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Será otra cosa: Sobre el miedo ancestral al mar

Elementos dispares, chocando en el camino,

dejan un extraño,

nuevo regalo a tus pies. Di gracias.

Sommer Browning

Hacía un día lindo en la playa. Estaba sentada en el Balneario de Carolina tomando notas para futuras referencias. La pasada referencia es evidente. No estoy perdida en una playa que es un museo, como el narrador de Pietri. O eso pienso. La playa es un museo, como lo es una plaza, un centro comercial o cualquier lugar donde se reúna gente y haya alguien que, como yo, intente leer las maneras de habitar. “Leer las maneras de habitar” es otra forma, tal vez más contemporánea, de aludir a una vieja práctica de observación. Como decir: hacer etnografía. Eso implica que las notas en mi libretita estarán cargadas de todas mis opiniones anticipadas y apuntarán más a las formas en que mis prejuicios y yo vivimos un día extremadamente caluroso en un balneario del país. Tener conciencia de ello no garantiza el valor de los enunciados de esta columna. Es un viejo problema ético de la escritura, como de cualquier actividad intelectual centrada en la descripción de los otros. Puede pensarse que es un problema irresoluto. A mí me gusta humanizar la figura de la observadora. Hacerla evidente con todas sus contradicciones. Aquí soy/estoy interpretando lo que veo, llegando a conclusiones a partir de cualquier detalle que creo extraer de esa “realidad” a 95°F. El chiste es que no estoy perdida, como el narrador del cuento al que aludí, sino que parezco rarísima para la gente que, a mi alrededor, me observa tomar notas para futuras referencias. Incluso para mi hija. Ella se burla de mí como protesta. Puede hacerlo. Los otros me miran marcando mi estar fuera de lugar. Hago una composición del espacio. Mi mirada coloca a los bañistas en un mapa humano.

Quisiera ser la máquina copiadora-poeta de Sommer Browning, en la traducción de Guillermo Rebollo Gil, y deslizarme “con la misma facilidad en cada línea, hechizando lo cotidiano para hacerlo épico”. Hacer épico lo habitual es una gran empresa, sobre todo desde la vieja pose de antropóloga. Porque la narradora se fue de paseo, o porque es en las columnas, que no exigen un cuento y lo permiten todo, o casi todo, donde estas líneas caben sin miedo a ser. Después de todo podría escribir casi de cualquier cosa, incluso de un cantante popular como Chucho Avellanet, por ejemplo.

Es una suerte que aún tengamos playas públicas. Pasar un día frente al mar es una de las pocas diversiones gratuitas que ofrece el país. Claro, olvido los seis dólares del estacionamiento y el costo de los refrigerios. De todos los habitantes de la arena, confieso que me simpatizan las grandes familias con sus campamentos: carpas, mesas, bbq, neveritas, hamacas, ollas, calderos, sillas y radios. Me enternece la ardua preparación de esas familias que parece, para algunos, inadecuada para la playa. Me canso de tan solo pensar en el tiempo que han consumido en organizarse. Para mí, mientras más liviana se va a la playa, mejor. Y delibero si no es una apreciación de clase aquella conclusión sobre el ancestral miedo al mar que implica tanta parafernalia para un pasadía en la playa. Mi hija lo confirma:

–Si aquí la única inadecuada eres tú, incapaz de estar en la playa sin sombrilla.

No sé si les dije que hasta pagué por la instalación de una sombrilla de playa. Era la única manera de garantizar estar más de una hora bajo ese cíclope de fuego. Gracias a ella pudimos leer el reloj de sol de los cuerpos sobre la arena por mucho tiempo.

Mis padres eran de Comerío, un insignificante pueblo para muchos. Incluso, hay quien me ha preguntado si es un barrio de Bayamón. Para mi padre, el mar era peligroso. Había que tenerle respeto. Por su desconfianza, pocas veces nos llevaba a la playa. Prefería los ríos y los charcos. Así que ir a la playa con mis padres era un acontecimiento. Habrá siempre una hermana que me contradiga, que jure que soy una exagerada. La suerte es que ella no escribe. Como vivíamos en Bayamón, íbamos al Balneario Punta Salinas de Toa Baja. Éramos una de esas familias que hoy contemplo. Un cargamento infinito. Una preparación de días. Un llegar al límite de todas las paciencias. Y luego, la felicidad absoluta del mar, del agua sobre la piel, del castillo de arena.

