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Estación a la deriva (VII)

DAME EL TACTO QUE GUARDAS EN TU OLVIDO. / Quiero hundirle recuerdos. En su historia / habrá tal vez un poco de memoria / y algunas otras cosas que no han sido, / pero ello poco importa. Dame el tacto / que pierdes cada noche de reposo / y alguna cosa haré, tan cauteloso, / que ha de volver a ti perfecto, intacto. / No pienses que es por mí; es por los otros, / aquellos que no saben de nosotros / y no imaginan cuál es el destino / de una caricia en mayo. Aquella tarde / es un fuego dormido en donde arde / con lenta calma el pan, el pez y el vino.

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ESCRIBIR UN SONETO DONDE QUEPA EL MUNDO y toda la soledad del mundo. Escribir un soneto de nada. Escribir un soneto pensando que es el primero y el último, pero que en él no haya prisa. Escribir un soneto con ganas de que no sea un soneto, sino la coincidencia extraña del sentido y la música casi oculta e imperceptible. Escribir un soneto con ganas de que quede, y que cada palabra sea un enigma, un arcano, y que la sintaxis sea producto de la necesidad en tal medida que Dios se reconozca en ella, y que se mire en ella, y que llegue el momento en que ya no distinga su piel intacta de las líneas exactas del soneto. Escribir un soneto con la alegría inagotable de estar escribiendo un soneto, y punto.

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EN ESTE CUADERNO NO HAY LÍNEAS DISCERNIBLES, sólo un enorme vacío. En sus pliegues ocultos se acomodan las sales, los números, las tardes. Las palabras no estallan; se van acumulando y van trazando rostros que apenas se perciben, y acaso trazan rutas que ya no van a ningún lado. Este cuaderno es una casa de citas atestada de oscuras sensaciones. Yo llego y lo recorro con mis ojos y pregunto si me esperan. Así pierdo las páginas que corren por mis manos. Este cuaderno no dice lo que sabe y es como un adivino caprichoso que calla sus virtudes, y me deja con ganas tremendas y silencios. Algunas veces vengo corriendo a contarle algo con una fuerza extraña, pero tan pronto lo abro y contemplo tanta ausencia se me acaban las palabras, las que puedo decir y que no digo, y comienzo a divagar, pero todo es un dolor y un extravío, y mis pasos se pierden en la casa. Este cuaderno es esa casa que todos han pisado alguna vez, pero de la que acaso no todos han salido. Las páginas contienen sus fantasmas, que luchan por salir. Este cuaderno lo sabe y no le importa; sólo quiere más tinta, más sangre de las manos, que le agoten el vacío, que le deshagan tanta ausencia, pero el precio es la ausencia misma del que pisa, de quien entra en la casa. Este cuaderno es la casa del silencio.

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LLEVAMOS TRES DÍAS EN ESTOCOLMO y todo ha estado tan callado que he comenzado a extrañar el oscuro movimiento de París. Hay razones de peso para estar aquí, y no en Barcelona, adonde quería ir. El dinero se va agotando. Aquí nos ofrecen techo y comida gratis; en Barcelona habría que pagarlo todo, y entonces habría que acortar el viaje. Ayer visitamos la parte más antigua de la ciudad, comenzada a levantarse en los siglos XII y XIII. La arquitectura es de una sobriedad que a veces asusta: líneas simples, sin ninguna ornamentación. Rectitud por todas partes, y un viento frío que incluso en julio recorre las calles. En el empedrado de sus calles angostas recordé el Viejo San Juan, en cuya Calle Sol alguien me espera. Caminamos y caminamos. Desde uno de sus puntos más altos pudimos ver las islas –Estocolmo es un archipiélago– y me sentí cercanamente lejano, como si algo de esas calles fuera conocido. Tal como lo imaginé, Estocolmo es una ciudad muy tranquila. A ratos asusta su silencio, en el que somos, de una manera fatal, nosotros mismos.

