Este sábado habrán pasado tres semanas desde que Estados Unidos e Israel iniciaron bombardeos letales sobre el territorio de Irán, en una guerra improvisada y no declarada que sabíamos sería devastadora no solo para Irán y el resto de la región del Medio Oriente sino, sobre todo, para los sectores más vulnerables de las poblaciones en dichos países, y con ramificaciones para el mundo entero. De lo que no se habla porque está censurado es de los golpes fuertes que está recibiendo Israel. Los misiles iraníes llueven sobre edificios de gobierno y comerciales del centro de Tel Aviv, y sobre puertos, aeropuertos, y otras instalaciones críticas en dicho país, haciendo sonar las alarmas que encienden el pánico de la población.
Tres semanas después, la guerra sigue imparable y, además de lo que se ve y se escucha través de los medios de prensa, redes sociales y otras vías alternas, sus efectos más punzantes empiezan a sentirse en la vida diaria de millones de personas en dicha región del mundo. A pesar de la brutal ofensiva de Estados Unidos e Israel, Irán resiste y persiste, y la propia Directora de la Oficina de Inteligencia del gobierno de Donald Trump admitió, en una comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos que, a pesar de las muertes del Líder Supremo y otras importantes figuras del gobierno de Irán, la estructura de mando del gobierno y la milicia permanecen intactas, asi como también las principales instituciones de la sociedad iraní. También se han ignorado los llamados al levantamiento civil entre una población que está sufriendo en carne propia los efectos de las bombas que les lanzan los que dicen ser sus aliados y «libertadores».
Mientras tanto, en Abu Dhabi, Dubai, Qatar, y otras partes del Golfo, están cerrados los aeropuertos, detenida la aviación civil con interrupciones del tráfico aéreo, hay ataques a las plantas de agua desalinizada (críticas para la población) e interrupción de negocios y de la vida cotidiana de sus poblaciones.
Una grave crisis energética se avizora para la región con ramificaciones para el mundo entero. El precio del petróleo y el gas natural se han disparado. Estas dos fuentes críticas de combustible que mueven al mundo están a tope, e increíblemente, los «genios» políticos y militares tras esta guerra, no previeron que Irán podría ( como, en efecto, hizo) tomar control del Estrecho de Hormuz. Esta faja marítima fundamental para el comercio de combustible en la región del Medio Oriente está cerrada y controlada por Irán, y solo los tanqueros autorizados por dicho país pueden mover su combustible a través del estrecho. Entre los desautorizados están, por supuesto, Estados Unidos e Israel, y también los países árabes del Golfo y algunos países de Europa.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que no consultó siquiera al Congreso de su país para iniciar esta guerra, ahora pretende que los países del Golfo y Europa desafíen a Irán y arriesguen sus fuerzas navales en la protección de tanqueros a través del Estrecho de Hormuz. Sin excepción, todos se han negado. «Esta guerra no nos pertenece» dijo un airado Canciller de Alemania (derechista, pero no tonto), frase que repitieron a coro, uno tras otro, los gobernantes de Europa: Francia, Italia y Gran Bretaña, entre otros. La convocatoria de Trump tampoco ha resonado entre sus «aliados» árabes, ni Saudíes, ni Emiratos, ni Kuwait ni ninguno otro de los vecinos de Irán que tienen sus manos llenas tratando de proteger sus territorios y considerables recursos de los misiles iraníes que llueven sobre ellos en represalia por la presencia de bases militares de Estados Unidos en sus países. En este momento, los príncipes, emires y jeques de los estados árabes no parecen inclinados a una confrontación directa con Irán.
Mientras tanto, escondido del ojo público se encuentra el jefe del estado forajido de Israel, el arquitecto de genocidios, el motor tras la decapitación de gobiernos, el propulsor de masacres y masivos desplazamientos humanos. Benjamin Netanyahu, el criminal de guerra, el zelote del Gran Israel que está dispuesto a arrastrar la humanidad a una Tercera Guerra Mundial con tal de perseguir su obsesión de dominio del Medio Oriente.
Así transcurre el más reciente capítulo en la guerra que se ve, se siente y se disemina a través de todo el Medio Oriente. La misma guerra que provocó la catástrofe palestina de 1948, el genocidio de hoy en Gaza y Cisjordania, y culmina con esta campaña insensata de bombardeos de Israel y Estados Unidos sobre Irán y El Líbano. Es la misma guerra sostenida por décadas con largos y dolorosos capítulos en Afganistán, Kuwait, Iraq, Libia, Siria y Yemen, entre otros lugares de la región.
Ni Donald Trump ni nadie de su gobierno sabe hacia dónde se dirigen con esta aventura bélica. Se notan la improvisación y falta de estrategia certera. En otros momentos, otros presidentes de Estados Unidos, Republicanos y Demócratas, también marcharon a ciegas en los conflictos del Medio Oriente. El resultado ha sido el caos, la destrucción de los países, el desplome social y un odio visceral entre Israel y sus vecinos para el cual no se ha encontrado una solución viable y justa. Afirmar que el estado de Israel- cuya historia empezó hace 77 años- tiene derecho a existir mientras se ignora y desprecia la existencia de una civilización milenaria como la de Irán, no abona a la búsqueda de diálogo y entendimiento entre las partes. Tampoco es una buena estrategia depender únicamente de la superioridad económica y militar para intentar imponerse por pura fuerza. Si algo nos enseña la experiencia es que las ruedas de la historia giran, y que en ese girar, entre alzas y bajas, es como mejor se pueden dirimir las diferencias, sobre todo diferencias tan profundas como las que están en juego en este conflicto.