Mientras apunto la evocación infantil en mi libretita, se aproxima una mujer religiosa. Se desviste cerca de nosotras. Lleva ahora un traje de baño negro de una pieza, como el mío. Nos pide que le cuidemos su ropa y se sumerge al mar. Sé que es religiosa porque la vimos antes con el grupo de la iglesia protestante. Al salir del agua, media hora después, nos explica, mientras se va vistiendo: “si me tengo que bañar en estos pantalones, no me baño”. La complicidad alegra. La connivencia ante el pequeño desafío a los hermanos de la iglesia y su prohibición del goce del cuerpo, nos hace feliz. Triunfantes, observamos la belleza de su cuerpo en libertad, de su sonrisa.

A nuestro lado, hay dos hermanas que traen a su hermanito a la playa. Le llevan por lo menos diez años. Juegan con él. Lo cuidan. Anda con ellas una chica que estudia para un examen final. Lo sé porque le pregunto. Es finales de julio; debe ser de la UPR.

Mientras intento escuchar la conversación de las hermanas, siento un golpe en las piernas. Me acaban de tirar una bola de arena mojada. Demás está decir que fue sin querer. Unos chamacos jugando, lanzaron el proyectil que cayó justo en mis muslos. Respondo con la mirada paralizadora, afina mi hija. Se excusan. Me alegra la disculpa. Me asegura un futuro en el que quiero vivir. Apunto esa conclusión feliz en mi libreta. Por una fracción de minuto, me satisface el porvenir. Esa reflexión, que hago ahora, es inoportuna en una etnografía.

Justo en ese momento, una mujer encinta acapara nuestra mirada. Anda con su compañero. Su cuerpo gravita con la felicidad de dos cuerpos unidos. Su bikini revela una barrigota inmensa. La diosa de la fertilidad monopoliza nuestro ángulo de visión. Ella se siente hermosa; lo explica el diminuto bikini que lleva. Otra pequeñez para la alegría, apunto. Otra razón para el porvenir, escribo. Ese cuerpo nos asegura la continuidad de la especie, concluyo. ¿Será ella la protagonista del poema épico?, me pregunto. Mis anotaciones se alejan años luz de las conclusiones sociológicas.

El sol, la arena, el campamento familiar, la ropa de la religiosa desvestida, las hermanas que llevan de paseo a su hermanito, la joven que estudia para el final, los adolescentes que me tiraron la arena, la mujer encinta y la alegría que me producen todos estos gestos corroboran la belleza de lo minúsculo, y me hacen guardar la pluma, cerrar la libreta, levantarme de la sillita, quitarme la bata y zambullirme en el agua. Y habré de concluir que los apuntes para futuras referencias también se fueron desbocados hacia donde con seguridad sabría que llegarían, al gran salado, tibio, profundo y ancestral mar.

¿Les dije que la libretita era impermeable?

Con la Patria entre las cuerdas

Especial para En Rojo

“Soy aquel muchacho que se fue

con la esperanza de volver al paraíso

quedejó al partir por un camino,

sin regreso, que ha podido resistir

por su amorosa evocación…”

Alos 16 años, Rafael Scharrón Alicea salió de San Sebastián de las Vegas del Pepino a trabajar en una fábrica de pinceles, en Arecibo. Desde los 10 años, no hacía otra cosa que estudiar (sacando siempre las calificaciones más altas de su clase) y tocar la guitarra, acompañando a su padre, Don Emilio Scharrón y a Mario, su hermano mayor, ambos cuatristas destacados en el Pepino. Poco sabía, entonces, que la vida le jugaría una treta: una brillantísima carrera musical y las complicaciones propias de la fama impedirían el regreso a su pueblo amado.

En Arecibo, ingresó a su primer trío; el Trío Nacional, con Armando Vega y Felito Martínez. En menos de un año, había sido reclutado por Felipe Rodríguez y su trío Los Antares. Desde ese momento, la música popular puertorriqueña jamás fue la misma. Scharrón volcó su gran talento y sensibilidad en su requinto y se destacó también como compositor, arreglista y tercera voz. Su extraordinario sentido musical le permitió dominar la difícil tarea de musicalizar poemas de forma magistral. Alba, de Federico García Lorca; Bolívar, el soneto perfecto de Luis Lloréns Torres; y Canción Amarga, de Julia de Burgos, son sólo tres ejemplos.

