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Kathryn Bigelow: la que logra dirigir grandes producciones a pesar de…

 

 

En Rojo

Como es de esperarse con el gobierno que bordea el fascismo/la oligarquía y que se consume en la paranoia de Donald Trump y su séquito, el hecho de que se haya estrenado un filme sobre la posibilidad de un ataque a los Estados Unidos por sus enemigos o amigos disfrazados y que ellos no sean los triunfadores, el Pentágono ha expresado su desaprobación de A House of Dynamite, el filme + reciente de Kathryn Bigelow que Netflix ha lanzado en su plataforma masiva. Desde 1964 con el clásico de Stanley Kubrick, Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb y Fail Safe (1964) de Sidney Lumet hasta el + reciente Mission Impossible: The Final Reckoning, el tema de si la supuesta seguridad al país y su población se puede asegurar teniendo un armamento tan destructivo que podría despoblar la tierra, es tema de grandes producciones basadas en realidades existentes e imaginarias. Esta vez, Bigelow—conocida por precisamente adentrarse en ese supuesto mundo militar como lo hizo brillantemente en Zero Dark Thirty (2012)—aprovecha tanto la secretividad como la agresividad militar de tantos países para presentar una situación que con gran posibilidad en veinte minutos finalice en una catástrofe.

A House of Dynamite (guionista Noah Oppenheim; cinematógrafo Barry Ackroyd y un impresionante ensemble) es precisamente una alarma de lo que hemos visto a través de los años desde el desarrollo del armamento nuclear para supuestamente defender a las poblaciones que nada tienen que ver con las decisiones de los elegidos o (auto)nombrados a dirigir los países. Desarrollado en tres partes que se complementan y juegan con el tiempo real, todo comienza dentro de una normalidad de personas en camino a sus empleos que, en este caso, son departamentos gubernamentales ligados a la seguridad nacional de los Estados Unidos. Pero en la estación del radar de alerta en el Pacífico se detecta un movimiento sospecho que es informado por la estación en Alaska y sigue por los canales de seguridad del Departamento de Defensa (ahora guerra) hasta el operativo de emergencia de la Casa Blanca (lo que entonces existía antes de la remodelación de Trump). Todxs se dirigen hacia su lugar de empleo con la seguridad de que este es un día tan normal como los anteriores. Al momento en que se detecta un objeto/misil en dirección específicamente a la ciudad de Chicago, todo se pone en estado de alarma, siempre con la seguridad de que su aparato militar y de inteligencia tiene la capacidad de detener cualquier ataque y puede contraatacar por tal violación a entendidos diplomáticos o tras bastidores. Pero, cuando fracasan en detener a ese CBM (Unidentified Intercontinental Ballistic Missile), tienen 20 minutos para decidir cómo y cuándo atacar al originario de esta violación de acuerdos. Es aquí donde comienza la historia humana.

La trama nos da pedazos de vidas desde el presidente—que es casi el último en enterarse porque es el único que puede tomas la decisión final—hasta secretarios, ayudantes, consejeros con detalles de su normalidad y cómo se altera al saberse al fin de lo conocido. Esa humanidad de cada unx es el corazón de este hermoso y aterrorizante filme. ¿Se puede esperar para saber con exactitud de dónde proviene el ataque? Y si se sabe ¿qué hacer? ¿Quién ataca y quién defiende? Al final todo y todxs se destruyen.

Rescate del pasado

Incluyo en este escrito tres filmes anteriores de Bigelow como ejemplo de su amplitud de temas y estilos a través de su carrera fílmica que ha sido escasa (12 largometrajes desde 1981) pero muy bien pensada.

The Weight of  Water de 2000 de Kathryn Bigelow—1era mujer en ganar el Oscar por Mejor Directora y Mejor Película en 2010—también se refiere a libros ya que Jean Janes (Catherine McCormack), la fotógrafa periodista que quiere recrear en fotos el crimen perpetuado en una isla en 1873, está casada con Thomas (Sean Penn), un reconocido poeta que en este momento solo repite sus versos del pasado y bebe sin parar. La historia del siglo 19 y la del 20 parecen entrelazarse para revelar la verdad de hechos escondidos por sus protagonistas.

