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La melodía infinita

Hace más de cien años, a un famoso luthier en Westfalia le pidieron una guitarra en madera de cerezo, para que sonara más dulce que ninguna. El encargo era de una cantante de ópera alemana; quería regalársela al hijo, que cantaba como los ángeles y se acompañaba angelicalmente con aquel instrumento. Vino la Primera Guerra y el joven fue convocado a filas y no volvió, pero antes de marchar al frente había dejado un hijo, que recibió la guitarra y la pesada carga de cantar y tocar como su joven padre muerto. El hijo descubrió al crecer que lo suyo era la medicina, pero igual se llevó la guitarra a Berlín cuando partió a la universidad, porque le gustaba tocar y cantar. Vino la Segunda Guerra, lo llamaron a filas, lo mandaron al frente ruso y nunca volvió. Su novia se quedó con la guitarra, juró que no habría ningún otro hombre en su vida pero, con los años, en la Alemania reconstruida de Adenauer, encontró un hombre bueno que la convenció de casarse con ella y que le dio un hijo, y así es como llegó al mundo nuestro personaje y como llegó a sus manos la guitarra de madera de cerezo.

Carl Fischer no sabía qué hacer con ella, a duras penas era capaz de rasguear alguna canción de Cat Stevens o Pink Floyd, lo suyo era la máquina de escribir. Carl Fischer era un joven periodista que quería ser escritor y que consiguió que una revista alemana lo mandara a Tokío, donde trabajó con un joven japonés que le pareció tan centrado y sereno que un día se animó a preguntarle cuál era su secreto. El japonés lo invitó a su departamento, que era una caja de zapatos de un ambiente con un equipo de música de última generación y apenas una docena de vinilos en una repisa que parecía un pequeño altar. El japonés bajó las luces, sacó un vinilo de su funda blanca y puso una canción de menos de dos minutos: era João Gilberto cantando “Desafinado”, él solito con su guitarra. Doce horas después, cuando Carl Fischer salió de aquella caja de zapatos con la cabeza llena de música, tenía bien claro qué hacer con su guitarra de madera de cerezo: entregársela en mano a João Gilberto, el único hombre en el mundo que la merecía. Así que volvió a Berlín, buscó la guitarra en su departamento y se tomó otro avión, esta vez a Brasil, a cumplir su destino como desafinado.

Los desafinados de este mundo son aquellos que, después de escuchar por primera vez João Gilberto, no pueden escuchar otra cosa. El problema es que a João no le gustan ni los discos ni los conciertos, ni los micrófonos ni los focos de las cámaras. El mito dice que João entró mal en Rio la primera vez que bajó desde Bahia: la experiencia fue tan desgraciada que intentaron internarlo en un psiquiátrico (según la leyenda, João pedía guitarras prestadas para tocar y nunca las devolvía, porque ya no servían más para hacer lo que hacían antes de que él las tocara). João terminó refugiado en las montañas de Diamantina, en casa de su hermana mayor, instalada allá para recuperarse de la tuberculosis. João se pasaba el día en pijama, practicando con su guitarra horas y horas encerrado en el baño, porque era el lugar de la casa que mejor acústica tenía. A la semana, la hermana creyó enloquecer y le consiguió otro alojamiento, en el casco histórico pero a prudencial distancia de su casa (él sólo aceptó después de probar la acústica del baño). Seis meses después, João se sacó el pijama y volvió a Rio a cambiar la música brasilera para siempre, pero los desafinados dicen que no ha salido ni saldrá nunca de ese baño, porque ese baño es como el tamarisco bajo el cual se sentó un día Siddartha Gautama y devino Buda.

El problema de João con los micrófonos es que generaron un gigantesco malentendido: la idea principal al inventarlos, según él, no era amplificar el sonido sino hacer sentir a cada persona de la platea que le estaban cantando al oído. Eso era lo que más le gustaba en el mundo a João: tocar bajito, toda la noche, sentado en un bar o en un living, rodeado de un puñado de fieles, y al amanecer, café con leche y pan con miel para todos, pagado de su bolsillo, en algún barcito que mirara al mar en Ipanema.

