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Tetilla a la vinagreta (Relato con olor a salitre y risas a destiempo)

Especial para en Rojo

Fue en el 1998, Georges nos apagó el país como si fuera un switch de nevera vieja. Arecibo quedó con la resaca en la calle y la luna metida en los bolsillos de la gente. Sin luz, sin agua y con la cabeza caliente, a mi querido hermano Fernando Marques se le ocurrió la brillantez de siempre: “vamos a figuear”. Le hicieron coro Kelvin, Jose L Lecaroz y un par de locos más; yo me apunté de colado, con equipo prestado, la dignidad propia y cero arpón—como buen extra en la película del desastre.
Salimos por Caza y Pesca hasta el Peñón de Mera. El mar estaba bravo, con esa tos de perro viejo que traen los huracanes: olas altas, corrientes de mal humor. Por si acaso, amarramos botellas de coolant vacías con soga, chalecos salvavidas de pobreza creativa. Entrar fue una ceremonia: la primera ola te bautiza, la segunda te catequiza, la tercera te pregunta si de verdad quieres vivir.

La visibilidad era un recuerdo. El agua enturbiada nos comía los ojos. Íbamos a matar tiempo, no peces. A ratos, asomaban sombras de manta raya y una gata con sueños de tiburón nos cortó el paso por pura disciplina. Yo cargaba una malla: el hermano menor siempre va de principiante. En eso Jose mete un figazo y ensarta un peje puerco—boca chiquita, dientes de tacaño y malicia de esquina. Lo eché a mi saco, que ya era mortaja de nylon.
La pesca fue triste como promesa de político: casi nada. Viramos para la costa con el mar empujándonos de espalda. Y ahí, justo cuando la historia pedía un narrador serio, llega una ola descarriada, me da por debajo, me pega el saco al pecho y el condenado peje puerco, que ya nadaba con rosario, decide celebrar su último acto mordiéndome la fucking tetilla. No aflojó. Yo gritando debajo del agua, Jose señalando y doblado de la risa (debajo del agua), y el peje puñetero masticándome con entusiasmo de primer beso en autocine. Entre su sangre y la mía armamos un Bloody Mary de cantazo, sin celery y con sal de arrecife.
Lo agarré con la mano para despegarlo, regalo incluido: me dejó clavado un cuerno en la palma. Marcador parcial: Peje Puerco 2 – Yo 0.

Salí del agua encabronado, con aspiraciones de Aquaman pero presupuesto de extra de novela. Pecho sangrando, chapaletas puestas, pulmones en huelga, agarré al cabrón con intención pedagógica: “¡Muérete ya, maldito cabrón!”, y lo empecé a meter contra las piedras de la orilla como si fueran tambores. Sonó bonito. Lo que no sonó fue la alarma de sentido común: en la coreografía me trepé, sin saberlo, sobre varios erizos negros, de los gordos, que traspasaron las chapaletas y me firmaron los talones con once puntitos de tinta permanente. Grité de nuevo, esta vez con eco, y terminé dándole al peje puerco contra los erizos, como si quisiera completar la tabla periódica del sufrimiento marino.
En la orilla, al margen de mi ópera bufa, estaban los viejos de Arecibo: pescadores con el mar tatuado en la piel y la concha del caracol resonándoles en la mirada. Fumaban, reían bajito, sabios como el silencio antes del marullo. Uno, sin quitarse el cigarro de la comisura, cantó el pregón que se me clavó más que las espinas:
—“¡Mira pa’ allá el Sea Hunt del barrio Jareales: sin arpón, sin pez y sin pezón!”
Las carcajadas pegaron con la brisa. (Recuerdo pensar que cómo hablaban y reían sin que el cigarrillo se soltara del labio) Yo, cojo del orgullo y de los pies, seguí con mi liturgia de golpes, mientras el peje puerco, ya filosófico, parecía recitar epitafios en burbujas. A Fernando le temblaba la risa y la compasión a la vez; Kelvin me ofrecía ayuda con ese tono que no sabe si vendarte o grabarte; Jose, juez y parte, contaba los puntos como si fueran canastas de torneo. Yo apenas me sostenía, un Cristo de chapaletas atravesado por once Lanzas de San Erizo.
Cuando por fin dejé al enemigo en paz—o a la paz sin enemigo—me senté a sacar espinas con el orgullo entre los dientes. Cada pullazo dolía como si el huracán hubiera decidido quedarse en mis talones. Me fui enterando de mí: de cuánta bobería cabe en un universitario sin luz ni agua; de cómo una malla puede ser trampa de uno mismo; de que la furia pesa, pero el mar siempre pesa más. A veces el océano te enseña cariño a mordiscos y disciplina a punta de erizo.

