Nacionalistas: la independencia como distopía en Luis Abella Blanco y Wenzell Brown

 

En la novela de Luis Abella Blanco, una de las claves para entender la oposición entre nacionalistas y socialistas amarillos en la década de 1930 fue la decisión del Gobierno de la República de Puerto Rico de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Como se sabe, históricamente los nacionalistas pedirían un trato similar para el Pres. Franklin D. Roosevelt en su visita a Puerto Rico en 1934, recomendación que provocó divisiones en el seno de partido. La imagen fetichizada de Monasterio Patín como el “Lenine (sic) de las Islas del Mar Caribe” (49), un tanto exagerada, ratificaba el respeto que los obreristas puertorriqueños sentían por la figura legendaria y contradictoria del viejo Gallego.

La tensión entre nacionalistas y socialistas amarillos estaba alimentada, como se sabe, por las preferencias de estatus y no por diferendos en cuanto a la valoración ética de la clase obrera. Tampoco diferían en cuanto a la necesidad de solidarizarse con ella y atraerla a sus causas electorales o no. Una situación análoga ocurrió con las mujeres cuando el sufragio femenino fue aprobado, primero condicionado a que fueran alfabetas y luego prescindiendo del requisito. Las diferencias eran discursivas y culturales. Durante las elecciones de 1932, únicas en las que el Partido Nacionalista participó, la competencia por atraer el voto de la mujer y los obreros fue significativa.[1] La Coalición Puertorriqueña y el Partido Socialista fueron más convincentes que los nacionalistas en ambos casos por consideraciones que no puedo discutir en este momento.

La pregunta que me hago es si un Partido Socialista de programa independentista, como el que emergió en la ciudad de Mayagüez con el nombre de Afirmación Socialista en 1934, hubiese sido tolerado como por el Partido Nacionalista[2]. Dado el hecho de que numerosos socialistas rojos y comunistas colaboraron con el Partido Nacionalista a lo largo de la década  de 1930, durante la experiencia carcelaria en Atlanta hasta 1943 e incluso después de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece inapropiado.[3] La vinculación del nacionalismo y los comunistas no pareció ser un problema hasta el 1938, según el juicio de uno de los comentaristas de las interioridades de la organización el Lcdo. José Monserrate Toro Nazario en su poco conocida y polémica “Carta a Irma”[4]. Se trata de un problema poco explorado en la historia política del nacionalismo cuyo estudio podría ayudar a dejar atrás una explicación maniquea y tendenciosa que sugiere que el nacionalismo fue una organización monolíticamente anticomunista y fascista cuando en efecto no fue así.

Otra pregunta que habría que responder es la siguiente. ¿Hubiese aceptado colaborar el Partido Socialista con un nacionalismo más abierto al socialismo y menos comprometido con el corporativismo cristiano? El asunto es más difícil de responder en este caso. La intolerancia al independentismo expresada por de las facciones estadoístas a fines de la década del 1930 se había profundizado por dos consideraciones: la ofensiva nacionalista iniciada en 1934 y el ascenso del populismo independentista en el seno del Partido Liberal Puertorriqueño desde 1936. Albizu Campos y Muñoz Marín provocaban mucho encono en los sectores estadoístas más tradicionales para quienes la cuestión del futuro estatus de Puerto Rico eran fundamental.

Albozo del Campo y su proyecto revolucionario

El personaje de Pedro Albozo del Campo inventado por Abella Blanco, un estratega militar experto, no dejaba de ser historiográficamente preciso. Albizu Campos fue Teniente Segundo del Ejército de Estados Unidos durante la Gran Guerra y leía ávidamente manuales de táctica. En la novela, el Ejército Libertador encabezado por Albozo del Campo, aprovechó el día de paga de la industria cañera, un sábado 4 de febrero[5], para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas: San Juan, Humacao, Guayama, Ponce, Mayagüez, Aguadilla y Arecibo (31-32). La organización distrital de la insurrección serviría para resarcir el fracaso de Lares en 1868, uno de los objetos de culto centrales al nacionalismo durante la década del 1930.

