«La diversión más apreciada para estos Isleños son los bailes; los tienen sin más motivo que el de pasar el tiempo, y rara vez falta en una casa u otra. El que da el baile convida a sus camaradas, corre la voz por el territorio, y acuden a centenares de otras partes aunque no sean llamados».
- Historia geográfica, civil y política de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, Fray Iñigo Abbad y Lasierra, 1782.
Tito llegó a las siete menos cuarto y encontró que todavía no había llegado la gente. El baile de bomba estaba anunciado para las siete y no se hizo más publicidad que no fuera pasar la voz y hacer invitaciones a la gente conocida. Hacía mucho calor de verano en Chicago.

La Casita de Don Pedro lucía preciosa con su balcón recién pintado, el jardín desyerbado y la jardinera en forma de estrella que rodea la estatua de Albizu sembrada de miramelindas, caléndulas, crisantemos, cilantro y perejil. Los estudiantes de la escuela Albizu Campos se habían encargado de las labores de mantenimiento y Ricky Salgado coordinó las tareas de embellecimiento. También repintó la bandera de hierro del portón y consiguió que los vecinos nos facilitaran manguera y agua para regar las plantas. Brunilda, la vecina que tanto vela la Casita para que no entren extraños cuando la dejamos sola, se lució colgando de su ventana una enorme bandera cosida con retazos de telas diversas y colocando sus manualidades de temas puertorriqueños a la vista de todos. El día antes nos había regalado una muñeca negra vestida con el diseño de la bandera boricua y dos pavas de paja decoradas con gallos, coquíes, caracoles, dominós y gallitos de algarrobo que colocamos sobre la mesita de nuestro juego de muebles de yerba enea y madera del país fabricados por los Villalobos de Ciales.
Tito aprovechó la falta de público y cruzó la calle para comprarse una merienda en la bodega Borinquen, bajo nueva administración pero siempre con su vitrina de alcapurrias, rellenos, morcillas, carnes fritas y guineos sancochados, amén de todos los productos puertorriqueños sin los cuales una bodega de barrio no merece su nombre. La panadería Borikén queda al lado pero ya estaba cerrada. Cuando regresó, ya había gente. Las niñas que semana tras semana toman las clases de bomba y plena en la Casita estaban listas con sus faldas puestas y Angel el tamborero bailador había llegado con toda su familia que, al igual que la de Tito, es un mestizaje méxico-boricua con predominio cultural puertorriqueño. Mientras ellos sacaban los tambores y montaban el equipo de sonido prestado de Aspira, el lugar se fue llenando de amigos y visitantes y pronto estaban ocupados los bancos y asientos disponibles. Llegado el momento de empezar, me dirigí a los presentes y dije tres cosas: que estábamos contentos con su presencia, que agradecíamos a todos los que trabajaron para hacer posible la actividad y que dedicábamos el baile de bomba a la lucha del pueblo viequense contra la marina de guerra de Estados Unidos.
Estos bailes de bomba se hacen para reunir tocadores, bailadores y cantadores de la ciudad con aprendices, vecinos y visitantes. Llegó gente de los grupos Yubá, Africaribe y Bembeteo y con ellos empezó el baile. El coro ocupó los micrófonos puestos en el balcón y los tamboreros sacaron el banco largo de la Casita y allí se acomodaron con tres bombas, cuás y maraca. En el público estaban nuestros amigos del barrio mezclados con los curiosos que se acercaban al escuchar de lejos el golpe de los cueros.
En el cercano parque Humboldt se celebraba la tercera noche de las fiestas patronales puertorriqueñas dedicadas a San Juan Bautista y el ambiente estaba lleno de boricuas en la calle, la mayoría abanderados, encamisetados, sombrereados y por lo demás muy adornados con una infinidad de objetos tricolores que se venden masivamente para que la gente anuncie su puertorriqueñidad. Allá la diversión comercial –juegos, comidas, músicas, souvenirs– se desplegaba ruidosamente mientras cientos de policías hostiles y vigilantes amedrentaban cualquier intento de exceso festivo. Allá la segunda bandera de mayor venta no era la de Estados Unidos sino la de Lares, uno de esos aciertos espontáneos de la gente que iluminan la conciencia popular.
«La mezcla de blancos, mulatos y negros libres formaba un grupo bastante original: los hombres con pantalón y camisa de indiana, las mugeres con trages blancos y largos collares de oro, todos con la cabeza cubierta con un pañuelo de color y un sombrero redondo galeonado, ejecutaron sucesivamente bailes africanos y criollos al son de la guitarra y del tamboril llamado vulgarmente bomba».
- Viaje a la Isla de Puerto Rico, Andreé Pierre Ledrú, 1797.
