Un cuento y un poema que no desentonan

 

Especial para En Rojo

 

La guillotina

Al principio todas las personas tenían el mismo tamaño de manos y de pies.  Se saludaban, se despedían, intercambiaban alimentos, medían los objetos usando sus dedos y las distancias con sus pies. Entonces, en el grupo, surgió una idea, y se dieron cuenta de que tenían cabeza.

Compartían todavía, pero dejaron de saludar y despedirse. Aparecieron individuos que sólo miraban sus pies y manos con las cuales palparon sus cabezas. Como no la podían ver, se hacían de ilusiones hasta el punto en que se enamoraron de esa extremidad redonda. Tomando decisiones y burlándose decían: ¡cabezadura! ¡no tiene ni pies ni cabeza! ¡cabeza hueca! ¡cabizbajo!, lo que les causaba un gran dolor de cabeza.

Decidieron dividirse entre quienes ordenaban y quienes seguían instrucciones.  A consecuencia de lo anterior, los cabezas grandes desarrollaron pies y manos pequeñas, y bocas grandes para imponer sus grandes ideas. No querían compartir por igual. Los pies grandes usaban sus pies para ir y venir de los trabajos que los cabezas grandes habían inventado, y las manos grandes, para cargarle las cajas de sombreros enormes que requerían los cabezones. Los manos grandes, por su parte, evolucionaron un corazón con el que sentían amor y temor y tristeza y toda suerte de sentimientos que cargaban en su pecho.  A los cabezones, bocones, de manos y pies pequeños se les empequeñecieron las orejas y no escuchaban a los de enormes corazones, de manos y pies grandes.
Rara vez se dieron la mano.

Hablaron de justicia y de injusticia; de «yo me gano mi vida con mis manos y mis pies y mi gran corazón, y tengo ojos para ver las grandes distancias que nos separan y que yo tengo que caminar». A lo cual los bocones, cabezones, de pies y manos pequeñas (que ya habían dejado de ver porque con ellas se tapaban los oídos) contestaban que ellos se ganaban la vida quemándose sus pestañas.
Por motivos de brevedad, y porque como el tiempo es oro y no tenemos mucho de ninguno, recordemos aquí a quienes han pertenecido las cabezas que cayeron (algunas por su propio peso) que a lo largo de la historia han rodado y siguen por ahí dándole vuelta a algunos malos pensamientos.

Epílogo
Al final, sólo se salvaron quienes tenían la cabeza en las nubes, las manos generosas, los pies en la tierra y el corazón en su sitio.

 

El poema del búho

Silencio

gira su cabeza el búho

vuelan sus ojos
redondos como su trino
adonde el sonido nace
adonde el sonido morirá

depredador
saborea su presa de antemano

su vuelo es silencioso

mientras tú recuerdas
las magdalenas de proust
el búho desgarra la noche
picotea migajas
consumió los huevos indispensables
mencionados en las recetas
que pasan de mano en mano
de boca en boca

como los libros censurados
hacen nido en la fogata

 

De Un silencio incómodo (en proceso)

 

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