El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal compuesto por 7 brigadas de sugerentes nombres que sumaban 100,000 efectivos (35-36), permitió que el 8 de febrero de 1932, se asegurase la independencia. En la nominación de las brigadas me parece detectar, asunto que habrá que revisar en otro momento, reminiscencias del lenguaje revolucionario de la revuelta social de 1887 y del lenguaje militar de las Fuerzas Armadas españolas del 1898 salpicadas por un sabroso trasfondo criollo popular. A Albozo del Campo no se le podía acusar de “capitán araña” dado que encabezaba como General en Jefe a los “Cazadores del Vigía” estacionados en Ponce. La Cuarta brigada era la de Mayagüez, ciudad en la que existía una de las juntas más agresivas y fieles a Albizu Campos. Abella Blanco la nominó “Los pistoleros de la sultana” y estaba encabezada por el Brigadier Manuel Mendoza Ballesteros personaje figurado sobre la base del dramaturgo y novelista de Aguadilla. Los paralelos entre los combates revolucionarios con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984) alrededor del 1898 no deben ser pasados por alto: la ucronía y la historia alterna son recursos comunes en ambos autores.

Una media independencia

La Independencia no produjo el efecto deseado. La ficción no difiere de la de “El cuento de Juan Petaca” de Brau Asencio. Se trata de dos autores pesimistas con respecto a las posibilidades y políticas de Puerto Rico para la libertad. El triunfo bélico fue sucedido por una verdadera borrachera de la libertad que frenó el despegue de una economía nacional sana. El resultado de la independencia fue contradictorio pero el giro no debe sorprender a ningún observador de los procesos de liberación de los pueblos hispanos y caribeños. Durante el siglo 19, fundamento retórico e ideológico de la cultura política de Abella Blanco, la relación colonial abrió paso a la relación neocolonial o “media independencia”, si uso el concepto acuñado por Ramón E. Betances a fines del siglo 19[6]. En consecuencia, los lazos de dependencia de Puerto Rico con respecto a Estados Unidos, en lugar de romperse, se estrecharon. La clave de la parodia era esa paradoja trágica que presumía en el independentismo un proyecto inocente, idealista y carente de pragmatismo que imaginaba en la libertad una panacea y en la independencia una la Piedra Filosofal. Mis observaciones me dicen que las perspectivas de los estadoístas eran igualmente ingenuas. La candidez parece haber sido un componente inseparable de la militancia en estos dos extremos políticos, siempre rechazados por el Congreso, en nuestro país.

Las nuevas circunstancias desmantelaron la candidez. Albozo del Campo, tolerante en principio con la nueva República Feliz de las Tres B’s, un Piripao Tropical, se vería precisado por las circunstancias a imponer la ley y el orden con mano dura. Al reconocer que el Pueblo no estaba preparado para la Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, estableció una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y asegurar el desembolso de un préstamo de 10 millones de dólares con los que esperaba sanear la economía nacional (72-75). El autoritarismo se tradujo en la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque”, Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco había conseguido su meta: delatar la ingenuidad de las posturas políticas, minar el proyecto nacionalista y ridiculizar el culto a Albizu Campos. Sus argumentos no representaban una novedad. Albizu Campos fue capaz de despertar todo el amor y todo el odio de sus coetáneos. En ese poder de conmocionar radicaba buena parte de su grandeza.

En la frontera de la dictadura, Pedro Albozo del Campo recapacita en torno a su obra política. El punto de giro es el arribo de los 10 millones del empréstito americano el 4 de mayo de 1934 (95). El entramado estaba lleno de contradicciones: la salvación de la nación representaba a la vez su condena.  Los observadores estaban muy conscientes de que Puerto Rico terminaría “convertido en un tributario de Estados Unidos” (95) o, como quien dice, que la independencia ratificará la dependencia o la “media independencia” criticada por Betances. El patético oxímoron político de la independencia/dependiente puede ser interpretado como otra “teratología jurídica” o un borrador muy tenue del neocolonialismo más vulgar.