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HOY EL DÍA HA SIDO ESTUPENDO, en una intimidad distante del bullicio parisino. En la mañana, mucho café y conversación. Pasamos la tarde en Gamla Stan. Comida sabrosa a las 8:00 pm: sopa de calabacines y pan. De postre, pie de manzana y helado caseros. Luego incontables copas de vino tinto español con una encantadora pareja uruguaya que viven aquí mismo, en la Universidad de Estocolmo, en cuyo recinto nos alojan. Larguísima conversación sobre literatura, música, política y filosofía. Volvimos ya muy tarde al apartamento. Ahora despierto bastante aturdido y de momento creo estar en mi cuarto, en San Juan, rodeado de mis libros, con la destartalada computadora esperando, como antes, con las teclas ávidas del tacto de los dedos que transcriben sueños perdidos en la noche ida. Pensé que pronto escucharía a mi madre recorriendo el pasillo. Pensé que mi padre trabajaba afuera, repartiendo correspondencia en el campo. Pensé que mi hermano andaba por Cayey, su esposa y su hija en Cidra, y mis hermanas durmiendo. De pronto sentí toda la paz del mundo y me volví a dormir.

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BUSCO UNA PIEDRA GRANDE Y PESADA para llevarla en un bolsillo. Quiero una piedra sin forma, capaz de ser todo para todos, y ya no tener que explicar por qué es mi piedra y no otra. Aún no la encuentro, pero mi piedra me espera. La busco al borde de ríos y caminos. La busco en la orilla de la playa, donde suelo imaginar que se ha escapado, o que la furia indistinta de las olas la atrapó. Busco una piedra sin nombre que me quepa en el bolsillo y en cuyo peso fatal quepa mi mano. Podré tocarla cada tarde, y en la aurora mirarla como un loco. Podré ponerla en mi mesa para que me acompañe al escribir, y llevarla conmigo a tierras lejanas para poder sentir que estoy en casa, que nunca me fui, y que todos secretamente me conocen y me esperan. Jamás seré un extraño, y al mirarme en el espejo no sólo veré un montón de líneas deformes, sino un rostro querido y conocido, unos ojos que han visto la belleza, una boca que ríe y unas mejillas bañadas de sales y deseos y recuerdos. Busco una piedra que me salve para llevarla conmigo a todas partes y mostrársela a todos. Si la encuentro, el problema sería que querré regalarla al primero que sonría, y así se perderá esa piedra que he buscado, y volveré a buscar y buscar, tal vez hasta perderme, o que la piedra me encuentre a mí.

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TE HAS DETENIDO AL BORDE DEL ABISMO. Una mano procura el equilibrio, la otra se introduce en el bolsillo y da a la luz el rostro del espejo. Preguntas por ti como estando ausente. Finges ya no estar y no saber, y el espejo te cree y el cristal salta y colma tu pregunta con un grito fatal de despedida. Ya la mano no busca el equilibrio. El cristal va cayendo y va cayendo. Entonces ya no sabes ni recuerdas si saltaste al vacío o sólo decidiste no mirar.

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ÍCARO // Hoy es el día. El cielo espera, abierto. / Ya debo alzar el vuelo de estas ruinas. / Mi padre tiembla: teme que haya muerto / la última esperanza en que se inclina. / Hoy es el día. Asesiné la espera. / El cielo es un borrón que se deshace. / El sol codicia el tacto de la cera. / Mi padre tiembla. Algo no le place. / No queda tiempo. Ya debo marcharme. / Mi cuerpo siente le han nacido alas. / Augurios tristes –aves– cosas malas. / Algo, tal vez la muerte, ha de encontrarme. / Ya poco importa. Debo alzar el vuelo. / De lo demás no sé. Me espera el cielo. (Estocolmo, 4 de julio de 1995)

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EN LA UNIVERSIDAD DE ESTOCOLMO vuelvo a pensar: acercar las manos como si en el tacto nos jugáramos la vida, y sentir que cada dedo es camino a la piel. Romper el frío de golpe, y de golpe fundirse en otras manos y otro cuerpo, y sentir entonces que nacimos sin nombre, y que estamos hechos para no ser. Pero cómo decir, como Pizarnik, que partió de mí un barco, llevándome.

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ALZAR LA COPA, ENCONTRARLA VACÍA. / El vino se derrama en otra parte / y yo, con sed, he asesinado el arte / de estar así callado cada día. / Por eso me desangro. Todavía / palpita en mí la furia de dejarte / tan seca, boca, y no poder saciarte / es no poder sentir lo que sentía. / Ausencia es mi prisión. El vino cesa. / Las horas no promulgan su sorpresa / y en una copa caben soledades / tan vastas como el mundo. No preciso / si lo que pierdo es sólo el paraíso / o sólo vanidad de vanidades.