En 1953 fue llamado al servicio militar en Corea, pero su alma pacifista era tan evidente como su talento y la música le ganó la simpatía de los oficiales, quienes le asignaron labores fuera del frente de batalla. En 1955, regresa de Corea y vuelve a tocar con Felipe Rodríguez, pero sólo por un corto tiempo, ya que lo recluta Cheíto González y luego Julito Rodríguez, quien acababa de salir de Los Panchos y funda, con Scharrón y Tatín Vale, el trío Los Primos.

En 1975, junto a Junior Nazario, crea Los Barones y luego se une a Fernandito Álvarez y el inolvidable Trío Vegabajeño. Entre 1981 y 1982, este inquieto de la música funda Voces de Puerto Rico con Cheíto Cruz y Tatín Vale, a quien sustituye, posteriormente, Junior Nazario. Este junte marca un hito en la música de tríos ya que, por primera vez, suenan, junto a tres exquisitas voces, las cuerdas de tres requintos. Scharrón fue embajador de la música puertorriqueña en Latinoamérica y el mundo. En la feria de Sevilla y hasta en Japón se escuchó su característica insistencia en las notas que hacían vibrar almas.

En 1994 une su espectacular requinto y su tercera voz única a las voces y guitarras de Quique Taboas y su hijo Rafael para lograr el Trío Taboas-Scharrón. Otra vez hace historia en nuestra música al tener tres primeras guitarras, es decir, un requinto y dos guitarras, ejecutando a tres voces, sin acompañamiento. Este trío incorporaba piezas clásicas, así como tangos, valses y danzas al repertorio bohemio. Cada presentación en vivo abría con una fuga de la introducción de El ideal de mi verso y terminaba con una coda de El buen borincano.

Y es que Scharrón llevaba la Patria entre las cuerdas. En 1998 forma, junto a Rafael Taboas, el dúo Voces Patrias cuyo tema era un fragmento de un poema de Andrés Castro Ríos, musicalizado por el maestro Scharrón, en un arreglo con sabor a tierra adentro:

“Soy el pájaro del monte, el verde de la llanura,

el alma de la espesura, la sangre del horizonte…

A mi sentir nadie afronte pues romperé mi grillete.

Extraño recoge-y-vete que a la luz del nuevo día

en mi canto y mi poesía canta la voz del machete…”

Este singular dúo grabó en honor a nuestros grandes patriotas puertorriqueños y latinoamericanos. Gilberto Concepción de Gracia, Juan Mari Bras, Pedro Albizu Campos, José De Diego y Hostos son sólo algunos de los gigantes homenajeados en ese trabajo.

Como compositor, Scharrón fue un poeta finísimo. Sus hermosas metáforas y el amor por su pueblo se desbordaban en todas sus canciones. Su composición Mi Pepino en el recuerdo, que dedicó al patriota Oscar López Rivera, pepiniano como él, es un hermoso retrato de San Sebastián:

“Alfombra verde…

verde, color sueño en lontananza

cuando besa el horizonte…

Sierra nacarada de luna en serenata,

salto refrescante de alegre bienvenida,

lago confidente de mudas despedidas,

imágenes que entrañan querencias de mi vida…”

Y a su vez, un hermoso testimonio de amor y patriotismo:

“Mío, pueblo mío, es tu recuerdo abrasador

que esmalta con sus raíces la canción

proclamando los laureles de tus hijos

que honran con decoro tu escudo y tu bandera.

Y el valor de aquel que tuvo que partir dejando,

sin consuelo, su corazón allí…

Y en la añoranza de esta ausencia sin fin,

mía la transparencia de mi amor por ti…”

Hay golpes que sabemos que algún día, inevitablemente, enfrentaremos. Algún día. Y nos preparamos. Creemos que nos preparamos. Entonces, “algún día” se hace verdad y comprendemos que era una fantasía. Nada nos prepara para las despedidas. Uno se agarra fuerte, siente el manotazo duro de la pérdida, se abraza a los seres queridos, a los recuerdos y comprende que hay que celebrar la vida. Sobre todo la vida plena, limpia y productiva. Y Scharrón vivió una vida plena, limpia e increíblemente productiva.