Dice la leyenda que después de aquellas noches ofrecía llevar a cada uno a casa en su auto y que manejaba ignorando todos los semáforos rojos en el camino, tal como ignoraba todas las reglas que regían la música brasileña hasta que él agarró una guitarra por primera vez. Todos querían pasarse la noche entera escuchando a João pero nadie quería irse en auto con él después, porque no frenaba en ningún semáforo. En esas vertiginosas travesías de madrugada por las avenidas de Rio, João repetía a quien se atreviera a ir a su lado que todo iba demasiado rápido, que había que serenar. “¿Por qué no manejas como tocas?”, le imploraban sus amigos. Sus enemigos, en cambio, los que odiaban su intimismo tan poco brasilero, decían: “¿Por qué mierda no tocará como maneja?”.

Como a João no le gustaba discutir, se fue a vivir a Nueva York después de inventar la bossa nova. Lo curioso es que no le gustaba nada el jazz (“Eso que tocas no samba”, le dijo una vez a Miles Davis, que lo persiguió durante años para tocar juntos). Glauber Rocha, que adoraba a João (y soñó toda su vida filmar una versión de Las palmeras salvajes de Faulkner ambientada en Bahia, con su amigo haciendo de cantor y guitarrista ciego), decía que João Gilberto introdujo el budismo en la música brasilera: el movimiento perpetuo siempre en el mismo lugar hasta alcanzar, a través de la repetición siempre diferente, la forma perfecta.

Cuando se inauguró el Canecão en Rio, en 1967, y convencieron a João para que fuese a tocar, él viajó solo con su guitarrita y fue directo del aeropuerto a la prueba de sonido, pero cuando vio que el Canecão era un galpón de techo de chapa con acústica imposible decidió, sin decirle nada a nadie, volverse al aeropuerto y subirse al primer avión que partiera a Nueva York. Como la casa de sus amigos Os Novos Bahianos estaba cerca del Canecão, en Botafogo, fue caminando hasta allá para pedir un taxi. Le abrió la puerta Tim Maia, que estaba de visita en casa de Os Novos Bahianos y que, de todos los hijos musicales de João, era el más deforme (su famosa exigencia a los técnicos de sonido era: “Mais graves! Mais agudos! Mais eco! Mais retorno! MAIS TUDO!!!”) y el que más lo quería también, porque nunca lo había visto en persona.

Tim Maia estaba ahí tratando de convencer a Os Novos Bahianos de las virtudes de la electrificación. Tim Maia era el James Brown brasileño, O Rei do Fanki: sus bandas tenían poderosas secciones de vientos, de percusión y muchas coristas. Tim no aceptaba limusinas; pedía un bondi para llegar a sus conciertos, un bondi lleno de chicas, maconha y cerveza (y el cachet debía pagársele en estricto efectivo, en bolsas de papel, que acumulaba debajo de su cama). Regalaba dosis de LSD en sus conciertos. También decía: “No fumo, no bebo, no cojo, no me drogo. Sólo miento un poquito”. Cuando Tim abrió la puerta y se topó con su ídolo, de traje y corbata y perfectamente engominado, gritó para adentro, a Os Novos Bahianos: “¿Llamaron a la policía musical porque tenían miedo de que los convenciera?”. Dice la leyenda que Tim Maia se quedó todo un día y una noche escuchando a João cantar y tocar su guitarra, y después de desayunar juntos café con leche y pan con miel en un barcito de Botafogo, lo vio partir hacia el aeropuerto en el auto de Os Novos Bahianos, con lágrimas en los ojos, porque no había lugar en el auto para él.