Detroit de 2017 es un excelente filme que recrea lo sucedido en una noche en el Motel Algiers durante los motines en la calle 12 de esta ciudad, el 25 de julio de 1967. A través de múltiples miradas se recrea lo que cada uno de estos personajes reales estaban haciendo antes que la noche desembocara en el asesinato de dos jóvenes negros, y las golpizas de siete otros hombres negros y dos jóvenes mujeres blancas a manos de la policía. La recreación de los hechos—que fueron publicados en múltiples periódicos, noticieros y testimonios judiciales—se presenta como algo sucedido en el presente pero escondido y distorsionado por el aparato judicial.

 Strange Days (1995)

El filme es una combinación de film noir, tecnología avanzada, mundo underground, violencia desenfrenada, suspenso, romance. Bigelow incorpora muy bien el anonadador mundo de la alta tecnología en manos inexpertas, la música de alto volumen y voces y sonidos disonantes y estridentes, el vestuario como una declaración, el movimiento como un modo de vida. Dentro de este ambiente que parece girar continuamente y nunca detenerse para poder conversar, establecer distancia o intimidad, para evaluar y pensar, se presenta una historia de una sociedad violentada por la ley y el orden del poder establecido, la rebeldía de los que logran acceso a los medios de comunicación masiva, la explotación que se hace a nombre de la amistad, las historias entre hombre y mujer definidas por el sexo o la amistad y pocas o ninguna vez por el amor.

El protagonista, Lenny Nero (Ralph Fiennes) es un expolicía que se cansó de lidiar con la brutalidad dentro de la fuerza policíaca y que ahora se dedica a comprar y vender “experiencias”. Por dinero y muchas veces por amistad, hombres y mujeres esconden un pequeño aparato en su cabeza (debajo del pelo o gorra) y graban todo lo que ven, oyen y sienten cuando asesinan a alguien, escapan de la policía o de otros matones, tienen sexo, se bañan, se masturban, se inyectan, etc. Lenny entonces vende estas grabaciones a personas que quieren experimentar otras sensaciones que nunca podrían hacer en su propia vida. Es un mercado que crece según las personas se aíslan + y + del mundo exterior ya sea por temor a exponer sus vidas a la violencia rampante de los centros urbanos o porque a través de la computadora en la oficina o la casa pueden manejar todos sus asuntos. Lenny tiene a dos mujeres importantes en su vida. Faith (Juliette Lewis) fue su amante por un tiempo, pero se cansó de él y se ha ido a explorar otros círculos + interesantes como el de la música del momento. Pero no importa que esté ausente porque a través de las ‘grabaciones’, Lenny puede revivir cada uno de los momentos + significativos de la relación. Por otro lado, está Mace (en un ‘tour de force’ para Angela Bassett), la amiga que él ayudó una vez y que ahora lo protege a pesar de estar en total desacuerdo con su ‘negocio’.

Strange Days tiene el tempo de los filmes + recientes producidos en Hollywood: continuo movimiento acelerado por cámara giratoria, cortes de segundos, acción que no se detiene, música que llena todos los espacios, violencia gráfica simulando las grabaciones en video de los noticieros y los programas en vivo de la televisión. Pero se distingue de otros porque tiene buenos e inteligentes diálogos y se atreve a cuestionar en vez de sencillamente repetir lo consabido. Sin duda hay escenas en este filme que nos recuerda a Rodney King y los motines en Central L.A.

The Hurt Locker (2008)

Zero Dark Thirty (2012)

Puerto Rico y los estragos de la dependencia de fondos federales 

 

 

Las transferencias de fondos del gobierno de Estados Unidos fluctúan actualmente entre un 46 y un 50 porciento del presupuesto del Gobierno de Puerto Rico. En el 2013 eran el 31 porciento y subieron al 58 en 2021,  tras la devastación por los desastres del Huracán María en 2017, los terremotos en el Sur de 2020 y la pandemia del Covid-19.