Rafael Scharrón Alicea fue muchas cosas en nuestro hogar. Para mi esposo fue padre, hermano, mentor, maestro, amigo inseparable y al final, un poco, hijo, como pasa casi siempre con los padres. Sostenían largas conversaciones sin mediar palabra. Guitarra y requinto hablaban por ellos. Mis hijos tuvieron la bendición de crecer en un hogar donde todas las tardes había música viva en el balcón y el cariño de un “Panino” fuera de serie.

Hay pérdidas irreparables. Y Puerto Rico ha perdido un virtuoso de la música y de la solidaridad. Como anheló, sus restos regresan a descansar en su amado suelo pepiniano. Descanse en paz, compadre querido. Y sí, la vida es corta… ¡Cortísima!

El iceberg de la prepotencia humana

«Científicos de doce países están trabajando en seguir el Iceberg A 68. Se originó cuando el 14 de julio de ese año, en la Antártida, una parte de la plataforma Larsen C se rompió y una inmensa montaña de hielo se desplazó del continente. Se formó así un iceberg hasta entonces inexistente. Las corrientes de la zona y el viento lo arrastran lentamente hacia el Mar de Weddelli. (J. Marco, in La Razón, 21/07/2017, p.5).

Al acompañar el desplazamiento de ese iceberg, el objetivo de los grupos de estudio es descubrir o hasta prever los cambios que provocará en la fauna marítima y en el clima mundial. Los científicos enviaron fotografías del iceberg al presidente Trump que se negó a firmar el Pacto de París y declara que “no hay cambios sustanciales en la naturaleza”. Independientemente de la prepotencia de un hombre que se arbola como emperador del mundo, la imagen de ese iceberg no deja de ser para nosotros todos una imagen de la prepotencia humana. La punta de montaña helada que los lentes capturan es sólo una parte mínima de una enorme masa de hielo escondida debajo de la superficie. También nosotros celebramos las conquistas del desarrollo sin darnos cuenta de que estamos sobre un iceberg de dimensiones desconocidas y destino ignorado. El iceberg social y económico impuesto por una élite de la humanidad también sigue un camino peligroso. Lo peor de ese iceberg social es que esperamos decisiones de los gobiernos, pero cada uno de nosotros sigue su estilo de vida, como siempre fue. Muchas veces, estamos a favor de la ecología, pero en el jardín de los demás.

Conforme al evangelio, Jesús alertó a los discípulos sobre los cambios que iban a suceder con la destrucción de Jerusalén y la transformación del mundo. Para ello, utilizó imágenes del tiempo. “Y sucedió como en los días de Noé, y les advirtió a las personas que el diluvio estaba para llegar, nadie creyó, ni se preocupó por ello. La gente siguió comiendo, bebiendo y dándose en matrimonio No percibieron nada hasta que llegó el diluvio y mató a todos “(Mt 24, 37-39).

La diferencia es que en ese diluvio actual – Leonardo Boff tiene razón: no habrá arcas de Noé para salvar a un resto de la humanidad. Es importante no ceder a catastrofismos sin salidas, pero darnos cuenta de que el tiempo urge. Es necesario organizarnos en comunidades de resistencia y crear una contracultura contra el consumismo vigente. En la encíclica Laudatum SII sobre el cuidado con la casa común, el papa Francisco propone una alianza de toda la humanidad, específicamente de las religiones y de la sociedad civil para salvar el planeta.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

La Bohemia Surreal de Joe Louis

Desde Sylvia Rexach hasta sus propias composiciones, pasando por El Topo (Antonio Cabán Vale), Silvio Rodríguez, Lucecita Benítez, Roy Brown y La Lupe, cantando adentro y afuera, con acompañamiento musical y sin él: una serenata móvil de emociones políticas y amorosas en la calurosa noche tropical. El viernes 7 de julio de 2017 el joven cantautor e intérprete Joe Louis presentó Bohemia surreal en la Casa de Cultura Ruth Hernández Torres en Río Piedras con el auspicio del Municipio Autónomo de San Juan. La extraordinaria velada contó con la participación de un nutrido grupo de colaboradores y de un público sumamente entusiasta, que se lanzó al pleno disfrute de esta innovadora propuesta, mezcla de “teatralidad, bohemia, psicodelia, surrealismo e improvisación vocal”. El poético recorrido incluyó hasta danza contemporánea.