Unos años después, cuando João grabó su mítico álbum blanco en Nueva York, en 1973, puso como única condición que se reprodujera en estudio la acústica “de un baño de antes” (en realidad puso otra condición más: el productor que quería para hacer el disco era un compatriota, o mejor dicho una compatriota suya, Wendy Carlos, que venía de hacerse la operación de cambio de sexo que le permitió dejar de ser Walter Carlos, y que quedó tan desquiciada por trabajar con João en aquel disco, que hizo sacar su nombre de los créditos y niega hasta el día de hoy haber participado en él). Ese era el disco que escuchó Carl Fischer en Japón, muchos años después, y que lo lanzó a su cruzada desafinada.

Para entonces João ya vivía de vuelta en Brasil y hacia allá se dirigió Carl Fischer con su guitarra de cerezo. Estuvo casi un año en Rio intentando llegar hasta él. Habló con todos los que lo conocían, recogió un millón de anécdotas jugosas pero no logró que João lo atendiese por teléfono siquiera (y es leyenda que João puede llamarte en medio de la noche y pasarse horas enteras tocando y cantándote canciones por teléfono, desde su baño). Al final se volvió a Alemania, escribió un libro sobre su peregrinaje titulado O-ba-la-lá, como la primera canción que compuso João, y le puso una frase de Wagner como epígrafe: “La grandeza de un poeta se mide sobre todo por aquello que silencia, y la forma inaudible de ese silencio es la melodía infinita”. Cuatro días antes de que el libro llegara a las librerías (y cuando ya se estaba traduciendo al portugués para publicarse en Brasil), Carl Fischer se tiró por la ventana de su séptimo piso en Berlín. No dejó nota suicida, ninguno de sus amigos lo había visto deprimido en los días previos. Sólo encontraron las ventanas abiertas de su departamento, la guitarra de madera de cerezo en un rincón y la nieve berlinesa posándose de a poco sobre los muebles.

Reproducido de www.pagina12.com.ar. El autor es escritor, traductor, periodista, jugaba fútbol hasta que sufrió una lesión en su juventud, además, sabemos que fundó el suplemento cultural Radar de Página 12 y que actualmente escribe cuando quiere y puede.

TOPOGRAFÍA: Nemesio Canales contra todo mal

En estos días en que se agudizan las complicidades coloniales nos hace falta el espíritu de Canales. Pocos en nuestra historia fueron tan indomables e ingeniosos como él. Y pocos emprendieron tantos proyectos, al punto que, por no dejar de hacer, hasta empresario del teatro Venus de Ponce fue, responsabilidad para él “más codiciada . . . que la de gobernador de Puerto Rico o presidente del Tribunal Supremo”. (“Arenga de empresario”, 1913)

Gracias a la labor del profesor Servando Montaña Peláez, quien ha publicado sus escritos, podemos conocer más de este indómito ser.

Nació Nemesio en 1878 en Jayuya, estudió leyes en España y en Estados Unidos. Tan pronto regresó a Puerto Rico organizó su oficina de abogado e incursionó en la política a través del Partido Unión. Fue electo delegado a la Cámara. Como legislador presentó un proyecto para concederle a la mujer la plena igualdad que al hombre. (Por supuesto, fue derrotado por los “prohombres” de la política.)

No se sentía del todo a gusto con su profesión, prefería la lucha de ideas y la belleza artística. Asimismo fue crítico y divulgador de las nuevas tendencias artísticas y literarias. Necesitaba la palabra para decir ideas que anunciaran un tiempo mejor. Por eso fundó y colaboró con varios proyectos editoriales.

Publicó la serie Palique en el periódico El día de Ponce. Escribió Vendimia literaria para la Revista de las Antillas. Colaboró con el semanario Juan Bobo. Fundó la revista Cuasimodo. Dirigió el semanario La Semana. Pero lo pequeño y mezquino del país le asfixiaba.

Por eso mismo se ausentó, y se fue a ampliar su lucha. Se entregó en cuerpo y alma al proyecto de lanzar la revista Idearium, desde fuera del país, y con proyección internacional.

