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María, la que no se olvida

Era un nombre común, conocemos muchas Marías. Pero esta vez su nombre no estaba asociado a nadie conocido. Un fenómeno atmosférico en ruta a nuestra Isla, lo cambiaría todo. Hubo preparativos. Como en otras tantas ocasiones lo primero fueron las largas filas para abastecernos de suministros escenciales. Tratar de tener un poco de todo, total en tres o cuatro días volveríamos a la normalidad. Pero, con el pasar de las horas, el fenómeno lucía impresionante, y la realidad era que el azote prometía lo peor y no serían tres o cuatro días.

Nos consolaba que esta vez la mayor parte del huracán se sentiría de día y no de madrugada como en ocasiones anteriores. Las primeras ráfagas y la lluvia mostraron su furia, el ruido del viento hizo temblar al meas fuerte. Lo inevitable pasaba por la isla. Sin electricidad y con la perdida de las comunicaciones, nos invadió la desesperación y el miedo a no saber de familiares y amigos fuera del área metropolitana. La radio fue el hilo conductor que mantuvo a un pueblo unido e informado.

Pasado lo peor, salimos a nuestros alrededores para encontrarnos atrapados en nuestros hogares por la cantidad de troncos de árboles y otros escombros que dejó María a su paso que impedían el poder sacar vehículos y tratar de llevar a nuestros seres queridos.

Decenas de vecinos con sierras portátiles, machetes y sogas se movilizaron para abrir paso y hacer caminos. El paisaje era desolador. Miles de casas sin techo, inundaciones, y lo peor sin idea de cuál sería el plan a seguir. Y para completar sin gasolina.

Como quién despierta de una pesadilla, nos encontramos sin un norte.

Las ayudas comenzaron a llegar, milles de voluntarios, miles de periodistas de todas partes del mundo pero sin un plan.

Sin plan, sin energía eléctrica y sin idea de cómo resolver, quedamos a espensas de un gobierno central que habló para las gradas mientras un pueblo estaba con hambre, sed y a la deriva. Miles llegaban al Centro de Convenciones de Miramar, sede del Gobierno Central en esta emergencia en busca de noticias de familiares y pescando señal en sus celulares para dejarle saber a los suyos que estaban vivos. Cientos de boricuas cuyos teléfonos funcionaban, los prestaron sin pestañar a compatriotas desconocidos pero unidos en poder ayudar y poner un granito en la crisis.

Los meses pasaron sin plan y entonces vivimos el fracaso de Whitefish, los muertos de María, los vagones perdidos, los vagones encontrados, los vagones de forence y más reciente las botellas de agua en la interperie en una pista de aterrisaje en la Base Roosevelt Roads… cientos continúan sin servicio de energía eléctrica a un año de María y miles de familias han visto partir a los suyos por culpa del desastre.

No me cabe duda de que somos un pueblo fuerte, pero necesitamos unirnos en contra de un gobierno sin plan, que junto a una Junta de Control Fiscal nos ahorca cada día entorpeciendo que podamos levantarnos más eficazmente. Es preocupante porque nuestra fragilidad en infraestructura nos pondría en una situación muy dificil si otro fenómeno nos azota en lo que queda de la temporada de huracanes.

Nuestro gobierno no ha aprendido nada de las lecciones y la cara de pobreza que dejó el paso de María por nuestra Patria y pregunto ¿qué vamos a hacer por lo que nos queda de País?

Luchar es lo que nos queda.

El cocodrilo llorón (cuento de autoayuda para niños y niñas)

Había una vez un cocodrilo llamado Coco que se pasaba los días llorando porque era feo. Le había tocado nacer con una horrorosa piel de escamas y un largo hocico lleno de dientes torcidos. ¡Espantoso! Además, tenía muy mal aliento. Los demás animales huían despavoridos al verlo, llenos de miedo y repugnancia. Pero lo que nadie sabía era que, en el interior de aquel horrendo caparazón de escamas, vivía un ser hermoso y sensible que sufría. Nadie lo conocía de verdad porque todos se dejaban llevar por su feo aspecto y el olor a podrido que le salía de la boca. Cuando lo veían llorar de sentimiento a la orilla del río, los animales de la selva ni siquiera tomaban en serio su tristeza. Al contrario, se burlaban diciendo:

–¡Bah! Son lágrimas de cocodrilo.– ¡Como si las lágrimas del pobre Coco no valieran nada!