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LA PÁGINA ES HABITABLE sólo como palimpsesto. Abundan la tachadura, la descontextualización, los errores, las imprecisiones y los plagios. Todo está fuera de lugar, incluso yo, en este frío Estocolmo que, sin disgustarme, no es el lugar que prefiero. Cada pieza habita un extravío. Lo que importa no es perderse, sino qué ruta insospechada nos acecha.

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LA PIEDRA QUE BUSCABA me la acaba de traer un niño, y sin saberlo, sin sospecharlo, he sonreído. La pongo de inmediato en mi bolsillo. Siento que llevo a Estocolmo conmigo, y que en cualquier parte del mundo, este niño llamado Patrick me ha hecho sonreír.

Crucigrama Leopoldo Miguez

Horizontales

2. _______ Libertas; poema sinfónico para orquesta de Miguez.

5. Sonreí.

9. _______ Miguez; músico brasileño. Compuso obras como Marcha nupcial; Camoens; Ao trabalho; y, Parisina.

12. Ahora.

14. Perezoso, mamífero.

15. Sílaba sacrosanta.

16. Hymno da Republica dos _______ Unidos do Brazil; composición de Miguez.

19. Rótulo latino en la cruz.

20. Coloqué.

22. Entrad a la fuerza en casa ajena.

24. Artículo, fem. pl.

26. Carraspeo.

28. Leopoldo _______; autor de Theoría de formaçao das escalas chromaticas; Elementos de theoría musical; y, Prometheo.

31. Relativo a la raza.

33. Muy.

34. Capital del África romana.

36. Río de Alemania.

38. Utilízalo.

40. Avenida.

42. _______ de theoría musical; escrito de Miguez.

44. _______ de Janeiro; ciudad donde nació y murió Miguez.

45. _______ trabalho; himno de Miguez.

46. Y en latín.

47. Diez en romanos.

48. Sinfonía en _______ bemol; poema sinfónico para orquesta de Miguez.

49. Jorge _______ Borges; escritor argentino.

50. Granero.

Verticales

1. Marcha _______; himno de Miguez. Miguez nació en Niterói el 9 de septiembre de 1850, falleció en Río de Janeiro el 6 de julio de 1902.

2. Del verbo aliarse.

3. Mira.

4. Río de Galicia.

5. Voz para arrullar.

6. Pronombre.

7. Distraídas.

8. Título de obra de Miguez.

10. Espacio libre dentro de una población, pl.

11. Escuché.

12. Pronombre.

13. _____; título de obra de Miguez.

17. Astro rey.

18. Poema.

21. Ungirá.

22. Hidróxido de aluminio coloidal.

23. Pudor.

25. Dueñas.

27. Cristóbal de _______; conquistador español.

29. Interjección.

30. Símbolo del circonio.

31. Dios del Sol.

32. Símbolo de la plata.

33. Pronombre.

35. _______ de formaçao das escalas chromaticas; escrito de Miguez.

37. Apócope de nada.

39. De León.

41. Zorro ártico.

43. Volcán de Sicilia.

46. Existe.

Topografía: Indicaciones de Echeandía

Algo de la poesía de Servando Echeandía se conocía a través de revistas y antologías. Pero no es hasta la llegada del nuevo milenio que aparecen tres libros suyos que ofrecen un cuadro más complejo de su creación. Pretextos, publicado en el año 2000, contiene una selección de poemas escritos entre 1976 y 1997; variaciones, de 2011, poemas de 1976 a 1982; y estudios, de 2017, poemas de 1989 a 1994.

Con gran paciencia y confianza Echeandía nos ha entregado selecciones de su poesía escrita entre los 20 y los 41 años. Dado que el poeta nació en el 1956, cabe preguntarse cuándo se podrá leer su poesía más reciente. Desde 1997 para acá nos faltan 21 años de poesía. En otras palabras, ¿vate, cuándo llegamos al presente?

Pero hay que suponer que la paciencia que Echeandía les exige a los lectores, o el suspenso al que los somete, debe tener una explicación. Hipótesis: el poeta confía en la vida y en la capacidad de la audiencia para apreciar la decisión de sus demoras, para que se fije en las constantes y en los cambios de su cosmovisión y escritura, para que le siga la corriente en su viaje de palabra a través del tiempo. Y tiene el poeta una relación interesante con el tiempo, o más bien, una gran conciencia de su paso. Me explico.

