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Cuando sea grande, quiero trabajar en CLARIDAD

Yo me gano la vida hablando, pero en esta ocasión me resulta dificilísimo hacerlo.

Para empezar, creo que este reconocimiento es innecesario…, no porque no me lo merezca, sino porque estoy convencido de que hay muchos otros compañeros y compañeras que lo merecen más que yo. En diferentes partes de la Isla y aún Estados Unidos hay compañeros y compañeras que sin hacer mucho ruido llevan más tiempo vinculados a CLARIDAD y en situaciones más difíciles que las mías, como son los distribuidores y los porteadores.

Yo no busco los reconocimientos, ni trabajo para lograrlos pero cuando llegan, los acepto con humildad, pero también con mucho orgullo y de todos los que me han dado, éste es el más preciado y el que más nervioso me ha puesto.

Quiero agradecer de todo corazón a los compañeros que han estado en la dirección de CLARIDAD durante los últimos 19 años, por haberme soportado durante todo ese tiempo.

Cuando llegó el momento de mi vida de decidir entre ejercer la ingeniería –que tanto tiempo, esfuerzo, y dinero me costó alcanzar– y el periodismo deportivo en CLARIDAD, tardé quince segundos en tomar la decisión.

Hoy, 19 años más tarde, no me arrepiento en lo más mínimo. Es cierto que he ganado mucho menos dinero, pero me siento muchísimo más rico en satisfacciones de todo tipo.

En cuanto me enteré de que me iban a hacer este reconocimiento , inevitablemente comencé a pasar revista mental de algunas experiencias que han dejado huellas en mi persona.

Quiero hacer un paréntesis para recordar a seis compañeros trabajadores del periódico que se nos han ido en ese tiempo. Me refiero al director Raúl González, a las reporteras Sonia Marrero y Gloria “Picci” Alonso, al fotógrafo Rafael “Changui” Díaz, al emplanador y fotógrafo Luis “Estrella” Sánchez, a “Tim” Munsigñac, de circulación y a ese roble de fortaleza e inspiración para todos que siempre fue Domingo “Mingo” Vega.

En ese tiempo también falleció otro que trabajó en circulación, pero cuya muerte no me dio ninguna pena; Alejandro González Malavé.

Por otro lado, éste es uno de los momentos más felices de mi vida, pues lo comparto con todas las extensiones de mi familia. En términos de sangre, están aquí presentes mis tres generaciones, pues están mis padres, mis hermanas, mi compañera y mi hija, así como las ramas anexas. Pero también están la mayor parte de mis amigos, los que se han convertido en parte vital de mi vida.

Un saludo y agradecimiento especial a todos los “Tritis” y a todos los que sin saberlo, también son “Tritis de corazón”.

Agradezco a mi maestro, Jaime Córdova, todo lo que me permitió aprender de él y su escrito “El ingeniero que encontró el camino”, cuya lectura me causó gran emoción.

La importancia de CLARIDAD siempre ha estado vigente, aunque en este momento, la misma aumenta aún más.

Precisamente por todo lo que representa para nuestra nacionalidad, es que tenemos que apoyar a CLARIDAD, aunque no coincidamos cien por ciento con todas y cada una de las posiciones que se asumen en el periódico en cada edición.

Uno puede apoyar a CLARIDAD de muchas maneras diferentes. Escribir es sólo una de ellas. La manera más sencilla es venir al Festival. una forma más consistente de apoyo comprarlo todas las semanas y después de leerlo, pasarlo a un amigo o amiga. Un paso mayor de vinculación es distribuirlo o anunciarlo, pero sobre todo es defenderlo.

CLARIDAD es poderoso, pero a la vez es indefenso, pues no se puede defender solo de los ataques que le hacen. Si nosotros no lo defendemos, nadie lo va a hacer y son muchos los que desean que CLARIDAD deje de alumbrar.

De mi parte, les aseguro que soy capaz de revertir todas las cosas buenas que dijeron de mí, contra el que ataca a CLARIDAD. Dicho de otra forma, el que ataca a CLARIDAD es mi enemigo y como tal lo trataré.

Nuevamente, les agradezco este reconocimiento y los invito a que apoyen a CLARIDAD en la forma que sea, que “yo cuando sea grande, quiero ser periodista deportivo de CLARIDAD en un Puerto Rico LIBRE.”

Muchas gracias.

El escrito recoge lo que Elliott dijo o lo que debió haber dicho al recibir el reconocimiento por sus años en CLARIDAD.