En agosto de 1921, Canales regresó a Puerto Rico. Poco antes, el 30 de julio de ese mismo año, el gobernador E. Montgomery Reily, mejor conocido como Moncho Reyes, había dado su discurso de toma de posesión. En este declaró que ningún independentista podría formar parte del gobierno y declaró proscrita la bandera de Puerto Rico. Esto revolcó el avispero y se generó una campaña para su destitución. En el 1922 Canales tenía a su cargo la dirección de La Semana y publicó, pues, el artículo, Yo acuso, de su amigo Alfonso Lastra Charriez. El escrito era una crítica a Reily. Las consecuencias no se hicieron esperar. A Canales le solicitaron la renuncia en el Departamento de Justicia, donde trabajaba. Pero también participó en la polémica pública censurando al gobernador. En su artículo ¡Dios y hormiga! (publicado en La Semana en septiembre de 1922) contesta el escrito, Los responsables, de Capó Rodríguez, que critica la posición desafiante de Barceló (del Partido Unión) ante el nuevo gobernador. Escribe Canales: “¿De modo, señor [. . .], que en opinión de usted el señor Barceló hizo mal en no ponerse boca abajo y aceptarle al Gobernador sus dos famosos cánones? ¿Pero se ha dado usted bien cuenta de lo que dice? Porque lo que dice usted . . . es enorme. Es lo más antidemocrático que yo he oído en mi vida. Es pedirle a un pueblo que renuncie de buen grado a su libertad de opinión. Es sancionar el atropello más brutal, más incalificable que se le puede hacer a una comunidad: despojarla de su derecho a pensar de distinta manera que sus gobernantes.”

Criticó la economía mundial basada en la competencia y propugnó un sistema fundado en el principio de la cooperación. En un texto de 1919 titulado “La situación” en el que analiza las circunstancias internacionales escribió: “Una de dos: o salto resuelto hacia atrás, y se le cortan las alas al obrero [. . .] y se echan abajo en masa los derechos individuales y las constituciones . . .; o salto resuelto hacia delante, procediéndose, serena e inteligentemente, a la sustitución del sistema individualista de la competencia y del beneficio privado, que no ha dejado jamás pasar diez años sin una guerra ni un día sin un nuevo cuadro de miseria y degeneración, por el sistema colectivista de la cooperación . . .”

Pero si pensó y actuó en el drama de lo histórico humano también supo captar con mirada más amplia la condición humana. Supo ver la grandeza de la que el ser humano forma parte y meditó sobre la “Vida”, con mayúsculas, viendo la maravillosa pequeñez del individuo. Por lo mismo, asumió una actitud filosófica que era toda una visión del cosmos. Escribió en su ensayo, “Vislumbres del enigma” (1918): “Somos una condensación de la masa cósmica universal, condensación que en cada individuo se tiñe de un color, de un matiz, de una luz especial, y aspiramos a vivir, porque aspiramos a arder hasta el fin, quemar hasta el fin todo el gas de misterio, todo el fluido de infinito que hemos recibido.”

Dentro de esta concepción el yo se le hace una ilusión: “Todo lo que hay de individualidad en nosotros es tan ilusorio como lo que hay de individualidad en la sombra con relación a los cuerpos y en la espuma con relación a la ola. Sombra y espuma no son más que aspectos, ilusiones ópticas del cuerpo y del agua respectivamente. No existe el hombre A, el hombre B, el hombre C, pues todos no somos otra cosa que la fuerza o energía universal y eterna que llamamos la Vida y que las religiones designan con el nombre de Dios.”

Vemos en Nemesio a un ser humano que actuó críticamente sobre lo histórico con una gran conciencia de su lugar dentro de la realidad total del universo. ¿Quién logra tal intensidad?

Lamentablemente para el país, el 14 de septiembre de 1923 ardió hasta el final, muy temprano, a los 45 años, el fluido de su infinito.

Ay, Nemesio, qué falta nos hace tu espíritu.

El autor es profesor de la UPR en Río Piedras.