Los viejos siguieron fumando, como si fueran faros. Uno de ellos me pasó una mirada que era un consejo sin palabras: aprende, nene. Yo asentí con la tetilla ausente y la lección presente. El saldo quedó anotado en mi libreta de carne: pez puerco arriba 2-0, erizos 11-0, dignidad suspendida, risa colectiva aprobada con honores.
Esa noche, sin bombillas y con velas que parecían luciérnagas cansadas, pensé en la metáfora exacta del mar como un maestro que te pasa la mano con lija, la memoria es un puerto y cada cicatriz, un barco varado: yo tenía un muelle nuevo en el pecho y otro en los talones. Y entendí que no hay tragedia sin el chiste que la salva ni comedia sin la sangre que la sostiene. El país seguía a oscuras, pero el cuento ya tenía luz propia, ese bombillito cruel y cariñoso que prenden los viejos pescadores cuando se burlan para bautizarte de verdad.
Estuve cojo un mes. Evité el tema una década. Pero hoy lo cuento porque a veces la vergüenza es sólo sal pegada a la piel: duele al principio, cura después. Y porque todavía, cuando paso por Caza y Pesca y respiro el yodo, me llega, como una ola tardía, la voz de aquel viejo con colmillo de mar:
—“Aquamán, no te apures, que el pez vuelve… la tetilla, no.”

 

Monseñor Ángel Luis Ríos Matos: un obispo con olor a libertad

Foto suministrada por el autor

 

 

Especial para En Rojo

“Para recordar con fe, gratitud y esperanza la gesta de Jayuya en defensa de la libertad y la identidad de Puerto Rico”, así se expresó el obispo de Mayagüez, monseñor Ángel Luis Ríos Matos, con ocasión de la homilía que ofreció en el contexto del 75.º aniversario de la Revolución de Jayuya en 1950. Esto confirma que, en las últimas décadas, la Iglesia católica puertorriqueña ha desempeñado, en el accionar de algunos obispos, un papel clave en la articulación de exigencias y reclamos liberadores en el escenario colonial del archipiélago puertorriqueño.

Haciéndose eco de la praxis sociopolítica del obispo ya fallecido, Antulio Parrilla Bonilla, y de los prelados latinoamericanos que vivieron su fe conforme a la teología de la liberación a lo largo y ancho de América Latina, nuestros obispos han reafirmado de manera sostenida un evangelio cercano a los pobres y un claro reclamo político a favor de la descolonización de Puerto Rico.  El pasado 30 de octubre de 2025, monseñor Ángel Luis Ríos Matos, volvió a presentar un discurso vivificante en torno a la necesidad de cultivar y defender el proceso de autodeterminación de Puerto Rico, sumándose a la lista de los hombres y mujeres de fe que, por medio de su praxis, profetizaron un mundo diferente y justo.

Para este representante de la Iglesia católica —actual vicepresidente de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña—, la conmemoración de Jayuya no debe fundamentarse en expresiones de violencia o resentimiento, sino constituirse como un espacio de oración que fortalezca el compromiso ciudadano a favor de la nación.  Asimismo, en su homilía de alto valor liberador, señaló un elemento muy elocuente cuando afirmó: “La patria nos pide que ayunemos para que se rompan las cadenas de la injusticia y la opresión”.

En su análisis, comparó la situación de Palestina con la de Puerto Rico y demandó para ambas naciones la libertad y la justicia.  En virtud de la dinámica que exhibe la teología de la liberación, este prelado puertorriqueño se inscribe en la corriente de la hermenéutica bíblica para anunciar el carácter liberacionista del evangelio.  Así lo expresó: “La Iglesia nos pide que no seamos parciales y, si se es, debe ser a favor del pobre. Toda la Biblia es una historia de liberación nacional y espiritual, desde el Éxodo hasta los profetas”.