El “Cartel” del Carbón

Durante los primeros días de este mes de julio se reinició el proceso de depósito en Peñuelas de las cenizas tóxicas que genera la Applied Energy Sytem (AES) en Guayama. Al igual que ocurrió con el despliegue de fuerzas policíacas y gestiones de represión de la expresión pública en contra de la Junta de Control Fiscal el 1 de mayo de 2017, se llevó un operativo similar en Peñuelas para reprimir las expresiones de protesta y cuestionamiento de sectores de la comunidad que objetan la práctica de disponer de esos residuos peligrosos en una instalación diseñada para desperdicios no-peligrosos. El operativo policíaco, de las fuerzas públicas del estado, se utilizaron en un número dramáticamente desproporcionado en relación a los ciudadanos que protestan en una especie de “espectáculo de fuerza” articulado para proteger los intereses privados de AES, de los camioneros que transportan las cenizas desde Guayama y también de los empresarios del llamado Peñuelas Sanitary Landfill. Esas actuaciones hacen patente y evidente el poder que ejercen representantes del interés privado, del lucro, sobre los legítimos intereses de la seguridad, la salud ambiental y la salud pública del Pueblo. Las actuaciones de la policía correspondían y fueron validadas por la Ley 40 del 4 de julio de 2007 que, irónicamente titularon “Ley para Prohibir el Depósito y la Disposición de Cenizas de Carbón o Residuos de Combustión de Carbón en Puerto Rico”. Notable contradicción la que resultó del uso desmesurado de la fuerza policíaca para viabilizar el depósito de cenizas tóxicas reclamando que hacen cumplir la Ley 40 que, supuestamente, se promovió en el proceso legislativo como una iniciativa para impedir esa práctica. Es evidente que el aparato estatal, legislativo y ejecutivo, opera para asegurar intereses particulares de unas corporaciones e individuos, a través de unas prácticas que son dañinas al Pueblo.

He utilizado el concepto “Cartel” en el título de esta columna teniendo claro las definiciones formales que se le asignan al mismo. El diccionario de La Lengua de la Real Academia Española, define el concepto cartel como “organización ilícita vinculada al tráfico de armas y drogas”. También considera la acepción, en el tema de la economía, como “convenio entre varias empresas similares para evitar la mutua competencia y regular la producción, venta y precios en determinado campo industrial”. Es evidente que cuando nos referimos a la producción y uso del carbón mineral para la producción de energía eléctrica y al manejo de los residuos tóxicos que esta actividad genera en forma de cenizas tóxicas, no estamos hablando del funcionamiento de actividades “ilegales” como el trasiego de armas ni de drogas narcóticas. Sin embargo, si no se quisiera llamar ‘ilegal’ a la práctica del manejo del carbón, podríamos considerarla como inmoral pues es altamente conocido cómo funciona el mercado del carbón en los EE.UU. y el mundo. Toda persona racional, educada en el campo técnico y con sensibilidad social sabe que la generación de electricidad a base de carbón produce enormes cantidades de gases de invernadero, particularmente dióxido de carbono, y una enorme cantidad de cenizas tóxicas. En EE.UU. se estima que la producción de cenizas tóxicas de combustión de carbón mineral está en el orden de 100 millones de toneladas anuales. AES genera en Puerto Rico cerca de 400,000 toneladas anuales. Muchas empresas hacen esfuerzos “legales” para disponer de estos materiales tóxicos incurriendo en prácticas con el menor costo monetario, es decir, transfiriendo los riesgos asociados a su inadecuado manejo y disposición a las comunidades y a la sociedad en general en forma de degradación y contaminación ambiental. Estos efectos negativos giran contra la salud de los seres humanos, así como de plantas y animales.

El negocio del carbón involucra miles de millones de dólares de ganancias para las empresas que los realizan. Ese lucro descarta el impacto sobre la sociedad humana en cuanto a la producción de gases de invernadero, contaminación de aire, aguas y terrenos y cambios en el clima. Ese ‘negocio’ del carbón está organizado fuertemente en distintas instituciones como la American Coal Ash Asociation, America Road and Transportartion Builders Association-Transportation Development Foundation y otras similares que abogan y cabildean sobre legisladores, congresistas y ejecutivos, tanto a nivel del Congreso de EE.UU. de la Agencia de Protacción Ambiental (EPA), de nuestra legislatura colonial y de jefes y ejecutivos de agencias del gobierno de Puerto Rico. En conjunto, estos actores sociales, sistemáticamente organizados, económica y políticamente poderosos, promueven sus ‘negocios’ como si fuera un tipo de ‘cartel’. El “éxito” de sus gestiones los ha beneficiado monetariamente de forma sustancial. Pero el resultado de esos procesos ha generado daño ambiental y problemas de salud a una gran cantidad de comunidades como es el caso de Salinas y Guayama. Ese mismo tipo de “estructura organizacional” es la que está operando para depositar las cenizas tóxicas en Peñuelas, a pesar del reclamo de una gran mayoría de sectores y personas en Puerto Rico, incluyendo la militante comunidad de Tallaboa.