Así vivía el cocodrilo Coco, llorando y penando en soledad, a la orilla de un gran río en el África ecuatorial.

Pero sucedió un día que, a la hora de la siesta, cuando Coco estaba medio sumergido en el fango de la orilla, llegaron hasta sus oídos unos desesperados gritos en falsete rajando el silencio de la tarde:

–¡Socorro! ¡Auxilio!

Parecía la voz de una señorita en apuros, pero como después no oyó nada más pensó que a lo mejor se lo habría imaginado, y Coco volvió a sumergirse en el fango de sus tristes pensamientos.

–¡Socorro! ¡Ayúdenme que me quemo!

Esta vez sí se oyó clarito. ¡Era la señorita Mariposa que pedía ayuda con desesperación! Nuestro cocodrilo recorrió con la mirada la resplandeciente superficie del gran río que atravesaba la selva como una culebra en dirección al mar pero, cegado por el brillo del sol, no logró descubrir a la angustiada damisela.

–¡Socorro! ¡Ayuda! –volvió a suplicar, ya desfalleciente, la señorita Mariposa.

Al oírla por tercera vez, Coco se lanzó de barriga al agua y empezó a nadar hacia donde provenían los gritos. Entonces la vio, revoloteando locamente sobre la superficie del agua, con sus alas incendiadas por la fuerza del sol de las dos de la tarde.

Estas cosas le pasaban a la mariposa por ser tan coqueta y vanidosa. Todo el día se la pasaba ella admirando la belleza de sus alas de colores en el reflejo del agua quieta de las charcas, y era tan engreída que se pensaba la criatura más hermosa de la Creación. Como se creía tan y tan fabulosa, ningún espejo le parecía suficientemente bueno. La charca no, porque era muy sucia. El mangle no, porque había sapos. El manantial no, porque era demasiado pequeño para el esplendor de sus alas desplegadas… Así fue que, buscando un espejo a la medida de su hermosura, un día descubrió la brillante superficie del gran río, resplandeciente bajo el fuego del sol de África a la hora de la siesta.

–¡Al fin! –se dijo la señorita Mariposa–. ¡Este sí es el espejo que me merezco, para verme como yo soy, en toda mi hermosura!

Sin pensarlo dos veces se lanzó a revolotear sobre aquella inmensa superficie de agua en movimiento. Pero, ¡ay!, cuanto más lejos volaba más se alejaba aquel espejo de fantasía. Lo único que reflejaba el gran río a esa hora del día eran los terribles rayos del sol allá en el cielo.

Y fue así como como la señorita Mariposa recibió el castigo por su ciega vanidad. Al cometer la imprudencia de volar sobre el río a la hora de más calor, se le incendiaron sus hermosas alas de colores.

–¡Socorro! ¡Auxilio, que me quemo!

Al verla en tan gran peligro, al verla tan hermosa y en apuros, al cocodrilo Coco se le estrujó el corazón y dos gruesas lágrimas le brotaron de los ojos. Aquellos gordísimos goterones corrieron por las escamas de su cabeza, bajaron por su trompa, resbalaron hasta la punta de su horrible hocico de dragón y, empujados por la brisa…PFFFFSSS, ¡cayeron sobre las alas de la mariposita en apuros apagando el fuego!

–¡Ooooh! –exclamó Coco, sorprendido.

Y fue tan grande su asombro por el inesperado efecto de sus lagrimones que se quedó un rato con su enorme boca de monstruo prehistórico abierta de par en par. La señorita Mariposa, toda histérica y chamuscada, aprovechó aquel inesperado refugio y se metió volando. Venciendo el asco y tapándose la nariz, pasó por entre los horribles dientes disparejos con olor a zafacón y se internó por las tragaderas para escapar de los rayos incendiarios del sol. Después de aletear un rato, cuando poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra, vio un lago que brillaba lo más profundo de las entrañas del cocodrilo. Su serena superficie parecía un perfecto espejo de plata líquida. Al volarle por encima la mariposita no quiso mirarse, por no ver el desastre de sus bellas alas ahora chamuscadas. Pero pudo más la curiosidad. Cuando abrió los ojos, esperando lo peor, ¡cuál no sería su sorpresa! En lugar de verse horrible, toda destostuzada y quemada, se veía normal. Es cierto que tampoco era la superfabulosa reina de belleza que a ella le gustaba imaginarse, pero por primera vez se veía como era de verdad, y estaba hermosa.

