CLARIDAD
El nazismo no triunfó en Alemania en 1933 cuando en enero de ese año Hitler fue invitado a formar gobierno tras su partido resultar el más votado (37.2%) en la elección anterior. Su triunfo verdadero vino después, cuando convirtió sus fuerzas paramilitares en parte del estado y utilizó su enorme poder represivo para liquidar todo asomo de oposición. Así, en lugar de un periodo definido con un gobierno de derecha que los políticos tradicionales esperaban, Alemania advino a un régimen totalitario con aspiraciones perpetuas que llegaría a niveles de brutalidad nunca vistos.
Ahora, cuando a lo largo de 2025 hemos visto surgir varios gobiernos de ultraderecha en países considerados “democráticos”, resulta imperativo preguntarnos si pudiera volver a ocurrir algo así. La contestación a esa pregunta no puede ser definitiva porque el más importante de esos nuevos gobiernos -el de Donald Trump en Estados Unidos- apenas comienza y otros, como el de José Antonio Kast en Chile, ni siquiera se han inaugurado, mientras en Francia y otros países europeos sólo hay barruntos. Sin embargo, en Estados Unidos en particular, de forma evidente ya está en marcha un proceso dirigido a trastocar el entarimado institucional tradicional de ese país. Aunque el “trumpismo”, contrario a gobiernos de ultraderecha del pasado, carece de fuerzas paramilitares importantes que le puedan facilitar una demolición institucional en poco tiempo, sin duda lo está intentado con la ayuda de algunas de esas mismas instituciones.
A lo largo de 2025 vimos muchas acciones dirigidas a alterar el comportamiento institucional tradicional de Estados Unidos. La primera fue la imposición de cambios importantes en política pública mediante decretos en lugar de legislación. Impulsado por su descomunal ego, Trump comenzó su gobierno con una friolera de “órdenes ejecutivas” dirigidas a imponer nuevas políticas en materia de migración, educación, estructura de gobierno, comercio, política internacional y en la utilización de las fuerzas armadas, entre otras. Hasta la doctrina de obtención de ciudadanía por nacimiento, vigente durante siglos, se ha pretendido cambiar de esta manera. También ha tratado, mediante decreto, de utilizar fuerzas militares en funciones de represión ciudadana, algo que en Estados Unidos recuerda al imperio británico.
Tradicionalmente, estas políticas solo se podían cambiar mediante acción legislativa y, efectivamente, todas han sido impugnadas en los tribunales lográndose que foros judiciales de primera instancia o intermedios paralicen los decretos. No obstante, los fallos judiciales adversos a Trump han sido revertidos consistentemente por un Tribunal Supremo dominado por jueces de derecha, algunos de ellos tan ultras como el propio presidente. Durante 2026 veremos hasta dónde va a llegar esa alianza judicial con Trump porque las impugnaciones a decretos claves, como el relacionado con la movilización militar contra algunas ciudades y el de la ciudadanía por nacimiento, se adjudicarán de forma final.
Otro evento clave de 2026 serán las elecciones de medio término, cuando se renovará la totalidad de los escaños en la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado. Hasta ahora ambas cámaras están bajo control de Partido Republicano y, aunque en ocasiones algunos sectores de ese partido levantan bandera contra el extremismo trumpista, nada hacen en la práctica. Esa batalla por el control legislativo del próximo noviembre será crucial. Las elecciones locales celebradas durante 2025 -Nueva York, New Jersey y Virginia- fueron negativas para el trumpismo, pero no es posible proyectar esos resultados al resto del país, particularmente lo ocurrido en Nueva York con Zohran Mamdani.