En días recientes leía una reseña que daba cuenta de que en el 2016 se estableció un récord de líderes y activistas ambientales que fueron asesinados en 24 países distintos. La organización Global Witness estima que, al menos, 200 activistas-ecologistas fueron asesinados por sicarios y para-militares al servicio de empresas multinacionales. El 60% de esas muertes, dice la organización, ocurrieron en Latinoamérica. Citando a Global Witness, “murder is the sharp end of a range of tactics use to silence defenders, including dead threats, arrests, sexual assault, abductions, and aggressive legal attacks”. Uno de los líderes prominentes que recibió amenaza de muerte en diciembre de 2016 es la activista Jakeline Romero, una destacada líder de la etnia indígena Wayuu, quien se ha estado expresando públicamente en contra de abusos de corporaciones y grupos para-militares de la región de La Guajira en Colombia. En esta región ubica la empresa minera Carbones El Cerrejón la cual, entre otros impactos ambientales, ha ido desviando cauces de cuerpos de agua superficiales para su operación minera e industrial privando a las familias indígenas Wayuu del agua necesaria para su sostenimiento. Se alegó que la privación del agua por parte del Cerrejón, produjo en el 2016, decenas de muertes, incluyendo la de 40 menores de edad. Tengo el recuerdo de que el carbón que quema AES en Guayama proviene de esa mina de El Cerrejón. Si así fuese, la operación de esa carbonera en Puerto Rico se relaciona, desde el inicio, con un régimen de explotación del pueblo de La Guajira, de un terrible impacto a la estructura y funcionamiento de la etnia Wayuu y a una alegada multiplicidad de asesinatos de líderes obreros, de soborno y corrupción a funcionarios públicos y de un gran impacto ambiental en el territorio colombiano. Da la impresión que la explotación del carbón, desde su minería, su uso y disposición de residuos tóxicos, sigue un perfil de operación de dudosa legalidad y moralidad.

Si no hubiesen suficientes razones científicas y técnicas para objetar el uso del carbón y el manejo de sus cenizas tóxicas, existe un imperativo moral para objetar el mismo por los daños y gravámenes que genera la práctica histórica de las corporaciones internacionales que se lucran con este mineral. La comunidad en Peñuelas y el Pueblo de Puerto Rico en general, debe luchar para detener esa práctica contaminante y predeciblemente corrupta en el manejo y disposición de cenizas y del uso del carbón como combustible. Es fundamental que aquellos funcionarios, legisladores y actores sociales, que practican principios éticos y morales elevados y que promueven el uso del carbón como un combustible beneficioso, se eduquen sobre lo que implica el mismo. Aquellos que conociendo de estas circunstancias y aún persisten en promoverlo, hay que denunciarlos y combatirlos públicamente. Las calles de Guayama y de Peñuelas deben ser el escenario para dramatizar esa protesta y articular la lucha contra estos “carteles corporativos”. La coyuntura actual exige que mostremos nuestra militante solidaridad y apoyo a los luchadores de Peñuelas.

De Arturo Alfonso a Arthur A: Acerca de un nuevo libro sobre Schomburg

Como con tantos otros casos relacionados a la historia de los puertorriqueños en los Estados Unidos, fue un pasaje en las Memorias de Bernardo Vega que me hizo interesarme por la vida y la obra de Arturo Alfonso Schomburg (1874-1938).  Ya sabía algo de su importantísima labor como bibliófilo y participante con José Martí y otros en los esfuerzos por la liberación de Cuba y Puerto Rico.   Pero fueron los elogiosos y atinados pasajes de Vega los que en verdad me encaminaron a investigar más sobre este fascinante personaje.  Vega ofrece en unas pocas páginas – son meramente dos pero llenas de datos y atinadas interpretaciones – una excelente síntesis de la vida de Schomburg a quien, contrario a otros boricuas del momento, Vega no desprecia por haber dedicado la segunda parte de su vida a explorar la cultura de la diáspora africana y, al hacerlo, quedar identificado como afro-estadounidense.  Es que Schomburg pasó de ser Arturo Alfonso, un tabaquero puertorriqueño y negro que emigró a New York a finales del siglo XIX, a ser Arthur A., uno de los pilares intelectuales del llamado “Harlem Renaissance”.  Para Vega este significativo cambio de nombre y de su vida como totalidad es un “¡magnífico ejemplo de identidad de pueblos oprimidos!” (244)