Joe Louis es un joven cantautor de Ciales, estudiante en el Departamento de Drama de la Facultad de Humanidades y en el Programa de Información y Periodismo de la Escuela de Comunicaciones de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. En su obra, intenta rescatar tradiciones musicales y poéticas autóctonas, por ejemplo las del poeta cialeño Juan Antonio Corretjer. Ha triunfado recientemente como solista al igual que con su banda Joe Louis y los bohemios, como señala Xavier Valcárcel en su artículo “Las 10 de Joe Louis” publicado en la revista cibernética Con Sabor a Coco el 5 de abril de este año. Asistir a uno de sus conciertos es una revelación; según Valcárcel, “Fue entonces cuando conocí la dimensión de su talento en escena, de los matices de su voz entre el desenfreno y la nostalgia, de su estilo glamoroso y su no sé qué de androginia. Al verlo, vi de inmediato —aunque a futuro— el desarrollo de un ícono musical, en la misma línea y así de tanto como lo es Fofé, Eduardo Alegría, Mima, Rita Indiana, Macha Colón y Lizbeth Román, entre otros, pero desde los bordes filosos del rock, el jazz, el funk y el bolero”.

La agrupación Joe Louis y los bohemios, según su página de Facebook, “tiene como fin rescatar la música del ayer y el espíritu bohemio a través de una frescura contemporánea. Es la combinación perfecta de un ‘punk bluseao’, rock-n-rollea’o y criolliza’o, y una serie de música original exhalando alma vieja de tocadiscos”. Se han presentado en espacios tales como La Junta en la calle Loíza (el antiguo Pal Cielo Chinchorro Glorificado, ahora bajo la administración del músico Tito Matos y de las periodistas y gestoras culturales Mariana Reyes, Graciela Rodríguez Martinó y Wilda Rodríguez) y en Baker’s Bakery en Río Piedras, donde presentaron Amor en los tiempos del chikungunya en febrero. Más recientemente, Joe Louis apareció con Pedro Navaja en ese mismo espacio; en mayo participó del Festival Cultural de Loisaida en la Ciudad de Nueva York, específicamente en el cuarto TheaterLab en el Jardín Comunitario Cultural La Plaza y luego en el evento “Mescolanza at Downtown Art”, una plataforma multidisciplinaria curada por Helen Ceballos. El espíritu nostálgico e innovador que marca el trabajo de los bohemios se reflejó también en la Bohemia surreal celebrada en Casa Ruth, ese antiguo caserón de madera en el mismo corazón urbano de Río Piedras, lleno de muebles antiguos y artistas experimentales, aunque conviene resaltar que es una propuesta un poco diferente a la de la banda.

Cuando llegué el viernes por la noche, Joe Louis me saludó desde una de las amplias ventanas del segundo piso que dan a la Plaza de Recreo. El joven de veinte años estaba vestido con una camisa bordada roja (de México o de Filipinas, tal vez) y pantalones azules, con su corta barba, enormes cejas y abundante copete rizado color azabache, casi como si fuera un Elvis Presley criollo. En la entrada del edificio, su mamá recibía al público, entregando programas e invitándonos a que pasáramos y aguardáramos en el amplio salón. Así iban llegando múltiples amistades y nuevos amigos, incluyendo un hombre con tremenda barba gris parecida a la mía (el músico Jomel Rivera), quien andaba con su compañera. Con una puntualidad notable, nos invitaron a que saliéramos y cruzáramos la calle, pues la velada iba a comenzar en frente de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar. Allí, Joe Louis nos recibió con una romántica serenata, cantando “Matiz de amor” de Sylvia Rexach a cappella (“Canta mi corazón/abrazado a la luz de un recuerdo”). Como indica el programa, esta primera parte se titulaba “Matiz de amor o la bienvenida a la bohemia”. Al acabar el tema, Joe Louis emprendió rumbo a Casa Ruth y nosotros, fiel público, lo seguimos.