Por fin, después de tanto buscar en vano, aquella Miss Modelaje y Refinamiento del reino animal había encontrado su espejo en el lugar más inesperado. Porque “la vida nos da sorpresas” y aquel lago escondido reflejaba su verdadera belleza, que es la que cada uno lleva dentro de sí.

De paso –y para enseñarnos que las apariencias engañan– nuestra mariposita había descubierto también la belleza secreta del pobre Coco. A partir de aquel día memorable las mariposas y los cocodrilos son muy buenos amigos. Lo vemos por la televisión, en los documentales sobre el África Ecuatorial: los enormes cocodrilos con las bocazas abiertas y muchas, muchísimas, mariposas revoloteando en su interior.

El filtro de la vida

Cada vez más en el sur de Brasil y países del Conosur del continente, organismos de salud pública recomiendan: no salir al sol sin protección para la cabeza y la pele. Es una región donde, durante el día, la exposición al sol puede ser peligrosa para la salud.  El domingo, 16 de septiembre es considerado por la ONU “el día internacional de protección a la capa de ozono”. En 1987, en esa fecha, 46 países firmaron el “Protocolo de Montreal”. Allí, se comprometieron a parar la fabricación de clorofluorcarbono (CFC) para detener la destrucción de la capa de ozono que protege la estratosfera terrestre.

El ozono es un gas volátil (O3) que se encuentra en la atmósfera. Entre 25 y 30 kilómetros de distancia de la superficie de la tierra, una capa de ozono absorbe la radiación ultravioleta del sol y protege plantas, animales y seres humanos de los rayos ultravioleta. Cuando esa capa de ozono disminuye o desaparece, quedamos expuestos a varias enfermedades y problemas. Eso empezó a ocurrir en los años 70. Desde la firma del documento de Montreal, según los científicos de la Organización Mundial de Meteorología (OMM), la producción del CFC cayó un 76% con respecto a los años anteriores. Sin embargo, en el mercado negro, cada año, todavía se venden más de 30 mil toneladas de CFC, en forma de gas para heladeras y latas de spray. Esto muestra que no basta la ley para cambiar la realidad. Es necesario un cambio cultural. Este es el objetivo del día de la protección a la capa de ozono. El cuidado de protección de la capa de ozono es responsabilidad de los gobiernos y organismos internacionales. Sin embargo, es importante que todos los ciudadanos, entren en esa campaña. Cuando facilitamos la destrucción ecológica, cuando usamos sprays como insecticidas y desinfectantes, estamos comprometiendo la capa de ozono. La incidencia numerosa de ese tipo de práctica en un conglomerado urbano, ya significa un dato importante.

Las Iglesias y religiones creen que Dios es Amor y el universo es obra y expresión de ese amor divino. Cuidar de la Tierra y de la naturaleza es una forma de relacionarse con Dios. En su encíclica sobre el cuidado con la Casa común, el papa Francisco propone una alianza de las religiones en defensa de la naturaleza amenazada y la protección de la vida. El propone una conversión ecológica que signifique nueva sensibilidad en relación al cuidado con la naturaleza y en especial con la capa de ozono que protege la vida. La protección de la capa de ozono, filtro del sol, entra en esa pastoral del cuidado amoroso con nuestro Planeta y con la vida.