También planteó que la Iglesia católica, en el ámbito internacional, ha respaldado la independencia de los pueblos, por lo que se debe seguir en esa lucha histórica y esta —lejos de constituir una búsqueda de supremacía— debe entenderse como un camino a la consecución de la justicia y fortalecimiento de la identidad puertorriqueña. De ahí que el obispo Ríos Matos apunte lo siguiente: “Servir a Dios es servir a favor de la libertad.  El Grito de Jayuya fue eco del mismo espíritu de la Biblia, que es el deseo genuino por liberar a los pueblos oprimidos”.

De igual manera, en su homilía recordó a don Pedro Albizu Campos y citó algunas de sus frases históricas a tono con la ineludible conexión entre Dios y la patria.  El líder católico dijo en el púlpito acompañado por la monoestrellada: “La patria es valor y sacrificio y quien no ama a su patria no ama a su madre ni tampoco ama a Dios.  Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre, sino contra las huestes infernales del colonialismo”.

Definitivamente, el obispo Ángel Luis Ríos Matos certifica la presencia de una corriente dentro de la Iglesia católica de Puerto Rico que persigue sistemáticamente no solo la emancipación política de Puerto Rico, sino que también la promoción de la justicia y el bienestar colectivo. De esta forma lo sintetizó: “Que Jayuya nos inspire a ser constructores de una libertad que nace de la fe, que busca el bien común, la solidaridad y el servicio”.  Enmarcado en la posición del entonces papa Francisco cuando trató el tema de la liberación de los pueblos, el obispo Ángel Luis Ríos Matos fue más que emblemático al pronunciar sin ningún tipo de ambages la frase: “Viva Puerto Rico Libre”, cristalizando así su discurso plenamente profético.

El autor es maestro, misionero e investigador de la Iglesia.

Frankenstein

 

 

 

Especial para En Rojo

 

Frankenstein, la novela de Mary Shelley, me tocó profundamente cuando la leí en la escuela superior y cuando la releí en la UPR durante la primera mitad de los 90. Pensándola desde este punto en mi vida y sin haberla releído en más de treinta años, creo que recuerdo sus preguntas principales (y espero no equivocarme porque la memoria me traiciona constantemente): ¿Debemos de crear vida? Si la llegáramos a crear, ¿podríamos los humanos ser el modelo a seguir? ¿O nuestras limitaciones mentales, obsesiones y prejuicios terminarían con esa vida y/o con nosotros mismos? La novela en parte trata sobre la soberbia de un mortal que asume el poder de un dios al crear vida y las consecuencias de estos actos. Sin embargo, una vez creada esta vida, la novela adentra en el desarrollo de la conciencia de la criatura en un mundo tan maravilloso como tan destructivo. En mí resuenan más la inocencia de la criatura, el abuso de su padre, el repudio de todos los humanos, la compasión del hombre ciego, su insistencia en encontrar un acompañante (necesidad que su propio padre le niega por el asco que siente Víctor Frankenstein hacia la criatura), su ira destructiva y su encuentro final con el padre moribundo. Aunque la criatura puede llevar el apellido de Frankenstein, prefiero llamarlo de otra manera porque el personaje nunca se nombra a sí mismo y me niego a darle el nombre de su opresor. Además, no quiero relacionar a la criatura o al monstruo con los humanos que lo destruyen. En este artículo, uso la palabra humanidad para referirme a todas las fallas humanas que llevan al monstruo a sus acciones más terribles. Pero mi consideración no es con la obra de Shelley, sino con algunas de las películas inspiradas en la novela. Las películas son independientes al libro y, aunque comparten elementos, estas no son simples ilustraciones de escenas de la novela.

Las tres películas de Frankenstein que establecieron mi gusto por el monstruo (Boris Karloff) fueron Frankenstein (dir. James Whale, EE.UU., 1931), Bride of Frankenstein (dir. James Whale, EE.UU., 1935) y Son of Frankenstein (dir. Rowland V. Lee, EE.UU., 1939). Siempre llevaré presente los detalles bizarros de estas películas que incluyen las pequeñas creaciones del Dr. Pretorius (Ernest Thesiger), entre las que cuentan un diminuto Enrique VIII que no puede controlar su apetito sexual en Bride of Frankenstein, y el Ygor de Bela Lugosi, que me aterraba más que la misma criatura en Son of Frankenstein. De hecho, Ygor es un personaje esencial ya que este responde a la necesidad de compañía que tiene la criatura a través de las tres peliculas y que Henry Frankenstein (no Victor, como en las novelas, actuado por Colin Clive) siempre le negó.