Desde entonces trato de leer todo lo que sobre Schomburg se publica.  Por ello, leí con gran interés y atención el nuevo estudio de Vanessa K. Valdés, Diasporic blackness: The Life and Times of Arturo Alfonso Schomburg (Albany, New York, SUNY Press, 2017), libro donde se nos ofrece una especie de autobiografía intelectual del gran bibliófilo.  El libro es una contribución de importancia al campo, pero todavía tenemos que depender del trabajo de Elinor Des Verney Sinnette, Arthur Alfonso Schumburg: Black bibliophile and collector (1989), para tener una visión amplia de su vida y de los dos volúmenes compilados por Flor Piñero de Rivera, Arthur Alfonso Schumburg: A Puerto Rican quest for his black heritage / Arturo Schumburg: Un puertorriqueño descubre el legado histórico del negro (1989), para familiarizarnos con sus escritos.  Por su parte, Valdés intenta contextualizar la vida y la obra de Schomburg y, por ello, estudia sus publicaciones, sus lecturas formativas, sus imágenes fotográficas y, sobre todo, su labor como creador de archivos sobre la negritud.

El gran problema con la figura de Schomburg es que se ha impuesto una visión dicotómica sobre su persona, visión que lleva a algunos a verlo como un traidor, como un puertorriqueño que deja de serlo para convertirse en afroamericano.  Este es el paso de Arturo Alfonso a Arthur A.  Vega no lo veía así porque, como buen socialista, tenía una mirada internacionalista y, por ello, veía en los dos momentos de la vida de Schomburg – antes y después de 1898 – un claro y noble propósito cívico que lo convertía en un ser coherente y no en uno fragmentado y, menos aún, en un traidor a sus orígenes nacionales.

Valdés se acerca al problema de manera distinta: ella trata de ver cómo las raíces antillanas de Schomburg sobreviven en su periodo de identificación con el movimiento de revisión de la cultura afro-estadounidense y cómo el concepto y el ideal del archivo está siempre presente en toda su vida.  Es que Valdés, como muchos intelectuales de nuestro momento, entienden la identidad, tanto la individual como la colectiva, como una situación y no como una esencia.  Por ello mismo ve en Schomburg múltiples identidades que se expresan y funcionan de acuerdo a las necesidades sociales y políticas del momento.  Valdés tiene también el particular beneficio de poder valerse del concepto de lo “afro-latino”, un concepto relativamente nuevo y particularmente útil para poder explicar la vida de Schomburg.  En éste y en otros importantes sentidos su libro está marcado por el pensamiento crítico de nuestro momento; sus páginas están llenas de términos e ideas que así lo confirman.  En este sentido y por esta razón, el libro de Valdés representa una valiosa contribución al estudio de la vida y la obra de Schomburg y de la historia de los puertorriqueños y los afro-estadounidenses de su momento.

Diasporic Blackness es un libro ambicioso; no cabe duda de ello.  Y es también un libro que hace aportaciones de importancia al estudio de Schomburg.  Para mí, lo más valioso del libro de Valdés es el capítulo que dedica a los archivos – el Archivo – creado por Schomburg.  El empleo de este concepto está marcado por las ideas posestructuralistas que en general marcan profundamente todo el trabajo de Valdés.  Archivo, pues, va más allá de la mera colección de documentos, objetos artísticos y libros que concretamente amasó y armó Schomburg y que formó la base para la colección de la diáspora africana de la Biblioteca Pública de New York.  Archivo, en este caso, es la construcción de un ente intelectual que sirve para crear la historia de esa diáspora.  De ahí el título del libro y de ahí también que el capítulo dedicado a este tema en particular sea el mejor del estudio de Valdés, a pesar de que todavía hay que estudiar en más detalle la composición de ese aún tan importante archivo.  ¿Qué contenía exactamente?  ¿Qué libros u objeto privilegió Schomburg al formarlo?  ¿Cómo fue creando ese archivo?

Por otra parte, está el capítulo que Valdés dedica a los escritos de Schomburg.  En vez de ofrecer un cuadro amplio de toda su producción – lo que sería posible dado que Schomburg escribió relativamente poco –, Valdés ofrece un comentario somero de algunos de sus ensayos; ella los llama crónicas, aunque creo que no es una categoría aplicable a los mismos.  Es que predominan en su obra los textos históricos o los que plantean la necesidad de crear y difundir una historia de la diáspora africana.  La selección de textos que Valdés comenta no me parece la más acertada para entender el significado de la obra de Schomburg como totalidad y como conjunto coherente.