En la segunda parte, titulada “Éramos muchos y parió una mula… sobre un piano”, Joe Louis cantó en la sala del primer piso acompañado por Armando López Brignoni, quien lucía una impresionante barba negra y gafas oscuras; el pianista forma parte de la banda Epilogio. El piano cumplió diversas funciones: como instrumento de percusión, cual cajón, cuyas maderas sonaban al ser golpeadas con sus manos; como instrumento de cuerdas que complementaba la voz y la guitarra de Joe Louis. El público: la mayoría de pie, en semicírculo, otrxs sentadxs en las cómodas sillas y sillones de madera y pajilla, disfrutando de la dinámica juguetona y cómica de los performanceros. Aquí oímos dos canciones originales de Joe Louis: “Río Piedras, Volumen 1” y “Éramos muchos (y parió la mula)”, ambas disponibles en su página de SoundCloud (https://soundcloud.com/user-553207317). La primera, una lenta balada que de repente se vuelve un animado número de jazz, en la que el cantante celebra la ciudad universitaria (“Este es el lugar donde todo está concentrado/cosas feas, cosas sexy/socialismo, comunismo/pequeños burgueses./Es un hoyo negro en las comarcas terrestres”) pero también imagina intensas relaciones de amor (“Quiero nadar en el Río Piedras/quiero mirar tus ojos y ver estrellas”). La segunda, un pegajoso tema sobre deseos románticos y complicaciones inesperadas (“Me quiero explicar/sobre el sinsabor/que trae el amor/y la infelicidad”). Al finalizar, el cantante salió por la puerta trasera hacia el jardín. Al seguirlo, una impresionante figura nos hizo aguardar: la cantautora Nancy Millán. En el momento indicado, nos dejaron subir las escaleras de atrás.

La tercera parte, “La mesa y el bohemio”, fue un concierto al aire libre en el pequeño jardín o patio interior del segundo piso. Joe Louis, acostado sobre una mesa llena de flores, sujetando su guitarra, tenuemente iluminado por unas lucecitas de Navidad que se prendían y apagaban mientras el público se juntaba todo a su alrededor. Así, de forma horizontal, empezó a tocar su guitarra y nuevamente a deleitarnos cantando temas originales, incluyendo “Bolero no. 2” (“Hoy el día se hace de fluidos en vano/hoy la mañana ilumina tu mano, ay, mi mano”), “Cuento bajo las sábanas”, “Testigo fantasma”, “Analogía” y “Mucho de nada”, una musicalización de un poema del reconocido escritor nuyorican Pedro Pietri. Esta última contó con la colaboración del modelo, artista y bailarín Jandro Antonio Aldarondo, extraordinariamente ataviado con una falda de cuadros que en realidad era una camisa, los labios pintados de rojo carmesí, alto como un árbol. Aldarondo, quien al entrar al patio había tocado levemente las azucenas del altar floreado musical, nuevamente se acercó al cantante, agarrando una rosa, cuyos pétalos fue tirando. De repente, empieza a cantar junto a Joe Louis, haciendo coro y armonías. En cierto momento, el cantante le pide que le entregue una rosa a un joven; Aldarondo va a donde uno muy guapo, pero resulta que no es el indicado; toda la concurrencia se ríe. De repente, Joe Louis se sienta en la mesa y hasta se para, sin nunca parar de interpretar su canción.

