Ahora que la gente puertorriqueña suma siete millones de personas, las distantes orillas de la Isla y el Continente -que son los espacios del Pueblo y la Diáspora- se acercan cada vez más. Las facilidades de la transportación aérea y la ciudadanía compartida, junto a los acelerados adelantos de las comunicaciones, colocan a los boricuas de Puerto Rico y Estados Unidos en nuevas situaciones de proximidad. Después de casi un siglo de nación dividida, el pueblo dividido se reúne en una voluntad de acercamiento.
Las recientes luchas por la excarcelación de los presos políticos y contra la presencia de la Marina en Vieques han puesto de manifiesto la necesaria interdependencia y complementariedad de la vida política de nuestra gente en ambos países. Simultáneamente, la exuberancia de un nacionalismo cultural efervescente – tan visible en la música, el deporte y la moda- ha precipitado la más intensa identificación con el imaginario del patriotismo que se haya dado en nuestra historia.
Sin embargo, hay otro consenso que limita las posibilidades del reencuentro y la apertura de una población en flujo hacia sí misma. Es la insatisfacción divisoria respecto a la vigencia del colonialismo como vínculo esencial de la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. Toda la gente puertorriqueña comparte una necesidad de transformar democráticamente esta situación actual, aunque no hay acuerdo sobre los mecanismos específicos que conduzcan a ese logro. Así, somos siete millones de personas con muchas ganas de unidad y muchos problemas de división. La energía contradictoria de este esfuerzo colectivo se expresa con toda intensidad en esa apasionada y arrolladora exhibición y agitación de la bandera puertorriqueña, convertidad en la presencia visual más ineludible de nuestra vida colectiva.
Hay otro espacio de convivencia que produce confusiones y divisiones entre la gente puertorriqueña. Se trata de la diferente cotidianidad de la vida en Puerto Rico y Estados Unidos. A pesar del contacto constante entre ambos territorios histórico-culturales, todavía queda mucho desconocimiento por conquistar, mucha diversidad por admitir y mucho estereotipo por superar. Ni los boricuas de Puerto Rico son tan “Isleños” ni los boricuas de Estados Unidos tan “Nuyoricans” como podría parecer a simple vista.
Este cuaderno trata sobre esta complejidad. Su propósito es doble. Por un lado, destaca la enorme resistencia y creatividad cultural de los sectores populares boricuas de la diáspora, en oposición a la visión desinformada y simplista que imagina y luego acusa a la gente puertorriqueña de Estados Unidos de echar a perder su identidad en desafortunados forcejeos asimilistas. Por otro lado, reclama atención a la diversidad y transformación de esa identidad, en oposición a la visión atrasada y folclorista que equipara y reduce la gestión cultural de la gente puertorriqueña de Estados Unidos a desesperados forcejeos tradicionalistas.
Aquí se recogen trabajos en torno a la cultura popular puertorriqueña en Estados Unidos. Es popular la cultura que hace la gente común como iniciativa propia en respuesta y relación con los demás sectores de la sociedad, especialmente con los sectores dominantes. Aquí el campo de estudio es la cultura que hace el pueblo mismo, no la cultura que el gobierno, las iglesias, las corporaciones, las academias, las agencias y otras instituciones hacen para el pueblo.
El fundamento de estas investigaciones es el trabajo etnográfico, realizado entre los años 1994 y 2001. Los temas de investigación se refieren a aspectos importantes de la vida de la gente puertorriqueña común que se manifiestan ante todo en las grandes ciudades de Estados Unidos en las que existen abundantes comunidades boricuas. A diferencia de la mayor parte de la literatura existente, el foco principal de estudio no es la vida de los puertorriqueños de Nueva York, aunque sí se toma en cuenta. Esto es de gran importancia pues existe una numerosa población en Estados Unidos que se considera puertorriqueña pero no “Nuyorican”. Esta gente se reconoce y afirma como puertorriqueña, boricua y latina; no “Puertorrican-American”. La identidad se comparte de manera inter-generacional: hasta los niños se identifican así, especialmente en los barrios populares. Para dar cuenta de todo lo anterior, se hizo mucho trabajo de fondo en los vecindarios de Chicago.
Aquí se recogen bregas puertorriqueñas que son culinarias, musicales, funerales, artesanales, festivas, visuales, espirituales, territoriales, educativas y poéticas, entre otras cosas. Hay olor de fritura y golpe de bomba, camisetas atrevidas y hip-hop de barrio, intimidades domésticas y escándalos callejeros, muñecas espiritistas y objetos de santería, banderas en el cuello y altares en las aceras, reciclados cajones de leche y formidables esculturas patrióticas, avenidas cuajadas de desfiles y callejones infestados de disparos, poesía popular de tarima y reyes magos de nuevo atuendo, tristes memorias de muertos y regocijos pentecostales, historia en tiempo de plena y vejigantes politizados, entonaciones municipales y contrapuntos de spanglish.
Todo se junta en un sabor inconfundible y una atmósfera inevitable: es vida de barrio boricua en Estados Unidos, vida llena de ganas de vivir. Se nos quedaron muchas cosas fuera de estas páginas pero entre y venga que siempre somos puertorros.