La conciencia de Echeandía de los efectos del tiempo en su cosmovisión y su concepto del lenguaje poético le lleva a reescribir y publicar los poemas en nuevas versiones. Por ejemplo, de los 56 poemas del libro Pretextos (2000) publicado por la editorial de la UPR (cuadernos de La Torre bajo la dirección del poeta Jan Martínez), 41 poemas son incluidos en los próximos libros; 33 en variaciones, y 8 en estudios. En otras palabras, Echeandía es instrumento, aliado o súbdito de la vida misma manifestada como tiempo que todo lo modifica, incluyendo los poemas. Estos no permanecen iguales, aunque siguen siendo los mismos. El vate nos diría que así es la vida: cambia y, a la vez, en su fondo, permanece igual. He aquí uno de los puntos cardinales de la poesía de Echeandía, la vida antes de la palabra y origen de ésta.

Para entender mejor la visión del poeta de la relación entre el lenguaje y la vida veamos la versión de 2011 del poema “no la palabra”.

“no la palabra, / que envejece, / se consume, se aminora imperceptible / y de repente nos suena / lejana y polvorienta / no la palabra, / que en su diáfana grafía / se transforma / hasta hacerse incomprensible, / ideograma indescifrable, / hieroglifo / no la palabra, / ni el sonido, / ni la voz / no la imagen, / ni el sentido, / ni la idea / sino la vida misma, / resplandeciente y pura, / que nace, crece, / perece y vuelve y nace, / que se suma y se consuma / inagotable” (p. 100, variaciones)

Hay cuatro grandes negaciones desglosadas y una gran afirmación. El poema le dice no a la palabra en tanto lenguaje “que envejece”, sujeto a la decadencia y caducidad. También le dice no a la palabra como “grafía”, lenguaje escrito, al perder su transparencia y volverse oscura o ininteligible. Y para que la negación sea completa, por si quedara algo fuera, leemos casi una lista de otros aspectos del lenguaje también negados: el sonido, la voz, la imagen, el sentido y la idea. Es decir, no queda nada del lenguaje poético que no haya sido rechazado. Al final, se afirma la vida justamente en su capacidad permanente y contradictoria de decaer, morir y renacer. En otras palabras, si bien el lenguaje es el instrumento de expresión, no se debe olvidar que el origen y la devoción del poeta debe ser la vida que sí posee la capacidad de regenerarse. Por eso mismo, en otro poema se nos advierte que la palabra poética, “como forma consumada, / sólo deforma”, es “simulacro fraudulento / de lo vivo” (p. 101, variaciones).

Pero, ??¿qué es la vida para esta poesía? Como lidiamos con lenguaje figurado no encontraremos definiciones de diccionarios, pero sí formulaciones metafóricas para crear un “perfil” de noción tan importante. Leemos: “ detrás de la palabra / está la vida: / silueta tibia, / figura pura / detrás de la palabra / está la vida, / presencia muda / a quien, advierto, / a menudo hay que cederle / la palabra (p. 102, variaciones) La vida, pues, es una verdad, una realidad asociada con la tibieza, el calor, la pureza, el silencio. Ante ella el lenguaje debe ceder.

En otro poema donde el hablante cuenta de su búsqueda detrás del lenguaje declara que su hallazgo final es la vida en un contexto que parece acentuar lo ético o espiritual (la humildad, la desnudez y la pureza): “allí no hallé / sino la vida en toda su humildad, / desnuda y pura, (p. 103, variaciones). Por lo mismo, late implícita una ética de la estética, un estado de alerta ante la posibilidad de cierto narcisismo artístico o poesía encerrada en sí misma. Se aclara en otro poema: “tantos poemas / que querrían / ser poesía / pero ésta / tiene poquísimo que ver / con versos, con poemas, con palabras” (p. 126, estudios) Y se insiste en otro: “ toda palabra / es postrera / [ . . .] toda poesía: silencio (p. 127 )

Justamente, la estrecha relación entre la vida y el silencio es otro aspecto importante de la poesía de Echeandía. Intrínseco a la vida es que opera misteriosamente desde el silencio anterior a la palabra. Este es requisito indispensable para que aquella ocurra. En el poema “aquí el silencio” luego de la descripción del lenguaje poético, (el “aquí”, como fallido “instrumento destrozado”, “herramienta enmohecida”) leemos una afirmación del vacío y el silencio (en el “ahí”) como origen de la poesía:

“pero ahí la voz, / el culminante esfuerzo, / el salto audaz hacia esa dimensión / donde el vacío se colma de sí mismo / y se desborda / siendo / ahí el silencio / que, saciado en sí de sí, / se arrima a su contraria orilla, / hasta la voz, / el canto, / las palabras” (p. 96, variaciones). El silencio también es un vacío, como el ser, que está lleno de sí. Acaso como un dios que trasciende las dualidades.