Además, para entender el significado de la obra de Schomburg hay que partir de la idea de que no fue un gran escritor, que sus ensayos reflejan ideas de importancia para entender el momento, pero que no fue ni un Hostos ni un Martí ni un Du Bois.  Su obra es limitada en cantidad y no alcanza los logros de otros intelectuales del momento.  Eso, bajo ninguna circunstancia, quiere decir que sea una obra descartable, que se pueda ignorar, que no nos ayude a entender su momento.  Es que en su caso, su actividad vital fue más importante que el testimonio escrito que nos dejó.  Por ello mismo el capítulo que Valdés dedica a los textos de Schomburg no me parece el mejor de su libro.

Pero, a pesar de todo ello y por sus innegablemente valiosas contribuciones, hay que darle la bienvenida a este nuevo libro de Vanessa K. Valdés sobre Arturo Alfonso Schomburg quien sin traicionar a nadie y, sobre todo, sin traicionarse a sí mismo, fue también y a la vez Arthur A. Schomburg.

(Este texto apareció originalmente en Centro Voices, publicación del Centro de Estudios Puertorriqueños de la Universidad de la Ciudad de Nueva York el 13 de julio de 2017. Se publica con permiso del editor de la misma.)

Comedias cuestionables: El ciudadano ilustre y La reina de España

Aunque no considero el filme argentino, El ciudadano ilustre, una comedia sino una historia muy seria de lo es un escritor y sus historias imaginadas y realizadas, así se mercadea para tener una audiencia más amplia en el mercado internacional (como el remake del filme francés Intouchables de 2011 ahora argentinizado como Inseparables). La reina de España, por el contrario es una comedia que tiene como referente La niña de tus ojos (1998) y que emplea una historia similar para atraer a un viejo y nuevo público.

El ciudadano ilustre

(directores Gastón Duprat y Mariano Cohn; guionista Andrés Duprat; cinematógrafos Mariano Cohn y Gastón Duprat; elenco Oscar Martínez, Dady Brieva, Andrea Frigerio, Nora Navas, Manuel Vicente, Julián Larquier Tellarini, Nicolás De Tracy, Marcelo D’Andrea, Belén Chavanne, Gustavo Garzón)

Este filme sorprendió a la crítica hollywoodense porque lo veían como una comedia agradable y nada más cuando fue escogida para representar a Argentina en los Oscares y pasó a ganar el Goya (Mejor película iberoamericana), el Ariel de México, el prestigioso Premio Forqué y dos premios en el Festival de Venecia. El talento de Oscar Martínez, como el escritor Nobel Daniel Mantovani, hace que la historia adquiera matices muy particulares dentro de situaciones reales e imaginadas. Desde que conocemos a Mantovani en su discurso de aceptación del Nobel de literatura entendemos que es un hombre difícil de tratar, insatisfecho con lo conseguido en su larga y reconocida trayectoria como escritor, con preferencia de mantener su vida privada en silencio y socializar lo menos posible. Su fama y dinero le permiten ser un recluso y todavía ser reconocido. Aunque el desarrollo de la historia es otro camino ficticio, el público (nosotrxs) conocedor, estudioso y amante de la literatura debe reconocer los referentes a Jorge Luis Borges, el nunca ganador del Nobel pero reconocido por todxs como la mayor influencia en la literatura latinoamericana.

En esta historia Mantovani recibe, entre tantas otras que ofrecen dinero y prestigio, una invitación a su pueblo natal, Salas, para recibir la distinción de “ciudadano ilustre”, ser reconocido por el gobierno municipal y ofrecer un cursillo sobre el proceso de escribir a un público variado pero interesado. Hace casi 40 años que se fue de Salas y esta sería la primera vez que vuelve aunque siempre ha sido su fuente de inspiración a pesar de vivir todo este tiempo en Barcelona. Salas es el Macondo de Gabriel García Márquez o Santa María de Juan Carlos Onetti y sus personajes son reconociblemente reales aunque el pueblo sea ficticio. Mantovani acepta la invitación por curiosidad de ver cómo ha cambiado o no el lugar donde nació y se crió, reencontrarse con gente de su pasado y también para compartir momentos más sencillos donde él pueda descubrirse nuevamente.

Mantovani tendrá contratiempos de transportación y movimiento ya que lo quieren llevar a todos los sitios y no le permiten el placer de caminar y perderse por caminos de la infancia. También irritará a varias figuras públicas por no acceder a lo que ellos entienden es uso y costumbre. Tendrá aventuras, conflictos y choques de personalidades pero siempre estará presente el lenguaje literario del narrador y autor y su continuo planteamiento de la diferencia o no entre la ficción y la realidad.