 

Jenniffer González y el PNP basaron toda su campaña electoral del 2024- que los llevó al gobierno- en la mentira de que sólo ellos podían garantizar el flujo ininterrumpido de fondos federales hacia Puerto Rico. Ante el avance de las candidaturas de Juan Dalmau y La Alianza ( PIP-MVC), con sus propuestas progresistas y descolonizadoras, el PNP y González lanzaron sus cañones fuertes, pronosticando que un triunfo electoral de la  Alianza representaría el fin de los fondos federales en Puerto Rico. Lo irónico es que hoy, justamente bajo el gobierno de González y el  anexionismo extremo, los fondos federales para Puerto Rico están en riesgo como nunca antes  por el gobierno de Donald Trump y los Republicanos, efusivamente endosados por González y la plana mayor del PNP

La dependencia de Puerto Rico en  fondos federales es tres veces más alta que la del resto de estados y territorios de Estados Unidos, según un informe de la Junta de Control Fiscal ( JCF)  de principios del 2025. En ese mismo informe, el ente fiscal impuesto por el Congreso para supervisar y reorganizar las finanzas públicas en Puerto Rico, califica dicha dependencia como insostenible, ya que muchos de esos fondos no son recurrentes ni permanentes. Según la JCF, Puerto Rico debe iniciar la ruta de «liberarse» de la dependencia de fondos provenientes de la metrópolis colonial.

Ciertamente, la ruta de nuestros gobiernos del bipartidismo PNP-PPD ha sido en dirección contraria a lo que sugiere la JCF. También,  los economistas más serios de Puerto Rico ven en las astronómicas cifras de dependencia un obstáculo a la autosuficiencia y desarrollo económico propio al que Puerto Rico debe aspirar. Planificar y organizar la gobernanza pública sobre dinero ajeno, que hoy está y mañana no, no es la mejor ni más saludable estrategia de desarrollo económico para ningún país, y menos para una colonia aún en quiebra y estancada económicamente, como lo ha estado Puerto Rico durante  las últimas décadas.

Pero, la historia del anexionismo y su voracidad por los fondos de Estados Unidos viene de mucho tiempo, desde que en su primer cuatrienio como gobernador en 1976, Carlos Romero Barceló, del PNP, publicó un folletín titulado «La estadidad es para los pobres», con una apología de la dependencia como camino hacia la estadidad federada. Desde entonces, los ideólogos del anexionismo han usado la dependencia como herramienta y excusa para intentar acorralar al Congreso de Estados Unidos y hacer la estadidad inevitable.

Por no quedarse atrás en la oferta de «más fondos federales»,  los Populares le han hecho coro al PNP yendo juntos a Washington con las manos extendidas y la cantaleta de la supuesta «paridad», que ha caído cada vez más en oídos sordos en el Congreso y los sucesivos gobiernos Demócratas y Republicanos.

Obviamente, es una estrategia que le ha explotado en la cara al PNP , porque mientras más piden, más se asustan allá y más se aleja la posibilidad de la estadidad. Así ha sido cuatrienio tras cuatrienio, y hoy la estadidad para Puerto Rico está más lejos que nunca y el gobierno de Jenniffer González y el PNP se encuentra en una encerrona. La administración caótica de Donald Trump y los Republicanos los ha dejado sin argumentos, y mucho menos opciones. El cierre gubernamental allá, y el tranque entre Demócratas y Republicanos en el Congreso por la aprobación de un presupuesto que permita operar bajo nuevas reglas del juego, ha puesto en jaque hasta las «ayudas alimentarias», SNAP allá y PAN aquí, de las que dependen millones de personas para su seguridad alimentaria.

