabo del ojo y confirmar lo que ya me sospechaba: Elliott estaba profundamente dormido, con ronquidos y todo.

Entré en un momentáneo estado de pánico, durante el cual consideré mis opciones: ¿Lo despierto? ¿Sigo hablando solo como si no pasara nada? ¿Veo el resto del juego en silencio y espero a que algún rugido de la multitud lo despierte? Opté por esta última, pensando que su sueño no podría durar más que unos minutos. Pero, entrada tras entrada, el sueño de mi futuro suegro sólo parecía profundizarse. El punto es que el juego se acabó y no fue hasta que comenzaron a sonar las primeras notas del emblemático “New York, New York” por los altavoces del estadio que Elliott de repente hizo un movimiento brusco, abrió los ojos y, después de bostezar un par de veces, sugirió que nos fuéramos. Así como así y como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal. Esa noche nos despedimos con un abrazo en su hotel, ambos sintiéndonos que habíamos salido de ese primer encuentro como buenos amigos.

Elliott me hizo sentir como un amigo desde el primer momento, y enfatizo aquí lo que ya se ha convertido en un tipo de “Pie Forzado” en estos escritos sobre él: sus muestras de amistad, cariño y solidaridad eran infinitas y estaban disponibles a todos por igual. Me atrevo a añadir que, en todo el tiempo que lo conocí, nunca lo vi de mal humor o en stress y muy pocas veces lo vi sin una sonrisa en los labios. Fue una persona feliz la cual, mientras estuvo entre nosotros, nos deslumbró a todos con su felicidad.

Nuestra hija Elena extraña mucho a su abuelo y la mínima referencia a Elliott la hace recordar su ausencia, lo cual generalmente viene acompañado de gran tristeza y muchas preguntas. El otro día, de camino a la escuela, me preguntó si yo extrañaba a “Abuelo”, a lo que yo contesté que sí, que lo extrañaba mucho. Yo procedí a preguntarle a ella qué era lo más que extrañaba de él y ella me contesto que “Todo. Extraño tenerlo conmigo”. Eso era Elliott. Un individuo que vivió su vida a plenitud, dándolo todo por su familia, sus amigos y su país. Un ser humano tan indispensable que su partida deja un gran vacío en las vidas de todos los que lo conocimos; un hueco imposible de llenar. Aun así, su alegría permanece con nosotros y al recordarlo no podemos evitar tener que emular su eterna sonrisa.

Miguel Zenón, alias “El Güi”. El autor es músico.

El 44 Festival de CLARIDAD se celebra del 22 al 25 de febrero en el estacionamiento Hiram Bithorn dedicado a Elliott Castro Tirado.