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A Private War: Marie Colvin, corresponsal de guerra

Como suele suceder para los meses de noviembre y diciembre, muchos productores y distribuidores interesados no tanto en la venta de taquilla—eso se lo dejan a las megaproducciones que calendarizan sus películas para Navidad, verano y Halloween—prefieren poner en cartelera los filmes que tienen buenas posibilidades de ser nominados y eventualmente premiados por los Golden Globes del Circuito de periodistas Extranjeros asignados a Hollywood, que siempre están muy pendientes a los Festivales de Telluride en Colorado y Toronto en Canadá. A estas primeras nominaciones le siguen los de los gremios de Hollywood y por supuesto, los Oscares. Aquí ya van llegando estos filmes y la época navideña se pronostica como una de muy buen cine.

A Private War

(director Mathew Heineman; guionista Marie Brenner; autor Arash Amel; cinematógrafo Robert Richardson; elenco Rosamund Pike, Jamie Dornan, Tom Hollander, Stanley Tucci, Faye Marsay, Greg Wise, Nikki Amuka-Bird, Alexandra Moen, Corey Johnson, Fady Elsayed)

Este filme enfoca en una década del trabajo investigativo y de campo de Marie Colvin, periodista nacida y educada en Estados Unidos y corresponsal de guerra para el periódico británico The Sunday Times de 1985 hasta su muerte en uno de los bombardeos perpetrados por el ejército sirio en la ciudad de Homs en febrero de 2012. Para resaltar aún más la realidad que esta periodista vivió intensamente, la filmación de los lugares de batallas se filmaron en Jordania, precisamente donde se ubica Zaatari, el campamento de refugiados sirios más grande de la región. Jon Stewart fue productor ejecutivo del excelente documental After Spring/Después de la primavera de 2016 que recoge las historias de muchos de estos refugiados.

La historia comienza precisamente con la voz narrativa de Colvin/Rosamund Pike en una entrevista donde intenta definir lo que hace, por qué lo hace y lo que considera la misión de su vida: ser testigo de los horrores de la guerra y dar testimonio de los sufrimientos de la población civil. De ahí, acompañamos a Colvin en una de sus asignaciones—algunos dirían casi suicidas—en Sri Lanka en 2001 en medio de la guerra civil que ya llevaba casi dos décadas y con innombrables atrocidades que la prensa apenas cubría. Es ahí precisamente donde pierde la visión de su ojo izquierdo mientras intentaba llegar a una zona neutral que al parecer ningún grupo quería respetar. Puede que este incidente redujera sus asignaciones extranjeras pero en ningún momento la detuvo para seguir siendo la misma periodista a pesar de poder asegurar su carrera como redactora en The Sunday Times.

Su cobertura de Irak nunca siguió la reglamentación impuesta por las fuerzas militares estadounidenses. El interés de Colvin no era en los conflictos bélicos sino en cómo la población había sobrevivido o no el régimen de Saddam Hussein y luego la ocupación y bombardeos de los Estados Unidos y su mal llamada coalición. Junto a Paul Conroy, fotógrafo de frentes de guerra y quien la acompañará hasta Homs, recoge imágenes e historias de mayormente mujeres—abuelas, madres, hijas, hermanas—que pierden a sus seres queridos sin poder rescatar sus cuerpos o pedir justicia por miedo a morir ellas también. ¿Y entonces quién quedará para cuidar y alimentar a los vivos? Con Colvin y Conroy llegaremos a Afganistán, Libia y Homs. Aunque Colvin nunca pierde una oportunidad de cubrir estos conflictos—continuamente presiona a su editor, Sean Ryan, a asignarle estos lugares—sí vemos cómo esa presencia y participación en estos lugares le crean un estado mental que, en su caso, solo apacigua con el alcohol y aumento en trabajo. Ese Síntoma de estrés postraumático (PTSD) y su empeño en no tratarlo para no estar alejada de los lugares de conflicto la mantendrán alejada de amistades y amantes que quieren lo mejor para ella y la harán más agresiva en buscar más y más testimonios para que los gobiernos no puedan negar la verdad. También en sus propias palabras habladas y escritas no hay duda de que cubrir zonas de guerra, estar en el medio de donde pasa todo, es una adrenalina que nubla la razón y la empuja a poner en peligro su propia vida y, a veces, la de los demás.

A Private War me recordó un hermoso filme —a pesar de la experiencia traumática de su protagonista interpretada por la increíble Juliette Binoche y por la cobertura de frentes en guerra— que recibió el Premio Especial del Jurado y Mención Especial del jurado del Premio Ecuménico en el Festival de Montreal de 2013: 1,000 Times Good Night del realizador noruego, Erik Poppe. Usando la experiencia de Poppe como fotógrafo de las zonas de guerra, al igual que Heineman lo hace con A Private War, narra la historia de Rebecca quien sobresale en esta profesión hasta el punto de no poder distinguir entre su trabajo profesional y lo que parece haberse convertido en obsesión. Aunque espera que sus fotos tengan un impacto en los que legislan y hacen política, la mayoría de las veces parece ser una fascinación con la imagen que no se traduce a un enjuiciamiento. Comienza y termina con el ritual de una mujer virgen que ha sido escogida para detonarse como una bomba humana en una aldea o ciudad de Afganistán. Entre esos dos actos está la vida familiar de Rebecca con marido, dos hijas, casa, amigos y un espacio llamado hogar aunque haga viajes distantes y prolongados para cubrir un conflicto donde la muerte impera.