Será otra cosa: Memorial a destiempo

Los memoriales deben ser edificaciones simbólicas para rectificar el silencio, la violación de derechos humanos y la violencia injustificada sobre un grupo de personas. A diferencia de los monumentos, no celebran una gesta o una vida, sino, como su nombre señala, se erigen para recordar el sufrimiento injustificado de un determinado grupo de personas en un momento particular de la historia. La pieza de arte se propone en el espacio público para materialmente reconocer y confrontar errores sociales. Es una forma de digerir un asunto neurálgico de la historia, pero desde una perspectiva reparadora. Si bien aluden a una escena dolorosa del pasado de un país, deben proponer un proyecto común en el presente y el futuro que repare lo que el memorial insiste en recordar. Son la materialización del inicio de un proceso social encaminado a resolver lo que causó la edificación del memorial.

Así, en Berlín, por ejemplo, el impresionante Monumento a los Judíos de Europa Asesinados se impone como un lugar de recuerdo, honra y advertencia. Diseñado por Peter Eisenman e inaugurado en 2005, el memorial a las víctimas del holocausto está situado en el centro de la ciudad, cerca de la Puerta de Brandemburgo. Es un pétreo centinela de un pasado vergonzoso que se quiere superar.

En Santiago de Chile, el Memorial del Detenido Desaparecido y el Ejecutado Político, así como el Parque de la Paz Villa Grimaldi dan cuenta de los crímenes del régimen dictatorial de Augusto Pinochet. Son sitios de la memoria construidos por iniciativa de amigos y familiares, lugares donde los ciudadanos pueden ir a recordar a los muertos, pero también a censurar las acciones de la dictadura. Son huellas materiales de una historia criminal, un NuncaMás en piedra. Los nombres de los hombres y mujeres asesinados o desaparecidos impunemente tallados en las murallas obligan a procesar el trauma y a no olvidar.

Quizás uno de los ejemplos más recientes y conmovedores es el memorial a las víctimas de los linchamientos en Montgomery, Alabama. Inaugurado en abril pasado, el Memorial Nacional para la Paz y la Justicia está dedicado a los miles de afroamericanos linchados por los blancos supremacistas durante la historia del terror racista en los Estados Unidos. Este es un caso inusual, porque a diferencia de otros memoriales, la injusticia social aún no ha desaparecido, toda vez que el racismo hacia los afroamericanos se evidencia cotidianamente, como sabemos, en la violencia policiaca, la violación de los derechos humanos y civiles de la comunidad o en la brecha racial de la sociedad. Confrontar la perpetuidad del racismo y de la violación de los derechos a la comunidad afroamericana en la sociedad norteamericana actual es uno de los imperativos de Equal Justice Initiative, la organización a cargo del memorial.

De aquí que la petición del gobierno a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico para que diseñe un memorial para las víctimas del huracán María sea indigna y a destiempo. En la conferencia de prensa sobre los resultados de la investigación del Instituto Milken de la Escuela de Salud Pública de George Washington University (GWU), cuando el gobierno, al fin, aceptó oficialmente el elevado número de víctimas del huracán María, que según dicho informe es 2975 muertes, el gobernador Ricardo Roselló Nevárez aprovechó para encomendar a la Escuela de Arquitectura el diseño del memorial que planifica colocar en algún lugar del sur de la isla.

Un memorial no puede ser la estrategia estatal para acallar a los muertos, para falsificar lo sucedido, para pasar a otra agenda, para cerrar la puerta a los espectros que recuerdan una administración bochornosa organizada sobre el lucro corporativo, la ineficiencia y el encubrimiento. No puede ser tan fácil desentenderse de la responsabilidad de esas muertes. Sobre todo, cuando tan temprano como octubre pasado, a semanas del paso del Huracán María, ya el Centro para el Periodismo Investigativo, entre otros medios, alertaba sobre el alto número de muertes, la posible epidemia de leptospirosis y la crisis en las morgues y los hospitales del país. En ese momento era importante asumir la responsabilidad de gobierno y encaminar la agenda al bienestar público. En cambio, la respuesta fue mantenerse en la cifra oficial de 64 muertos, incluso después de que se publicaran los resultados de la Universidad de Harvard, que puso en la mirilla internacional la corrupción y el encubrimiento del gobierno, al estimar en 4,645 la cifra de muertes relacionadas al huracán María.