Acá en la Casita el baile de bomba florecía con un alborozo amigable y sosegado, a lo que contribuía la requerida norma de no ingerir bebidas alcohólicas en un lugar tan lleno de niños. Las bailadoras –muchas con sus mahones y zapatos deportivos– se prestaban faldas unas a otras para salir a piquetear en reto a los tamboreros. Fuera de la verja se habían juntado más vecinos que poco a poco perdieron la timidez y entraron a juntarse con los de adentro. Nayda llegó con su mamá –la que con la abuela hace lindas muñecas de trapo que son madamas o hijas de santos– y con su hijita que ya aprendió a andar y le gusta el baile y vino vestida con su blusa amarilla y faldita blanca, tan encocorá y orgullosa como son todas las hijas de Ochún. Mientras tanto, Carlos el mulatito avispao que ya sabe acompañar bomba en tambor y cuás, se movía por todos lados esperando la oportunidad de que los mayores dejarán una bomba disponible.
Cuando los músicos tomaban un receso, algunas personas iban a ver la Casita por dentro y salían muy complacidas de ver la colección de artesanías, las fotos de Lin Velázquez de otros bailes de bomba y los objetos de antes que la gente dona para enriquecer el ambiente de pueblo que es el mensaje visual de la Casita. Luis Rosa –ex prisionero político- también aprovechó el receso para echar un vistazo y para darle relevo a un tamborero. Hace dos años, cuando la Casita fue el lugar del multitudinario recibimiento a los recién excarcelados patriotas, Luis dio un discurso muy breve y enseguida se sentó a repicar tambores para ponerse al día con el sabor del barrio del que lo habían separado por veinte años. Ahora estaba de nuevo en el vecindario como artista invitado y había terminado un mural de expresión callejera en la pared de Vida-Sida, la agencia comunitaria de prevención creada por el Centro Cultural Puertorriqueño.
También llegó Franklin –siempre tranquilo y ajeno a la pavonerías– pero excelente actor del teatro popular y amigo permanente de las bregas creativas del barrio. Tito lo vio de lejos y le ordenó integrarse al coro y el hombre cumplió su deber. Las mujeres dirigían los cantos y en un momento hubo cuatro cantadoras. Esas mismas mujeres abandonaban el coro, cogían prestada una falda y encendían el baile con vuelos de telas blancas.
Empezó a oscurecer, alguna gente se fue, otra gente llegó y en el balcón los hombres formaron el repique de plena. En vez de cantos de mujer sobre amores sin empacho, bailes apasionados y variados dolores centenarios, los hombres trajeron los cantos de plena del siglo pasado con sus enamoramientos arriesgados, apariciones diabólicas y protecciones celestiales. Ya las luces del alumbrado público destellaban en el Paseo Boricua de la calle Division, el trecho convertido en punto de encuentro demarcado por las dos banderas puertorriqueñas más grandes del mundo.
La amargada vecina blanca del tercer piso no llamó a la policía esta vez. Los golpes de tambores seguían llamando a la gente y, según ganaban distancia, se mezclaban con los ruidos del tránsito vehicular y las alabanzas de algún templo pentecostal. El baile de bomba acaba temprano porque al otro día la gente tiene que levantarse temprano para ir a trabajar.
Así es la cultura popular puertorriqueña en Estados Unidos: espontánea y solidaria pero a la vez repleta de una intencional lucha por mantener y reinventar la memoria. Este cuaderno trata sobre ese esfuerzo. Claro, la cultura puertorriqueña es más que la cultura popular. Aquí nos limitamos a ésta y no nos ocupamos del comportamiento de las instituciones que hacen cultura a partir de su posición dirigente en la compleja sociedad de la diáspora puertorriqueña. En otras palabras, no estudiamos aquí la producción cultural de las academias, corporaciones, agencias gubernamentales, iglesias o programas financiados con recursos externos a la comunidad; ni de los individuos cuya participación en la cultura se da a partir de las visiones de mundo de esas instituciones. Lo que nos interesa es la cultura que hace el pueblo mismo, no la que los sectores dominantes hacen para el pueblo.
La cultura no es una cosa sino una manera de hacer las cosas. La cultura popular –como manera de hacer las cosas de la gente común– no aparece sola o aislada pero sí entretejida con los demás aspectos de la cultura en general. Así, en una festividad que celebra una tradición compartida por la gente, encontramos aspectos comerciales, legales, políticos e ideológicos que no surgen de la gente común sino de las instancias que organizan y dirigen la fiesta. Los adornos y vestidos de fabricación industrial, contratos de presentaciones musicales, auspicios corporativos, fondos gubernamentales, reglamentos de uso de espacios, etc. no son aspectos de la cultura popular. Junto a estos componentes institucionales, se manifiestan unas maneras de mantener y transformar la memoria compartida de la tradición, comidas y bebidas confeccionadas en la misma comunidad, genuinas artesanías, formas de desplegar adornos y vestidos, canciones y bailes de los artistas del pueblo y maneras simbólicas de mezclar lo sagrado y lo profano que son iniciativas de la gente misma en vez de imposiciones aceptadas.