Finalmente, es clara la jerarquía: primero la vida, después la poesía. Pero la vida engendra la poesía desde su silencio casi o completamente divino. Ese silencio es la verdad original de donde todo sale y a donde todo ha de regresar. Visto así, la poesía de Echeandía es una suerte de indicaciones o testimonios de su “camino” o “tao” vital y lingüístico que da cuenta del silencio originario y creador siempre presente en todo. Para nuestro poeta, la vida y su silencio es, a la vez, el ser y la nada. No es contradicción ni incoherencia, es una visión poética integradora que quiere ir más allá de las dualidades. El poeta, a los 20 años, escribió en un poema de 1976, que no ha cambiado: “bajo distintas aguas / he contemplado el sueño, / y el sueño es todo uno: / fondo a colmarse de mundo / a la urgencia o al azar / de alguna imagen perseguida”. (p. 11, Pretextos) El fondo es la vida en todo su misterio y silencio, plenitud o vacío que la poesía debe expresar. En eso está Echeandía desde que empezó como poeta.

C.1989 (tercera entrega

Hoy volví y que con el mismo sueño. Lo mismo pero no. Era otra cosa. Era el mismo de antes. El sueño que no se me aparecía ya desde entonces. Entonces. No sé. En algún momento ya no vino más. Y anoche es que le dio por volver a la sustancia. Era otra cosa anoche, eran muchos militares. Parecían, además, benignos. Eran jóvenes. Había mujeres. Bien vestidas dentro de lo que cabe. Verde olivo pero sin manchas ni nada, algo sencillo, y pensado, quizás lo diseñé yo misma desde por allá desde esos territorios del no se sabe, o quién más podría haberlo hecho. Pero sí, ahí estaban. Qué más prueba. Entonces. Llevaban faldas pegadas y quizás un adorno liso como sobre el pecho, nada elaborado pero ese color terracota, será.

Venían a poner orden. Un orden. Alguno. Algún orden en algún lugar. Estaría desordenado. O no. No estuve allí antes para ver a qué venía lo de su llegada. No he encontrado cómo llegar al lugar que está justo antes del sueño. Cosas mías. El miedo habrá sido lo que había primero, y los venía llamando a que se hicieran el viaje largo y veloz desde las regiones. Pero ahora pasaba todo al revés. Ahora no era como antes porque ahora vino a ser el miedo lo que los trajo. El miedo no los temió, a ellos, no, a ellos los trajo. Y eso entonces será porque el miedo ya estaba aquí plantado desde hace. Ya estaba el susto. Venía haciéndose cosa fija entre nosotros.

No me fijé si llevaban botas y los rifles no llegaron a componerse en la imagen. Ahora otro asunto es lo que ellos tendrían en mente. Y con qué derecho tenían mente esas cosas de sueños, e incluso algo dentro de ella, de la mente insustancial, si cabe la pregunta. Con qué derecho los sin sustancia están cobrando realidad, y con ideas. Porque a algo habrán venido, las muy arregladitas con sus colores de tierra. Y que no me entero de las razones. Que no me dan las dimensiones del sueño para verles la maña. Que ahí se plantan como foto muy unidimensionales, sin pasado y sin causa y como si con ellos no fuera lo de venir a joder. Y que yo sé por dónde viene la cosa, pero también me detengo en el detalle de que se ven bien limpias.

Ellas, ellas son lo mismísimo que la ola, lo único que verde olivo y terracota y mujeres. La ola es el otro sueño y al final viene a ser todo lo mismo, si es que le buscamos bien la vuelta. O ya si nos ponemos en esas, también viene a la mismidad el sueño en el que me corren por calles oscuras que seguro acaban mal como de cunetas y sangre y finales de verdad últimos y también da lo mismo ese otro sueño, el de la maleta que se me olvida pero no hay manera de buscarla, es tarde y el avión arranca no se sabe a dónde y ahí me voy tan ligera como sin nada, arrepentida, o ya para irnos a todas, lo mismo que abrir la boca en el sueño para gritar que me ayuden que ya me muero que me hacen algo, que no, que no y que de ese grito no salga ni el sonido debilucho de un suspiro. Ah, pero el de la ola era bien persistente. Así que para ir atando cabos sueltos volvemos al tema de mi mamá.