Para la cuarta parte (“Bohemios en amortz y resistencia”) pasamos a la sala principal del segundo nivel y tomamos asiento. En la parte del frente, hacia las ventanas que dan a la plaza, varios músicos: Agustín Muñoz Ríos en guitarra; Blanca Rosa Rovira Burset en viola; Neryann Rivera en cajón. A ellos se les integra Joe Louis y más tarde Julián Bonnet en saxofón. Tocan cubiertos por variedad de imágenes, proyecciones cinematográficas de Carlos Jesús Vargas que creaban extrañas sombras, compitiendo y completando a las obras de la exhibición CitiCien del colectivo de artes multimedios Defend Puerto Rico, una muestra itinerante curada por Adrián Viajero Román con cien obras en blanco y negro de cien artistas sobre la lucha nacional, incluyendo imágenes de Pedro Albizu Campos y de los rostros manchados por cenizas de Peñuelas documentadas por Herminio Rodríguez. Aquí Joe Louis interpretó “Si tengo la suerte” de Antonio Cabán Vale (El Topo); “Aunque no esté de moda” de Silvio Rodríguez; “Génesis” de Guillermo Venegas Lloveras, tema inmortalizado por la inigualable Lucecita Benítez; y “Monón” de Roy Brown, invitándonos a que lo acompañáramos en el coro de “los yanquis quieren fuego”, haciendo eco de los sentimientos de resistencia política anticolonial que se expresaban en las obras visuales de CitiCien, feroz respuesta a los abusos del gobierno americano y de la ley PROMESA de 2016. Joe Louis entonces abandonó el escenario brevemente, cediéndole el foco al compositor, cantautor y guitarrista Agustín Muñoz Ríos. Vestido de azul, Muñoz interpretó su composición “Canción minimalista para Satán Número 1” (también disponible en SoundCloud), lo cual sirvió de pie para que Joe Louis cantara “Con el diablo en el cuerpo” de La Lupe, recibiendo gran aplauso.

La quinta y última parte, titulada “Despedida con un trago de jerez”, se presentó como si fuera una ñapa (es decir, una canción más, según Joe Louis, una de las más conocidas de su repertorio). Aquí se integró la cantautora y actriz Nancy Millán, cantando juntos “R de Jerez”, tema original del cantautor cialeño, acompañados por una coreografía interpretada por Franklyn Fuentes y Gabriela Dueñas. En el programa, Louis les agradece a los bailarines “por contar con belleza y baile la historia del enamorado empedernido que nada en el Río Piedras”. La canción es apasionada y bella; las dos voces entran y salen y se unen en coro, complementándose. Como dice la conmovedora letra, “Eres jerez bajando por mi garganta./Eres incienso, hierbas que calman./Eres la nota disonante que da belleza./Eres a quien hoy quiero cantar”. (El tema se encuentra disponible en SoundCloud, pero interpretado por Joe Louis, Zoraida Santiago y Pedro Navaja.)

Sin duda alguna, esta velada se valió del talento de todxs y también de la magia del espacio. La Casa de Cultura Ruth Hernández Torres, antes bajo la dirección de la artista Gisela Rosario y ahora en las extremadamente hábiles manos de Helen Ceballos, se ha vuelto una verdadera meca del arte performativo y visual. Casa Ruth honra a la profesora Ruth Hernández Torres (1939–1988), ex presidenta del Consejo de Seguridad Vecinal de Río Piedras, pero muchos se confunden y asumen que se refiere a la insigne cantante Ruth Fernández, cuya obra y figura Licia Fiol-Matta discute en su reciente libro The Great Woman Singer: Gender and Voice in Puerto Rican Music (Duke University Press). ¿Y por qué no? Celebremos el legado de estas dos extraordinarias mujeres puertorriqueñas (Ruth Hernández Torres y Ruth Fernández) a la vez que disfrutamos y nos asombramos con el arte de Joe Louis y sus colaboradorxs. De hecho, Joe Louis y Nancy Millán, acompañados en la guitarra por Jomel Rivera, deleitarán (o ya deleitaron) a nuevos públicos el viernes 14 de julio en el local Proscenium en Ponce.

Iván Rodríguez, merecido inmortal

El pasado domingo, 30 de julio de 2017, el boricua Iván Rodríguez se convirtió en el cuarto pelotero puertorriqueño y noveno latinoamericano de la historia en ser exaltado al Salón de la Fama del Béisbol, uniéndose así a los también puertorriqueños Roberto Clemente, Orlando “Peruchín” Cepeda y Roberto Alomar. Iván lo logró en su primera oportunidad al igual que el gran Clemente, fallecido de manera trágica en el año 1972 y exaltado al Salón de la Fama en el 1973.

Con su exaltación al Salón de la Fama, nuestro Iván Rodríguez se convirtió, además, en el segundo receptor en ser elegido en su primer año de elegibilidad, siendo el primero el estadounidense Johnny Bench.

