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De Paula de Eguiluz

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Especial para en Rojo

 

En el siglo XVII, el Caribe español estaba lleno de mujeres que sabían curar. Algunas mezclaban hierbas; otras recitaban oraciones aprendidas de sus ancestros africanos; y muchas hacían ambas cosas. Entre ellas se destacó Paula de Eguiluz, una mujer negra nacida bajo el sistema de esclavización español, que terminó registrada en los archivos de la Inquisición. Allí su historia quedó documentada en un expediente judicial que hoy permite reconstruir una vida marcada por el desplazamiento y la sospecha.

En Puerto Rico, marzo conmemora el Mes de la Mujer Trabajadora. Este tipo de celebración siempre corre el riesgo de nombrar sin profundizar y de conmemorar sin incomodar. El caso de Paula es una invitación a rastrear una historia larga, discontinua y sin fecha de cierre, que empieza en el momento mismo de la conquista y colonización del Caribe y que no ha terminado.

Paula nació en Santo Domingo, fue trasladada a Puerto Rico, donde pasó parte de su juventud antes de ser vendida y enviada a Cuba para servir a Juan de Eguiluz, quien le impuso su apellido. En Cuba surgieron las primeras acusaciones. En los testimonios recopilados por los inquisidores se le acusa de realizar hechizos de amor, vender conjuros para amantes perdidos y de pactar con el diablo la muerte de un niño. Algunos incluso afirmaban que podía transformarse en cabra.

En 1624 fue trasladada a Cartagena de Indias para enfrentar el tribunal del Santo Oficio. Durante ocho meses permaneció recluida en las celdas de la Inquisición. Allí fue interrogada para que confesara sus crímenes. Fue declarada culpable de brujería. La sentenciaron a doscientos azotes, dos años de penitencia trabajando en el hospital de San Sebastián y al destierro perpetuo de Cuba. Obtuvo su libertad en 1630, pero volvió a ser denunciada y enfrentó nuevos procesos de fe. Los expedientes registran el peligro de sus “hechizos”: mezclas de naranjas, frijoles, agua bendita y hierbas recolectadas a las afueras de las murallas de Cartagena. La Inquisición catalogaba como brujería lo que era, en muchos casos, la supervivencia de saberes africanos que habían cruzado el Atlántico en los barcos de la trata.

Aun así, Paula nunca dejó de ejercer como curandera. Mientras cumplía su condena en prisión seguía atendiendo a personas que acudían a buscar remedios para enfermedades físicas y males del corazón. Para mediados del siglo XVII se decía que había curado a cientos de cartageneros, incluyendo a miembros de la elite. En una escena que parece sacada de una novela barroca, Paula fue llamada para tratar al obispo de la ciudad, Cristóbal Pérez Lazarraga. Así, la mujer negra acusada de brujería y encarcelada por el Santo Oficio, terminó ejerciendo poder simbólico sobre las mismas autoridades que la habían condenado.

La historiadora Silvia Federici sostiene que las persecuciones de brujas en Europa no fueron episodios aislados de superstición, sino parte de un proceso vinculado al surgimiento del capitalismo y al control de los cuerpos femeninos. En ese proceso, las mujeres que poseían conocimientos sobre medicina, reproducción o sexualidad se convirtieron en objetos de persecución. El caso de Paula encaja perfectamente en este marco. En Cartagena, la mayoría de los acusados de brujería eran negros. Paula no era una anomalía en este entramado, más bien era el centro de una red de prácticas y saberes criminalizados.

Los expedientes inquisitoriales mencionan la figura de las madrinas, curanderas experimentadas que enseñaban sus prácticas a otras mujeres. La misma Paula fue señalada como madrina de otras acusadas. Estas redes funcionaban como espacios de aprendizaje y solidaridad, pero también se convertían en trampas cuando los inquisidores obligaban a los acusados a denunciar a otros participantes. Por ejemplo, Paula fue acusada por el curandero Diego López, quien la describió como la líder de todas las “brujas” de Cartagena. Ella respondió llamándolo enemigo mendaz. Los documentos dejan entrever una ciudad llena de alianzas, celos, amistades y disputas donde la línea entre curación y hechicería dependía más de la política colonial que de la práctica médica.

Cuatro siglos después, la historia de Paula sigue resonando porque revela algo fundamental sobre el Caribe, que su pasado está hecho de entrelazamientos. Personas esclavizadas, plantas medicinales, creencias religiosas, ciudades amuralladas y tribunales inquisitoriales formaban parte de un mismo tejido social. Paula fue a la vez esclava, sanadora, prisionera, consejera espiritual y mujer temida. Su identidad se articula a partir de esas tensiones y es esa densidad la que vuelve su caso incómodo para cualquier celebración que requiera símbolos sencillos.

Su historia no encaja con la efeméride. No es un relato del triunfo limpio ni de la victimización pasiva. Es el registro, conservado paradójicamente por la institución que quería silenciarla, de una mujer negra que curó, negoció, resistió y sobrevivió. Su figura no es un gesto conmemorativo, más bien un recordatorio de que las luchas no tienen calendario.

 

 

 

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