En la primera película de James Whale, Frankenstein (1931), la criatura ahoga sin querer a Maria (Marilyn Harris), una niña que jugaba con flores a la orilla de un río. La niña, el único personaje que no se horroriza con su físico, juega inocentemente con el monstruo tirando unas flores que flotan en el agua. Cuando se terminan las flores, la criatura lanza a la niña al agua, quizás pensando que esta también flotaría. Este es el único momento en la primera película donde la criatura siente una conexión humana. Pero el lente insiste en enfatizar su rol convencionalmente monstruoso. Cuando esta tira a la niña al río, notamos por menos de un segundo la desesperación y la confusión en la expresión de la criatura, pero un corte torpe de edición nos priva de ver el impacto emocional de su acción. Whale, o quizás el editor, o quizás algún productor que insistía en enfatizar el elemento de horror, justifican el terror de los habitantes del pueblo al acortar la demostración emocional del monstruo.

Sin embargo, en Bride of Frankenstein, Whale utiliza la necesidad de compañía de la criatura como el motor principal de la acción. En la secuela, la criatura conoce un ermitaño ciego (O.P. Heggie) que lo invita a sentarse a la mesa. El viejo le da comida, bebida y hasta un cigarro. Inclusive, el ermitaño le enseña a hablar. Pero estas escenas de comunidad concluyen cuando unos cazadores encuentran a la criatura en la casa, la toman como una amenaza y la cabaña del anciano termina en llamas. Su búsqueda frustrada de contacto humano lleva a la criatura a pedirle a Frankenstein la creación de un acompañante. Por esto, el maligno Dr. Pretorius y Henry crean a la novia (Elsa Lanchester). No obstante, cuando la novia reacciona horrorizada al ver a la criatura, el monstruo destroza el laboratorio. Este solo permite a Henry Frankenstein y a su novia, Elizabeth (Valerie Hobson), escapar la destrucción. La criatura salva a su padre cruel y adopta la visión de su propia monstruosidad al inmolarse al final junto al terrible Pretorius y la novia. De esta manera, la corrupción ha sido eliminada del mundo y se reestablece la normalidad.

Por otro lado, la saga continúa en Son of Frankenstein muchos años después de la muerte de Henry Frankenstein. Rowland Lee, que tomó el lugar de Whale como director, retorna al monstruo original quitándole el poder del habla a la criatura y desligándose de los sucesos en Bride of Frankenstein. Inclusive, en esta película, la criatura viste una camisa de piel, deshumanizándolo aún más. En esta segunda secuela, la criatura se alía a su único amigo, Ygor, que fue condenado a la pena de muerte por robar cadáveres para Henry Frankenstein. Por un extraño suceso que nunca se explica claramente, Ygor sobrevive a la horca y es dejado en libertad. Ygor usa a la criatura para vengarse de todos aquellos que lo condenaron. A todo esto, Wolf von Frankenstein (Basil Rathbone) regresa al pueblo porque quiere vivir en las tierras de su familia. Aunque Wolf lucha por desligarse del legado de su padre, Ygor lo convence de que lo ayude a despertar a la criatura del coma en el que ha caído. La inocencia de la criatura persiste en esta tercera película. Esto no solo se ve en cómo Ygor se aprovecha de su ingenuidad, sino en cómo el monstruo trata al hijo de Wolf. El niño habla sobre las visitas nocturnas del gigante que juega con él en su cuarto. Al final de la película, el dolor de la criatura ante la muerte de Ygor refleja su desesperación ante la pérdida de su único amigo. Pero este despliegue de sensibilidad se deshace cuando la criatura amenaza con lanzar al niño a un pozo de azufre hirviendo. De esta manera, la humanidad de la criatura que Whale gradualmente construye en Frankenstein y Bride of Frankenstein, se viene abajo al final de Son of Frankenstein.

El afecto que busca la criatura en Frankenstein y que pierde trágicamente en Bride of Frankenstein lo llevan a su última acción desesperada en Son of Frankenstein. Al final, el monstruo descansa en su baño de azufre, recordándonos la rebelión de Satanás a la tiranía del paraíso en Paradise Lost.

La semana que viene continuaré esta conversación con el Frankenstein de Guillermo del Toro.