A la misma vez, la coexistencia de aspectos institucionales y populares hace que se influyan entre sí. La aceptación o rechazo de la gente a lo que se les impone altera la cultura institucional dominante, mientras la innovación y redefinición del comportamiento público, reglamentado por las instituciones, provoca acomodamientos y nuevas iniciativas populares. La cultura popular, por lo tanto, es transformadora y cambiante y se entiende mejor como movimiento de la manera de entender y hacer las cosas de la gente común.
Para comprender la cultura popular puertorriqueña en Estados Unidos es mejor partir de unas realidades esenciales de la diáspora. Por un lado, el comportamiento cultural del pueblo boricua está limitado por las imposiciones culturales de una sociedad predominantemente anglosajona y racista cuya relación básica con la gente puertorriqueña es el colonialismo. Esto quiere decir que la cultura popular puertorriqueña en Estados Unidos es la de una población subordinada, agredida y criminalizada cultural, política y económicamente. En los destartalados edificios de los barrios de los obreros migrantes boricuas había frecuentes redadas policiales contra las ilegales pero desafiantes peleas de gallos, meticulosamente criados en la clandestinidad de los sótanos más ocultos. Todavía hoy arrestan ocasionalmente a galleros atrevidos que consideran injusta la prohibición.
Por otro lado, la migración boricua ha sido abrumadoramente popular, o sea, los sectores dominantes de la Isla no acompañaron inicialmente a la gente pobre que emigró a otro país buscando mejores condiciones de vida. Esto produjo dos consecuencias distintas pero complementarias: un desamparo frente al discrimen y la explotación junto a una democratización de la expresión cultural isleña que quedaba fuera del control de la clase dominante de Puerto Rico. Por ejemplo, las primeras grabaciones de música puertorriqueña en Nueva York durante los años 20 y 30 fueron más plenas que danzas. Aunque en tiempos recientes se nota el desarrollo de formas de dirigismo cultural procedentes de la Isla y del interior mismo de la diáspora, la fuerza democrática inicial no ha perdido vigencia. La música de salsa es un ejercicio de creatividad democrática. Una religión emblemática de los boricuas pobres de la diáspora es una mezcla de espiritismo y santería que todavía no tiene nombre propio.
Otra realidad esencial es que esta cultura agredida y discriminada por la sociedad imperial y relativamente fuera del control directo de los sectores dominantes de la isla construye una manera de vivir en situación de proximidad y relación con otras minorías étnicas con las que comparte problemas comunes a pesar de la diversidad cultural. Los impresionantes logros artísticos callejeros del graffiti y el hip hop fueron procesos de mestizaje en los que los boricuas tuvieron papeles protagónicos, junto a las juventudes de otros grupos étnicos.
Lo anterior señala la complejidad de nuestra cultura en la diáspora. No se trata simplemente de asimilarse a una cultura nueva o reafirmarse en una cultura tradicional. Es más bien el movimiento de unas maneras de vivir en las que coexisten y se transforman imposiciones, tradiciones, influencias, descubrimientos y reinvenciones de la identidad.
Volvamos al baile de bomba en la Casita de Don Pedro. La construcción de casitas de barriada en los vecindarios puertorriqueños de algunas ciudades de Estados Unidos es una respuesta cultural que reinventa una tradición a la vez que la transforma. Esta casita era un garaje residencial como tantos que hay en los callejones de los vecindarios de Chicago. Dado que el techo de estos garajes es de cuatro aguas, con sólo añadir un balcón de diseño tropical fue suficiente para tener una casita puertorriqueña. Sin embargo, la casita necesita insulación y puertas y ventanas diseñadas para atajar el intenso frío del invierno. Los bailes de bomba se limitan a los meses de verano, época en que se concentra la mayor parte de la expresión cultural pública de la gente puertorriqueña. Esos niños que quieren aprender a tocar y bailar entienden las instrucciones mejor en una mezcla de español, inglés y spanglish. Algunos provienen de familias híbridas en las que se mezcla la sangre puertorriqueña con la de otras etnias. Cuando acaba la bomba, la muchachería transita entre la salsa, el merengue, el pop music y el hip hop.
Ahora no vamos a adentrarnos en estas complejidades. Basta con señalar su existencia que no admite la imposición de definiciones simplistas. Lo que pasa es que esta gente nuestra insiste en anunciar ruidosamente su puertorriqueñidad y los jóvenes son más ruidosos en esto que sus mayores. Aquí la gente no usa el término PuertoRican-American para nada. Primero son puertorriqueños y después latinos pero más les gusta ser boricuas y punto. Casi un siglo de vida en este país extraño no ha sido suficiente para que abandonen su identidad ancestral. Por el contrario, ya dije que este año no se ven banderas de Estados Unidos en las fiestas puertorriqueñas de Chicago y la bandera de Lares se ve por dondequiera. ¿Por qué esta insistencia en afianzarse a una problemática pero vital identidad puertorriqueña? Aquí, como siempre, el lector se encarga de acabar el texto.