La reina de España

(director y guionista Fernando Trueba; cinematógrafo José Luis Alcaine; elenco Penélope Cruz, Antonio Resines, Santiago Segura, Neus Asensi, Rosa María Sardá, Jorge Sanz, Loles León, Javier Cámara, Ana Belén, Chino Darín, Carlos Areces, Mandy Patinkin, Arturo Ripstein,, Cary Elwes, Clive Revill)

El director Fernando Trueba ganó el Oscar por Mejor Película Extranjera en 1992 por Belle Epoque precisamente con Penélope Cruz y Jorge Sanz, dos de los que luego integrarían La niña de tus ojos en 1998. Ambos filmes son comedias “lite” a pesar de tener un contexto político muy real: la Guerra Civil Española y los primeros años del franquismo. En La reina de España ya han pasado más de diez años (es la década de 1950) y el repertorio del anterior filme se ha fragmentado. Macarena Granada es ahora una gran actriz de Hollywood ya que hay que recordar que no podía volver a España después de haber denunciado a Franco por la muerte de su padre en una de sus cárceles de presos políticos. Trini Morenos es su ayudante inseparable; Blas Fontiveros, director y antes amante de Macarena, acaba de salir de la prisión y va en busca de su anterior grupo de actores para reconectar con ellos y quizá encontrar algún trabajo; Rosa Rosales ahora tiene una pequeña compañía de teatro ya que está muy vieja para el cine; Julián Toralba, Castillo y Lucía son parte del grupo de cine que ahora filman en España (con la aprobación de Franco) la historia de la Reina Isabel con director, guionista y productor estadounidense.

El filme tiene momentos muy graciosos, especialmente por la manera en que todos se han reinventado. También está muy bien cómo aglutinaron pedazos de la historia en un solo personaje: Mandy Patinkin es el guionista blacklisted por Hollywood durante la era McCarthista —y por eso escribe bajo un pseudónimo— que fue parte de la Brigada Lincoln de los brigadistas internacionales que defendieron y pelearon junto a los Republicanos en la Guerra Civil Española. También se incluye a un nuevo y joven personaje, Leo (interpretado por Chino Darín, el hijo de Ricardo Darín, el maravilloso actor argentino que tanto admiro), que es parte de la resistencia existente al gobierno militar y represivo de Franco. Pero el gran problema del filme es su estereotipada presentación de la homosexualidad que es siempre motivo de chiste, de comentarios como que con el tiempo y la costumbre se puede revertir y lo peor (que todavía no entiendo cómo se pudo incluir): la violación de Julián por el actor americano como si fuera otro gran chiste.

Notas sobre Literatura fantástica en Puerto Rico (siglo XIX)

«Los términos ‘literatura fantástica’ y ‘lo fantástico’ no figuran en ninguna de las historias ni en casi ninguno de los recuentos, resúmenes o reseñas de la literatura puertorriqueña”, nos dice Héctor J. Martell Morales, autor de Literatura fantástica en Puerto Rico (siglo XIX). En algunos casos, afirma poco después, el problema es aún mayor dado que “algunos críticos aseguran que no existe” este tipo de literatura en Puerto Rico.

En gran medida, Martell Morales ha dedicado parte de sus estudios y de su trabajo crítico a rebatir estas posiciones y demostrar la clara abundancia de literatura fantástica en Puerto Rico, acto que ha llevado a cabo por lo menos desde su tesis de maestría del 1987 –que trata los cuentos fantásticos de Gustavo Agrait– y que continuó con la publicación de El cuento fantástico en Puerto Rico en el 1998. Será quizás este tema el que condujo a Martell Morales al siglo XIX, tránsito algo inusual dentro de la crítica literaria, acostumbrada a acercarse cada vez más a lo contemporáneo y alejarse de “lo viejo”. Será quizás, además, este tránsito inusual una de las razones por las que puede aproximarse a la literatura del siglo XIX puertorriqueño con una mirada novedosa, aproximación que desembocó en el libro que aquí se reseña.