A Private War: Marie Colvin, corresponsal de guerra

Como suele suceder para los meses de noviembre y diciembre, muchos productores y distribuidores interesados no tanto en la venta de taquilla—eso se lo dejan a las megaproducciones que calendarizan sus películas para Navidad, verano y Halloween—prefieren poner en cartelera los filmes que tienen buenas posibilidades de ser nominados y eventualmente premiados por los Golden Globes del Circuito de periodistas Extranjeros asignados a Hollywood, que siempre están muy pendientes a los Festivales de Telluride en Colorado y Toronto en Canadá. A estas primeras nominaciones le siguen los de los gremios de Hollywood y por supuesto, los Oscares. Aquí ya van llegando estos filmes y la época navideña se pronostica como una de muy buen cine.

A Private War

(director Mathew Heineman; guionista Marie Brenner; autor Arash Amel; cinematógrafo Robert Richardson; elenco Rosamund Pike, Jamie Dornan, Tom Hollander, Stanley Tucci, Faye Marsay, Greg Wise, Nikki Amuka-Bird, Alexandra Moen, Corey Johnson, Fady Elsayed)

Este filme enfoca en una década del trabajo investigativo y de campo de Marie Colvin, periodista nacida y educada en Estados Unidos y corresponsal de guerra para el periódico británico The Sunday Times de 1985 hasta su muerte en uno de los bombardeos perpetrados por el ejército sirio en la ciudad de Homs en febrero de 2012. Para resaltar aún más la realidad que esta periodista vivió intensamente, la filmación de los lugares de batallas se filmaron en Jordania, precisamente donde se ubica Zaatari, el campamento de refugiados sirios más grande de la región. Jon Stewart fue productor ejecutivo del excelente documental After Spring/Después de la primavera de 2016 que recoge las historias de muchos de estos refugiados.

La historia comienza precisamente con la voz narrativa de Colvin/Rosamund Pike en una entrevista donde intenta definir lo que hace, por qué lo hace y lo que considera la misión de su vida: ser testigo de los horrores de la guerra y dar testimonio de los sufrimientos de la población civil. De ahí, acompañamos a Colvin en una de sus asignaciones—algunos dirían casi suicidas—en Sri Lanka en 2001 en medio de la guerra civil que ya llevaba casi dos décadas y con innombrables atrocidades que la prensa apenas cubría. Es ahí precisamente donde pierde la visión de su ojo izquierdo mientras intentaba llegar a una zona neutral que al parecer ningún grupo quería respetar. Puede que este incidente redujera sus asignaciones extranjeras pero en ningún momento la detuvo para seguir siendo la misma periodista a pesar de poder asegurar su carrera como redactora en The Sunday Times.

Su cobertura de Irak nunca siguió la reglamentación impuesta por las fuerzas militares estadounidenses. El interés de Colvin no era en los conflictos bélicos sino en cómo la población había sobrevivido o no el régimen de Saddam Hussein y luego la ocupación y bombardeos de los Estados Unidos y su mal llamada coalición. Junto a Paul Conroy, fotógrafo de frentes de guerra y quien la acompañará hasta Homs, recoge imágenes e historias de mayormente mujeres—abuelas, madres, hijas, hermanas—que pierden a sus seres queridos sin poder rescatar sus cuerpos o pedir justicia por miedo a morir ellas también. ¿Y entonces quién quedará para cuidar y alimentar a los vivos? Con Colvin y Conroy llegaremos a Afganistán, Libia y Homs. Aunque Colvin nunca pierde una oportunidad de cubrir estos conflictos—continuamente presiona a su editor, Sean Ryan, a asignarle estos lugares—sí vemos cómo esa presencia y participación en estos lugares le crean un estado mental que, en su caso, solo apacigua con el alcohol y aumento en trabajo. Ese Síntoma de estrés postraumático (PTSD) y su empeño en no tratarlo para no estar alejada de los lugares de conflicto la mantendrán alejada de amistades y amantes que quieren lo mejor para ella y la harán más agresiva en buscar más y más testimonios para que los gobiernos no puedan negar la verdad. También en sus propias palabras habladas y escritas no hay duda de que cubrir zonas de guerra, estar en el medio de donde pasa todo, es una adrenalina que nubla la razón y la empuja a poner en peligro su propia vida y, a veces, la de los demás.