Mujeres Libertarias: la exposición

«Así seguí descubriendo otras mujeres que jugaron un papel en la lucha del amor por su patria, nacionalistas que no han sido tan conocidas como otras. Realzar el trabajo de, por ejemplo, Dominga de la Cruz, de Carmen Dolores Otero, de Carmín Rosa Vidal, eso es lo que pretendo (con la exposición); visibilizarlas y que las sigamos recordando como lo que fueron: mujeres valientes, con unas convicciones tremendas, que lucharon por la justicia y la libertad, los que deben ser los valores más importantes para el ser humano”.

Las palabras anteriores pertenecen a Delia Cabrera, artista emergente natural de Comerío que estuvo el pasado año y medio dibujando las 29 obras que conforman Mujeres Libertarias, exposición que estrena este jueves, 1 de febrero en la librería El Candil en Ponce y que cuenta con el auspicio de la Fundación Casa Albizu. Cabrera, maestra retirada del Departamento de Educación, se inició como dibujante hace 3 años, cuando se interesó en acudir a la Escuela de Bellas Artes de Cayey.

Desde un principio, dirigida por los maestros Daniel Rivera y Misael Torres y contagiada por el talento de la artista Lilliana Vázquez, experimentó trazando rostros. “El primer rostro que dibujé fue el de Oscar López Rivera…Yo me dije: ‘Me disculpas, Oscar, porque te hice la nariz aplastada, sin profundidad’”, recordó entre risas Delia, quien ha fusionado su quehacer artístico con la terea de ser abuela. De hecho, una de las piezas de la muestra es el dibujo de su nieta de 9 años: Valeria Camila Santiago.

“Incluí una semillita de libertad, que es una niña que me ha inspirado mucho y yo la veo como la semilla que va a seguir”, confesó para En Rojo a la vez que manifestó que se ha dado una relación bonita entre ella, las obras que dibuja y su nieta, pues la niña se interesa en las mujeres de los dibujos y Delia le explica quiénes son.

Para este proyecto, comenzó a trazar el rostro de Isabelita Rosado. Luego, en grafito, con lápiz de carbón o a colores, continuó con Blanca Canales, Lolita Lebrón, Carmín Pérez, Mariana Bracetti, Lola Rodríguez de Tió. “Cada vez que dibujaba el rostro de esas mujeres, me daba la impresión de que ellas me hablaban. Ahí descubrí que quería continuar dibujando mujeres”, explicó.

Comentó, además, que cuando se instruía sobre el tema notó que todos los libros que conseguía hablaban de hombres, pero no había prácticamente nada sobre las mujeres. Esos detalles, sumados a que cuando asiste a las clases de arte la mayoría son mujeres, fueron los que la motivaron a definir el propósito de su arte.

Las 24 mujeres que incluye la muestra “se han destacado en la lucha libertaria, han amado a su patria y, en épocas donde ellas no tenían casi derechos, se levantaron con una firmeza increíble, lo que provocó que algunas fueran exiliadas o encarceladas por el simple hecho de tener una bandera de Puerto Rico”, dijo la comerieña.

Entre los dibujos de Delia Cabrera también se encuentra Juana Colón, su compueblana. “Aunque había escuchado su nombre, nunca me había puesto a estudiar su historia y de verdad que es una mujer extraordinaria. Era analfabeta, pero tenía un poder de voz y daba discursos de lucha por los derechos de los oprimidos”, ilustró.

Esta artista emergente y apasionada por el arte que practica ha expuesto dos veces anteriormente, pero en colectivas. La primera muestra como solista, ésta que abre en El Candil el 1 de febrero, surgió como un reto que le propuso Edwin Rosario, portavoz de Casa Albizu. De las 15 piezas que le requería Rosario para montar la exposición, Delia realizó 29 dibujos en año y medio.

“Esto es una muestra porque son tantas las mujeres que no da el tiempo para dibujarlas a todas, pero hay una buena representación”, anunció antes de mencionar la lista de las presentes: Juanita Ojeda, Lolita Lebrón, Olga Viscal Garriga, Julia de Burgos, Lucy y Alicia Rodríguez, Josefina “Fifo” Rodríguez, Blanca Canales, Doris Torresola, Angelina Torresola, Carmín Pérez, Mariana Bracetti, Juana Colón, Dominga de la Cruz, Carmen Dolores Otero, Ana Belén Montes, Lydia Collazo, Carmen Rosa Vidal, Lola Rodríguez de Tió, María Trinidad y Rita Zengotita.