A un año del paso del huracán, todavía los toldos azules son los techos de miles de hogares puertorriqueños. Más que un monumento, habría que orquestar proyectos y acciones que alivien la situación precaria de los damnificados, como bien sugieren los miembros del Consejo de Estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico. Hay que coincidir con los estudiantes, sería un monumento a destiempo pues aún continúa la tragedia para miles de ciudadanos.

No son tiempos de memoriales, Sr. Gobernador, sino de una verdadera agenda de reparación y reconstrucción que dignifique el sufrimiento y la vida de todos los puertorriqueños.

Ayudarla a vivir

A principios de febrero de 2017, el teléfono sonó anunciando un mensaje de mi madre. En él me reclamaba que hacía muchos días no sabía de mí, ni una llamada ni un texto. Le respondí que hacía una semana nos habíamos comunicado y hablado largo rato, además de haber pasado la Navidad con ella. Entonces volvió a escribir para añadir que aquél dolor que sentía desde noviembre no había mejorado; al contrario, ahora tenía mucha dificultad para caminar. Ese fin de semana decidí ir a verla. La encontré acostada. Realmente no era que tuviera dificultad para caminar sino que ya no podía levantarse de la cama, aunque ella insistía. Su dolor era crónico, incesante y cruel. Sin embargo, ella se veía saludable: mantenía su peso, tenía apetito, su piel y sus ojos lucían limpios de toda mancha o rastro de enfermedad. Pero aquel dolor, aquel dolor era muy raro.

Esa tarde salí a buscar comida con mi hermano menor. Quería saber su opinión pues era médico y aún no habíamos podido hablar de lo que pasaba con mami. Me comentó que los resultados de los estudios que le habían realizado recientemente salieron normales. Los médicos que había visitado en los últimos dos meses le diagnosticaron un espasmo muscular, pero él tenía varias observaciones y muchas dudas sobre ese diagnóstico. Algo no encajaba bien. Había que seguir indagando. A la vuelta, ya en la casa, le servimos su comida y le hablamos de buscar una segunda opinión lo antes posible. Ella, aunque preocupada, aceptó. Comió bien, tomó medicamentos para el dolor y al anochecer, un poco más aliviada, me dijo que quería darse un baño, pero que tal vez necesitaría ayuda. Entonces me incliné frente a ella, rodeó mi cuello con sus brazos y poquito a poquito, nos fuimos levantando hasta que se sentó en la cama. Luego le acerqué el andador con ruedas que papi acababa de comprar, y con un esfuerzo monumental se puso en pie. Lentamente caminamos hasta el baño. A partir de ese momento me entregué en cuerpo y alma a ella. Ayudarla a vivir sería mi único y principal objetivo. Pero para mi sorpresa, a partir de ese momento, la verdad es que solo la estaba ayudando a morir. Aún yo no lo sabía.

Entró en la ducha muy débil de piernas, apenas se sostenía en pie y el más mínimo movimiento la hacía gritar de dolor. Así que la sostuve muy suavemente por la cintura mientras el agua tibia caía sobre su cabeza. Recuerdo con nitidez su pelo corto castaño empapándose y nuestros malabares para lavarlo sin que se lastimara más. Esa fue la última vez que el agua cayó libremente, a borbotones desde arriba sobre su cuerpo. Esa fue la última vez que se puso en pie y caminó. Tenía una pequeña fractura patológica en la vertebra lumbar 3 (L3), consecuencia de un cáncer metastásico que no sería diagnosticado sino hasta un mes más tarde.

Ella era alta, fuerte, valiente y jóven aún. Tenia sesentaiún años, esposo, tres hijos y un nietecito. Fue el centro de nuestra familia y yo tuve la oportunidad y el privilegio de cuidarla y acompañarla durante su enfermedad hasta algunas horas antes de su muerte. La verdad es que jamás pensé que esto me tocaría tan pronto y –en cierto sentido– tan de repente. De un día para otro mi madre estaba enferma de muerte y sin haber tenido absolutamente ningún síntoma, salvo estar muy viva, más viva que nunca —hubiese podido decir yo—. A veces se nos olvida que la muerte anda con nosotros, que vivimos para ella porque es nuestro único destino o el motor que en muchas ocasiones echa a andar nuestra voluntad de vivir. Casi siempre lo olvidamos porque nos resulta terrible e inconcebible nuestra finitud y la de nuestros seres queridos. Y entonces no es sino hasta que se nos muere alguien que esa realidad queda constatada, expuesta de forma desconcertante ante nuestros ojos y nuestra consciencia. Sin embargo, aun así, nos cuesta creer y aceptar.

