Especial para En Rojo
Aquel esqueleto gigante de dinosaurio no me decía nada. Tampoco las momias ni los indígenas de peluca tiesa. Qué tan importante podía ser un museo ante el hecho catastrófico de descubrir que mis tetas estaban creciendo.
“¡Ay, so bruto!”
Subíamos la escalinata cuando mi hermano me dio un manotazo sin querer.
“No es para tanto, nena.”
Incrédula, pasé con disimulo la mano derecha por encima de mi camisa violeta. Sentí una bolita dura y dolorosa en el lugar del pezón izquierdo. Y en el derecho también confirmé con espanto. Mis padres y mi hermano, un año mayor que yo, ignoraban mi tragedia. Ellos seguían caminando relajados y felices mirando las réplicas de dinosaurios, imaginando un pasado de animales imposibles mientras a mí se me iba apretando la tripa y la vida me pasaba por delante como una película que no es mía. Dios mío, ahora tendré que usar brasier y todos se van a poner raros conmigo y me van a empezar a decir cosas de “señorita”.
Yo no quería tener tetas. ¿Cómo me mirarán mis nuevos primos y primas? Mis tíos y la abuela, que no me ven desde que era chiquita. Conocí a las primeras primas en casa de la abuela. Entraron corriendo descalzas por el pasillo largo de la casa hasta el patio, donde yo ayudaba a tender la ropa que mami había lavado. Me parecieron hermosas, como pequeñas diosas revoloteando en el Parnaso, vestidas con camiseta y pantalón corto blanco. Su casa quedaba al lado. ¿Ellas también me verán bonita? La que era de mi edad ya usaba brasier –corpiño le dicen allí-, y no parecía importarle. Mientras que yo pegaba el pecho contra la pared de losas frías de la ducha y presionaba lo más que podía para aplastar aquellos dos alienígenas. Ahora me vestía en el baño y envidiaba a mi hermano que tenía la suerte de andar descamisado.
Y lloraba.
Lloraba con la cabeza hundida en la almohada como si se hubiese muerto alguien. Como si me hubiese muerto yo.
A partir de ese momento, todo cambió. Había perdido algo, pero no sabía qué. Solo quería seguir jugando a lo bestia sin que nadie me advirtiera de que a una edad ya debía moverme y hablar con más delicadeza y cuidado. Por eso, cuando le canté a mi primo Julio una canción obscena, papi me dio el peor de los regaños: el que duele más en el alma que en las nalgas. Sentí rabia hacia Julito, que era mayor que yo, porque fue él quien me instigó, pero más rabia sentí hacia papi, que ya no me miraba como la niña a la que le había enseñado a eructar aquel verano en Boquerón. Seguro que a mi hermano le hubiese reído la gracia. A la nena le pasa algo, decía. Y claro que le pasaba. La nena quería arrancarse esas dos cosas extrañas que habían comenzado a invadir su pecho como dos hiedras venenosas, agarrar una tijera y cortárselas de raíz para que no volvieran a salir.
Y entonces nos invitaron a la playa. El agua de ese mar era marrón, y el fondo, baboso, pero en la orilla había una arena casi blanca. Aquel mar no era infinito. El mar del pueblo de papi acababa en otra orilla gemela que está al alcance de la vista y pertenece a Uruguay. La idea de llegar a otro país nadando me pareció mágica. Como si el mundo se hubiese plegado de repente y todas las fronteras cupieran en mi mano. Hasta ese viaje, el resto de países eran para mí una entelequia. Nunca imaginé que la orilla de un río podía parecerse tanto a una playa. Ni que la gente se comportara como en las playas de verdad. Solo que allí en lugar de cerveza y pollo, todos van con su mate, una infusión amarga que sabe a tierra. Nunca me quité la camiseta. La noche anterior me desvelé pensando en todas las miradas escrutando mi cuerpo, comentando mi insipiente pubertad como si yo no estuviese ahí.
El día que fuimos con mi tío a navegar al río conocí a las primas grandes de catorce y quince. Yo quería acercarme, pero ellas eran inalcanzables. ¿Qué tendrían que contarle a una prima de nueve años que acababan de conocer? Lo de ellas era tomar el sol en la popa del barco.
No podía evitar compararme. Tampoco entender si la tristeza que sentí al final del día tenía que ver con que odiaba mis simulacros de tetas o porque las envidiaba a ellas.
El domingo, la casa de mi tío el del barco se llenó de tíos y tías con nombres raros, Mingo, Tacho, Mecha… de más primos que no conocía, estaba el cabrón de Julito, y la abuela, que era una especie de espectro de pelo blanco. Yo observaba aquel espectáculo de voces y risas, el trajín de las mujeres en la cocina, a mi tío con un vaso inagotable de fernet controlando el asado. “¿Esta es la tuya? ¡Es igualita a vos!”, le decían a mami…“Andá a jugar con las gurisas…” Los hijos de Eduardo, el que se casó con la caribeña, “Che, ¿y allí todavía andan en taparrabo?” “A ver, decí verde. Velde, amol…”
Era como si papi fuera todos ellos. Lo vi a lo lejos. Hablaba con alguien que acababa de llegar en motora. Salí para ver quién era. “¡¿Y esta también es tuya, tío?!”, dijo otro primo mayor cuando me vio, con una sonrisa enorme y con unos ojos como dos bolas de cielo. Me agarró y me alzó sin ningún esfuerzo y me dio un beso. En ese instante sentí que un rayo me atravesó.
¿Cómo podía ser tan lindo? Tenía puesto un pantaloncito azul muy corto como de hacer deporte y una camiseta mostaza desgastada. Sus piernas parecían de mármol recubierto con una lanilla de pelos muy suaves. “¿Querés dar una vuelta en moto?”, le ofreció a mi hermano pero él no quiso. Entonces me invitó a mí. Y me agarré con fuerza a su cintura de piedra y pegué mi pecho a su espalda con la misma fuerza que lo hacía contra las losas frías de la ducha.
Pero ese dolor me gustó. Entonces ya solo deseaba crecer para alcanzarlo.