 

Kathryn Bigelow: la que logra dirigir grandes producciones a pesar de…

 

 

En Rojo

Como es de esperarse con el gobierno que bordea el fascismo/la oligarquía y que se consume en la paranoia de Donald Trump y su séquito, el hecho de que se haya estrenado un filme sobre la posibilidad de un ataque a los Estados Unidos por sus enemigos o amigos disfrazados y que ellos no sean los triunfadores, el Pentágono ha expresado su desaprobación de A House of Dynamite, el filme + reciente de Kathryn Bigelow que Netflix ha lanzado en su plataforma masiva. Desde 1964 con el clásico de Stanley Kubrick, Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb y Fail Safe (1964) de Sidney Lumet hasta el + reciente Mission Impossible: The Final Reckoning, el tema de si la supuesta seguridad al país y su población se puede asegurar teniendo un armamento tan destructivo que podría despoblar la tierra, es tema de grandes producciones basadas en realidades existentes e imaginarias. Esta vez, Bigelow—conocida por precisamente adentrarse en ese supuesto mundo militar como lo hizo brillantemente en Zero Dark Thirty (2012)—aprovecha tanto la secretividad como la agresividad militar de tantos países para presentar una situación que con gran posibilidad en veinte minutos finalice en una catástrofe.

A House of Dynamite (guionista Noah Oppenheim; cinematógrafo Barry Ackroyd y un impresionante ensemble) es precisamente una alarma de lo que hemos visto a través de los años desde el desarrollo del armamento nuclear para supuestamente defender a las poblaciones que nada tienen que ver con las decisiones de los elegidos o (auto)nombrados a dirigir los países. Desarrollado en tres partes que se complementan y juegan con el tiempo real, todo comienza dentro de una normalidad de personas en camino a sus empleos que, en este caso, son departamentos gubernamentales ligados a la seguridad nacional de los Estados Unidos. Pero en la estación del radar de alerta en el Pacífico se detecta un movimiento sospecho que es informado por la estación en Alaska y sigue por los canales de seguridad del Departamento de Defensa (ahora guerra) hasta el operativo de emergencia de la Casa Blanca (lo que entonces existía antes de la remodelación de Trump). Todxs se dirigen hacia su lugar de empleo con la seguridad de que este es un día tan normal como los anteriores. Al momento en que se detecta un objeto/misil en dirección específicamente a la ciudad de Chicago, todo se pone en estado de alarma, siempre con la seguridad de que su aparato militar y de inteligencia tiene la capacidad de detener cualquier ataque y puede contraatacar por tal violación a entendidos diplomáticos o tras bastidores. Pero, cuando fracasan en detener a ese CBM (Unidentified Intercontinental Ballistic Missile), tienen 20 minutos para decidir cómo y cuándo atacar al originario de esta violación de acuerdos. Es aquí donde comienza la historia humana.

La trama nos da pedazos de vidas desde el presidente—que es casi el último en enterarse porque es el único que puede tomas la decisión final—hasta secretarios, ayudantes, consejeros con detalles de su normalidad y cómo se altera al saberse al fin de lo conocido. Esa humanidad de cada unx es el corazón de este hermoso y aterrorizante filme. ¿Se puede esperar para saber con exactitud de dónde proviene el ataque? Y si se sabe ¿qué hacer? ¿Quién ataca y quién defiende? Al final todo y todxs se destruyen.

Rescate del pasado

Incluyo en este escrito tres filmes anteriores de Bigelow como ejemplo de su amplitud de temas y estilos a través de su carrera fílmica que ha sido escasa (12 largometrajes desde 1981) pero muy bien pensada.

The Weight of  Water de 2000 de Kathryn Bigelow—1era mujer en ganar el Oscar por Mejor Directora y Mejor Película en 2010—también se refiere a libros ya que Jean Janes (Catherine McCormack), la fotógrafa periodista que quiere recrear en fotos el crimen perpetuado en una isla en 1873, está casada con Thomas (Sean Penn), un reconocido poeta que en este momento solo repite sus versos del pasado y bebe sin parar. La historia del siglo 19 y la del 20 parecen entrelazarse para revelar la verdad de hechos escondidos por sus protagonistas.

Detroit de 2017 es un excelente filme que recrea lo sucedido en una noche en el Motel Algiers durante los motines en la calle 12 de esta ciudad, el 25 de julio de 1967. A través de múltiples miradas se recrea lo que cada uno de estos personajes reales estaban haciendo antes que la noche desembocara en el asesinato de dos jóvenes negros, y las golpizas de siete otros hombres negros y dos jóvenes mujeres blancas a manos de la policía. La recreación de los hechos—que fueron publicados en múltiples periódicos, noticieros y testimonios judiciales—se presenta como algo sucedido en el presente pero escondido y distorsionado por el aparato judicial.