Abella Blanco argumentaba en torno al asunto mediante un complejo discurso médico insertado en el texto. El Puerto Rico libre era más pobre, menos sano y seguro que el Puerto Rico colonial (96-103). La paradoja no deja de ser ilustrativa de las posturas de los estadoístas de todos los tiempos: la independencia ponía en fuga el proceso de modernización material que había iniciado el 1898. El pragmatismo de Abella Blanco se imponía. ¿Qué era más importante en todo caso? ¿La modernización o la libertad? ¿Cuál era el lugar de Puerto Rico en el Gran Relato Moderno? ¿Estaba excluido del mismo como Hegel y Marx aseguraban estaban los pueblos no europeos? Nadie lo sabe.

Puerto Rico libre se convirtió en un espacio apropiado para conspiraciones financieras: el National City Bank, competidor del Banco Nacional Puertorriqueño, acaparaba capitales y conspiraba contra la República (104). Para ello había establecido una alianza con un poderoso partido anexionista que crecía en los intersticios de la sociedad y confiaba en animar una intervención estadounidense en el territorio (105). Las analogías con la actitud de los separatistas anexionistas que encabezaron la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano antes de 1898 son visibles. El pasado imaginado no era otra cosa que el borrador del falso futuro inventado por Abella Blanco. La pregunta que me hago es ¿qué resulta más distópico: el pasado o el futuro imaginados? Ambas narraciones resultan atrofiantes y deformadas.

El homenaje más significativo que hace este autor socialista amarillo a Albozo del Campo y al Albizu Campos real, es el reconocimiento de una racionalidad política que lo conduce, en privado, a reconocer su error y su responsabilidad en el desastre en que ha culminado el sueño de la libertad. La moralidad se impone en el caudillo. La frase que sintetiza su arrepentimiento es muy interesante: “no es lo mismo decir misa que tocar campanas ¿Hasta dónde me ha llevado mi locura?” (106) El prócer acepta su condición de iluso demente, diagnóstico utilizado tanto por Buró Federal de Investigaciones (FBI) en los procesos de 1936[7], como por las autoridades populares durante los del 1950, con el fin de minar la imagen del líder rebelde.

La reflexión histórico-mística de Albozo del Campo culmina cuando escucha una décima callejera cantada por un ciego que guarda gran parecido físico con el periodista fusilado Atila Garcés (112). En aquel preciso momento el prócer se suicida con un tiro en la cabeza en su oficina presidencial:  es el 10 de diciembre de 1934 (113). Aquel acto, una aporía para cualquier nacionalista de corazón, no había sido un acto de debilidad suprema sino uno de sumo amor y rectificación. Albozo del Campo comete un pecado capital como expresión de amor a la nación o, como quien dice, para liberar a Puerto Rico de su presencia.

El cierre de la novela no deja de ser grotesco y hasta irrisorio. Sin el caudillo, la República no sobrevive: nadie es capaz de suceder a Albozo del Campo. ¿Tuvo acaso sucesores Albizu Campos en el Partido Nacionalista después de su encarcelamiento en 1936?  La respuesta es que no, cada sucesor terminó siendo la sombra de aquel titán. Todo parece indicar que, por su energía, ese tipo de caudillo iluminado autoritario ejercía una fuerza castrante sobre su militancia y estimulaba la sumisión. Ni siquiera el fiel Marcelo Gotary alias Luchía, su Jefe de Policía, se sentía en posición de cuestionar las decisiones del líder. Aquel Cristo Antillano no consiguió otro Pedro que fungiera de Pontífice Romano y fuese capaz de tomar el batón de la causa. Tal vez por ello Gotary también se suicida en el primer aniversario de la muerte del Señor Presidente. En la lápida de Albozo del Campo obrará como homenaje una reescritura prosificada del poema a “Bolívar” de Lloréns Torres. Allí donde abre el libro termina el mismo con una interesante paradoja. La nota de fracaso es total.