Delia Cabrera, mientras leía sobre estas mujeres, distinguió características comunes entre todas “que las fueron alimentando con los valores de justicia social y libertad de nuestra patria”: convicciones fuertes, apasionadas por el servicio a los demás, solidarias, defensoras de los derechos de los más oprimidos, y sobre todo, espirituales.

Luego de creada la muestra, Delia Cabrera siente que “ellas me transmitieron esos valores de luchar por tener una patria libre y la oportunidad de dirigir nuestro propio destino”.

La apertura de Mujeres Libertarias será el 1 de febrero desde las 5:30 de la tarde en la sala de exposiciones de la librería El Candil en Ponce. Permanecerá abierta al público hasta el 28 de este mes. Quedan invitados e invitadas.

La sensualidad de la campiña italiana: Reseña de Call Me by Your Name

En una película, uno de los factores que determinan el comportamiento y/o la manera de ser de un personaje es el espacio en el que habita. La banda de criminales de Reservoir Dogs (dir. Quentin Tarantino, EEUU, 1992), con sus chaquetas negras y gafas oscuras, son una expresión que asociamos de inmediato con un centro urbano. Éstas no son figuras que visualizamos en una playa apacible del Mediterráneo mojando sus pies descalzos en el agua cristalina mientras se toman un café. Su mundo es el de la ciudad, donde el ritmo atropellado de un robo se hace eco del precipitado movimiento del tránsito y de la tensión ante los peligros de la jungla de asfalto. En Call Me by Your Name (Italia/EEUU/Brazil/Francia, 2017), dirigida por Luca Guadagnino, los personajes de la historia disfrutan del verano del ‘83 en la campiña del norte de Italia. Éstos corren sus bicicletas por calles adoquinadas de pequeños pueblos, se zambullen en lagos de aguas heladas que bajan de las montañas y cenan entre árboles de albaricoques y melocotones. En este espacio, se encuentran Elio (Timothée Chalamet), un intelectual de diecisiete años y de curiosidad voraz, y Oliver (Armie Hammer), un hombre de veinticuatro años y estudioso del arte clásico. Durante unas semanas, ambos experimentarán un idilio bendecido por el crujir de los pisos de madera en la villa de la familia Perlman.

Oliver, un estudiante doctoral estadounidense, llega a la villa del Profesor Perlman (Michael Stuhlbarg), donde pasará un verano sirviéndole como asistente de investigación. Perlman, cuya especialidad es el arte grecorromano, lo recibe junto a su esposa, Annella (Amira Casar), su sirvienta Mafalda (Vanda Capriolo) y su hijo, Elio. Éste último es un joven interesado en la música y en la literatura y, durante ese verano, se encuentra explorando el placer sexual junto a su amiga/novia, Marzia (Esther Garrel). Como en muchas historias de amor, a Elio inicialmente le choca la arrogancia de Oliver, el atractivo estudiante universitario que nunca escapa de su mirada. La belleza física de Oliver se convierte en la invitación a la contemplación y al deseo de Elio. En una conversación con Perlman, Oliver se maravilla ante la sensualidad masculina en las esculturas de Praxíteles, el artista griego del siglo IV a.E.C. De esta misma manera, la cámara de Guadagnino aprecia la figura de Oliver cuando juega voleibol sin camisa o mientras descansa acostado al borde de una piscina. Tanto como el escultor ático, el director tienta al espectador y nos hace entender visualmente el deseo de Elio que florece gradualmente en el trasfondo natural idóneo.