Mami murió acompañada de mi hermano menor, quien fue su médico y al que yo asistí durante los meses que duró la transición de ella. Sin él todo hubiese sido mucho más difícil para nosotras dos. Pero también sé que sin mí, para mi hermano –el doctor– hubiese sido mucho más difícil enfrentarse a la enfermedad de nuestra madre. Ahora, a un año de la partida de mami, pienso en todo esto y logro reconocer que para atender a un moribundo, el médico necesita apoyarse en algo más que sus conocimientos técnicos. Los médicos necesitan valerse de mucho más que sus destrezas y las dosis de sedantes que pueden administrar, y quisiera pensar que la mayoría está consciente de ello. Pero por lo vivido, también creo comprender lo difícil que es —mucho más cuando quien se está muriendo frente a ti es tu madre— mantenerse sin vacilar, sin dejar que la rabia o la frustración prevalezcan por sobre la responsabilidad de ayudar a morir con dignidad. Que el médico se reconozca y/o se asuma como un facilitador de cierto bienestar en el escenario de enfermedad y muerte de sus pacientes es importante. Y como tal, —como facilitador— le corresponde ayudar a crear las mejores condiciones posibles para apoyar, enriquecer y salvaguardar la dignidad durante el proceso de transición de los moribundos que atiende. El médico necesita altas dosis de empatia y reflexión, no conformarse con lo que puede hacer como doctor sino complementar sus saberes echando mano de lo que tiene de humano. A veces, es más fácil limitarse a impartir los cuidados o procedimientos técnicos de la disciplina porque es duro ver morir a alguien pero también normal, natural que muramos, y el médico hace tiempo ha hecho las pases con esta realidad. Sin embargo, que sirva su entrenamiento y formación para acercar más que para distanciar; que consiga reconocer en el paciente, en ese otro, lo que con él comparte, la condición humana, y así logre acercarse, empatizar verdaderamente. Esto es fundamental para identificar y facilitar aquellos cuidados y atenciones que harán la diferencia en el proceso de transición del paciente. En este sentido yo me convertí en la consciencia de mi hermano. Ser su “Pepe grillo” nos ayudó a fortalecer su fibra más empática para así llegar enfrentar la transición de mami, ya no solo como hombre de ciencia, sino como hijo y humano que también padece.

Por suerte, mami siempre tuvo nuestra compañía, nuestras atenciones. Nuestros oídos, nuestras palabras y nuestros silencios; nuestro consuelo, nuestras caricias. Le cociné y le di de comer todos los días de mis propias manos, la bañé, la perfumé, la vestí, la peiné todos los días; le saqué las cejas, le pinté las uñas. La acompañé en sus rezos, recé por ella y también para ella, como me enseñó. En las noches más oscuras, en la incertidumbre, en el miedo y en el dolor, me acurruqué a su lado en la cama y acaricié su cabeza. Pocas horas antes de su muerte, en un pasillo frío de hospital, la hice reír por última vez y la encomendé a ese Dios en el que tanto confió para que la recibiera con el mismo amor con el que yo me despedía de ella cada noche antes de irme a dormir. Mi hermano y yo asumimos lo que entendíamos era nuestro deber para con quien nos dio tanto en la vida. Lo hicimos como mejor pudimos y cuando todo acabó, nos dimos las gracias.

Para los interesados en el tema de la muerte, recomiendo los siguientes libros: Muerte y mortalidad en la filosofía contemporánea. Bernard N. Schumacher. Barcelona: Editorial Herder, 2018.

Ayudar a morir. Iona Heath. Buenos Aires: Katz Editores, 2008. La soledad de los moribundos. Norbert Elias. México: Fondo de Cultura Económica, 1987.

***Este texto se publicó por primera vez en la revista virtual Stethoscopes & Pencils, el día 29 de julio, 2018.