Donde el trumpismo está dejando una marca indeleble en Estados Unidos es en el tratamiento a los inmigrantes, y no precisamente porque haya logrado grandes cifras de deportaciones. En cuanto a estas últimas, la cantidad deportados hasta ahora no compara con los expulsados durante los ocho años del “muy liberal” Barack Obama, quien expulsó a casi tres millones de los mismos inmigrantes que ahora los Demócratas dicen defender. La diferencia entre uno y otro periodo es en cuanto a hostilidad y brutalidad, algo que efectivamente ha logrado crear el clima de terror que buscaba el movimiento MAGA. Nada indica que, al menos durante el término que le resta a la actual administración, ese ambiente pueda cambiar, más bien lo contrario. Ahora mismo están perfeccionando la fuerza policial necesaria para incrementar la persecución de inmigrantes quienes, además, seguirán sin encontrar amparo en el foro judicial. Todo supone que la cifra récord de Obama será ampliamente superada en los próximos años.
En el nivel internacional el trumpismo también intentó imponer su marca, pero como de ordinario sucede con los guapos de barrio, el resultado es mixto porque se pliegan ante los también poderosos y solo sacan pecho ante los más débiles. El año comenzó con amenazas histéricas por el déficit comercial con la República Popular China, a la que llegaron a imponerle aranceles de 150%. También contra Brasil se anunció algo semejante, no por déficit comercial, sino para intentar proteger al ultra Jair Bolsonaro. Con estos grandes que, igual que algunos países europeos, no se plegaron, todo terminó en acuerdos muy distintos a los originalmente anunciados. En el caso de China, su poder exportador sigue creciendo sin que el escarceo trumpista tenga mayor efecto. México y Canadá, que además de aranceles vieron su pacto comercial anulado, han sufrido más, pero hasta ahora han podido aguantar el golpe manteniendo firme su soberanía. Mientras tanto, en Estados Unidos la población está sufriendo por los altos precios y algunos sectores de la economía, como los agricultores, enfrentan pérdidas. Lo que habían anticipado los economistas serios ante esa política anacrónica basada en aranceles, se está cumpliendo.
Junto a su enfrentamiento económico basado en aranceles el trumpismo ha enfilado cañones contra el resto de América reviviendo la vieja doctrina Monroe. Cuando esta se promulgó hace doscientos años se disfrazó de apoyo a los vecinos continentales frente a las potencias europeas que aún mantenían colonias en la región. Al rescatar la vieja doctrina, por su torpeza y arrogancia, Trump la despojó de todo eufemismo presentándola como lo que es, una descarnada pretensión imperial. El efecto inmediato ha sido el reforzamiento del bloqueo a Cuba y el acoso naval a Venezuela, junto amenazas a Colombia.
Gaza en el corazón; Ucrania desmembrada

Es imposible hacer un análisis de los eventos del 2025 sin mencionar la noticia internacional más importante: el martirio de los palestinos y el genocidio en Gaza. Al comenzar el año el proceso destructivo estaba a todo dar y Donald Trump, tras inaugurarse, hablaba abiertamente de terminar de expulsar a los palestinos de Gaza convirtiendo el área en un gran resort para blancos. Las protestas internacionales contra el genocidio redujeron el empuje destructor y el año terminó con menos bombardeos y una débil tregua, pero el genocidio continúa.
Entre los esfuerzos internacionales contra el genocidio en Gaza debe destacarse el importante papel jugado por el gobierno de España, en particular el de su presidente Pedro Sánchez. Cuando todos los otros países de la Unión Europea apoyaban a Israel o, chantajeados por el “antisemitismo” mantenían un silencio cómplice, España asumió una postura clara y contundente llamando las cosas por su nombre y decretando un embargo de armas al agresor.
En cuanto a Ucrania, todo indica que la invasión rusa se saldará con una pérdida de su territorio -el muy preciado Dombás- junto a promesas de no ingreso a la Unión Europea y a la OTAN. La decisión de Estados Unidos de retirarle el apoyo militar la obligará a entregar una parte importante de su territorio. Como vemos, desde los tiempos de Catalina la Grande pocas cosas han cambiado en la región.