Literatura fantástica en Puerto Rico –publicado por la editorial Los libros de la iguana en el 2016– es, en realidad, dos proyectos en uno, siendo el primero el estudio de este fenómeno literario en el Puerto Rico del siglo XIX y el segundo una antología de este corpus. Comienza su estudio con un breve panorama de algunas de las definiciones principales de lo fantástico y de la literatura fantástica. Acto seguido, Martell Morales propone la conceptualización de literatura fantástica que guiará su estudio. La literatura fantástica, nos dice, presenta un mundo donde se identifican elementos constitutivos de nuestra propia realidad y donde operan leyes similares a las nuestras, a la vez que nos topamos con acontecimientos insólitos e incongruentes. Lo fantástico, entonces, conjuga lo racional con lo inexplicable, creando en los lectores un sentimiento de extrañeza, miedo o terror. “Los fines de la literatura fantástica son múltiples, pero el principal de ellos, entendemos que es el ayudarnos a captar y entender mejor nuestra realidad y, por ende, a entendernos mejor”.

Luego de esta elaboración, el autor hace un breve repaso respecto al acercamiento que ha hecho la crítica literaria hacia el tema. Aunque Martell Morales inicia su libro haciendo hincapié en la carencia fantasmal de un reconocimiento sobre esta literatura en Puerto Rico, no por eso deja de marcar los distintos momentos que ha atravesado la –escasa– crítica de este corpus. Se detiene particularmente en el trabajo pionero del chileno Carlos Hamilton quien, en contraste con la crítica imperante, reconoció la existencia de la literatura fantástica puertorriqueña tan temprano como en el siglo XIX a través de la obra de Alejandro Tapia y Rivera. (El trabajo de archivo de Martell Morales, dicho sea de paso, descubre textos fantásticos previos a Tapia aunque sea él “el único que demuestra una clara conciencia de lo que es la literatura fantástica”.)

El estudio prosigue con el análisis de 15 autores distintos, en muchos casos aproximándose a más de un texto de un mismo autor. Aunque algunos son nombres conocidos, como Manuel Alonso, Salvador Brau y Alejandro Tapia y Rivera, la gran mayoría de los autores son relativamente desconocidos y en algunos casos olvidados casi por completo. La muestra de autores y textos es amplia precisamente para demostrar la proliferación de la literatura fantástica en la isla: “… los autores identificados comprueban suficientemente la tesis principal de nuestro trabajo: la existencia y el cultivo de la literatura fantástica en Puerto Rico desde los inicios de nuestra expresión escrita en el siglo XIX”. Con la excepción de Manuel Corchado y Juarbe, Cayetano Coll y Toste y Alejandro Tapia y Rivera, el estudio sigue un acercamiento cronológico; estos tres autores son analizados de manera algo independiente dado que sus obras –tanto por su importancia como por su alta producción– así lo requirieron.

Aunque una gran parte del libro consiste del resumen de los textos que Martell Morales ha seleccionado para su investigación, se puede apreciar también una mirada independiente que no repite las lecturas usuales que se hacen de gran parte de esta literatura. Para dar un ejemplo, al acercarse al Aguinaldo puertorriqueño del 1843, usualmente considerado como el inicio de la literatura puertorriqueña, aunque un inicio carente de valor estético, Martell Morales afirma que “aún no se ha dicho todo lo que de él se puede decir” y que es uno de los inicios de la literatura fantástica no sólo en Puerto Rico sino “en toda Hispanoamérica”, siendo además “el vínculo directo entre la fantástica puertorriqueño-hispanoamericana y la fantástica española”. Más aún, dado que la crítica literaria latinoamericana ha querido establecer que el cuento Gaspar Blondín del ecuatoriano Juan Montalvo, publicado en el 1858, marca el inicio de la literatura fantástica hispanoamericana, Martell Morales asevera que el cuento El astrólogo y la judía del puertorriqueño Mario Kolhman (seudónimo de Eduardo González Pedroso), que forma parte del Aguinado, es “la primera obra literaria fantástica aparecida en Hispanoamérica y, por lo tanto, el inicio de la literatura fantástica hispanoamericana”. Además de El astrólogo y la judía, Martell Morales señala que los cuentos fantásticos El pájaro malo de Manuel Alonso y El heliotropo de Alejandro Tapia y Rivera son también previos a la publicación de Gaspar Blondín.