De alguna manera o de otra manera la ola nunca terminaba de arroparme. Estaba siempre mi mamá cerca y ella como que la detenía o algo y hasta ahí llegó la angustia de tsunami. Pero ya ahora esto es lo inseguro que fue siempre, la tierra y el cielo al descubierto y todo lo demás tan sólo allí, puesto como por el viento y en un soplo. Y no he vuelto a soñar con esas olas, que era una pesadilla que me venía mucho cuando recién me mudaba a las grandes ciudades, las dos veces, mucho al principio. La ola la ola la ola que venía y se lo iba a llevar al mundo ese del sueño y eso era por un lado también un alivio, si todo no estaba la verdad como para aferrarse.

La ola que se va y los militares que han vuelto. Es en parte una tranquilidad que vuelve. Que ya por el simple hecho de llevar conmigo tantos años es una pesadilla como autóctona y que sabe mucho al recuerdo. Viene de vuelta como que es un anuncio de que ya te creías que te habías quedado sin miedos, pero no, que quién te fuiste a creer que eras, ni tan grande ni tan pequeña y que así tampoco se puede vivir olvidando. Vinieron sólo a manera de aviso. Las mensajeras de los trajes olivo. Las mensajeras del orden vinieron. Sólo vinieron silenciosas y en lo oscuro, no hicieron nada más que venir. Como diciendo esto en principio para avisar, que aquí estamos, que en cualquier momento, que ojo. La verdad es que ni nada dijeron. Es el orden. Son los cuerpos ordenados y el comentario sin palabras de que aquí estamos para ordenar, que no necesitamos permiso, que aquí somos ley. Todo eso con la mirada y con los cuerpos y con los uniformes y con lo que yo le añado, el detalle del adorno terracota y todo lo que no traspasa la barrera al despertar.

Parecían benignas pero a quién le importa, nadie se va a creer el cuento rosa en estos tiempos. Y el que me lee que se detenga y que se pregunte y que diga, si esto no ha sido un sueño que ha tenido y si no es que será un sueño de todos. Una pesadilla que hemos tenido en sintonía y que ni lo sabíamos, es que dice que los sueños casi todos se olvidan nada más abrir los ojos, y que se tome también en cuenta el impedimento de que al que va por ahí con un propósito no le van a interesar las pesadillas ajenas. Pero que me diga, si me equivoco, si no era que los militares, desde hace, estaban escondiéndose en el terreno seguro y tramposo de nuestros sueños.

Parecía por un momento que yo estaba hablando de mí misma y que esto era como hacer terapia con los miedos de alguien más. No pero eso es trampa y pasa que ahí está la tela amplia en el fondo común que es como un cielo que amenaza con caerse o doblarse en varios pliegues y si se dobla nadie me va a decir que no es como una ola decidida a arroparlo todo. Estábamos todos en el mismo barco mirando cocodrilos de fauces bien abiertas, o ballenas asesinas, o nos subimos todos en los mismos coches destinados a explotar y a hacer añicos la ciudad de fuego. Llevamos todos arrastrando esta carne atravesada con objetos que punzan que alguien improvisó para arma blanca cualquier cosa es buena, y también nos hemos ido caminando con la imagen fija de la pistola apuntándonos de frente. O si no por qué nos fuimos como nos fuimos los que nos fuimos y por qué se quedaron como se quedaron los que se quedaron.

Si ya lo dije. Teníamos el recuerdo futuro del orden silencioso y estático de las mensajeras verde olivo. Y lo que pasó es que hubo quien, sin darse mucha cuenta, decidió alcanzar el recuerdo desde antes con las manos en la maza, con cuchillo en cada mano no se fuera a quedar corto de ataque y para empezar a atacar nunca es muy temprano. Y se soltó. La lluvia de las balas como si fuera cosa de ponerle mantequilla al pan cada mañana antes de salir por la puerta. Y a cada uno nos cayó alguna lanza, algún casquillo, si tan siquiera un roce pero las más de las veces en los lugares clave.