Las dudas referentes a la exaltación de Iván nunca tuvieron que ver con su probado rendimiento sino a credibilidad que los periodistas del béisbol le dieran al libro “Juiced” de la autoría del expelotero cubano José Canseco. En dicho libro, Canseco, sin presentar prueba alguna, acusó a Rodríguez de uso indebido de esteroides. No obstante, cabe destacar que el boricua no falló ninguna prueba de dopaje y nunca fue implicado en el informe Mitchell de 2007 que investigó el uso de esteroides para mejorar el rendimiento de los jugadores de béisbol.

Transformó la receptoría.

Iván es uno de 18 receptores en la historia de las Grandes Ligas en ser exaltados. Sus estadísticas demuestran, además, que existe prueba contundente para concluir que es posiblemente el mejor receptor de todos los tiempos. Entre todos ellos, Iván ocupó la primera posición en juegos jugados (2,427), presentaciones al plato (9,916) y hits conectados (2,749). Además, bateó más de 500 dobles y sobre 300 cuadrangulares, superando así tanto a Johnny Bench como a Mike Piazza, considerados los dos receptores más ofensivos de la historia. Iván tuvo también 14 presentaciones en el Juego de Estrellas, 13 guantes de oro (la mayor cantidad obtenida por un receptor) y el premio de Jugador Más Valioso (MVP) de la Liga Americana en 1999.

De todos sus atributos, fue la potencia de su brazo y su habilidad para sacar corredores en base lo que hizo a Iván Rodríguez espectacular. Eliminó en las bases a sobre el 45 % de los corredores que le salieron a robar durante su carrera, lo que obligaba a los equipos a jugar de estación en estación (por ejemplo, producir tres hits para poder anotar una carrera) por el respeto tan grande que le tenían a su brazo, que a veces sacaba de out a sus contrarios, si los veía demasiado despegado de las bases.

Finalmente, un receptor boricua

Puerto Rico ha tenido 40 receptores en las Grandes Ligas y ésta es por mucho la posición donde mejores jugadores hemos tenido. Es por eso que fue sumamente emotivo cuando en su exaltación Rodríguez mencionó a peloteros del calibre de Benito Santiago, Santos Alomar Jr., Javier López y los hermanos Molina. Todos ellos han aportado significativamente a que ésa haya sido la posición en la que los puertorriqueños se han destacado más en los últimos 30 años en las Mayores. La llegada de nuestro Iván Rodríguez al Salón de la Fama es una validación de todos ellos.

Edgar podría ser el próximo

En la lista de puertorriqueños elegibles para los próximos años, la candidatura más interesante es la de Edgar Martínez, quien ya lleva ocho años de elegibilidad y en las votaciones del Salón se ha quedado corto del 75% requerido. Le quedan pues, dos turnos al bate. Sin embargo, sus números han ido subiendo de un 20% en su primer año de elegibilidad al 55% obtenido en la última votación. Por su parte, Yadier Molina y Carlos Beltrán, cuando anuncien su retiro, deben estar en la conversación, mientras que Carlos Correa y Francisco Lindor han dado indicios de ser excelentes prospectos, pero es demasiado pronto para incluirlos en esta discusión.

Definitivamente fue una gran semana para el béisbol boricua, que ya goza de un nuevo inmortal. Gracias, Iván.

Lista de Receptores Puertorriqueños

en las Grandes Ligas:

Valmy Thomas

Héctor Valle

Eliseo Rodríguez

Luis Rosado

Ozzie Virgil

Orlando Sánchez

Orlando Mercado

Junior Ortiz

Benito Santiago (novato del año 1988)

Rey Palacios

Santos Alomar, hijo (novato del año 1990)

Héctor Villanueva

Iván Rodríguez

(Miembro del Salón de la Fama del Béisbol)

Bob Natal

Javier López

Jorge Posada

Raúl Casanova

Javier Valentín

Héctor Ortiz

Bengie Molina

Ramón Castro

Robinson Cancel

José Molina

Héctor Mercado

Javier Cardona

Mike Rivera

Wilbert Nieves

Yadier Molina

René Rivera

Geovany Soto (novato del año 2008)

José Morales

Omir Santos

Carlos Corporán

Martín Maldonado

Johny Monell

Juan Centeno

Christian Vázquez

Roberto Pérez

Rafael López

Víctor Caratini

*José Oquendo y Carlos Delgado jugaron un juego como receptores en las Mayores.