A Private War me recordó un hermoso filme —a pesar de la experiencia traumática de su protagonista interpretada por la increíble Juliette Binoche y por la cobertura de frentes en guerra— que recibió el Premio Especial del Jurado y Mención Especial del jurado del Premio Ecuménico en el Festival de Montreal de 2013: 1,000 Times Good Night del realizador noruego, Erik Poppe. Usando la experiencia de Poppe como fotógrafo de las zonas de guerra, al igual que Heineman lo hace con A Private War, narra la historia de Rebecca quien sobresale en esta profesión hasta el punto de no poder distinguir entre su trabajo profesional y lo que parece haberse convertido en obsesión. Aunque espera que sus fotos tengan un impacto en los que legislan y hacen política, la mayoría de las veces parece ser una fascinación con la imagen que no se traduce a un enjuiciamiento. Comienza y termina con el ritual de una mujer virgen que ha sido escogida para detonarse como una bomba humana en una aldea o ciudad de Afganistán. Entre esos dos actos está la vida familiar de Rebecca con marido, dos hijas, casa, amigos y un espacio llamado hogar aunque haga viajes distantes y prolongados para cubrir un conflicto donde la muerte impera.

Adiós, amigo.

Desde hace unos meses sabía que un día, como este, estaría sentado frente a un teclado tratando de escribir esta despedida. Que buscaría palabras que no llegan. Quiero escribir, pero me sale espuma, dice más o menos un verso de Miguel Hernández, a quien siempre acudo en momentos duros. Y ahora entiendo más al poeta. Llevo un rato y sólo aparecen palabras huecas, como de espuma.

Pienso en cosas raras. Por ejemplo, en las manías que todos tenemos. Carlos era especial, pero también las tenía. Una de ellas era que no quería que le organizaran actos de despedida. Quería irse sin ruido y, sobre todo, que no lo estuvieran exhibiendo de un lado para otro como, como pájaro en jaula. Esos pedidos los repitió varias veces, como un mandato de despedida.

Pero no todos los mandatos deben ser cumplidos. Carlos, en su inmensa humildad, nunca percibió a cabalidad lo que él representaba para Puerto Rico. No entendía que su dedicación a la lucha lo había colocado en un lugar especial. Que esa lucha intensa le había conseguido enemigos, pero que por cada uno de esos hay una legión de agradecidos Que muchos de esos últimos quieren, al menos, tener un minuto para decirle adiós, para decirle que lo quieren, que lo respetan y que le agradecen su dedicación a este pueblo, a esta Patria. Quieren que sepa, aun desde la nada de la muerte, que le estamos y le estaremos eternamente agradecidos.

Además, Carlos, tú mejor que nadie sabes que los pueblos crecen por medio del ejemplo. También sabes que todas tus luchas, las más importantes, siguen inconclusas y el ejemplo tuyo ayudará a seguirlas. Por eso debemos proclamarte, que los que no te conocen se enteren de lo que hiciste y, más aún, por qué lo hiciste. Por eso, aunque no lo quieras, porque es necesario para que tu lucha siga, tenemos que despedirte, para que esa despedida sirva como un aldabonazo a la conciencia de algunos.

Esa es la razón más importante para no cumplir del todo con lo que ordenaste. Tú sabes que éramos hermanos, pero que a veces peleábamos y que no siempre estuve de acuerdo contigo. Este es el último diferendo.  Habrá un acto de despedida, aunque no te exhibiremos de un lado para otro. Cumplimos en parte. Estoy seguro que si me pudieras escuchar, a regañadientes, aceptarías algún homenaje póstumo. Eras testarudo, pero no tanto.

Si todas estas razones no fueran suficientes, hay otra que también nos sirve para explicar la necesidad de una despedida. Es la amistad. Si alguien tenía una facilidad extraordinaria para hacer amigos y amigas, ese fue Carlos Gallisá. Ese don era a su vez resultado de unas cualidades siempre muy bien cultivadas: sinceridad, solidaridad y lealtad. Cuando esas virtudes se juntan, atraen como las flores a las abejas. Por eso Carlos siempre tuvo un enjambre a su alrededor.

Carlos fue el único hijo que tuvieron don Juan y doña Monín y tal vez esa condición de hijo único lo impulsó a buscar amigos y amigas que en muchas ocasiones se convirtieron en hermanos y hermanas. La lista es larga y toda esa gente quiere tener la oportunidad de encontrarse y abrazarse porque, al hacerlo, un poco nos tranquilizamos. Juntándonos nos sacamos un poco el dolor que desde hace bastante tiempo nos mortifica. Desde que supimos que estaba enfermo.

Algunos tuvimos la oportunidad de ayudarle a pelear con los monstruos. Muy pocos. Porque Carlos no quería preocupar a todos sus amigos ni a su familia y por eso se apoyó en un grupo muy pequeño para dar la larga batalla que dio contra el cáncer. Desde hacía años se le escuchaba en la radio, como siempre, tranquilo y firme, o se le veía en la calle marchando, pero muy pocos sabían que daba otra lucha callada contra esa maldita enfermedad. La lucha tomó años y la dio sin nunca abandonar la trinchera de la radio ni la de la calle. Cuando ustedes me escuchaban en Fuego Cruzado, en la mayoría de los casos era porque estaba en algún tratamiento. Luego volvía diciendo, como aquel fraile, “decíamos ayer” y por ahí seguía.