Nadie no lo supo. Y que no venga con ideas como excusas, que el cuerpo es más que eso, y que el cuerpo sueña y sueña lo que teme. Y que si nos despertamos es porque ya estamos sabiendo demasiado como para. Cada mañana sabiendo más. El asunto es saber lo que se sabe que no es así como un asunto inmediato y ya estamos, no. Toma tiempo y toma sueños y toma despertares. Las de verde olivo se venían cuajando y lo veníamos sabiendo, que son materia de vieja historia, de un fondo confuso en el que ponerle orden a las cosas se traduce a la ligera en matar buena parte de esas cosas para que se facilite el asunto. Así que vinieron a matar a los que se estaban matando.

Será otra cosa: La feancia, la ruina y un tesoro

“Morale is very real. Perception is reality”

Anthony B. Gliedman

¡Qué feancia!

“¡Qué feancia! ¡Qué feancia!” dice una y otra vez Edgar, con los ojos vueltos a las alturas, refiriéndose a la ruinosa Habana, en Harry Potter se acabó la magia, una pieza teatral del Grupo El Público que se presentó allí en octubre pasado. Por razones que no vienen al caso, me encontraba entonces en esa ciudad en la que, a diferencia de Hato Rey en esos días, tenía agua y luz, a pesar de sus feancias. “El diccionario no recoge el término feancia –comenta Arliz Plasencia Fernández– pero a mi modo de ver, describe acertadamente la realidad visual, acústica y odorífera a la que nos enfrentamos día a día en casi cualquier punto de nuestra “maravillosa urbe capitalina.” Sólo que la feancia de las casas y edificios de La Habana obedece a calamidades de la economía, la historia, la cultura, distintas a las nuestras. Ya sabemos que el huracán dejó a la vista muchas cosas –concretas y figuradas– pero una de las que más nos golpea todavía, a cada momento, es esa feancia aglomerada en cada rincón, como prueba de la presencia humana: letreros, cables, postes (ahora derrumbados, pero desde siempre feocios y, sobre todo, excesivos), casas a medio hacer, sorpresivos balcones con columnas dóricas y corintias, inexplicables osadías de la ingeniosa arquitectura popular, aceras estrechas y obstaculizadas por carros, drones, grietas, rotos y carritos de papas asadas. Alguien estuvo aquí, comió aquí, vendió aquí, pasó por aquí.

Es como llegar a casa de alguien que pensaba mudarse y se ha arrepentido. Los muebles en el mismo medio, las cajas a medio abrir, periódicos estrujados por todos lados. Feancia y más feancia. Es como visitar a un pariente enfermo. El olor a encerrado y a orín se mezcla con la colonia barata. La luz apenas entra por las persianas medio entornadas. De fondo se escucha el rumor de las otras habitaciones. Ella pregunta con los ojos medio cerrados “y tú de quién eres”, y yo deseo que el tiempo pase pronto y salgamos de allí, que acabe el domingo espeso que empezó con la misa en la parroquia de Río Piedras y terminará con el horizonte del lunes en la escuela, también fea y aburrida. Feancia y más feancia.

No voy a recordarles que ha sido un año difícil. A mí también se me olvida. Y he descubierto que no soy muy memoriosa, que puede que me proteja del rencor con mi incapacidad para recordar los detalles, mi talento para echar una cubierta espesa sobre el ridículo, los malos ratos, las decepciones. No es que sea buena persona, es que soy olvidadiza. Por eso escribo, para recordar ciertas cosas.

“Perception is reality”

La primera vez que vi edificios cuadras y cuadras de edificios vacíos fue en una visita a la ciudad de Nueva York a finales de la década de 1980. La imagen de las ventanas pintadas me pareció un intento iluso e infantil, acaso desesperado, de alegrar la miseria. ¿Quién miraría aquellos paneles alegres en lo alto de aquellos ruinosos edificios como un acto de genuino afán ornamental? Hace poco me enteré que aquella extraña pesadilla era el Bronx en los tiempos del alcalde Koch, en pleno reaguinismo. Las casas no estaban completamente vacías. Los adornos eran impuestos por el gobierno de la ciudad. “Señora, sin su permiso, aquí tenemos la calcomanía para su ventana que está tan fea”, y pum, la pegaban allí arriba, para que desde la autopista el desastre pareciera menos desastroso.

Acabo de descubrir que aquello era un plan federal, con un costo de $300,000 para alegrar el vecindario en tres años. Para disimular “una estela de desolación que se había convertido en símbolo nacional de la decadencia urbana” según el NY Times, se preparó la escenografía de un vecindario feliz, el simulacro de la convivencia y la esperanza, con calcomanías que representaban cortinitas, toldos de colores y macetas de flores en los altos edificios. El periodista lo cataloga, según mi traducción, como “brochazos cosméticos en un área que parecía hasta el momento una ciudad bombardeada”.