En Puerto Rico, donde la crisis económica de los últimos veinte años, sumada a la quiebra de las finanzas públicas, la Ley PROMESA y la imposición de la JCF, han lanzado a la pobreza al 40 por ciento de nuestra población, la congelación de los fondos del PAN por tiempo indefinido provocaría una catástrofe humanitaria de grandes proporciones. Cerca de 1.4 millones de puertorriqueños y puertorriqueñas ( más de un tercio de nuestra población) reciben la ayuda del PAN, sobre todo niños y ancianos en pobreza para quienes dicho programa representa su única opción para una alimentación minimamente adecuada. Desde el gobierno de Jenniffer González y el PNP han dicho que identificarán los fondos para poder continuar el PAN mientras dure el tranque. Habrá que ver si la JCF se lo permite dadas las circunstancias inciertas de las finanzas públicas y de la reestructuración de la deuda de la Autoridad de Energía Eléctrica, otro factor de peso en esta coyuntura.

Como quiera, al cierre de este editorial el futuro del PAN y de muchas otras partidas para salud, educación, vivienda y otras áreas esenciales, penden del hilo de un Presidente y un  Congreso caprichosos, donde Demócratas y Republicanos defienden cada uno su trinchera de espaldas al sobresalto y sufrimiento que provocan en sus poblaciones más vulnerables.

Una gran ironía que este descarado chantaje con los fondos de alimentos provenga desde el propio Washington, la sede de su procedencia. Y otro fracaso más para apuntarle al gobierno sin plan, sin rumbo  y sin garras de Jennifer González y el PNP.

 

 

 

 

30 de Octubre: Canción de gesta

 

En Rojo

0.El 30 de Octubre de 1950 marca una fecha importante en la narración de nuestra historia. Un proceso largo de consolidación de símbolos tiene ese día su momento climático. Los símbolos juegan un papel importante en los relatos que crean identidad. Son reafirmaciones de los elementos comunes, sacralidades que están más allá de lo cotidiano, una fuerza aglutinante que provee comprensión de nuestra idiosincracia. Estoy parafraseando a Emile Durkheim. Sí, como dicen algunos enemigos de la nacionalidad -ésta es una especie de religión trasmutada en patria, enmarcada en sus específicos colores, ritmos, rituales y simbologías.

 

Por otro lado, Desde la perspectiva antropológica de René Girard, la relación entre la violencia y lo sagrado es fundamental y se articula a través de su teoría del «chivo expiatorio» y el «deseo mimético». Según Girard, la violencia surge de la imitación de deseos entre los individuos; al desear lo que otros desean, se genera competencia y rivalidad, lo que puede llevar a conflictos violentos.

El «sagrado» en este contexto se refiere a las prácticas y rituales que surgen para canalizar y controlar esta violencia. Girard sostiene que las sociedades antiguas, al enfrentar la amenaza de la violencia interna, desarrollaron mecanismos de sacrificio y rituales que permitían a la comunidad unirse en torno a un chivo expiatorio, un individuo o grupo que era culpable de los males de la comunidad y que, al ser sacrificado, restablecía el orden social y la paz.

Así, la violencia y lo sagrado están entrelazados: el sacrificio se convierte en un acto sagrado que busca mitigar la violencia inherente a las relaciones humanas. A través de estos rituales, las comunidades pueden evitar la anarquía provocada por el deseo mimético y encontrar una forma de cohesión social. En resumen, para Girard, lo sagrado surge como una respuesta a la violencia, ofreciendo un medio para manejar y redirigir las tensiones inherentes a la condición humana.

 

Elio Torresola

René Girard propone que la relación entre la violencia y lo sagrado es intrínseca y se manifiesta a través de su teoría del chivo expiatorio y el deseo mimético. Según Girard, el deseo humano es mimético; es decir, las personas tienden a desear lo que otros desean, lo que puede generar rivalidades y conflictos. Esta dinámica puede llevar a la violencia en las sociedades.

Para manejar esta violencia potencial, las culturas desarrollan rituales y prácticas que elevan a ciertas víctimas, los chivos expiatorios, a un estatus sagrado. Estos individuos son culpados de los problemas de la comunidad y, al ser sacrificados, se busca restaurar el orden social. Este sacrificio se convierte en un acto sagrado que permite a la comunidad unirse y canalizar su violencia de manera controlada.