El mayor triunfo de la película está en cómo visualiza la relación de Elio y Oliver como la expresión más natural del espacio bucólico que habitan. Diferente a Brokeback Mountain (dir. Ang Lee, EEUU, 2005), donde los encuentros borrascosos entre Jack (Jake Gyllenhaal) y Ennis (Heath Ledger) tienen una relación visual a los paisajes montañosos de Wyoming, Elio y Oliver pertenecen de lleno a un mundo natural apacible donde su deseo no es corrompido por juicios morales. El director de fotografía, Sayombhu Mukdeeprom, retrata una naturaleza que combina la armonía del andar de una mosca sobre el brazo de un personaje con la belleza artística de una escultura clásica que Perlman rescata del mar. En este ambiente, Guadagnino ubica la historia de Elio y Oliver enfatizando el encuentro entre ambos como una manifestación del espacio en el cual coexisten.

Guadagnino imagina la naturaleza como asilo para las relaciones amorosas que escapan las normas sociales. Su maravillosa película, Io sono l’amore (Soy el amor, Italia, 2009), trata sobre cómo el personaje de Emma (Tilda Swinton) transita entre una Italia urbana de privilegio que sofoca cualquier expresión de identidad marginada y el mundo natural alejado de la ciudad, donde ella explora sus deseos secretos. Esa dualidad espacial está ausente de Call Me by Your Name, donde los personajes no se sienten inhibidos. Aunque hay atisbos del horror moralista del exterior, éstos son limitados a pequeños momentos que funcionan para enaltecer la libertad del hogar de Elio. Éste elemento parece escapar de muchos críticos estadounidenses que se sienten en la necesidad de justificar que la edad de consentimiento en Italia es diferente a la de los Estados Unidos y por eso no se debe condenar la relación entre el adolescente y Oliver. Call Me by Your Name no representa el sexo como una relación de poder entre un depredador adulto y un menor que cae víctima a sus avances sexuales. La historia se enfoca en dos personas que se exploran mutuamente porque así lo desea cada uno. Chalamet, el joven actor que interpreta a Elio, crea un balance magistral entre la inocencia juvenil y la madurez intelectual del personaje que lo posiciona como un igual ante Oliver. Incluso, en uno de los momentos más gloriosos de la película, Perlman le hace entender a su hijo la maravilla de su exploración amorosa. Esta escena, que resalta la grandeza del talento dramático de Stuhlbarg, no sólo revela el esplendor del amor y la pasión de la juventud, sino la tristeza del final de una experiencia única. Les recomiendo que busquen la pantalla más grande que encuentren para experimentar plenamente el amor, la naturaleza y la visión artística de esta obra, que está entre mis cinco películas favoritas del 2017.

Será Otra Cosa: Títeres, sin querer queriendo

Se sabe que durante más de medio siglo, el “progreso” al estilo gringo ha venido expulsando la vida de los cascos de los pueblos en Puerto Rico. Se sabe también que los últimos son tan criaturas coloniales como lo son las autopistas y los moles, pero que ambos diseños del espacio responden a distintas premisas históricas y socioeconómicas. En Mayagüez, el “desarrollo” del siglo XX partió por el medio, literalmente, los focos económicos de la costa y del pueblo, según concebidos por el imperio español. Cada vez que transitamos por la carretera #2 y cruzamos el viaducto de Mayagüez, viajamos por una herida que sigue sangrando: el corte neocolonial de las viejas premisas peninsulares. Podría decirse que es como cruzar el Atlántico. Como sé que ambas disposiciones espaciales y, por tanto, vitales, son impuestas por poderes carniceros, nunca he deplorado como tragedia nacional el abandono de los cascos de los pueblos, del mismo modo en que nunca he lamentado como pérdidas desgarradoras de la nación las transformaciones del español boricua y la multiplicidad de usos del inglés. A mucha gente en Puerto Rico le encanta olvidar que ambos idiomas han sido, igualmente, imposiciones genocidas.