Los que te apoyamos en esa lucha y a veces te ayudamos a esconder el mal, supimos siempre que no lo hacías por la tonta vanidad que lleva a algunos a esconder una enfermedad, sino para evitar preocupaciones. Además, no querías que la pesadumbre entorpeciera todo lo que hacías en tantos frentes donde siempre luchaste manteniendo el mejor talante.

Pues, Carlos, todos esos amigos y amigas que te ayudamos a dar las batallas, queremos tener la oportunidad de juntarnos para despedirte. Porque aunque ya no estés con nosotros, ese junte nos sirve para reconfortarnos, para consolarnos, para saber que aunque te hayas ido, estarás con nosotros dando las batallas que faltan.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE.

El lunes 10 de diciembre nos encontraremos a partir del mediodía en la funeraria Ehret.

Vivir la independencia

A José Alberto Álvarez Febles y

Lureida Torres Rodríguez in memoriam

Agradezco a la Fundación Juan Mari Brás la invitación a presentar este libro. Mari Mari Narváez me comunicó que pensaron en mí porque soy escritora e independentista no afiliada.

A.1sumo y sumo. Soy contemporánea de casi todas las personas que aportan en este libro sus recuerdos de don Juan Mari Brás y fui militante del Partido Socialista Puertorriqueño. Además, soy lectora de formación comparatista; un método de leer relacionando y en contexto histórico.

Leí las entrevistas a la par con las Memorias de Mari Brás. Crucé lecturas, como si fueran capítulos de un solo libro. Una trama única, compleja en sus tonos y miradas. Ninguno de los libros es biografía, aunque en las memorias sí hay pasajes autobiográficos. Se dedican más bien a la vida pública del patriota.

Sobre el libro que hoy presentamos salta a la vista que los entrevistados son menores que Juan Mari. Solo dos lo conocieron en calidad de adversario ideológico o figura contrastante: Rafael Hernández Colón y Rubén Berríos Martínez. Como es propio, destacan los valores más que las diferencias. Berríos puntualiza: “Solo vi entrega perenne, valor a toda prueba, trabajo riguroso e incansable y la perseverancia que le venía desde su primera infancia; siempre abierto a explorar e inventar nuevas formas y métodos para adelantar nuestra liberación y… flexibilidad para buscar nueva avenidas de acción” en el activismo político. Rafael Hernández Colón recuerda a “un hombre de profundas convicciones, decente, veraz y muy valiente”.

En las demás entrevistas se perciben acercamientos distintos, correspondientes a las personalidades de los entrevistados, aunque siempre reconocen en Juan Mari Brás al humano que en buena medida determinó el rumbo de sus vidas, o se movió en el escenario donde hicieron sus vidas. Así hablan Manuel de J. González Hernández, Carmen Ortiz Abreu, Carlos Gallisá Bisbal, Digna Sánchez Jiménez, Roy Brown Ramírez, Jaime Córdova Rodríguez, Florencio Merced Rosa, Wilma Reverón Collazo, Norman Pietri Castellón y Néstor Ricardo Nazario Trabal. Sus miradas concurren en la formación de un personaje que se ha ido convirtiendo, por obra del recuerdo, en figura determinante de la vida propia.

Además de homenaje prolongado y conmemorativo, las entrevistas aportan materiales para la escritura de una historia crítica, honesta y rigurosa, del independentismo en Puerto Rico en la segunda mitad del siglo veinte, o al menos del Movimiento pro Independencia y el Partido Socialista, lo que ya incluiría varios capítulos de la historia del independentismo. Se trata de testimonios directos de quienes conocieron al personaje y, a su vez, son personajes prominentes de esa historia que desean las lectoras, los lectores más jóvenes, quienes hablan de Juan Mari como nosotros hablábamos de Albizu, en el plano del aura, de la figura mítica, o del conocimiento superficial, pero sin las complejidades de su vida política, que de algún modo fue también la experiencia de las personas entrevistadas en este libro. Entre ellas, Carmen Ortiz Abreu describe a Mari Brás como figura de transición entre el nacionalismo y la nueva lucha, y menciona la siempre viva participación de la mujer en las luchas emancipadoras. De la entrevista con Manuel de J, González conmueve la descripción final: “un hombre de enorme sensibilidad”. Carlos Gallisá Bisbal (qué maravillosa la inclusión de los apellidos maternos, porque por línea materna nos llegan las frustraciones, las obsesiones, el deseo de justicia) describe a Mari Brás en dimensión ética y afirma que el suyo fue un compromiso ejemplar. También recuerda su capacidad analítica y cómo logró articular el pensamiento albizuísta con el socialismo. Wilma Reverón reconoce el respaldo de Mari Brás a la formación de ella como dirigente y a la perdurable gestión del independentismo en las Naciones Unidas. Su testimonio se complementa con la entrevista a Ricardo Alarcón, quien no olvida la presión descomunal de Estados Unidos a países aliados suyos y no alineados para censurar la discusión del caso de Puerto Rico en la ONU.