En este sentido, lo sagrado se convierte en un mecanismo para mitigar la violencia inherente a las relaciones humanas, ofreciendo una solución temporal al conflicto y permitiendo la cohesión social. Así, Girard argumenta que la violencia y lo sagrado están interrelacionados, con el sacrificio como un medio para gestionar las tensiones y rivalidades que surgen del deseo mimético.

 

  1. La Revolución Nacionalista de octubre de 1950 puede mirarse desde esos marcos de análisis. Por supuesto, esto se hace sin pretender decir que eso explica todo. Más bien se trata de una manera de reinterpretar sin que tengamos que obviar asuntos concretos como por ejemplo, que Octubre de 1950 es, como nos dice Mario Cancel, “una respuesta bien articulada a los retos políticos impuestos por la Guerra Fría”( Claridad-En Rojo(1ro de noviembre de 2022)

 

Si leemos El país de los cuatro pisos de José Luis González, ahí se habla de los procesos de resistencia armada en Puerto Rico como actos de propaganda. Y bien, digamos que el resultado pudo ser eso aunque no fue la intención única. El ataque al Congreso en 1954 fue para llamar la atención sobre la condición colonial. Sucedió porque el 30 de Octubre fue un acto de resistencia contra la Ley 53 o La Mordaza de 1948 -de la que se infiere entre otras cosas la prohibición el uso de la bandera- , contra la Ley 600 y contra la Asamblea Constituyente que le dio formalidad a la constitución del ELA. En ese sentido, como planteaba Cancel en al artículo citado: “ En un sentido simbólico representó la reinvención de la situación que produjo, con efectos análogos, la Insurrección de Lares en septiembre de 1868. La retórica nacionalista de aquel entonces realizó un esfuerzo ingente por demostrar la continuidad espiritual, cultural y política entre el 1868 y el 1950”.

  1. ¿Por qué conmemorar el 30 de Octubre de 1950. Partamos de la premisa de que el valor de la memoria histórica en los países coloniales es fundamental, ya que permite reconocer y entender las dinámicas de poder, opresión y resistencia que han moldeado sus sociedades. Por lo tanto, la memoria histórica ayuda a las comunidades a reafirmar su identidad cultural, reconociendo sus raíces y experiencias pasadas.

Por otro lado, reconocer la violencia que se ejerció sobre aquellos y aquellas que fueron elaborando modos de contestar al coloniaje puede ser un paso crucial hacia la reconciliación y la reparación. Estos pasos ni siquiera se han comenzado a dar. Nadie se ha planteado un diálogo con respecto a qué organizaciones e individuos participaron de la brutal represión, digamos, el Partido Popular Democrático que administraba el territorio colonial y o los aparatos represivos del gobierno norteamericano. ¿Podrá aceptar esa organización su pasado represivo e iniciar un proceso de reconciliación nacional? ¿Qué se necesitaría para que los aparatos represivos norteamericanos reconocieran su papel en esa represión?

Además, el estudio de estos sucesos promueve la educación sobre la historia colonial, fomentando una conciencia crítica que permite a las nuevas generaciones entender las implicaciones de la colonización y sus legados en la actualidad. Sería un buen recurso para puede inspirar movimientos sociales y políticos que buscan justicia, igualdad y derechos humanos, utilizando el pasado como una herramienta para el cambio.
No hay duda de que sería coherente con perspectivas en la narración de la historia que desafían las versiones hegemónicas que a menudo minimizan o ignoran las experiencias de los pueblos colonizados.

 

  1. En 1960, Pablo Neruda publicó Canción de gesta, cuya primera edición fue de 25,000 ejemplares. En a dedicatoria el premio Nobel chileno plantea: “Primeramente medité este libro en torno a Puerto Rico. Su martirizada condición colonial, a la lucha actual de sus patriotas insurgentes. El libro creció después con los acontecimientos magnánimos de Cuba”… de modo que finalmente se trató de una dedicatoria a la Revolución Cubana, a los puertorriqueños y al Caribe en su lucha descolonizadora. Entonces, la memoria histórica es el proceso de componer nuestra canción de gesta. 