 Strange Days (1995)

El filme es una combinación de film noir, tecnología avanzada, mundo underground, violencia desenfrenada, suspenso, romance. Bigelow incorpora muy bien el anonadador mundo de la alta tecnología en manos inexpertas, la música de alto volumen y voces y sonidos disonantes y estridentes, el vestuario como una declaración, el movimiento como un modo de vida. Dentro de este ambiente que parece girar continuamente y nunca detenerse para poder conversar, establecer distancia o intimidad, para evaluar y pensar, se presenta una historia de una sociedad violentada por la ley y el orden del poder establecido, la rebeldía de los que logran acceso a los medios de comunicación masiva, la explotación que se hace a nombre de la amistad, las historias entre hombre y mujer definidas por el sexo o la amistad y pocas o ninguna vez por el amor.

El protagonista, Lenny Nero (Ralph Fiennes) es un expolicía que se cansó de lidiar con la brutalidad dentro de la fuerza policíaca y que ahora se dedica a comprar y vender “experiencias”. Por dinero y muchas veces por amistad, hombres y mujeres esconden un pequeño aparato en su cabeza (debajo del pelo o gorra) y graban todo lo que ven, oyen y sienten cuando asesinan a alguien, escapan de la policía o de otros matones, tienen sexo, se bañan, se masturban, se inyectan, etc. Lenny entonces vende estas grabaciones a personas que quieren experimentar otras sensaciones que nunca podrían hacer en su propia vida. Es un mercado que crece según las personas se aíslan + y + del mundo exterior ya sea por temor a exponer sus vidas a la violencia rampante de los centros urbanos o porque a través de la computadora en la oficina o la casa pueden manejar todos sus asuntos. Lenny tiene a dos mujeres importantes en su vida. Faith (Juliette Lewis) fue su amante por un tiempo, pero se cansó de él y se ha ido a explorar otros círculos + interesantes como el de la música del momento. Pero no importa que esté ausente porque a través de las ‘grabaciones’, Lenny puede revivir cada uno de los momentos + significativos de la relación. Por otro lado, está Mace (en un ‘tour de force’ para Angela Bassett), la amiga que él ayudó una vez y que ahora lo protege a pesar de estar en total desacuerdo con su ‘negocio’.

Strange Days tiene el tempo de los filmes + recientes producidos en Hollywood: continuo movimiento acelerado por cámara giratoria, cortes de segundos, acción que no se detiene, música que llena todos los espacios, violencia gráfica simulando las grabaciones en video de los noticieros y los programas en vivo de la televisión. Pero se distingue de otros porque tiene buenos e inteligentes diálogos y se atreve a cuestionar en vez de sencillamente repetir lo consabido. Sin duda hay escenas en este filme que nos recuerda a Rodney King y los motines en Central L.A.

The Hurt Locker (2008)

Zero Dark Thirty (2012)

Puerto Rico y los estragos de la dependencia de fondos federales 

 

 

Las transferencias de fondos del gobierno de Estados Unidos fluctúan actualmente entre un 46 y un 50 porciento del presupuesto del Gobierno de Puerto Rico. En el 2013 eran el 31 porciento y subieron al 58 en 2021,  tras la devastación por los desastres del Huracán María en 2017, los terremotos en el Sur de 2020 y la pandemia del Covid-19.

 

Jenniffer González y el PNP basaron toda su campaña electoral del 2024- que los llevó al gobierno- en la mentira de que sólo ellos podían garantizar el flujo ininterrumpido de fondos federales hacia Puerto Rico. Ante el avance de las candidaturas de Juan Dalmau y La Alianza ( PIP-MVC), con sus propuestas progresistas y descolonizadoras, el PNP y González lanzaron sus cañones fuertes, pronosticando que un triunfo electoral de la  Alianza representaría el fin de los fondos federales en Puerto Rico. Lo irónico es que hoy, justamente bajo el gobierno de González y el  anexionismo extremo, los fondos federales para Puerto Rico están en riesgo como nunca antes  por el gobierno de Donald Trump y los Republicanos, efusivamente endosados por González y la plana mayor del PNP

La dependencia de Puerto Rico en  fondos federales es tres veces más alta que la del resto de estados y territorios de Estados Unidos, según un informe de la Junta de Control Fiscal ( JCF)  de principios del 2025. En ese mismo informe, el ente fiscal impuesto por el Congreso para supervisar y reorganizar las finanzas públicas en Puerto Rico, califica dicha dependencia como insostenible, ya que muchos de esos fondos no son recurrentes ni permanentes. Según la JCF, Puerto Rico debe iniciar la ruta de «liberarse» de la dependencia de fondos provenientes de la metrópolis colonial.