Antes de describir la figura amplia que leo en esas miradas, cruzo el hilo a otra sección del tapiz. Llamo la atención al autorretrato de Juan, a sus Memorias de un ciudadano, a los capítulos sobre sus primeros años e incursión inicial en la vida pública. Antes que estratega, fundador y revolucionario fue el hijo consentido y escogido por sus padres y familiares: casi un predestinado, en un ambiente amplio ya que los solares se extendían a otros pueblos de la región de Mayagüez, que para Juan Mari, si mal no leí, merecía ser la capital de la República de Puerto Rico. Algo habrá de cierto en el excepcionalismo de Mayagüez, y así queda claro en el testimonio de don Rafael Cancel Miranda y el compromiso de ambos padres, Rafael Cancel y Santiago Mari, anterior a la vida pública de los muchachos. Hubo así una continuidad inseparable entre la personalidad del hombre y el solar de sus afectos. Ese solar de sus afectos tenía que ver con la solvencia económica y el apoyo de sus padres, pero incluso más con el dilatado núcleo familiar. Su padre, su madre, deben haber sido una de esas raras parejas con la sabiduría de ver y respetar lo que sus descendientes traen al mundo, y dejarlo florecer.

En los testimonios de Florencio Merced, Manuel de J. González, Jaime Córdova, Norman Pietri y Néstor Nazario Trabal se describen los primeros años del MPI y el PSP. Quizás Néstor Trabal fue el más cercano a los escenarios afectivos del pensamiento de Juan Mari Brás, pues era un niño cuando en su casa, en la casa de sus padres, en el templo espiritista de doña Providencia Trabal, se realizó la ceremonia de fundación del Movimiento pro Independencia. Cierta continuidad ritual, el lugar, las circunstancias inmediatas, no pueden ser más evocadores del independentismo de las sociedades secretas del siglo 19. Pero es Norman Pietri quien dibuja con sus recuerdos el acercamiento más entrañable, quizás por el enlace pueblerino, porque es evidente que hay un regionalismo mayagüezano, o lo hubo, y que en esa ciudad de cuyas estructuras históricas queda muy poco, en esas ruinas mudas, se gestó un mundo, una historia social, un enjambre de comunicaciones.

La familia extendida era de comerciantes y hacendados. Cuando Mari Brás era niño, el papá le montó un negocio de dulces con todo y productor, y el niño de socio capitalista. Pero si aquel negocio fracasó, alguna calidad de empresario dejó en Mari Brás, porque fue un fundador de misiones y empresas, como indican Manuel y Florencio en sus entrevistas. En su caso la faceta empresarial poco tuvo que ver con el sentido capitalista de propiedad privada, a juzgar por la trayectoria vital de Mari Brás, que siempre se inclinó al sacrificio económico. Era otra la motivación de sus fundaciones. Sobre esa motivación extraordinaria hay mucho que pensar y decir.

A propósito de empresas, sobresalen las comunicadoras de análisis político y difusión cultural. Recuerda Roy Brown que Mari Brás, le pedía que avivara las movilizaciones con música. El mismo Mari Brás condujo un programa radial cuando era todavía un adolescente, iniciando una apasionada relación con los medios que se extenderá a las “empresas del partido”. Esas empresas por sí solas merecen un libro, una recopilación minuciosa de experiencias. Si en Mayagüez los espíritus tenían inclinaciones separatistas, en la isla y las regiones de sus migraciones el proyecto de esas empresas tuvo un sentido social y comunicativo inseparable de la misión independentista. Como si entre espíritus tutelares e iniciativas frágilmente sustentables se hubiera ido creando otra isla liberada del coloniaje; otra isla concebible, o quizás un mapa de proyectos demostrativos, una hoja de ruta hacia el porvenir.

De aquellos proyectos culturales y de comunicación pública el más resistente ha sido Claridad. Debe ser el único sobreviviente de todos los semanarios y periódicos de línea crítica que nacieron entonces. Además del libro de Awilda Palau, Claridad merece estudios que incluyan otras etapas, y que recuperen detalladamente las experiencias de Claridad diario, Claridad bilingüe y Claridad bisemanal. De sus comienzos habla Jaime Córdova. De cómo la osadía, la experimentación, el ir agenciándose sobre la marcha recursos y colaboraciones, en un torbellino de maromas, un grupo pequeño de gente brava dieron con la clave para echar a andar una empresa cultural política en Puerto Rico: con empuje, con errores, con sacrificios y satisfacciones, intentando respetar la singularidad de cada quien, viendo lo que cada uno trae y lo que puede aportar. “Que escriba lo que quiera pero que escriba”.

Recuerda Florencio Merced Rosa la visión de crear en Nueva York la Misión Vito Marcantonio, que se transformó en la Seccional del PSP en Estados Unidos, con núcleos y comités en Nueva York, New Jersey, Hartford, Boston, Los Ángeles, San Francisco, Oakland, Chicago, Filadelfia. Valga un botón de muestra con testimonio personal agregado a la entrevista a Digna Sánchez Jiménez, una de las fundadoras de Claridad Bilingüe en 1972. Digna destaca la visión de la migración puertorriqueña y el papel del partido no solo en las luchas independentistas, sino en las luchas de las comunidades. En la celebración del “Bicentenario sin Colonias” en octubre de 1974, se planteó la independencia de Puerto Rico como causa que también compete a la izquierda estadounidense. En aquel tiempo tan pródigo en las luchas radicales de los feminismos, los derechos civiles, los derechos de las minorías sexuales, los nacionalismos del pueblo afroamericano y de las naciones originarias; cuando se libraban las protestas más duras contra la guerra en Vietnam, la lucha independentista no solo estuvo presente sino que se dejó sentir. Ocupó lugares en la producción intelectual y literaria de autores de la diáspora como Piri Thomas, Pedro Pietri, Alfredo López y Andy Torres. Y llamó la atención de militantes de una izquierda estadounidenses de todo el espectro abigarrado de esa izquierda, que fueron miembros o simpatizantes o interlocutores o críticos duros del PSP, así como de intelectuales y artistas que se sumaron a la causa de la descolonización de Puerto Rico, como la imprescindible Angela Davis.