 

 

«Cuando las voces que curan callan”

 

Me llamo Leilani. Vivía en Apia casi todo el año, salvo en las temporadas que acompañaba a mi madre a las islas menores. Soy enfermera de salud pública. Siempre creí que el deber era ser puente, no muro. Pero aquel año aprendí que esas voces que curan pueden ser acalladas, y que la ignorancia disfrazada de libertad mata.

Era 2019. Samoa ya cojeaba por la sospecha: dos bebés murieron tras una dosis de vacuna preparada erróneamente, cuando el diluyente se mezcló con un relajante muscular en lugar de agua estéril.

La confianza, frágil como cristal, empezó a fisurarse. La tasa de vacunación bajó —del 74 % en 2017 a cerca de 34 % en 2018.

Ante esa grieta vinieron “redentores” de palabras fáciles: líderes que hablaban de libertad para elegir, del miedo a las farmacéuticas, del derecho a decidir. Entre ellos, el sobrino de aquel presidente, un hombre pequeño que hablaba con voz alta, quebrada y temblorosa, y escéptica sobre vacunas. Con mas seguridad en sí mismo que conocimiento sobre lo que hablaba, malinterpretaba resultados científicos con una facilidad que raya en la estupidez. Su retórica se esparció como sombra.

Yo estaba en la sala de emergencias del hospital de Apia cuando las cifras explotaron. Niños con fiebre, sarpullido, ojos llorosos, tos que retumba en la garganta. No había suficientes camas, ni medicamentos, ni oxígeno. Los familiares se apiñaban en los pasillos, suplicando, llorando.

Un colega volvió de una isla remota. Trajo malas noticias: habían enterrado a tres niños debajo de palmas recién taladas. Nadie les dio funeral porque los lugares estaban saturados. Me dijo con voz temblorosa: “Esto no es sarampión: es decisión colectiva que mata.”

No fue sencillo enfrentarlo. En varias reuniones me dijeron:

—“Si dices mucho, te llaman extremista.”

—“Si hablas de datos, te llaman vendido a la industria.”

—“Si curas, no critiques al que habla.”

Y vi cómo muchos colegas callaban, doblaban la cabeza como bambú cuando sopla el ciclón. Vi cómo los líderes locales, en su miedo al escándalo, repetían las “formas correctas” sin cuestionar. Vi cómo un rumor crecía más rápido que la enfermedad.

En mi casa, mi hija de seis años, Moana, me preguntaba cada noche: “¿Quién cuida los virus que entran al cielo?” Le contestaba: “Los que tenemos cara humana.” Pero mi voz florecía entre vacíos, entre lo que no podía explicar.

Una madrugada me tocó visitar un pueblito en la costa. Llegué con una caja con jeringuillas y decenas de dosis. Las familias me recibieron con miedo. “¿Y si la aguja es la que mata?”, me dijeron algunos. Pero un anciano, con su bastón de coral, me tomó la mano y dijo: “Si tú viniste para ofrecer vida, estaré contigo.”

Esa noche, en el cielo de Samoa, la luna parecía blanca de lágrimas. Y yo pensé que donde hay duda sin escucha, la muerte es puente a través del silencio.

Cuando el gobierno declaró estado de emergencia en noviembre de 2019, lo hizo tarde. Cerraron escuelas, prohibieron reuniones para menores de 17 años, exigieron vacunas obligatorias, pidieron que las familias con niños pusieran una tela roja en sus puertas para que los equipos móviles los visitaran.

Se enviaron dosis masivas desde la UNICEF y la OMS, y empezó la campaña de rescate.

Pero ya habían muerto 83 personas, en su mayoría bebés y niños pequeños.

El primer ministro de Samoa, Fiame Naomi Mataʻafa, luego criticó públicamente las opiniones antivacunas de quienes visitaron la isla antes del brote.