Por fin, el 22 de diciembre de 1934 la Isla es invadida por la Marina de Guerra de Estados Unidos por la bahía de San Juan. Una puesta al día del 1898 se impone con otro breve Régimen Militar que en este caso culmina en la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (115-116). El pretexto del ELA no es otro que el Proyecto Phillip Campbell de 1922, antecesor directo del plan de Miguel Guerra Mondragón de 1943. La idea de Abella Blanco era que el ELA, mataba el ideal independentista, lo subsumía y lo devastaba (115). El ELA no era otra cosa que un tipo peculiar de Estado Incorporado a la Unión, como el que todavía buscan en sus pesadillas lo populares moderados en el presente. Pero, desde un punto de vista histórico, se trataba de un estatus correctivo justificado por el error y el ilusionismo de los nacionalistas, esclavos de la imagen del jefe impecable e impoluto capaz de parir la libertad. Esa teoría del ELA como placebo de la libertad resulta fascinante:  Abella Blanco dio en el clavo.

La lectura de este texto informa con precisión el contenido de una imagen perdida de Albizu Campos que el nacionalismo político, cultural y académico ha emborronado. Pero la apropiación de un mito de esa naturaleza tiene que estar informada críticamente para que fructifique. Para el que conoce las diatribas vertidas por José Pérez Moris contra Betances en 1872 a raíz de la Insurrección de Lares ¿Qué significa la parodia cínica y el insulto del español contra el caborrojeño? Lo mismo podría preguntarse respecto a la invectiva que lanzó contra Segundo Ruiz o José Paradís, los organizadores de Hormigueros y Cabo Rojo. [8] Del mismo modo, para el que conoce la intimidad de la correspondencia de José Celso Barbosa y sus insultos al  gobernador Arthur Yager o el liderato unionista  ¿pierde o gana algo esa figura cuando se le apropia en medio de las pequeñeces y las vulgaridades que fraguaba en privacidad de la oficina o el hogar?[9] Me temo que lo que estas figuras pudieran perder en moralidad lo ganarían en humanidad. Y a mí la humanidad vital me agrada más que cualquier ficción historiográfica que conduzca a un culto ciego.

Otras crueldades textuales: las notas ponceñas de Wenzell Brown

Abella Blanco no fue un caso aislado. Wenzell Brown (1945) avanzó unas observaciones análogas cuando ya el mito de Albizu Campos había madurado y el abogado recuperaba la salud en Nueva York tras su prisión en Atlanta.[10]  Brown (1911-1981) había estudiado en Nueva York, Londres y Dinamarca, fue maestro en China y en Puerto Rico en la década de 1930 y profesor en la Universidad de Lingnan, Hong Kong, en la de 1940. Estuvo prisionero en el Stanley Internet Camp de los japoneses y fue repatriado en junio de 1942. Fue un escritor de pulp fiction, misteries o true crime -literatura de consumo- y ganó prestigio en la década de 1950 durante los peores momentos de la Guerra Fría. Se hizo famoso por sus trabajos en el subgénero juvenil delinquency (JD) que tanto atrajo a la generación moderada de la segunda posguerra y publicó una novela de sci-fi en 1975. Brown era un cuáquero activo, es decir, un cristiano avivado de tendencias pacifistas y fundamentalistas.

Dynamite… es una non fiction novel -novela testimonio crónica- que se mueve entre el periodismo y la historia. El hecho de que Brown documentara aquella obra con los archivos del juicio político de 1936 demuestra que se trata de una narración híbrida inteligentemente elaborada. La narración se desarrollaba en el Ponce en la década de 1930 pero fue redactada en la del 1940. Esta fue su obra más difundida con 11 ediciones todas de 1945, fin de la segunda guerra y preámbulo de la guerra fría. El desprecio hacia los puertorriqueños, Albizu Campos y el nacionalismo dominaban la retórica de la obra. Los capítulos referidos son un buen modelo de lo que llevo dicho.