Cuenta Digna Sánchez que antes de lanzar Claridad Bilingüe Ramón Arbona, uno de los periodistas más talentosos y comprometidos de nuestra generación, preparó al equipo durante un año. Claridad bilingüe duró varios. En sus talleres trabajaron con desprendimiento personas como Lureida Torres Rodríguez, que cumplió cárcel durante seis meses por negarse a comparecer ante un gran jurado del gobierno federal de Estados Unidos. También formaron parte de ese taller el poeta y artista Néstor Barreto y el fotógrafo Edgardo Calderón. No hacían trabajo de dirigentes, sino el trabajo duro de corregir, diseñar, maquetar y distribuir el periódico. Frank Vélez Quiñones también colaboró con ese taller. Fue distribuidor del periódico. Me ha contado algún detalle de su parte en el proceso de Claridad Bilingüe. Los negativos del periódico de Puerto Rico se enviaban por carga aérea. Él los recogía en la guagua de Claridad, y los llevaba a una imprenta situada en una calle oscura y estrecha del rocambolesco barrio chino. Cuando el periódico salía de imprenta, los presidentes de los núcleos cercanos lo buscaban en la Seccional. Otros se enviaban por correo o se colocaban en puestos céntricos. La circulación alcanzó varios miles. El periódico se esperaba.

Fascina cómo el rarísimo arrebato del trabajo desprendido, la exaltadora confluencia de lo personal con lo político, son a un tiempo labor y premio. Armindo Núñez Miranda, periodista de Claridad Diario y gerente de Libro Libre, la librería del PSP en Manhattan, lo dice de manera tan certera como inadvertidamente irónica e incluso cómica: “no cobrar era parte de la vida de uno”. Fueron años determinantes, porque algún efecto tuvieron a pesar de la represión y el escamoteo que siguió al idealismo y el compromiso de aquellas juventudes. Los medios informativos: el periódico, impresora nacional, fueron atacados en numerosas ocasiones. Las carpetas, los asesinatos políticos, el terrorismo anti independentista, el peso de la represión, han tendido a borrar no solo la memoria del momento, sino nuestras memorias del momento.

Sin embargo, el haber tocado tantas estaciones de la historia, el haber hecho tanto en una sola existencia, el no retirarse sino seguir fundando: he ahí la alegría de una vida puertorriqueña, de una vida nuestra, dotada de la extraña capacidad de viajar por las galaxias en sus discursos sin dejar de tener un pie en tierra.

Pero volvamos a las empresas, tantísimas empresas relacionadas casi todas con la fundación de medios de comunicación pública independientes e iniciativas culturales. Florencio Merced Rosa menciona algunas relacionadas con el “andamiaje” del PSP: una agencia de pasajes; el sello disquero llamado Disco Libre; un cine, El Cinematógrafo; varios grupos artísticos simpatizantes, como el taller de cine Tirabuzón Rojo; una agrupación musical, Taoné; la Librería Puerto Rico; programas de radio. Posteriormente fueron una agencia de prensa, Informática Caribeña, Causa Común Independentista, el Congreso Nacional Hostosiano (hoy Movimiento Independentista Nacional Hostosiano), la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos.

En contraste con el colectivismo de tantas iniciativas ambiciosas, en la cruzada por la ciudadanía puertorriqueña el territorio liberado fue él mismo. Recuerdo, como si oyera su voz de barítono que pudo haber sido cantante, oírle explicar la lógica de renunciar a la ciudadanía como quien juega al ajedrez contra el imperio, o quien completa una prueba matemática: me deportarán de Estados Unidos y tendrán que devolverme al lugar de mi nacimiento: el barrio Salud en Mayagüez. Caso cerrado, jaque mate, carcajada.

La historia de esos proyectos, con sus aciertos, errores, desapariciones y posibles legados, debería ayudarnos a situar el optimismo de Mari Brás, más orientado hacia los comienzos que hacia los finales cerrados. Y debería ayudarnos a situar el presente, pues todo recomienza ahora, ante la paradoja que señala Norman Pietri Castellón en su entrevista. El colapso de la colonia no ha conducido al fortalecimiento del independentismo, como si de algún modo la caída de la colonia incluyera el trauma de sus sorprendidos antagonistas habituales. Como si se pudiera prescindir de la independencia en una lucha por democratizar y descolonizar. Como si el viejo miedo a la república todavía calara en gente brillante, que le temen a un régimen autoritario, que elimine derechos de minorías perseguidas y entronice un gobierno de capitalistas y comisarios. Es decir, como si no se dieran cuenta de que ese régimen de capitalistas y comisarios lo estamos viviendo ya.