Yo vi un país roto, pero también vi una chispa.

Al día siguiente del pico del brote, en cada clínica, se derramaron manos: enfermeros, voluntarios, estudiantes. Sin guardias, sin distinción de barrio, sin miedo al escrutinio. Yo trabajé más horas sentida que cansada. Cargué niños de cinco kilos en brazos que después se fueron levantando, con tos, con febriles, con ojos significando esperanza.

Moana me preguntó una noche, cuando salí de turno: “Mamá, ya no van a morir más niños, ¿verdad?”

La abracé fuerte. Le dije: “No lo sé. Pero alguien está despertando para que les cuente lo que ocurrió. Para que no olviden ni escuchen a hombres pequeños.”

Y en ese silencio de medio sueño, creí escuchar que las voces que curan —aunque calladas— estaban multiplicándose.

 

Encontrado en las Redes-El verdor de los árboles

 

 

 

  1. Hace unos meses comencé un nuevo trabajo. Ahora estoy de despachador de almacén, y chofer, para una compañía en Cataño.
  2. Recién me estreno de chofer de una de las Transit 250 que usa la compañía para entrega de mercancía a sus tiendas, así como a comercios privados. Por estos días la ruta me lleva por Santurce, Caguas, Guaynabo, Tejas, Yabucoa, Fajardo. Los primeros días en la ruta, cometí errores. Hubo clientes y tiendas a los que olvidé despachar, o lo hice fuera de turno y ruta. Por momentos regresé al almacén con la certeza de que hacía el último turno. Pero, entonces.
  3. Comencé por anotar en un papel el orden de la ruta, y no me despegué del Google Maps hasta que las memoricé. El inventario de material en la Transit, que a veces me tomaba una hora o más para completar, ahora lo hago en 15 a 20 minutos. Excepto por un tramo que no conocía, la ruta de hoy la hice completa de memoria. No necesité notas.
  4. Desde abril de 2017 no he hecho otra cosa que reinventar y dejar atrás aquél que fui. No es que dejé de ser yo, hay una piel que me habita y ancla en medio de lo múltiple. No es el cuerpo físico que ha echado músculo en piernas brazos y hombros. Tampoco el que no pare de trabajar mientras vacilo con mis compañeros de trabajo.

Pero hay algo distinto en mí, una verdad que subraya la vereda que ando. El cúmulo de cosas que tuve que aprender en todos estos años está cifrado en una unidad absoluta. Tengo experiencia secretarial, pero no consigo trabajo en oficina. La entrevista más reciente para una librería, era con sueldo mínimo. No contaban los 25 años de experiencia. Así que, si es en un almacén lo que me toca trabajar el resto de mi vida, so be it.

  1. Esta mañana, mientras conducía, tuve una revelación. Mi padre fue chofer de camiones, y, por ocasiones, un lector. No pocas veces vi un libro en sus manos o en el camión. La Transit no es un camión, pero se le acerca. Con la Transit he aprendido acomodar en reversa guiado sólo por los retrovisores del chofer y pasajero y esto lo tuve que aprender solo en medio de la ruta. Cuando estoy en el almacén los muchachos me llaman El profesor, y algunos me han preguntado qué hago allí entre ellos, «viste, usté (tú, dime tú) debería ser profesor de esos de la Yupi». Quizá es ese mi destino. No habré logrado la maestría, ya no trabajo con libros, pero ya quisieran muchos profesores gozar este privilegio, este día tras día que tengo.
  2. Las veces que acompañé a mi padre en el camión, lo miraba mover la palanca de cambios. Algunas veces el camión se sacudía con violencia, parecido al toro encabritado en el rodeo. Muchas veces íbamos en silencio. Entre los dos, algún libro ajado que el viejo agarraba entre paradas, y al que veía leer.
  3. Alrededor mío, la carretera, el tráfico insolente. El verdor de los árboles. Pronto comienzo los cursos para sacar la licencia Heavy.

 

Cataño y Hato Rey, 28 de octubre de 2025