Especial para En Rojo
El capitalismo moderno es en esencia un sistema que fomenta la libertad de procurar excesos hedónicos. El lema de uno de los principales emporios capitalistas, la ciudad de Las Vegas, es: lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Asi se justifica la búsqueda de placeres en el juego, las fiestas y el sexo es esa ciudad del hedonismo.
El caso de Jeffrey Epstein representa la vida hedónica de la élite capitalista. Simplificado frecuentemente como una red de crímenes individuales, es verdaderamente un síntoma de la podredumbre hedónica de excesos y la impunidad inherente a esa élite. El financista Epstein utilizó su riqueza y conexiones para construir un ecosistema de explotación que operó durante décadas al margen del control democrático.
Ese exceso hedónico conduce a la depredación sexual paralelamente con la depredación económica del capitalismo que en los escándalos Epstein incluyó pederastia y estupros. El sexo formaba parte del entorno transaccional y un ardid para la búsqueda de influencia.
Así, la élite capitalista fue configurando con Epstein un poder sin rendición de cuentas. La capacidad de Epstein para mantener acceso a redes de élite, a pesar de las alertas persistentes, ejemplifica un poder que opera sin proporcionalidad ni escrutinio en la rendición de cuentas .
Acostumbrada esa androcracia patriarcal de la élite capitalista a apoderarse de la materia prima y poseer los medios de producción, la mujer pasa a ser la materia prima en la producción del placer. Para la androcracia patriarcal de una élite capitalista hedónica, lo natural en lo intrínseco a su privilegio de clase social dominante es adueñarse de las mujeres como un producto sistémico más del capitalismo.
En esa androcracia patriarcal capitalista del círculo social en el que se desenvolvió Epstein, la violencia fue parte de su entorno y algo naturalmente gestionado, permitiendo que la explotación de personas vulnerables se convirtiera en parte del proceso transaccional entre hombres poderosos.
Epstein, por lo tanto, mercantilizaba a las personas. Se autodenominaba un «coleccionista de personas», utilizando información y acceso a cuerpos para «comprar» favores, financiamiento o ejercer chantaje sobre figuras de la política, la realeza y los negocios.
El caso Epstein pone de relieve una cultura de la élite donde la acumulación de capital deriva en un hedonismo desenfrenado. Un hedonismo en el que las reglas del mundo exterior no son respetadas y aplicadas en su entorno.
Descrito el círculo social de sus asociados como «danzantes ante el hedonismo», se tornaban indiferentes a la naturaleza de las actividades de Epstein mientras disfrutaban de los lujos y el acceso a los placeres carnales que él proporcionaba.
El placer en el círculo social de Epstein estaba entrelazado con los negocios. Investigaciones recientes del New York Times sugieren que Epstein construyó su fortuna inicial actuando como un «recuperador» de fondos en paraísos fiscales para familias adineradas (incluyendo vínculos con familias españolas en los años 80), lo que le otorgó la confianza inicial de las élites financieras.
Su capacidad para evitar consecuencias legales demuestra cómo el sistema de justicia puede convertirse en un enclave seguro de protección donde se reproduce el privilegio de élite.
Para analistas, los horrores del caso Epstein no son una aberración, sino un producto de la naturaleza violenta y hambrienta de beneficios del capitalismo contemporáneo. No revelan una desviación del capitalismo imperialista, sino su funcionamiento normal en una etapa de descomposición histórica.
Los archivos del caso Epstein son un registro de las conexiones sociales, profesionales y financieras que Epstein cultivó durante años con figuras prominentes en distintas esferas: exjefes de Estado, empresarios, diplomáticos, políticos y miembros de familias reales. Estas figuras públicas e influyentes aparecen en correos, fotografías o registros de contacto relacionados con Epstein o su entorno. La divulgación ha forzado renuncias de funcionarios de alto nivel fuera de Estados Unidos, como el asesor de seguridad de Eslovaquia, Miroslav Lajčák, cuyas comunicaciones con Epstein incluyen conversaciones sobre proyectos geopolíticos. Recientemente, se produjo el arresto del ex príncipe Andrés, de Gran Bretaña. Se le investiga por filtrar información privilegiada a Epstein, quien le proporcionaba al ex príncipe Andrés mujeres jóvenes como favores sexuales en pago por esas informaciones.
En Estados Unidos, la existencia de correos que mencionan a expresidentes o a figuras como Donald Trump ha reavivado debates sobre su relación con Epstein, aunque no implican cargos formales hasta ahora.
La persistente negativa del Estado estadounidense a avanzar seriamente sobre las redes —más allá de filtraciones controladas y publicaciones dosificadas— confirma que no hay voluntad de depuración, porque lo que está comprometido no es un individuo, sino una fracción entera de la clase dominante.
Los abusos están comprobados judicialmente. Epstein fue condenado en 2008 en Florida por delitos sexuales contra menores, en un proceso amañado que resultó en una pena leniente y condiciones de detención privilegiadas. Años más tarde, frente a nuevas investigaciones federales y a la acumulación de testimonios de víctimas, fue detenido nuevamente en 2019. Murió en prisión —presentada oficialmente como suicidio— antes de enfrentar un juicio y delatar los detalles de la trama de protección sistémica que lo sostuvo.
El autor es periodista.