Dicho lo anterior, tampoco puede ignorarse que el modo en que están concebidos los pueblos en nuestro país promueve el encuentro interhumano e interespecie mucho más de lo que lo hacen las vías “principales.” Las últimas están abocadas a la atomización al interior de ventanillas-fronteras, aires acondicionados y moles. La #2 separa y vulnera la vida; hace casi imposible el contacto. Todas las especies arriesgamos la vida al intentar caminar por, a través de, junto a, la carretera “principal.” Hay una cantidad infinitamente mayor de perros muertos en las vías principales que en las calles de los pueblos. En la #2, no se puede acariciar una perra, ponerle un envase con agua o intentar espantarle su afán de acompañarnos. En el pueblo, eso aún es posible. A pesar de haber sido tomados también por el carro, en los pueblos de Puerto Rico todavía se admiten las caminatas y se propician los contactos.

Es posible que se me riposte que, sin importar la disposición del espacio o el esfuerzo percibido de habitarlo de uno u otro modo, la especie humana, sea en la #2 o sea en el pueblo, en la ciudad o en el campo, no es más que un títere del capital y, en casos como el nuestro, de la colonia. Es pesada la carga histórica de esa metáfora: a las marionetas se las ha despreciado hasta la saciedad. A mí, por el contrario, no me preocupa concebirme como títere; hasta de la estructura genética o de la evolución biológica podemos ser marionetas. Además, quien ha experimentado una buena manifestación de la milenaria tradición escénica de donde proviene la metáfora que nos ocupa, sabe bien de su extraordinario poder de conmoción y trasformación. La pregunta, como de costumbre, será la de la aspiración: ¿qué títeres anhelamos ser?

Quienes nos acercamos a Taller Libertá, espacio principalmente gestionado por Vueltabajo Colectivo y ubicado en la calle Pablo Casals (antigua calle Libertad) no. 66 en Mayagüez, para su inauguración como taller en las noches del 14 y 15 de diciembre, encontramos en la Titeretada 2017 nuestro espejo, en el que nos deslumbramos al trasluz de la belleza y del amor. Producto de la colaboración comunitaria y entre los colectivos artísticos participantes (Vueltabajo, Deborah Hunt/MaskhuntMotions, Casa Múcaro, Papel Machete, …Y no había luz), el Taller Libertá, que comparte calle con la Plaza del Mercado de Mayagüez (a ambos lados de la Casals, hay frutos igualmente imprescindibles), se volvió, bajo luces bajas, amplias cortinas negras, bancos hechos de paneles y antiguas cajas de leche, en zona de encuentro, riesgo y creación. Allí, fuimos títeres con la posibilidad de abrazarnos y espeluzarnos, de rompernos las extremidades, recogerlas y recomponerlas, de entrar a una barra y reconfortarnos en la compañía cuerpo a cuerpo, de subir unas escaleras con las que nos topamos por azar y encontrarnos allí otra forma de vida (un baile, una escena, un amor), de mirar tras las vitrinas y poder entrar a tocar lo que tras de ellas se esconde, de parar el tiempo para admirar un pedazo de belleza que se impone, a pesar de todo.

No creo exagerar si califico la Titeretada como sesión de sanación colectiva por la catástrofe que los poderes capitalistas-coloniales han producido tras el paso de María. Al verme, al vernos, al ver el país, en títeres y máscaras que se desmiembran y se remiendan, que se cosen los ojos para no ver, que cantan al poder del hacha y el machete que abren caminos, que convierten cajas de priority mail en aves soñadoras, lloré un largo y profundo llanto, el que no he podido llorar desde septiembre porque hay que seguir, seguir, seguir. También reí con una sonoridad sin culpa la sátira de nuestra estupidez y, sobre todo, la burla de la maldad sin proporción de quienes mandan y deciden.

Al interior del Taller Libertá, que ha sido, y sigue siendo, centro de acopio y distribución de la Brigada Solidaria del Oeste pos María, otro país no solo se volvió posible, sino que se hizo. En lo sucesivo, y con el apoyo decidido de los títeres libres que anhelamos ser, al interior del Taller Libertá otro país no solo se volverá posible, sino que se hará. Allí construiremos el país como se construyen los países… y los títeres: a muchas manos, juntas, a veces siendo guiadas y a veces guiando, con amor, belleza y equivocación, zurciendo y rehaciendo, jugando y pensando, sin querer queriendo.