El capítulo 4 es una crónica de su experiencia como maestro en la escuela Juan Morel Campos de Ponce. El texto combinaba la experiencia del autor en la escritura de juvenil delinquency (JD) con procedimientos literarios naturalistas extremos. El tono despreciativo, la devaluación y caricaturización de los personajes -los estudiantes, la directora escolar, o los ciudadanos que pululaban por la calle- dejaban en el lector una imagen grotesca del ponceño. La crítica a la condición de las escuelas (30-31)[11], al ambiente antipedagógico (33) y a la sumisión de las autoridades escolares a un conjunto de estudiantes irracionales y agresivos (42-43) generaba un efecto patético. Los personajes de Carmelo, Matilda, Wilfredo, Elba, Alfredo (32-34), Rosaura, Rigoberto (36-37), Jesús Jiménez (39 ss) reflejaban el decadentismo de una sociedad violenta, enferma, torpe, subdesarrollada que odiaba el orden “americano” impuesto desde 1898. Carmelo y el abuelo de Jaime, son mapriolos o putañeros; explotadores de mujeres (34-35) mientras Ladislao es un manipulador (36 ss), Víctor un pandillero consentido por el poder (42-43) y Digna, paradójicamente, una puta callejera (41 ss).

La impresión en torno al puertorriqueño común resulta la mejor embocadura para la que le genera Albizu Campos y los nacionalistas. El capítulo 7 de la obra de Brown es un relato-crónica sesgado en torno al Partido Nacionalista y su figura central Albizu Campos entre 1930 y 1936. La elección del escenario para la trama, Ponce, es adecuada para ello. Ya se sabe cómo imagina a las juventudes escolares de la Ciudad Señorial.  El líder nacionalista es construido como todo un personaje de pulp fiction, el padrino mafioso, y el partido como una entidad más del crimen organizado que, por su causa, desprecia la vida. La crítica agresiva a Albizu Campos y el reclamo nacionalista es reducida por el autor a un acto irracional y de odio (71) de fuerte contenido racista (71, 75).

La argumentación de Brown reitera las conclusiones del perfil que el FBI había producido de la figura en 1936 en el contexto de los procesos políticos de aquella fecha. El novelista, por otra parte, insistió en vincular la praxis y la teoría nacionalista con el fascismo y el nazismo (80) y se empeñó en catalogarlo como un movimiento conservador, o sea, anti liberal y opuesto a cualquier forma de democracia (71). Las luchas nacionalistas tomaron en la narración de Brown un carácter genocida que confrontaba a unos puertorriqueños contra otros (70). El racismo de Brown, quien conocía y despreciaba la realidad social haitiana era notable al afirmar que Albizu campos aspiraba establecer una “dictadura negra” en la isla por medio de su “Ejército de Liberación” (70). Coincidiendo con el perfil del FBI, insistía en que el “resentimiento” con su condición de negros los anima a rebelarse (75). Brown no deja pieza sin comentar: toca la masacre de Río Piedras (81), el atentado contra Elisha F. Riggs por Hiram Rosado y Elías Beauchamp (72-75), el escándalo de Cornelius P. Rhoads y Luis Baldoni (77-79), los arrestos de 1936 y los dos juicios federales (82-84) que condenaron al liderato nacionalista. Su agresiva caricaturización evaluaba a Albizu Campos como el antecedente de dos figuras que habría que calibrar con más cuidado: Gilberto Concepción de Gracia y Luis Muñoz Marín (84).

Una conclusión que espera nuevas miradas

La República de Puerto Rico de Luis Abella Blanco es una novela que ofrece pistas sobre la imagen del nacionalismo político y Albizu Campos mediante la voz narrativa de un socialista amarillo. Abella Blanco militaba en el Partido Socialista, fundado en 1915, organización que no tenía el asunto del estatus en su agenda o programa político. Aquel partido evolucionó hasta convertirse en un proyecto estadoísta que estrechó relaciones organizativas con el Partido Republicano Puertorriqueño y sus herederos hasta 1960. El contencioso del nacionalismo con el socialismo debe interpretarse a la luz de esa contradicción. Lo cierto es que desde 1934, el Partido Nacionalista se había hundido en una crisis que parecía no tener solución. Un resorte fue el choque cada vez más visible entre los Cadetes de la República y la Policía Insular quienes mantenían una virtual guerra civil al margen de la nación. El otro fueron los cuestionamientos a la táctica de “Acción inmediata” que Albizu Campos introdujo en el 1930 desde la presidencia.