Ciertamente, la ruta de nuestros gobiernos del bipartidismo PNP-PPD ha sido en dirección contraria a lo que sugiere la JCF. También,  los economistas más serios de Puerto Rico ven en las astronómicas cifras de dependencia un obstáculo a la autosuficiencia y desarrollo económico propio al que Puerto Rico debe aspirar. Planificar y organizar la gobernanza pública sobre dinero ajeno, que hoy está y mañana no, no es la mejor ni más saludable estrategia de desarrollo económico para ningún país, y menos para una colonia aún en quiebra y estancada económicamente, como lo ha estado Puerto Rico durante  las últimas décadas.

Pero, la historia del anexionismo y su voracidad por los fondos de Estados Unidos viene de mucho tiempo, desde que en su primer cuatrienio como gobernador en 1976, Carlos Romero Barceló, del PNP, publicó un folletín titulado «La estadidad es para los pobres», con una apología de la dependencia como camino hacia la estadidad federada. Desde entonces, los ideólogos del anexionismo han usado la dependencia como herramienta y excusa para intentar acorralar al Congreso de Estados Unidos y hacer la estadidad inevitable.

Por no quedarse atrás en la oferta de «más fondos federales»,  los Populares le han hecho coro al PNP yendo juntos a Washington con las manos extendidas y la cantaleta de la supuesta «paridad», que ha caído cada vez más en oídos sordos en el Congreso y los sucesivos gobiernos Demócratas y Republicanos.

Obviamente, es una estrategia que le ha explotado en la cara al PNP , porque mientras más piden, más se asustan allá y más se aleja la posibilidad de la estadidad. Así ha sido cuatrienio tras cuatrienio, y hoy la estadidad para Puerto Rico está más lejos que nunca y el gobierno de Jenniffer González y el PNP se encuentra en una encerrona. La administración caótica de Donald Trump y los Republicanos los ha dejado sin argumentos, y mucho menos opciones. El cierre gubernamental allá, y el tranque entre Demócratas y Republicanos en el Congreso por la aprobación de un presupuesto que permita operar bajo nuevas reglas del juego, ha puesto en jaque hasta las «ayudas alimentarias», SNAP allá y PAN aquí, de las que dependen millones de personas para su seguridad alimentaria.

En Puerto Rico, donde la crisis económica de los últimos veinte años, sumada a la quiebra de las finanzas públicas, la Ley PROMESA y la imposición de la JCF, han lanzado a la pobreza al 40 por ciento de nuestra población, la congelación de los fondos del PAN por tiempo indefinido provocaría una catástrofe humanitaria de grandes proporciones. Cerca de 1.4 millones de puertorriqueños y puertorriqueñas ( más de un tercio de nuestra población) reciben la ayuda del PAN, sobre todo niños y ancianos en pobreza para quienes dicho programa representa su única opción para una alimentación minimamente adecuada. Desde el gobierno de Jenniffer González y el PNP han dicho que identificarán los fondos para poder continuar el PAN mientras dure el tranque. Habrá que ver si la JCF se lo permite dadas las circunstancias inciertas de las finanzas públicas y de la reestructuración de la deuda de la Autoridad de Energía Eléctrica, otro factor de peso en esta coyuntura.

Como quiera, al cierre de este editorial el futuro del PAN y de muchas otras partidas para salud, educación, vivienda y otras áreas esenciales, penden del hilo de un Presidente y un  Congreso caprichosos, donde Demócratas y Republicanos defienden cada uno su trinchera de espaldas al sobresalto y sufrimiento que provocan en sus poblaciones más vulnerables.

Una gran ironía que este descarado chantaje con los fondos de alimentos provenga desde el propio Washington, la sede de su procedencia. Y otro fracaso más para apuntarle al gobierno sin plan, sin rumbo  y sin garras de Jennifer González y el PNP.