Aparte de esta referencia pasajera al cuento de Montalvo, sin embargo, se abunda poco respecto a este debate histórico-crítico. Aquí, Martell Morales debió haber sido más preciso; tal como se plantea en el libro, esta afirmación no convence del todo. Partiendo de la definición de literatura fantástica que anteriormente el autor había expuesto, ¿por qué no considerar “literatura fantástica” mucha de la literatura de las guerras de la independencia, en la que los fantasmas de los antiguos reyes precolombinos constantemente aparecen para hablarle a las figuras históricas o presentarse frente a distintos espectadores? Pienso, por ejemplo, en los poemas “Las sombras” de José María Heredia o “La victoria de Junín. Canto a Bolívar” de José Joaquín de Olmedo. ¿Qué llevó a la crítica literaria latinoamericana a decir que fue “Gaspar Blondín” el primer cuento fantástico, y qué nos lleva ahora a afirmar que es “El astrólogo y la judía”? Para sostener este punto, posiblemente hubiera sido necesario que se abundara con mayor profundidad la conceptualización que se utiliza de “literatura fantástica”. Quizás la razón de ser de esta incertidumbre sea el que el marco conceptual de literatura fantástica haya sido articulado de manera muy breve en Literatura fantástica en Puerto Rico, lo que no ayuda a contestar estas interrogantes. Lo que ganaba esta decisión de sintetizar el marco conceptual en términos de la facilidad para comprender el fenómeno de lo fantástico en la literatura, pierde por otro lado en especificidades más profundas que repercuten en algunos de los planteamientos hechos por el autor, como lo es el de los inicios de esta literatura en Hispanoamérica.

De todos modos, las contribuciones de Literatura fantástica en Puerto Rico rebasan la cuestión –en mi opinión bastante secundaria– de si en Puerto Rico se inicia o no la literatura fantástica en Hispanoamérica. La fuerza del argumento y de la muestra de textos que examina el libro no se debilitan por la posible imprecisión anterior. Martell Morales, en contra de la corriente crítica, demuestra sin lugar a dudas no sólo el que existiera literatura fantástica desde los comienzos de la literatura puertorriqueña sino también que ésta se produjo en abundancia desde sus orígenes. Evidencia que la literatura fantástica se escribe en Puerto Rico a la vez que se producía en el continente. En ese sentido, mientras lo común es pensar en la literatura puertorriqueña del siglo XIX como una literatura atrasada, aquí queda demostrada su correspondencia con las que se producían en otras partes del Atlántico; nuestra literatura sigue las corrientes estéticas más avanzadas a la par que en el resto de los países latinoamericanos.

Como se adelantó, la segunda parte del libro consiste de una antología de literatura fantástica decimonónica en Puerto Rico. Con la excepción de Salvador Brau, todos los autores a quienes se les dedican acápites en la primera parte del libro aparecen representados aquí. Es de destacar que la gran mayoría de los textos que incluye no suelen encontrarse en antologías literarias, y los libros o periódicos en los que se hallan son de difícil acceso. El trabajo de archivo que Martell Morales llevó a cabo en esta investigación no sólo se aprecia en el estudio crítico de la primera parte del libro sino también en el rescate de muchos de estos textos para un público amplio. Si no fuera por esta antología, desconozco si me hubiera topado en el futuro con algunos de los cuentos que más disfruté o que estimularon nuevas preguntas sobre la literatura puertorriqueña de la época, tal como el cuento epistolar “El caso de Pepa” de Francisco del Valle Atiles, la narración de influencia modernista “Az-Zahra” de José L. González Quiara, el cuento indianista “Los conventos” de Rosendo Cordero Rodríguez y el cómico (y crítico) “Un avaro en el otro mundo” de Manuel Corchado Juarbe. Esta breve enumeración da fe de la heterogeneidad de los textos que se encuentran aquí reunidos.

Al igual que el estudio, la antología está organizada cronológicamente e incluye alguna información de cada autor y del texto en cuestión, en ocasiones con algunos comentarios críticos adicionales. Esto, aunque podría pensarse como algo repetitivo si se ha leído el estudio precedente, facilita la lectura y el disfrute de los textos sin necesariamente tener que atravesar el análisis más especializado que le precedió. En ese sentido, las dos partes que conforman Literatura fantástica en Puerto Rico, a la vez que funcionan como conjunto, pueden también leerse de manera independiente, lo que puede ser provechoso para aquellas personas que desean iniciarse en el género fantástico o en la literatura puertorriqueña del siglo XIX. Además, no hay razón para que no pueda utilizarse esta antología de manera semi-independiente como material pedagógico, formando parte de un curso de español o de literatura, suplementando currículos ya establecidos o creando clases y discusiones a partir de ella.

Una antología suele tener como objetivo el servir como puerta de entrada a un grupo particular de textos. Pero cuando verdaderamente logra y rebasa su propósito, lleva al lector por nuevos caminos. A la vez que Literatura fantástica en Puerto Rico funciona como una guía para entrar a la literatura fantástica puertorriqueña del siglo XIX, esperamos, también, que de ella surjan nuevas inquietudes, búsquedas e investigaciones. El reencuentro con autores conocidos y el descubrimiento de autores y textos olvidados pueden propiciar aquellas nuevas lecturas que tanto parece exigir la literatura del siglo XIX en Puerto Rico.