La narración de Abella Blanco se insertó en la tradición de la sátira política panfletaria.  Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932, es el personaje central. La República era una anomalía: una República con el Protectorado de Estados Unidos, como la soñó De Diego. El “protectorado” era utilizado por el gobierno de la nación para succionar fondos estadounidenses para proyectos cuestionables. La novela informa sobre una imagen de Albizu Campos que se ha ido emborronando tras la leyenda de “El Maestro”. Su lectura, permite establecer un balance sobre la percepción contradictoria del líder político en su tiempo y manifiesta con claridad los argumentos de sus adversarios: la insistencia en su vesania o enajenación no deja de llamar la atención. Su lectura ratifica que Albizu Campos tenía enemigos a la derecha, en el centro y a la izquierda y que su adversario no fue solo el yanqui. La invitación a la lectura está planteada.

[1] Véase Pedro Albizu Campos (1930) “Feminismo y la independencia de la patria” en J. Benjamín Torres (1975) “[Documentos varios sobre las elecciones de 1932. Parte 1]” en Pedro Albizu Campos. Obras escogidas 1923-1936. Tomo I. San Juan: Jelofe. URL: https://documentaliablog.files.wordpress.com/2018/08/pac_elecciones_1932_mayo-junio-1930.pdf
[2] Véase Mario R. Cancel-Sepúlveda (2010) “El Partido Nacionalista, los obreros y Mayagüez (1934)” en Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2010/08/09/partido-nacionalista-obreros-mayaguez-1934/
[3] Véase los apuntes de José Anazagasty Rodríguez en la serie en tres partes “1930: El pensamiento comunista-estadounidense sobre Puerto Rico” publicada en 80 Grados URL: https://www.80grados.net/author/jose-anazagasty-rodriguez/page/2/
[4] Véase José Monserrate Toro Nazario (1939 /2006) «Carta…a Irma Solá» en Colección Puertorriqueña. UPR de Río Piedras. Partido Nacionalista. Documentos. Epigrafía, transcripción y edición a cargo de Rafael Andrés Escribano. URL: https://documentaliablog.files.wordpress.com/2016/05/albizu_carta_irma_escribano.pdf
[5] La fecha ofrece una pista respecto al año de redacción de la novela. En efecto en 1933 el día 4 de febrero fue sábado. Es probable que la novela haya sido redactada después de esa fecha.
[6] Véase Paul Estrade (2017) “El heraldo de la independencia absoluta” en En torno a Betances. Hechos e ideas (San Juan: Callejón): 223-239.
[7] Véase Federal Bureau of Investigations (1936)  “Subject: Pedro Albizu Campos” en FBI-Freedom of Information/Privacy Acts Section: 1-7, 9-13, 15-18, 19-20, 25-27, 29-34, 36-42. URL: https://horomicos.files.wordpress.com/2014/10/cea_1158_hq-105-11898_1_01_29.pdf
[8] Véase José Pérez Moris y Luis Cueto (1872) “José Pérez Moris y Luis Cueto (1872): el separatismo y la Insurrección de Lares” en Puerto Rico entre siglos. URL : https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2011/03/29/jose-perez-moris-la-insurreccion-de-lares/
[9] Refiero al lector a Mario R. Cancel-Sepúlveda (2013) “José Celso Barbosa: un divertimento y un homenaje” en Puerto Rico su transformación en el tiempo URL: https://historiapr.wordpress.com/2013/07/24/jose-celso-barbosa-un-divertimento-y-un-homenaje/

[10] Los capítulos corresponden a Wenzell Brown (1945). “Chapter 4” y “Chapter 7” en Dynamite on our doorstep. Puerto Rican Paradox. New York: Greenberg Publisher. Pág. 30-43 y 69-84. Para una versión en pdf visite Documentalia URL https://documentaliablog.files.wordpress.com/2018/02/1159_brown_dynamite_1947.pdf

[11] Los números entre paréntesis corresponden a la página de la edición de 1945.

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