¿Cómo puede ser útil divulgar el pensamiento, la personalidad de un hombre que todo lo apostó a la independencia? Quizás, de inicio, tratar de entenderlo para entendernos mejor. Entender al personaje en su dimensión pública y algunos de sus rasgos temperamentales: el optimismo, la timidez, que se reiteran en varias de las entrevistas. El optimismo no es difícil de entender, y de hecho, el no haberse dejado vencer por adversidades y el no haberse dejado sacar de las casillas por persecuciones y crímenes se relacionan con ese temple de los comienzos; con haber sido no solo actor, sino testigo de su tiempo, y guía de tantos jóvenes movidos por el amor a la justicia, a pesar de los rumbos desiguales que cada uno siguió, que seguimos. Se me ocurre que el optimismo, la certeza de que Puerto Rico será libre, se funda en cierta calidad que él percibía en las personas que lo recuerdan en este libro y en los ausentes.

Quizás la timidez de Juan Mari Brás tenía que ver con la protección de un mundo interior que se sacrifica al despliegue público del dirigente. Una tendencia al ensimismamiento y a la introspección de quien crea mundos imaginarios, en su caso, mundos contraculturales en el sentido de navegar contra la corriente del sentido dominante.

A propósito de esas cualidades creadoras, abundan más de lo que se piensa, pero se reprimen. Hace un año Francisco José Ramos escribió: “Durante un breve pero intenso tiempo se ha vivido una especie de anarquía involuntaria que ha permitido, al menos, hacer ver que la gente de esta isla, si se lo propone, puede gobernarse a sí misma, al margen de los poderes, prácticamente ausentes del Estado (ya ni libre ni asociado) y la puesta en suspenso de lógica del capital. Son innumerables los casos de arrojo y valentía del ciudadano de a pie en medio de la devastación. Pero resulta que, hasta ahora, los puertorriqueños no quieren saber de lo que pueden hacer. Es decir: no quieren saber de su potencia. Son demasiadas décadas haciendo de la impotencia una virtud; arrimados a las órdenes de un supuesto «imperio bobo» que tiene, sin embargo, la potestad de disponer de este territorio y posesión suya como le venga en gana.”

A ese hacer de la impotencia una virtud se opone lo que el mismo Mari Brás llamaba críticamente “gigantismo”, o propensión al deseo de soñar y hacer lo que generalmente se considera imposible. La inclinación a apostar a lo que nadie en su sano juicio, es decir, en su colonizado juicio, apostaría. Vivir, ante la represión y el abuso como si fuéramos libres, y comunicarlo, es la lección generosa. Y el arrojo insensato de que sin recursos podíamos fundar librerías, administrar salas de cine, producir y distribuir periódicos, manejar agencias de viaje. Y las decepciones y resentimientos e injusticias, porque un riesgo de esa libertad de espíritu es caer muchas veces, recibir golpes y navegar entre fracasos o decepciones que a la mayoría de las personas les bastarían para caer y rendirse. Para otras, muy pocas, después de caer no hay más alternativa que levantarse.

Esa mezcla rara de realismo crítico y alcance visionario es para todos los tiempos, sobre todo para el presente. En el portal de la fundación se leen unas palabras que la ilustran: “Puerto Rico va a ser libre. Y no me preocupa que en el curso de mi vida no vea esa culminación porque, al luchar por ella, estamos dentro de ella… Ser independentista es disfrutar de la independencia alma adentro. Y cada uno de nosotros, los que luchamos por ella, nos consideramos libres. Y por eso vivimos en la independencia.”

Dicen los y las resistentes que cuando el miedo ya no domina se puede estar en prisión y ser, en cierto modo, libre. Una libertad auténtica, es decir, crítica del poder, porque el poder es estrecho y rígido. La voluntad de fundar es anterior tanto al poder del Estado como al poder desigual en las relaciones personales. Es lo que cada quien trae al mundo, es arte, es creación. Significa no reconocer la autoridad de quien a fuerza de miedo y represión intente coordinar nuestros cuerpos y amansar nuestros pensamientos. Desde esa perspectiva siguen siendo referentes aquellas empresas y misiones que mucho duraron para lo ambiciosas y arriesgadas que fueron. Y sigue siendo ejemplo de conciencia y empatía el equipo que da a la luz, infaliblemente, el periódico Claridad y su revista cultural En Rojo. Esa libertad de crear la vislumbró y la practicó el compañero Juan Mari Brás, la figura política de Juan Mari Brás que nos llega a través de sus escritos y de este libro donde se habla sobre él.

Presentación del libro Hablan sobre Juan Mari Brás, el domingo 2 de diciembre en el Ateneo.