El propósito era arreglar el vecindario, levantar la moral, desalentar a los vándalos y los adictos que ocupaban edificios abandonados y crear una mejor impresión entre quienes transitaban por la autopista. Las pusieron en 325 propiedades en docenas de vecindarios de Brooklyn, Queens, Manhattan y el Bronx. Cada calcomanía decorativa costaba seis pesos. La reacción no se hizo esperar y pronto los irónicos vecinos empezaron a pedirle al alcalde más calcomanías: imágenes de autos lujosos para colocar sobre sus chatarras inservibles, vitrinas de diseñadores de moda para tapar sus tienditas ruinosas, más representaciones de la bonanza económica para sus destartalados paisajes.

Mi sentido del humor entonces no llegaba a tanto, y mi imagen de las ventanas adornadas se quedó en mi memoria como una de esas feancias que nos estrujan el corazón.

El encanto de las ruinas

Alguna vez, sin embargo, amé las ruinas. Más bien las casas abandonadas. En mi imaginación, esos espacios correspondían a los escenarios de los cuentos fantásticos que leía de niña. En casa, además, se contaba la proeza de unos primos de Ponce que habían encontrado un tesoro, una caja de caudales con el pago de los jornales, en una hacienda abandonada. Aquello me impresionó y jugar a los exploradores con mis hermanas se convirtió en uno de mis juegos favoritos. Nosotras, sin embargo, teníamos limitada la aventura al reducido platanal del patio. No sé si era que los vecinos tiraban cosas o aquello había sido alguna vez un vertedero, pero mis hermanas y yo solíamos encontrar pequeños tesoros allí: muñequitos de plástico, canicas, piezas extrañas que nos parecían maravillosos artefactos.

En Toa Alta era mejor, porque solíamos explorar una verdadera casa abandonada. No sé cómo hacíamos para entrar allí. Puede que haya sido sólo una vez, pero lo recuerdo como si hubiera sido una actividad frecuente. Tengo la memoria vívida de la emoción de la aventura, y también del espanto de las advertencias de los adultos: murcielaguina, enfermedad, contagio. Ahora no queda la casa, murieron mis tíos, mis primos se fueron, apenas queda el pueblo y apenas queda mi memoria de aquella casa embrujada tan parecida a las hileras de las casas abandonadas de Río Piedras y, por lo mismo, siniestros espacios que acosan, como zombis, mis paseos por esto que algunos pretenden llamar ciudad. No hay calcomanía que alegre este desastre.

Trato de recordar qué se busca en una casa abandonada, en una casa encantada, en una casa en ruinas o en una isla de piratas: la maravilla de una historia y la posibilidad de un tesoro. Alguien lo ha dejado enterrado allí. Pensaban regresar a buscarlo, pero no han podido volver de donde fueron, posiblemente forzados, escapando de otros piratas que amenazaban sus vidas. Entonces, aparecemos nosotras, entramos al lugar hasta entonces oculto y lo descubrimos allí, deslumbrante.

Lo real

No sólo las calles, los edificios, los puentes, las verjas derruidas, nos muestran las marcas del azote, el abandono, la precariedad, también la vegetación señala aquí o allá parecida ruina y, en ocasiones, parecido impulso de sobrevivir.

Hace unos días, al entrar al recinto universitario de Río Piedras, quedé extasiada frente a un pequeño bosque de enormes árboles. Descubrí que eran de los mismos que había encontrado el día anterior en la Estación Experimental, los gigantescos guanacastes. Hay uno de ellos cerca de la carretera principal, cerca del Complejo Deportivo. El huracán no pudo con él, pero sí con la pequeña arboleda que lo custodiaba y ahora reina majestuoso y solitario en el paisaje. Su ancho tronco manifiesta los años que debe haber ocupado en aquel lugar, desafiando con su volumen los planes de construcción de finales del siglo pasado, ofreciendo sombra a los transeúntes, cobijo para cientos de pájaros, maravilla para quien lo contemple en su camino. Esos árboles sobrevivientes están por todos lados, entre los edificios vacíos y la gente triste, como recordándoles que, en efecto, perception is reality, y por eso mismo, allí están ellos, tan voluminosos y reales, todavía en pie.