Violencia doméstica en la Policía

La Policía de Puerto Rico volvió a repetir su patrón agresivo contra manifestantes. Lo hizo el 1 de mayo del 2017, lo repitió el 1 de mayo de este año y lo reiteró nada más y nada menos que el Día Internacional de No Más Violencia Contra la Mujer, el 25 de noviembre. A las mujeres que exigían en una manifestación que el Gobernador firmara una orden ejecutiva declarando un estado de emergencia por la violencia que se ha destacado este año contra la mujer la Policía las agredió.

Este patrón violento exhibido por ese cuerpo paramilitar parece extenderse a la vida personal de sus miembros. De las 22 mujeres asesinadas hasta el 24 de noviembre, tres fueron asesinadas por policías estatales. Es decir, los policías han sido los autores del 14% de los asesinatos por violencia doméstica hasta ese momento.

La organización Kilómetro Cero denunció que, de acuerdo con el más reciente informe sobre la Reforma de la Policía del síndico federal Arnaldo Claudio, en el 2017 se radicaron 99 querellas por violencia doméstica contra policías estatales. Pero, mientras que el 14% de las denuncias por violencia doméstica en la población general resultan en condenas, en el caso de los policías ninguno de esos 99 oficiales fue condenado. El Monitor Federal de la Policía, indicó en su informe que estas estadísticas presentan un hallazgo que debió haberse discutido extensamente en el informe de la Policía; pero no se hizo.

Para este año de 2018, según la información disponible en el portal electrónico de la PPR, se han radicado 71 querellas administrativas relacionadas con violencia doméstica. De las 71 querellas, 40 aún están pendientes de ser investigadas.

Una fuente de CLARIDAD –a quien protegemos su identidad por razones obvias– explicó que los casos de violencia doméstica de los agentes se manejan de forma separada de los casos radicados por víctimas de civiles. El proceso comienza cuando llega la víctima de violencia doméstica y una trabajadora social de la Oficina de la Procuraduría de la Mujer (OPM) destacada a la División de Psicología y Trabajo Social de la Policía le hace una entrevista. De haber caso, entonces se refiere para que se expida una orden de protección, y otra trabajadora social de la Procuraduría  lleva la orden junto a un agente de la Policía que trabaja casos en la División de Violencia Doméstica. Los psicólogos que refieren casos a la TS de la Procuraduría trabajan con el agresor, pero no existe un procedimiento o protocolo que establezca qué se va a hacer con él.

La fuente denunció que en ocasiones los agresores son desarmados, pero si la víctima no continúa con la denuncia, no existe forma para justificar el proceso de desarme. Además, la División de Violencia Doméstica tampoco tiene establecido un registro de posibles policías ofensores referidos que permita brindar seguimiento y orientación. Lo que existe es un registro de antecedentes de cuántas veces han sido atendidos en la División de Psicología, pero no se establece un registro específico para agresores.

En tanto, las victimas tienen que asistir a la División de Psicología y Trabajo Social de la Policía. La fuente describió que el que ha asistido a dicho lugar sabe, que antes de ser atendidas, las víctimas se encuentran con otros policías, que en ocasiones, conocen al victimario, por lo que puede sentirse intimidadas. Es el personal de la División de Violencia Doméstica de la Policía quien supervisa los casos referidos a las TS que, a su vez, son empleadas de la Procuraduría. Esta División de Violencia Doméstica está compuesta por agentes que no siempre manejan los casos de manera confidencial, sobre todo si los agresores son conocidos.

“Esto lo saben las víctimas porque se habla o porque el victimario lo sabe. Eso desanima a las víctimas a asistir en busca de ayuda para protegerse de la violencia”, expresó la fuente de CLARIDAD. La fuente también confirmó que no hay seguimiento por parte de la Procuradoría de la Mujer a los casos de violencia doméstica en la uniformada.

A preguntas de este semanario, la licenciada María Dolores Fernós, primera directora de la OPM, dijo que respalda que sea personal fuera de la Policía quien atienda las querellas de sus miembros, pero hizo la salvedad de que alguien tiene que dar seguimiento. Fernós destacó que se sabe que lo que da resultado para detener esta conducta de violencia es acabar con la impunidad, que la persona no piense que, haga lo que haga, va a estar protegido por el sistema. Comentó que los protocolos para atender los casos de violencia doméstica en la Policía y en otras agencias, “no son malos”, ya que fueron hechos por una comisión interagencial. No obstante, reiteró la necesidad de dar seguimiento y supervisión a los procesos.

Fernós señaló que esa es la responsabilidad de la OPM: dar seguimiento, supervisar y fiscalizar qué y cómo las diversas agencias están atendiendo los casos de violencia doméstica. Coincidió en la apreciación de que la OPM no está dando seguimiento a las agencias. Trajo como ejemplo que en el caso del ahora exalcalde de Guaynabo Héctor O’neill en que la mujer policía municipal se querelló contra el alcalde primero en la OPM y el caso le fue asignado a una hija del exsenador y miembro del Partido Nuevo Progresista Charlie Rodríguez; pero hasta que el Gobernador le dijo a la Procuradora que actuara, no había pasado nada. “Para detener la impunidad, las personas que atienden estos procesos tienen que ser personas con independencia de criterio, con conocimiento de cómo tienen que actuar con un protocolo y que lo sigan”, recalcó la activista.